Los Amantes de Mamá Capítulo 20
47%

Capítulo 20

Rebeca llevaba veinte minutos mirando por la ventanilla.

El paisaje desfilaba ante sus ojos sin que prestara verdadera atención: campos resecos, alguna gasolinera, pueblos que aparecían a lo lejos y desaparecían pocos minutos después. Madrid todavía quedaba lejos.

Él conducía en silencio. Aquello era lo extraño.

Después de pasar todo el fin de semana juntos, por primera vez apenas tenían nada que decirse. No porque estuvieran enfadados. Era simplemente cansancio. Un agotamiento agradable y profundo que parecía haberles vaciado también de palabras.

Rebeca acomodó la cabeza contra el reposacabezas y lo miró de reojo.

Rodrigo llevaba las gafas de sol puestas y una mano descansaba relajadamente sobre el volante.

Rebeca lo encontró más guapo que nunca. Quizá fuera el bronceado, la camisa abierta o simplemente aquella forma despreocupada de conducir.

Y a pesar de estar saciada y exhausta, seguía deseándolo con la misma intensidad, como si llevara una semana sin verlo.

Apretó los muslos con fuerza y cerró los ojos.

Todavía tenía sueño. Habían dormido poco aquellas dos noches, especialmente la última.

Y entonces sonrió.

Aún recordaba la brisa marina, el ruido de las olas golpeando contra las rocas, la luz de la luna inundándolo todo de blanco, y ambos desnudos bebiendo tequila mientras miraban las estrellas en aquella cala apartada y desierta. Luego comenzaron a follar.

Poco después, dos hombres salieron de entre los matorrales.

—¿Qué te dije? —susurró él en su oído—. Ya están aquí. Ya tienes admiradores.

Ella lanzó una carcajada.

—Eres un puto pervertido.

—Y a ti te encanta que lo sea, ¿verdad?

Rebeca asintió con la cabeza y Rodrigo les hizo un gesto para que se acercaran.

Ella, puesta a cuatro patas sobre la toalla, sintió cómo las embestidas de su amante se hacían más violentas. Sus pechos rebotaban a cada envite, mientras miraba a aquellos dos hombres que se masturbaban a un palmo de distancia.

—¿Qué os parece la zorra de mi esposa? ¿Os gusta? —les preguntó sin dejar de penetrarla.

Los desconocidos se miraron entre sí, con evidente nerviosismo, antes de desviar la atención de nuevo hacia Rebeca, que no dejaba de gemir con la cabeza gacha y el pelo revuelto por la brisa.

—Caralho… Es muy linda. Tú tienes mucha suerte de tener una mujer así —respondió uno de los desconocidos con acento brasileño.

«Así». Rebeca repitió mentalmente aquella palabra entre jadeos. Pero ¿qué significaba exactamente «así»? ¿Así de guapa? ¿Así de deseable? ¿Así de atrevida?

¿Así de zorra?

La última posibilidad le produjo una mezcla extraña de vergüenza y excitación.

—¿Queréis tocarla un poco? —soltó Rodrigo de repente, sin detenerse—. Adelante. Ella lo está deseando.

Nunca habían traspasado aquella frontera.

Habían ido a clubes liberales en varias ocasiones, pero jamás habían participado en intercambios.

Lo suyo era otra cosa: les excitaba hacerlo frente a desconocidos, sentirse observados, jugar con las miradas y la provocación, pero siempre manteniendo una distancia. Sin contacto físico. Esa era la regla.

Por eso Rebeca sintió vértigo. Durante unos segundos nadie se movió. Todas las miradas parecieron concentrarse en ella, esperando una señal. Podía detener aquello con una sola palabra. Pero no lo hizo. Quiso comprobar si Rodrigo iba en serio o solo la estaba poniendo a prueba. Aceptó el reto.

El primero en acercarse se arrodilló a su lado en la arena.

Con una mano temblorosa, le acarició la espalda con devoción, recorriendo la columna hasta hundir los dedos en su trasero, mientras con la otra se seguía masturbando.

El segundo no tardó en sumarse: estiró la mano y, con un atrevimiento febril, le agarró un pecho, amasando la carne turgente y pellizcando el pezón con fuerza al ritmo de las embestidas de Rodrigo.

Rebeca gimió con más fuerza, arqueando aún más la espalda, entregada al delirio de sentirse poseída por su amante mientras dos desconocidos la tocaban y devoraban con los ojos.

El sonido de las olas se mezclaba con los jadeos rotos, el roce de la arena y el placer caótico de una noche donde ya no quedaban demasiadas reglas.

El tacto de aquellas manos extrañas sobre su piel desató una nueva dosis de locura en ella. Ya no importaba la arena que se le metía entre los dedos de sus pies, ni la brisa marina que intentaba enfriar su sudor. Solo existía el calor abrasador y la presión salvaje de su amante dictando el compás.

—¿Te gusta, Rebeca? Diles dónde quieres que te toquen —dijo Rodrigo a su espalda.

Ella volvió la cabeza para mirarlo. Lo encontró completamente desbordado por una excitación que apenas parecía capaz de contener.

Tenía la mandíbula tensa y una expresión en los ojos que Rebeca nunca le había visto.

Por primera vez aquella noche comprendió que él también estaba perdiendo el control.

Y aquello le gustó. Estaban juntos en aquello y ninguno de los dos parecía dispuesto a ser el primero en echarse atrás.

