Los Amantes de Mamá Capítulo 23
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Capítulo 23

El centro comercial estaba abarrotado a pesar de ser martes por la tarde.

Rebeca y Laura llevaban más de una hora entrando y saliendo de tiendas.

Laura buscaba unos zapatos para una boda que tenía a finales de mes y Rebeca, que en principio solo había ido para acompañarla, ya cargaba con dos bolsas.

—Eres una compradora compulsiva, seguro que tienes en el armario ropa que ni has llegado a estrenar.

Rebeca soltó una carcajada y se enganchó a su brazo mientras continuaban caminando. Hacía varias semanas que no quedaba con Laura y agradecía poder pasar una tarde con ella.

Se conocían desde hacía tantos años que no necesitaban mantener una conversación constante; podían cotillear, discutir por una tontería o permanecer diez minutos mirando escaparates sin que apareciera uno de esos silencios incómodos que Rebeca detestaba.

Entraron en otra tienda y Laura se dirigió directamente hacia los zapatos. Rebeca, en cambio, comenzó a revolver un perchero de vestidos sin demasiado interés.

—Por cierto —dijo Laura, volviendo junto a su amiga—, hoy tienes muy buena cara.

—Siempre tengo buena cara —contestó Rebeca, encogiéndose de hombros.

—Pero hoy tienes cara de haber follado mucho.

Rebeca volvió la cabeza y sonrió.

—¿Tanto se me nota?

—Menuda perra estás hecha…

Laura dejó los zapatos que estaba mirando y se acercó a ella.

—Venga, suéltalo… Sabes que te mueres por contármelo.

—¿Qué quieres que suelte? —preguntó Rebeca.

—Llevas toda la tarde con esa sonrisa de zorra satisfecha. ¿Tony?

—No —respondió Rebeca, negando al mismo tiempo con la cabeza.

—¿El del supermercado?

—¿Estás loca? Con Ramón nunca quedo el fin de semana.

Laura tardó apenas un segundo en encontrar la tercera posibilidad.

—¿Rodrigo? Creí que me habías dicho que estabas pensando en dejarlo. Que desde que Vera empezó a trabajar para la estirada de su mujer, preferías cortar por lo sano y no buscarte problemas.

Rebeca sacó un vestido del perchero y lo sostuvo delante de sí como si estuviera considerando seriamente comprarlo.

—Nos fuimos el fin de semana a la costa.

—Qué romántico…

Rebeca dejó el vestido y continuó buscando entre las perchas. Laura la conocía demasiado bien. Sabía que cuanto menos interés demostrara, antes terminaría contándoselo todo.

—De romántico nada… Estuvimos en una playa nudista —soltó Rebeca finalmente.

Laura dejó de mirar los zapatos.

—No sabía que al pijo ese le iban esos rollos. Aunque los ricos siempre son los más viciosos.

—Él no es rico —respondió Rebeca, dándole un codazo—. La que tiene la pasta es su mujer. Y para que lo sepas… no es la primera vez que vamos a una playa nudista. Y no es ningún pijo —añadió—. Si lo conocieras, no dirías eso.

Laura la miró con expresión incrédula.

—Tiene dos Mercedes, vive en un pisazo en el barrio de Salamanca, su mujer es psiquiatra y sale de vez en cuando en la tele, y él es arquitecto. No me jodas, Rebeca. Si ese hombre no es pijo, ya me dirás tú qué hace falta para serlo.

—Rodrigo es diferente…

—No, claro. Seguro que los fines de semana se pone el chándal y baja al bar a echar la quiniela.

Rebeca soltó una carcajada.

—Eres gilipollas. Te estoy diciendo que no es como te imaginas. Rodrigo es un tío muy normal cuando lo conoces. Le gusta beber cerveza, dice tacos, se ríe de sí mismo… y tiene muchas menos tonterías que algunos muertos de hambre con los que tú estás.

Laura dejó de rebuscar entre las perchas y la observó durante un instante con una sonrisa cada vez más sospechosa.

—Hostia, cómo lo defiendes. Estás encoñada por él…

—¿Qué?

—Nada, nada. Continúa hablándome de ese hombre tan sencillo del barrio de Salamanca.

—Que te den por culo… Ya no te cuento nada —soltó Rebeca, dándole la espalda.

Rebeca intentó seguir mirando ropa, pero Laura ya se estaba riendo.

—No te rías, imbécil.

—Si no me río, solo digo que pones ojitos cuando hablas de él.

Rebeca abrió la boca para contestar, pero terminó negando con la cabeza.

—Anda, déjalo…

—Venga, tonta, cuéntame qué pasó en Valencia. Prometo estar callada.

Le contó cómo Rodrigo le había propuesto ir a la cala de noche y cómo a él le gustaba exhibirla delante de otros hombres.

—A veces hemos ido a locales liberales —continuó Rebeca—. Nunca hemos intercambiado con otras parejas ni nada de eso. Le encanta exhibirme delante de otros tíos y ver cómo se mueren de ganas.

