Capítulo 22
El lunes, Vera salió de clase con ganas de llegar a casa de Isabel.
Durante todo el fin de semana había acumulado cosas que quería contarle: la sensación extraña de volver a Villablaso, la procesión de la Virgen, las conversaciones con sus amigas, el reencuentro con Pedro… incluso aquel beso en el coche que todavía no sabía muy bien cómo interpretar.
Isabel siempre conseguía encontrar una explicación razonable para aquello que Vera sentía. No le decía lo que debía pensar ni la trataba como a una niña; simplemente hacía alguna pregunta, escuchaba y, de alguna manera, terminaba ayudándola a ordenar las cosas.
Por eso aquellas horas de trabajo se habían convertido en uno de sus momentos favoritos del día.
Algunas tardes apenas hablaban. Isabel trabajaba en su escritorio o salía al salón para atender alguna llamada personal, mientras Vera se encerraba en el despacho con los expedientes.
Otras, en cambio, terminaban desviándose completamente de lo que estaban haciendo y pasaban media hora hablando de un libro, de música, de una noticia o de cualquier asunto que hubiese surgido de manera casual.
A Vera le gustaban especialmente esas tardes.
Subió hasta el piso pensando incluso por dónde empezaría a contarle el fin de semana y llamó al timbre.
Escuchó pasos al otro lado. Cuando la puerta se abrió, la sonrisa que llevaba preparada desapareció. No era Isabel.
Durante unos segundos se quedó mirando al hombre que tenía delante sin poder evitarlo.
Lo reconoció inmediatamente. Había visto aquel rostro en la fotografía del dormitorio.
En persona, sin embargo, Rodrigo resultaba diferente.
Era bastante más alto de lo que había imaginado, de hombros anchos y cabello oscuro salpicado ya por algunas canas.
Tenía una seguridad tranquila que se percibía incluso en la forma de permanecer apoyado contra el marco de la puerta.
Él reparó enseguida en su expresión.
—Siento decepcionarte —dijo con una sonrisa—, pero a Isabel le han cambiado la guardia en el hospital a última hora.
Vera tardó un instante en reaccionar.
—Ah… Entiendo. No pasa nada.
Rodrigo se apartó para dejarla pasar.
—Entra. Me dijo que ya sabías lo que tenías que hacer.
Vera cruzó el umbral procurando recuperar cierta naturalidad. Notó la mirada de Rodrigo siguiéndola mientras atravesaba el recibidor y, sin saber muy bien por qué, enderezó ligeramente la espalda. Aquello consiguió ponerla más nerviosa de lo que esperaba.
—Isabel me dejó una llave hace unos días —explicó—. Cuando no está, entro directamente. Ya estoy acostumbrada a trabajar sola en su despacho.
—Entonces eres prácticamente de la familia.
Vera sonrió con cierta timidez.
—Todavía no tanto.
Rodrigo cerró la puerta detrás de ella.
Al tenerlo cerca, comprendió mejor por qué su madre se había fijado en él.
Vera había notado que cuando mencionaba el nombre de Rodrigo, a Rebeca se le iluminaba la cara de una forma diferente a cuando hablaba de Tony.
Y ahora entendía que no era solo su aspecto, aunque las sienes plateadas, la mandíbula marcada y aquel cuerpo todavía cuidado le daban un atractivo que Vera no había apreciado del todo en la fotografía.
Era sobre todo su forma de mirar y de hablar, despacio, sosteniéndole la mirada, como si nunca tuviera necesidad de imponerse para que le prestaran atención.
Vera se sintió culpable por aquel pensamiento. Aquel era el marido de Isabel. Y también el hombre con el que su madre acababa de pasar el fin de semana.
—Mi mujer me habla maravillas de ti —comentó Rodrigo mientras caminaban hacia el salón—. Dice que eres una chica muy inteligente.
—Isabel exagera.
—No suele hacerlo.
Rodrigo se detuvo un momento y la miró con mayor atención.
—Aunque ha omitido un importante detalle.
Vera arqueó ligeramente las cejas.
—¿Qué?
—Que además eres muy guapa.
El rubor le subió por las mejillas. Pero intentó disimular respondiendo con rapidez.
—Gracias.
Rodrigo sonrió al advertir su reacción y continuó andando como si no hubiera dicho nada especial.
Vera, en cambio, necesitó unos segundos para volver a moverse.
Se sintió ridícula por haberse puesto colorada ante un simple cumplido, pero todavía peor cuando descubrió que una parte de ella se había alegrado de escucharlo precisamente de él.
Aquello sí le molestó.
Entró en el despacho y dejó el bolso sobre la silla. Rodrigo permaneció apoyado contra el marco de la puerta.
—¿Necesitas algo?
—No. Tengo bastante trabajo pendiente.
—¿Quieres un café?
Vera negó con la cabeza.
—Estoy bien, gracias.
Rodrigo no se marchó inmediatamente.
La observó durante unos segundos mientras ella encendía el ordenador y empezaba a sacar documentos de una carpeta. Vera sentía su presencia detrás sin necesidad de mirarlo. Aquella conciencia física le resultaba absurda y, precisamente por eso, todavía más incómoda.
—¿Qué tal el fin de semana? ¿Sales mucho de fiesta?
Vera levantó la vista de golpe.
—Bien —respondió finalmente—. Fui a visitar a mi abuela al pueblo.
Rodrigo pareció advertir su incomodidad y decidió no seguir por ahí.
—Bueno, no te entretengo más. Si necesitas algo, estaré en el salón.
