Capítulo 20 #2
El impacto fue tan profundo que a ella se le escapó un chillido que se tragó el viento de la playa. João empezó a embestir con un ritmo pesado, implacable. Cada golpe de cadera la zarandeaba de arriba abajo, haciendo que sus pechos se balancearan como el badajo de una campana.
—¡Ah…! ¡Joder, cabrón! —Miró a Rodrigo a los ojos con una expresión extraña—. Me la ha metido… Me la ha metido y me está follando. Te juro que me está follando.
Su voz sonó mucho más aguda de lo habitual, quebrada por la excitación. Las palabras le salían atropelladas, casi sin aliento, como si le costara pronunciarlas y ni ella misma terminara de creerse lo que estaba sucediendo.
Rodrigo se arrodilló frente a ella y le sostuvo el rostro entre las manos. La besó con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que estaba ocurriendo.
—Quiero ver cómo te corres con otro hombre. Estás más hermosa que nunca —murmuró junto a sus labios—. ¿Te gusta estar con otro mientras yo te miro?
Ella tardó unos segundos en responder. Intentó ordenar las palabras, pero le costaba concentrarse en cualquier cosa que no fueran las sensaciones que recorrían su cuerpo.
—Sí… Joder, sí… —consiguió responder entrecortadamente—. Dile que no pare de follarme.
El ritmo de João era intenso, guiado por una urgencia animal que parecía no tener fin.
Cada vez que él la penetraba hasta el fondo, el cuerpo de Rebeca se convulsionaba en una sacudida eléctrica.
Estaba al borde del abismo, con el pulso desbocado y el estómago encogido por una marea de placer que amenazaba con desbordarla de nuevo.
—Mi vida, eres una reina —susurró Rodrigo, arrodillado justo delante de ella, contemplando la escena con los ojos oscurecidos por el delirio, mientras con una mano se masturbaba con furia.
El cerebro de Rebeca era ya incapaz de procesar nada.
Abrió la boca y de su garganta brotó una sucesión atropellada de gemidos, cada vez más agudos, más intensos, apenas separados por bocanadas de aire.
Cuando sintió que el orgasmo le estallaba dentro como una bomba de racimo, sus muslos temblaron con violencia, las paredes de su sexo se contrajeron con fuerza sobre João y los gemidos terminaron convirtiéndose en una cadena de gritos incoherentes.
João, al notar cómo los espasmos de Rebeca lo ordeñaban por dentro, emitió un gruñido ahogado y aceleró el ritmo, llevando las caderas al límite. Solo cuando los gemidos se apagaron y su respiración comenzó a serenarse, volvió a hablar.
—Caralho… ¡Qué rica estás, Dios mío! —susurró el brasileño, dándole un fuerte azote en una de sus nalgas—. Ahora gírate. Voy a vaciarme en tus tetas.
Rebeca obedeció y se dejó caer sobre la toalla, quedando boca arriba.
Él, con la respiración desbocada, se inclinó hacia delante y comenzó a masturbarse hasta eyacular una espesa capa de semen caliente sobre sus pechos.
Las estelas blancas quedaron esparcidas sobre la piel turgente, brillando bajo la luz de la luna.
A diferencia de João, el otro hombre era muy joven, de unos veinte años. Delgado, con el cuerpo cubierto de tatuajes, contemplaba a Rebeca con una devoción casi reverencial, como si ante él no hubiera una mujer, sino una diosa.
Rebeca sostuvo su mirada y sonrió con picardía.
—Solo faltas tú… ¿No te apetece follarme? ¿O es que me tienes miedo?
El chico tragó saliva y se pasó una mano por el pelo, incapaz de disimular el nerviosismo. Parecía no saber qué hacer con las manos ni con toda aquella excitación repentina.
—Joder… Claro que quiero —respondió con impaciencia, como si le hubiera tocado la lotería—. Siempre he querido hacerlo con alguien como tú.
—¿Alguien como yo? —preguntó ella, sin comprender muy bien a qué se refería.
El chico se tomó unos segundos antes de responder. Parecía estar escogiendo cuidadosamente las palabras, temeroso de decir alguna estupidez y estropear el momento.
—Una mujer de verdad… —dijo al fin—. No me ponen las chicas de mi edad. Siempre me han atraído las mujeres mayores, sobre todo las casadas. Es una fantasía que tengo desde hace años.
—Qué mono… —respondió Rebeca con burla—. Resulta que voy a cumplirte la fantasía de tu vida. Qué responsabilidad… ¿Cuántos años tienes?
El chico se puso rojo como un tomate, consciente quizá de que nunca tendría otra oportunidad como esa.
—Veintiuno…
—Mmm… —gimió, relamiéndose los labios—. Demuéstrame que ya eres todo un hombrecito.
Y se abandonó al vértigo de aquella noche, al cielo abierto sobre su cabeza y a la sensación de haber dejado muy atrás todos los límites con los que había llegado hasta allí.
Sintió cómo la polla del chico buscaba su entrada y con un solo empujón se hundió hasta el fondo.