Laura la observó con una sonrisa divertida.

—No sabía yo que el arquitecto tuviera esa vena perversa. Pero creo que le pega.

—Pues la tiene. Y hay una cosa que hace siempre… —Rebeca sonrió al recordarlo—. Cuando alguien nos pregunta si somos pareja, dice que soy su esposa.

—¿Su esposa?

—Sí. Nunca dice amante ni novia. Su esposa.

Laura dejó de sonreír durante un instante.

—¿Y a ti te gusta que lo diga?

Rebeca tardó un poco más de lo esperado en contestar.

—Sí —admitió finalmente—. Mucho.

Le siguió contando cómo aquel fin de semana Rodrigo la había llevado a un lugar apartado que durante el día funcionaba como una tranquila playa nudista, pero que al caer el sol se transformaba por completo.

Uno de esos rincones conocidos entre parejas aficionadas al exhibicionismo y mirones que aguardaban discretamente entre los matorrales, protegidos por la oscuridad.

—Al ser temporada baja, cuando llegamos no había absolutamente nadie —continuó Rebeca, recreándose en el recuerdo—.

Estuvimos desnudos, bebiendo tequila y mirando las estrellas.

Una pasada, la verdad. Pero cuando empezamos a enrollarnos, aparecieron dos tipos de entre los matorrales.

Los típicos pajeros que van a esos sitios a mirar.

Uno era un gordo de unos cincuenta, con acento brasileño, y el otro un chaval delgado de unos veinte.

Laura abrió mucho los ojos.

—No me jodas. ¿Y no te dio miedo que te hicieran algo?

Ella la miró como si la pregunta resultara absurda.

—Suelen ser bastante educados y guardan las distancias —explicó Rebeca—. Es como una especie de pacto. Una pareja exhibicionista necesita voyeurs: ellos disfrutan mirando y a nosotros nos pone saber que lo están haciendo. Ya me entiendes… No son acosadores ni nada de eso.

Laura asintió, aunque su expresión decía que todavía estaba intentando imaginar a su amiga en aquella situación.

—Solo que aquella noche fue diferente —continuó Rebeca—. Rodrigo les hizo una seña para que se acercaran.

—Estáis como dos putas cabras —soltó Laura, entre escandalizada y fascinada. Intentó contener la curiosidad durante unos segundos, pero no pudo evitar preguntar—: ¿Llegaron a tocarte?

Rebeca volvió la cabeza hacia ella y sonrió. Había estado esperando precisamente aquella pregunta.

—¿Tú qué crees? —preguntó Rebeca, mirándola directamente a los ojos.

Laura se quedó callada unos segundos. La conocía desde hacía años y creía estar curada de espanto con sus historias, pero Rebeca todavía conseguía sorprenderla.

—Menuda zorra estás hecha…

—Eso es cierto —respondió ella, riéndose.

—Y encima estarás orgullosa de ser la diversión de tres hombres.

—Muchísimo. Rodrigo y yo somos la pareja perfecta, ¿no crees?

—Por la forma en la que hablas de él, eso parece.

Rebeca percibió algo extraño en su tono.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Solo te daba la razón —aseguró Laura, dejando entrever en su tono que esa frase encerraba algo más.

—Te conozco, Laura. Suéltalo.

Su amiga se volvió hacia ella.

—Que llevas media hora contándome las guarradas que hicisteis en Valencia, pero lo que más te ha cambiado la cara ha sido contarme que delante de los demás dice que eres su esposa.

Rebeca perdió parte de la sonrisa.

—¿Y?

—Que estás coladísima por ese tío. Te conozco desde hace quince años, Rebeca. Han pasado muchos hombres por tu vida, pero nunca te había visto así.

—Ya te he dicho que me gusta. Joder… me gusta mucho.

—No. Te gusta Tony. Te estás tirando a Enrique, te fuiste de vacaciones con el dueño de la discoteca Boir, te pone el marido de Ángela, has tenido tus historias con otros tíos y seguro que hay alguno del que ni siquiera me has hablado…

—Laura hizo una pausa y la miró con mayor seriedad—.

Pero con Rodrigo es diferente. Puedo notarlo.

Rebeca dejó de mover las perchas.

—¿Diferente cómo?

—Eso dímelo tú. Que pones esos ojitos cada vez que dices su nombre.

Rebeca permaneció unos segundos callada. Después sacó uno de los vestidos del perchero y lo miró, aunque había dejado de verlo realmente.

—No sé, Laura. A veces pienso que podría ser el hombre de mi vida.

Su amiga giró la cabeza hacia ella.

—Hostia. Entonces es grave la cosa.

Rebeca dejó el vestido en su sitio.

—No te montes películas, que ya nos conocemos, Laurita… Que esté a gusto con él no significa que esté enamorada.

—No, claro —respondió Laura con ironía—. Y yo llevo una hora buscando zapatos porque me apasiona mirar suelas.

—Anda y que te den por culo… Se acabó el tema…