Se apartó del marco de la puerta y Vera lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Solo entonces volvió a concentrarse en los documentos que tenía delante, aunque durante los primeros minutos le resultó bastante más difícil de lo habitual.
Durante casi una hora consiguió trabajar sin volver a pensar demasiado en Rodrigo.
Tenía varios informes que ordenar, algunas citas que Isabel le había pedido pasar a una hoja de cálculo y una carpeta llena de documentación pendiente de clasificar.
Poco a poco fue recuperando la concentración y el silencio habitual del despacho terminó haciendo que olvidara que aquella tarde no estaba sola en la casa.
Estaba revisando unas fechas cuando escuchó unos suaves golpes en el marco de la puerta.
Levantó la cabeza.
Rodrigo había regresado con dos tazas en las manos.
—Ya sé que has dicho que no querías café, pero ha pasado casi una hora. Te concedo el derecho a cambiar de opinión.
Vera miró la taza y sonrió.
—Bueno, ahora sí.
—Menos mal. Ya empezaba a pensar que iba a tener que beberme los dos.
Entró en el despacho y dejó una de las tazas junto al ordenador. Vera le dio las gracias y Rodrigo se quedó mirando durante unos segundos la cantidad de documentos que tenía repartidos sobre la mesa.
—No sé cómo puedes entenderte con todo esto.
—No es tan complicado. Isabel lo tiene bastante bien organizado.
—Porque ahora estás tú. Antes, este despacho era territorio hostil.
Vera soltó una risita.
—No me creo que Isabel sea desordenada.
—No lo es. Pero tiene la costumbre de empezar cinco cosas al mismo tiempo y convencerse de que sabe perfectamente dónde está todo.
La forma cariñosa en que habló de su mujer sorprendió a Vera.
No había burla ni reproche, solo la familiaridad de alguien que llevaba muchos años conviviendo con otra persona y conocía hasta sus pequeños defectos.
Por un instante volvió a resultarle difícil encajar aquella imagen con lo que sabía de él y de su madre.
Rodrigo señaló una de las sillas.
—¿Puedo?
—Claro. Es tu casa.
Se sentó frente a ella con su café. Vera esperaba que dijera algo más, pero durante unos segundos Rodrigo se limitó a beber mientras observaba los lomos de los libros que cubrían una de las paredes.
—Isabel me ha dicho que estudias en la universidad y que quieres ser profesora de infantil. Todavía no me acostumbro a que los universitarios parezcáis cada vez más jóvenes.
—Quizá eres tú el que se está haciendo mayor —respondió Vera casi al instante.
Rodrigo abrió mucho los ojos, fingiendo sentirse ofendido.
—Joder. Y mi mujer decía que eras una chica encantadora…
Vera se echó a reír. La respuesta le había salido sin pensar y se sorprendió de sentirse mucho más cómoda que unos minutos antes.
—Lo siento.
—No lo sientes en absoluto.
—Un poco —concedió, llevándose la taza a los labios para disimular una sonrisa.
—Nada. Te lo noto en la cara —bromeó Rodrigo.
Empezaba a comprender algo que las fotografías no podían mostrar. Aquel hombre tenía facilidad para hacer que una conversación pareciera sencilla, incluso cuando apenas conocía a la persona que tenía delante.
—¿Y por qué magisterio? —preguntó él—. ¿Siempre lo has tenido claro?
—Desde pequeña he querido ser maestra en un pequeño colegio rural. Siempre admiré mucho a una de mis profesoras.
—No te pega.
Vera arqueó las cejas.
—¿Y tú qué sabes de lo que me pega si me conoces desde hace una hora?
La sonrisa de Rodrigo se ensanchó ligeramente.
—Por eso espero que me des la oportunidad de conocerte mejor.
Vera no supo qué responder. Había pronunciado aquellas palabras con absoluta naturalidad, pero la forma en que seguía mirándola hacía difícil interpretarlas como una simple cortesía.
Rodrigo siguió hablando:
—Además, te imagino haciendo algo que te lleve bastante más lejos que un colegio de pueblo.
—¿Por qué?
Rodrigo se tomó un instante antes de responder, observándola con una atención que volvió a incomodarla.
—Porque pareces ambiciosa, tienes carácter… y eres demasiado guapa para esconderte en una localidad pequeña donde nunca pasa nada.
Vera sintió regresar el calor a sus mejillas.
—La belleza no tiene mucho que ver con ser buena maestra.
—No. —Rodrigo sostuvo su mirada, divertido—. Pero tampoco estaba hablando únicamente de ser maestra.
Vera no respondió. Durante unos segundos mantuvo sus ojos clavados en los de él, intentando decidir cuánto había de broma y cuánto de intención en aquellas palabras.
Rodrigo tampoco pareció dispuesto a aclarárselo.
Se limitó a sonreír mientras daba un último sorbo al café, dejando que aquella pequeña ambigüedad permaneciera entre los dos.
—Bueno —dijo Rodrigo levantándose—, será mejor que te deje trabajar antes de que Isabel descubra que llevo media hora distrayendo a su chica favorita.
—No ha sido media hora.
—¿Cuánto?
Vera miró la esquina de la pantalla.
—Dieciocho minutos.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Me alegro de haberte conocido por fin, Vera.
—Yo también.
Él salió del despacho.
Vera siguió mirando la puerta durante unos segundos antes de regresar a la pantalla. Intentó localizar la fila por la que iba, pero tuvo que recorrer dos veces las mismas fechas porque había perdido completamente el hilo.
«Chica favorita. ¿Qué había querido decir Rodrigo con aquello?»
Finalmente, apoyó la espalda contra la silla y soltó un suspiro.