—Cállate, mi amor, y sigue follándome.

El cuerpo de ella reculaba, saliendo a recibirlo en cada choque.

—Me llamo João —dijo el mayor de ellos, arrastrando ligeramente las palabras—. Tú eres una mujer muy linda, ¿sabes?

—¡Ah…! —gimió Rebeca mirando al hombre a los ojos—. Muchas gracias. ¡Ah…! El cabrón de mi marido me está matando de gusto.

—Dale más fuerte, caralho —soltó João, completamente entregado al momento, mientras le daba un fuerte azote en una nalga—. Quiero ver cómo haces gozar a esta preciosidad.

Rodrigo obedeció y aumentó el ritmo. Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar. Cerró los ojos y dejó escapar un grito que se perdió entre las voces de los demás. Durante unos segundos, todo pareció desordenarse a su alrededor: las risas, los jadeos, las palabras de João animándolos.

—¡Así…! ¡Joder, así! —gritó.

El placer terminó por desbordarla. Se aferró a la toalla con los puños cerrados y todo su cuerpo se estremeció mientras los gemidos se convertían en gritos entrecortados.

—¡Rodrigo…! ¡Dios…! ¡Qué bien me follas, cabrón!

Y entonces se corrió, con una intensidad que la dejó temblando y sin aliento.

Los dos desconocidos alucinaron.

—¡Caralho! —exclamó João, dando un paso atrás y soltando una carcajada—. ¿Has visto eso?

El otro desconocido ni siquiera respondió. Se había quedado con la boca entreabierta, mirando a Rebeca como si no terminara de creerse lo que acababa de presenciar.

João volvió a reír y se llevó ambas manos a la cabeza.

—Esta mujer es una locura.

Rodrigo aminoró sus embestidas, agotado, pero incapaz de apartar la mirada de los otros dos hombres.

Se sentía absurdamente orgulloso. Orgulloso de ella, de la facilidad con que conseguía acaparar todas las miradas, de aquella mezcla de descaro y seguridad que parecía volver idiota a cualquier hombre que se acercara demasiado.

Y, sobre todo, orgulloso de saber que, entre todos ellos, era a él a quien Rebeca buscaba con la mirada.

—Joder… No puedo más. No soy capaz de complacerla todo lo que se merece —soltó entre jadeos, todavía tratando de recuperar el aliento.

Miró a los otros dos. A esas alturas, Rodrigo parecía completamente atrapado en su propia fantasía.

—¿Queréis comerle el coño? —preguntó—. Os aseguro que es un auténtico manjar.

Rebeca se estremeció al escucharlo. Durante unos segundos incluso llegó a creer que hablaba en serio, pero enseguida pensó que iba de farol.

A Rodrigo le gustaba exhibirla, provocar y disfrutar de las miradas de otros hombres.

Era cierto que aquella noche habían ido mucho más lejos de lo habitual, pero estaba convencida de que jamás permitiría que otro hombre accediera a su sexo delante de él.

A su manera, Rodrigo seguía siendo tremendamente posesivo.

João se levantó y Rodrigo se apartó de golpe, dejando un vacío ardiente en su interior.

El desconocido se arrodilló detrás de ella.

Rebeca, inmóvil y todavía a cuatro patas, lanzó un gemido involuntario al sentir cómo la lengua gruesa y experta del hombre recorría los pliegues de su vulva.

Una exploración tan directa y descarada que le hizo perder la cabeza al instante.

—Qué buceta más linda… —murmuró él.

Aquello era demasiado. Miró a Rodrigo, que se había colocado frente a ella y contemplaba la escena embobado.

Por un instante, Rebeca quiso gritar. Pedir que parasen. Romper a llorar y decirle a Rodrigo que era un hijo de la gran puta. Exigirle que la llevara al hotel, que se olvidara de ella y que no volviera a buscarla nunca más.

Pero las palabras murieron en un jadeo ahogado. El placer que aquel hombre le ofrecía había borrado cualquier pensamiento coherente, cualquier propósito que no fuera abandonarse a lo que estaba sintiendo.

—Ah… Diosss —gimió Rebeca, cerrando las manos sobre la toalla—. Sigue… no pares.

Sintió las manos grandes y ásperas del hombre aferrándose a sus caderas con una fuerza desesperada, levantándola ligeramente para cambiar el ángulo y abrirla por completo a aquel castigo delicioso.

—Caralho, amigo… tu mujer está muy gostosa. Muy, muy rica —dijo João despegando los labios un segundo de su sexo—. Si tú me dejas, yo quiero darle mucho placer.

La propuesta pareció sorprender a Rodrigo, aunque enseguida apareció una sonrisa torcida en sus labios.

—¿Has oído, mi amor? —le dijo Rodrigo—. Dice que puede darte mucho placer y, por la cara de zorra que tienes, parece que estás deseando correrte. ¿Te dejamos con ganas o prefieres que te meta la polla?

Rebeca lo miró fijamente. Si aquello era un desafío, pensaba devolvérselo. Quería descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar Rodrigo antes de que los celos, el miedo o el sentido común terminaran imponiéndose.

—Pues dile que adelante —respondió.

Y sostuvo su mirada, desafiante. Si alguien tenía que poner fin a aquella locura, no iba a ser ella.

Rodrigo apretó la mandíbula. Solo un segundo. Después sonrió.

—Fóllatela…