Los Amantes de Mamá Capítulo 24
55%

Capítulo 24

El viernes, Vera llegó a casa poco después de las siete y se metió directamente en la ducha. Había quedado con Pablo a las nueve y media y, aunque todavía le sobraba tiempo, llevaba desde la mañana pensando en aquella cita mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Vera había mantenido el contacto con Pablo desde aquella primera noche en que salió por Madrid. Lo había conocido poco después de ver a su madre salir despeinada y sonriendo de un almacén con Tony, una imagen que todavía no había conseguido quitarse del todo de la cabeza.

Al principio fueron mensajes esporádicos, alguna respuesta a una fotografía o comentarios sin demasiada importancia. Después comenzaron a escribirse casi todos los días. Pablo había intentado quedar con ella en varias ocasiones y Vera siempre había encontrado una excusa.

Las clases, el trabajo con Isabel, el cansancio o cualquier plan improvisado con su madre le habían servido para mantenerlo a una distancia en la que se sentía cómoda.

Pero la verdad era mucho más sencilla: todavía no se sentía preparada para estar con nadie después de haber roto con Pedro.

Y, aunque intentara convencerse de que aquello estaba superado, la traición había dejado más huella de la que quería reconocer.

Empezar a quedar con otro chico le parecía precipitado, casi como intentar cubrir una herida antes de que hubiera terminado de cicatrizar.

Sin embargo, el regreso a Villablaso durante las fiestas patronales le había servido para poner las cosas en orden. Volver a ver a Pedro, sentarse con él, hablar durante horas y terminar besándolo en el coche le había hecho comprender que ya no estaba enamorada de él.

Incluso empezaba a dudar de que lo hubiera estado alguna vez.

Le había querido, de eso estaba segura. Había disfrutado a su lado y durante mucho tiempo creyó que aquello bastaba para llamarlo amor.

Pero nunca había sentido por él nada parecido a lo que describían las novelas románticas que tanto le gustaba leer.

Esa necesidad absurda de estar cerca del otro.

El vértigo. La certeza de que alguien podía importarte tanto como para desordenarte la vida.

Aquella mañana, cuando Pablo volvió a preguntarle qué pensaba hacer el viernes, Vera había estado a punto de utilizar otra excusa. En cambio, escribió algo diferente.

No tengo planes.

Ahora, delante del armario abierto, empezaba a arrepentirse ligeramente de haberlo hecho.

Sacó dos blusas y las dejó sobre la cama.

Después añadió un vestido que había comprado con su madre la semana anterior y terminó descartándolo antes incluso de probárselo.

Le parecía demasiado arreglado para tomar una cerveza y, peor todavía, demasiado evidente que se había vestido pensando en impresionarlo.

Finalmente, eligió unos vaqueros oscuros que le sentaban especialmente bien y una blusa beige de tela ligera, ceñida lo suficiente para marcarle la cintura sin parecer demasiado arreglada. Se calzó unos botines de tacón bajo y se plantó frente al espejo.

El cabello rojizo le caía suelto sobre los hombros.

Se lo recogió, se observó durante unos segundos y volvió a soltarlo.

Después se maquilló con más cuidado del habitual, resaltándose ligeramente los ojos y utilizando un pintalabios discreto.

Cuando terminó, se alejó un paso del espejo para contemplarse entera.

Le gustó lo que vio y aquella constatación todavía le resultaba novedosa.

Desde que estaba en Madrid prestaba mucha más atención a su aspecto.

No porque antes se considerase fea ni porque de repente se hubiera convertido en otra persona.

Simplemente empezaba a disfrutar de ciertas cosas que en Villablaso apenas le habían interesado: probarse ropa, descubrir qué prendas favorecían su cuerpo, maquillarse sin necesitar una ocasión especial o notar la mirada de un hombre cuando entraba en algún sitio.

Pensó en Rodrigo y el recuerdo apareció con tanta rapidez que frunció el ceño.

«Mi mujer me ha dicho que eres una chica muy inteligente. Lo que no me había contado es que, además, fueras tan guapa.»

Todavía podía recordar perfectamente la forma en que Rodrigo la había mirado al decírselo. Solo evocarlo le provocó un calor inesperado en el cuerpo y Vera apartó inmediatamente aquel pensamiento, incómoda consigo misma.

Le parecía una verdadera aberración que precisamente él pudiera provocarle aquellas sensaciones. Rodrigo no era simplemente un hombre casado y mucho mayor que ella. Era el amante de su madre y, para complicarlo todavía más, el esposo de Isabel.

De todos los hombres en los que podía haberse fijado, tenía que ser precisamente aquel. Vera negó con la cabeza frente al espejo y volvió a concentrarse en su cita con Pablo. Cogió el cepillo y volvió a pasárselo por el pelo con más fuerza de la necesaria.

El pub que Pablo había elegido estaba en una calle del centro que Vera todavía no conocía.

Desde fuera parecía uno de tantos pubs irlandeses repartidos por Madrid, con la fachada verde oscura y unas letras doradas sobre la puerta, pero al entrar descubrió un local mucho más tranquilo de lo que esperaba.

