Los Amantes de Mamá Capítulo 19
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Capítulo 19

Rebeca permanecía tumbada boca abajo sobre la cama, completamente desnuda, con una pierna enredada entre las sábanas y la cabeza apoyada sobre el antebrazo de Rodrigo.

Todavía tenía el cuerpo caliente y relajado después de hacer el amor.

A su lado, él le recorría lentamente la espalda con las yemas de los dedos mientras, detrás de las cortinas entreabiertas, el Mediterráneo ocupaba casi todo el horizonte.

Habían llegado el viernes por la tarde y regresarían a Madrid el domingo después de comer.

Dos días enteros juntos, sin supermercados, sin llamadas apresuradas y sin tener que mirar continuamente el reloj.

La idea había sido de Rodrigo, que llevaba semanas preparando un supuesto viaje relacionado con el trabajo, y Rebeca había aprovechado que Vera regresaba al pueblo para aceptar.

Lo que no esperaba era disfrutar tanto de aquella pequeña escapada.

—¿Estás dormida? —preguntó Rodrigo mientras continuaba acariciándola.

—No. Estoy demasiado a gusto para dormirme.

Rebeca giró ligeramente la cabeza y lo encontró mirándola. Le gustaba aquella expresión relajada que rara vez veía en Madrid, donde todo lo que hacían parecía tener un horario, una excusa preparada y una mentira esperando por si sonaba el teléfono.

—Reconoce que ha sido buena idea venir —insistió él.

—Todavía queda un día. No te vengas arriba.

Rodrigo sonrió y le dio una palmada suave en el trasero antes de volver a acomodarse sobre la almohada.

—Esta mañana no protestabas tanto.

Rebeca soltó una risita al recordar la playa.

A él le encantaba llevarla a esos rincones apartados de la costa y también a locales de ambiente liberal, donde la desnudez y el exhibicionismo se vivían con una naturalidad desinhibida que despertaba de inmediato la curiosidad de ella y alimentaba el fuego de sus propias fantasías.

—¿Te diste cuenta de cómo aquellos chicos te miraban las tetas? —preguntó él con una sonrisa cómplice, abrazándola con fuerza contra su costado mientras la mecía despacio en la cama.

Rebeca soltó una carcajada suave, se volvió hacia él y se acomodó contra su pecho.

—¿Y qué esperabas? —respondió ella con una sonrisa pícara, recorriéndole el pecho con la punta de los dedos mientras trazaba círculos lentos sobre su piel—. Te encanta que me miren, ¿verdad? Disfrutas viendo cómo babean por lo que es tuyo.

Él se echó a reír, con esa risa seca y cómplice que a Rebeca tanto le gustaba.

Y pensó que con Rodrigo podía pasar cuarenta y ocho horas seguidas sin cansarse de tenerlo cerca.

Podían follar durante horas, sí, pero también discutir durante veinte minutos sobre dónde cenar, caminar sin rumbo, beber unas cervezas frente al mar o quedarse tumbados, como ahora, hablando de cualquier tontería.

Con pocos hombres había conectado de aquella manera. Y, a veces, reconocerlo le daba miedo.

Porque Rebeca tenía sus reglas. Podía acostarse con un hombre casado. Podía mantener con él una relación larga, íntima, incluso llegar a quererlo. Pero enamorarse de verdad era otra cosa. Nunca demasiado.

Ese era el pacto que había hecho consigo misma hacía mucho tiempo. Y hasta entonces siempre había sabido respetarlo.

—¿Con tu esposa también lo haces? —preguntó con malicia, inclinándose para clavar en él sus ojos oscuros. Quería incomodarlo, hurgar precisamente donde sabía que dolía: en la distancia entre la vida respetable que mostraba al mundo y la intimidad que compartía con ella.

Se puso serio durante un segundo, pero enseguida volvió a relajarse.

—¿Me preguntas si follo con mi mujer? —respondió con una media sonrisa cínica, tanteando el terreno.

Ella se colocó sobre él, con las rodillas a los lados de su cadera, y le besó despacio el centro del pecho, rozando la piel con los labios antes de levantar la mirada.

—No, idiota. Eso ya me lo imagino. Me refiero a si a ella también la llevas a playas nudistas o a clubes liberales y luego te la follas durante horas.

Rodrigo soltó una carcajada seca, un sonido incrédulo que vibró contra el cuerpo de ella.

—¿A Isabel? Ni de coña. Se nota que no la conoces —respondió con total naturalidad, sin un ápice de culpa—.

A ella le da un infarto solo de pensar en enseñar un tobillo.

Su mundo es el club de tenis, las cenas benéficas, los restaurantes donde necesitas reservar con un mes de antelación y las reuniones con gente que tiene apellidos compuestos.

Siempre perfecta, siempre educada y procurando que nadie tenga nada que decir de ella.

—Mi hija dice que es muy elegante. Y, además… —Rebeca se detuvo un instante, observando su reacción, con una chispa peligrosa en los ojos—, dice que es muy guapa.

Rodrigo arqueó ligeramente las cejas, la sorpresa cruzándole el rostro antes de que una mueca fría y cínica torciera sus labios.

—Siempre he tenido buen gusto con las mujeres. Por eso me enamoré de ti… Porque eres preciosa —respondió agarrándola con fuerza de las caderas.

Ella se movió sobre él y rozó su sexo húmedo contra su miembro, que ya comenzaba a despertar de nuevo con una rigidez feroz.

—Y por eso me desnudas delante de otros… —susurró Rebeca, con un temblor de anticipación en la voz.

Rodrigo le acarició los pechos con desesperación, llevándose uno a la boca de inmediato para morderle la areola antes de responder entre jadeos.

—Esas cosas se hacen con la amante… nunca con la esposa.

—¡Ah…! —gimió ella con fuerza, arqueando la espalda y clavándole las uñas en los hombros al notar su boca succionándole el pezón—. Por eso prefiero ser tu amante que tu esposa —murmuró Rebeca—. Me llevo la mejor parte. La más divertida.