Capítulo 21
La estación estaba más concurrida de lo que Rebeca esperaba para un domingo por la tarde.
Familias esperando junto a las dársenas, parejas abrazándose, gente arrastrando maletas y el ir y venir constante de autobuses llenaban el recinto de voces y ruido de motores.
Ella llevaba apenas unos minutos allí. Había llegado de Valencia una hora antes, el tiempo justo para pasar por casa, dejar la maleta junto a la entrada, cambiarse de zapatos y salir de nuevo para recoger a Vera.
Cuando el autobús apareció al fondo, Rebeca se incorporó del banco y buscó a su hija entre los pasajeros que comenzaban a bajar. La distinguió enseguida.
Entre las cabezas de los demás pasajeros, su cabello rojizo destacaba inmediatamente. Vera apareció en los escalones con unos vaqueros cortos, zapatillas blancas y una blusa sencilla de manga corta. Rebeca sonrió sin darse cuenta. Se había acostumbrado a su compañía y la había echado de menos.
—¡Mamá!
Se acercó con una sonrisa y Rebeca abrió los brazos para recibirla. Se besaron en las mejillas y terminaron abrazándose durante unos segundos.
—A ver, dame eso. Yo te llevo la maleta —dijo Rebeca.
—Puedo llevarla yo.
—Ya sé que puedes.
En el metro encontraron dos asientos juntos. Vera dejó escapar un suspiro al sentarse y apoyó la cabeza contra el cristal.
—¿Estás cansada del viaje? —preguntó su madre.
—Un poco. Además, ayer me acosté tardísimo —respondió Vera.
—Eso significa que te lo has pasado bien.
Vera sonrió.
—Sí. Mucho.
Durante las siguientes estaciones le habló de su abuela, de la procesión de Nuestra Señora del Amparo y de los cohetes.
Le contó que había salido con sus amigas y que todas la habían sometido a un interrogatorio sobre Madrid.
Rebeca escuchaba divertida, haciendo alguna pregunta de vez en cuando, hasta que Vera terminó confesándole la sensación más extraña que se había llevado de aquel fin de semana.
—El pueblo me pareció diferente.
—¿Diferente cómo? —preguntó su madre apretando el asa de la maleta.
Vera tardó un poco en encontrar las palabras.
—Más pequeño. No sé… Todo estaba exactamente como lo dejé. La misma gente en los mismos sitios, las mismas conversaciones, el mismo bar. Antes nunca me había dado cuenta, pero allí no pasa nada.
Rebeca sonrió. Conocía perfectamente aquella sensación. Ella la había tenido muchos años atrás, aunque en su caso había terminado convirtiéndose en una necesidad casi desesperada de marcharse.
—No estoy renegando del pueblo —añadió la joven, haciendo una mueca—. Me gustó volver. Y tenía muchas ganas de ver a la abuela y a mis amigas… Pero fue raro. Como si yo hubiera cambiado más en estas semanas que el pueblo en varios años.
Aquella reflexión hizo que Rebeca la mirara con mayor atención. Vera estaba cambiando.
No era algo físico, aunque también había empezado a percibir pequeñas diferencias en su forma de arreglarse, de caminar o incluso de sostenerle la mirada.
Era otra cosa. Una seguridad todavía incipiente, como si Madrid estuviera ensanchando poco a poco los límites de un mundo que hasta hacía muy poco terminaba en las últimas casas de Villablaso.
—¿Y viste a Pedro?
La pregunta consiguió que Vera apartara los ojos hacia la ventanilla.
—Claro que lo vi. Era bastante difícil no encontrarme con él.
—¿Y qué tal?
Vera se tomó unos segundos antes de responder.
—Bien. Mucho mejor de lo que esperaba, la verdad. Lo vi entrar en el bar y no sentí nada de eso.
—Eso es bueno.
—Sí.
Vera permaneció pensativa.
—Estuvimos hablando bastante. Me di cuenta de que ya no estaba enfadada. Ni siquiera por lo que me hizo. Es como si en el fondo le estuviera agradecida por haberme liberado de tener que estar con él.
Rebeca no preguntó más. Por la forma en que su hija había bajado la mirada, intuía que probablemente había alguna parte de la noche que estaba omitiendo, pero decidió respetarlo.
Vera tenía dieciocho años. Si quería contárselo, terminaría haciéndolo; y si no, también tenía derecho a empezar a guardar algunas cosas para ella.
Al llegar a casa, Vera dejó el bolso sobre una silla y fue directa hacia su habitación con la intención de deshacer la maleta. Apenas había dado unos pasos cuando reparó en otra bastante más grande en el pasillo.
Se detuvo.
—¿Y esa maleta?
Rebeca, que estaba dejando las llaves sobre el mueble del recibidor, siguió la dirección de su mirada.
—Es mía. Todavía no me ha dado tiempo ni a abrirla.
—¿Tú también has estado fuera? —preguntó la joven, sorprendida de que su madre no le hubiera contado nada.
—Sí. Llegué un poco antes que tú.
Vera volvió a mirar la maleta.
—¿Dónde has ido?
—A un pueblo cerca de Valencia.
—¿Todo el fin de semana?
Rebeca asintió mientras se quitaba la chaqueta.
—Necesitaba cambiar de aires. Y la verdad es que me ha venido de maravilla.
Vera la observó con una curiosidad que Rebeca conocía perfectamente. Había heredado de su abuela aquella capacidad de quedarse callada hasta conseguir que fuera el otro quien terminara hablando.
—¿Qué? ¿Por qué me miras así?
—Por nada —respondió la joven arqueando las cejas.
—Vera… ¿Qué pasa? —preguntó Rebeca.
—He preguntado dónde has estado. Nada más.
—Y te he contestado. Ya te he dicho que he estado en un pueblo de Valencia.
La joven sonrió y recogió nuevamente su maleta, pero antes de dirigirse al dormitorio, se volvió hacia su madre.
—Has ido con Rodrigo, ¿verdad?
La pregunta sonó acusadora y pilló a Rebeca desprevenida.
Durante un instante permaneció inmóvil. Podía haber mentido. De hecho, durante años mentir sobre sus hombres había sido casi un acto reflejo. Pero Vera ya conocía la existencia de Rodrigo y negar algo tan evidente habría resultado absurdo.
Asintió con la cabeza.
—Sí. He estado con él.
Vera no mostró sorpresa. Se limitó a observarla unos segundos, como si aquella confirmación hubiera colocado en su sitio una pieza que ya tenía prácticamente encajada.
—Vale —contestó la joven.
Rebeca arqueó una ceja.
—¿Qué significa ese «vale»?
—Nada.
—Ese «vale» significa algo.
Vera sonrió, pero esta vez fue ella quien decidió no responder. Agarró la maleta y continuó hacia su habitación.
Su madre se quedó en el recibidor observándola alejarse. Por primera vez tuvo la extraña impresión de que su hija la estaba juzgando.
Frunció el ceño. «¿Y qué coño esperaba Vera? Rodrigo era un hombre casado, sí, pero ella nunca le había ocultado que seguían viéndose».
Mientras arrastraba su maleta hacia el dormitorio, no pudo evitar preguntarse qué pensaría realmente su hija de ella.
Quizá pasar tanto tiempo con Isabel había cambiado algo.
Tal vez ahora, después de conocerla, que su madre fuera la amante del esposo de su jefa, a Vera ya no le pareciera una simple aventura.
Porque ahora la víctima tenía un rostro.
El de Isabel.