Rebeca exhaló un suspiro largo, un gemido denso que se ahogó en el fondo de su garganta al sentir cómo el calor intenso de aquella juventud volvía a saturar cada rincón de su interior.
El muchacho comenzó a moverse con una furia desbocada; un ritmo acelerado y torpe al principio, marcado por la inexperiencia de quien apenas puede contener el torrente de su propia sangre, pero impulsado por una devoción tan ciega que cada embestida era un acto de pura idolatría.
Con el rostro enrojecido por el esfuerzo y los ojos vidriados de placer, el joven se inclinó pesadamente hacia delante, buscando con desesperación la comisura de sus labios.
Quería sellar aquel acto con un beso, fundirse con la mujer que poblaba sus fantasías.
Pero Rebeca, con un movimiento frío, giró bruscamente la cabeza, negándole la boca.
Los labios y la lengua eran un territorio vedado, un reducto de intimidad absoluta que no estaba dispuesta a regalarle a un desconocido cualquiera, por cachonda que ella estuviera.
—Solo me beso con mi marido —dijo mirando a Rodrigo y saboreando aquella palabra.
—Dime que te gusta mi polla —rogó, mirándola a los ojos.
Ella gimió antes de responder.
—Lo haces muy bien. Me está volviendo loca.
Él siguió penetrándola con estocadas hondas, como si intentara alcanzar el fondo de aquel coño que parecía no tener fin. Ella aguantó apenas unos segundos más. El placer terminó por desbordarla de nuevo y todo su cuerpo se tensó de golpe.
—¡Joder…! ¡Sí! ¡Sí! Me encanta…
Aferró la toalla con ambas manos, temblando, completamente ajena a cuanto la rodeaba. Cuando, unos instantes después, comenzó a recobrar la compostura, tomó varias bocanadas de aire.
Pensó que podría pasarse así toda la noche, encadenando un orgasmo tras otro. Pero estaba exhausta. Necesitaba un respiro, aunque solo fueran unos minutos.
—Quiero que me des toda tu leche —lo provocó, sosteniéndole la mirada—. ¿Dónde vas a correrte?
El muchacho, llevado al límite de su resistencia y con el pulso desbocado, se retiró bruscamente.
—En tus tetas…
Ella las juntó, ofreciéndoselas. Tras un par de sacudidas, el joven se encorvó y eyaculó directamente sobre sus pechos, aquellos que tanto habían llamado su atención desde el primer momento.
—Me corro. Joder, me corro —gritaba.
Cuando derramó sobre Rebeca la última gota, la miró con admiración. Le acarició la mejilla con los dedos manchados y, con la voz rota por el agotamiento, le susurró:
—Eres preciosa… Una auténtica diosa. Me gustaría poder casarme algún día con alguien como tú. No voy a olvidarte nunca. ¿Podrías decirme tu nombre?
Ella, que unos minutos antes le había negado los labios, sintió de pronto un extraño impulso.
En medio de aquella vorágine de sudor, la juventud desarmada y la devoción sincera de aquel chico la habían descolocado.
Las piernas le temblaban con un cansancio profundo, pero con un movimiento lento y deliberado, alzó la mano y lo cogió firmemente de la nuca.
Tiró de él hacia abajo y lo besó en los labios, introduciéndole la punta de la lengua en un arrebato cálido y repentino. Fue un capricho inesperado.
—Me llamo Rebeca —susurró ella contra su boca, con una sonrisa leve y enigmática dibujada en los labios—. Y yo tampoco voy a olvidar nunca esta noche. Te lo prometo. Lo has hecho muy bien.
El chico abrió los ojos de par en par, sorprendido y absolutamente rendido ante aquel inesperado premio.
Ella se inclinó ligeramente sobre la toalla, con el cuerpo pesado y la piel aún vibrando.
Buscó en el interior de su bolso hasta dar con un paquete de pañuelos de papel.
Con gestos lentos y mecánicos, se limpió con cuidado los restos de sudor y los fluidos que cubrían sus pechos y su entrepierna, devolviendo a su piel una falsa apariencia de orden en medio del caos de la noche.
Cuando levantó la vista, la playa estaba casi en silencio. Los dos desconocidos ya se alejaban, perdiéndose en la penumbra de la costa cada uno por su lado, siluetas solitarias que se difuminaban bajo el brillo pálido de la luna.
A su lado, sobre la arena fría, Rodrigo se tumbó con suavidad. Ya no quedaba rastro de la furia ni del morbo febril que había alimentado sus miradas minutos antes; el aire se había vuelto denso, casi suspendido en el tiempo.
Sin prisa, se deslizó entre sus piernas. La acercó hacia él con un abrazo cálido y, buscando su mirada con una ternura infinita, se la metió muy despacio.
Rodrigo apoyó la frente contra la suya, respirando su mismo aire, y con la voz rota por una emoción sincera y vulnerable, le susurró al oído:
—Te quiero, Rebeca… te quiero de verdad.
Ella cerró los ojos, dejando que una lágrima silenciosa resbalara por su mejilla, fundiéndose en un abrazo donde la pasión se había transformado, por fin, en algo parecido al amor.