Olía a madera, cerveza y comida recién hecha.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas, bufandas de equipos de rugby y carteles de marcas irlandesas.

Detrás de la barra se alineaban los grifos de cerveza y varias lámparas de luz cálida iluminaban las mesas sin terminar de vencer la penumbra.

Sonaba música inglesa de los años ochenta, suficientemente alta para llenar los silencios, pero no tanto como para obligar a acercarse al oído de la persona que se tenía delante.

Pablo ya la estaba esperando.

Vera lo vio antes de que él reparase en ella y aprovechó aquellos segundos para observarlo. Recordaba perfectamente que le había parecido guapo la primera noche.

Llevaba unos vaqueros, camisa oscura y las mangas remangadas hasta los antebrazos. Tenía el cabello castaño ligeramente despeinado y esa apariencia de hombre que se había arreglado sin dedicar demasiado tiempo a hacerlo.

Cuando levantó la vista y la descubrió acercándose, sonrió. Y a Vera se le encogió ligeramente el estómago. Estaba mucho más nerviosa de lo que aparentaba.

Nunca había tenido una cita como aquella.

Con Pedro nunca había vivido esa ceremonia.

Se conocían desde niños, compartían amigos y habían terminado saliendo casi sin darse cuenta.

Aquello era distinto. Había elegido ropa para un hombre que apenas conocía y había atravesado medio Madrid sabiendo que ambos acudían al mismo sitio porque se atraían.

Esa conciencia estuvo presente durante la primera cerveza.

Vera se descubrió sujetando demasiado el vaso, colocándose el cabello detrás de la oreja varias veces y pensando algunas respuestas antes de pronunciarlas.

Pablo parecía bastante más relajado. Le preguntó por la universidad, quiso saber si finalmente se había acostumbrado al metro y bromeó con las largas que llevaba dándole desde que se conocieron.

Poco a poco, sin embargo, Vera empezó a olvidarse de que estaba en una cita y el chico se convirtió en alguien cercano.

La segunda cerveza ayudó bastante. También que Pablo no pareciera empeñado en impresionarla. Hablaron de sus respectivas familias, de los sitios de Madrid que Vera todavía no conocía y de algunas de las diferencias que ella encontraba entre la capital y Villablaso.

Él se rio cuando Vera confesó que durante las primeras semanas había consultado el móvil incluso para hacer trayectos de metro de dos paradas.

Pablo también habló de sí mismo. De su trabajo como repartidor, de sus estudios, de algunos amigos y de la intención de independizarse definitivamente de sus padres en cuanto consiguiera ahorrar lo suficiente.

Vera se reía cuando algo le hacía gracia, lo interrumpía para llevarle la contraria y había dejado de preocuparse por si se tocaba demasiado el pelo o sostenía el vaso de una manera extraña.

Incluso se permitió observarlo con mayor descaro mientras él hablaba.

Era guapo. Mucho. Tenía una sonrisa abierta, unos dientes perfectos y unos ojos marrones que se estrechaban ligeramente cada vez que se reía.

Además, debía hacer bastante deporte; la camisa se tensaba sobre sus brazos cuando los apoyaba encima de la mesa.

Aquello sí era normal, pensó.

Tener dieciocho años, quedar un viernes con un chico atractivo, beber cerveza y preguntarse cómo sería volver a besarlo. No fantasear con un arquitecto casado que por edad podría ser su padre.

El pensamiento consiguió que sonriera para sí misma.

—¿De qué te ríes? —preguntó Pablo.

—De nada.

—Eso ha sido una sonrisa de estar pensando algo.

—Pues te vas a quedar con las ganas.

Pablo aceptó la derrota levantando las manos y Vera volvió a reírse. Le gustó que no insistiera.

Conforme avanzó la noche, el pub comenzó a llenarse.

Algunas mesas que estaban vacías cuando llegaron fueron ocupándose y alrededor de la barra se formaron pequeños grupos.

La música seguía permitiéndoles hablar, aunque ahora tenían que inclinarse ligeramente el uno hacia el otro para escucharse mejor.

Aquella reducción involuntaria de la distancia también cambió algo entre ellos. Vera empezó a notar el olor de su colonia cuando Pablo se acercaba y, en un par de ocasiones, sus rodillas se rozaron debajo de la mesa sin que ninguno pareciera tener demasiada prisa por apartarse.

Poco antes de medianoche, Vera miró hacia el fondo del local.

—Voy un momento al baño.

Atravesó el pub y tuvo que esperar varios minutos.

Cuando terminó, se retocó el cabello frente al espejo y se observó durante unos segundos.

Tenía las mejillas ligeramente encendidas por la cerveza y los ojos más brillantes.

Se pasó un dedo por debajo de uno de ellos para corregir una pequeña mancha de maquillaje y sonrió al darse cuenta de que lo estaba haciendo por Pablo.

La cita estaba saliendo bien. Mucho mejor de lo que había imaginado.