Los Amantes de Mamá Capítulo 18
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Capítulo 18

El autobús dejó a Vera poco después del mediodía en la pequeña parada de la carretera.

Nada más bajar, con la mochila colgada de un hombro y una pequeña maleta que arrastraba detrás de ella, respiró profundamente. El aire olía distinto. A campo, a tierra seca y a ese aroma difícil de definir que durante toda su vida había asociado con estar en casa.

Su abuela la esperaba junto a la marquesina.

Vera apenas tuvo tiempo de soltar la maleta antes de que la mujer la estrechara entre sus brazos.

—¡Ay, mi niña…!

—Abuela…

La abrazó con fuerza, hundiendo la cara en su cuello.

Había hablado con ella prácticamente todos los días desde que se marchó a Madrid y, sin embargo, tenerla de nuevo entre los brazos despertó una emoción que no esperaba.

Durante unos segundos volvió a sentirse exactamente igual que antes de marcharse.

Su abuela se separó lo justo para examinarla.

—Déjame que te vea.

—Estoy igual.

Le sujetó la cara con ambas manos, observándola con esa minuciosidad con la que parecía capaz de descubrir cualquier cosa que hubiera intentado ocultarle.

—Estás más delgada.

—No estoy más delgada.

—¿Comes bien? Seguro que tu madre no sabe ni freír un huevo.

Vera soltó una carcajada.

—Abuela, no empieces otra vez…

Aquello no había cambiado. Ni siquiera habían llegado a casa y ya estaba preocupada por si comía suficiente, dormía sus horas, llevaba ropa de abrigo o Madrid estaba lleno de delincuentes esperando específicamente la llegada de su nieta.

Caminaron juntas hasta la casa mientras Vera respondía pacientemente a aquel interrogatorio.

Una vez dentro, todo seguía exactamente donde lo recordaba. El reloj del salón, las fotografías familiares sobre el aparador, el viejo sillón de su abuela junto a la ventana, incluso aquel olor a limpio y a comida recién hecha que parecía haberse impregnado para siempre en las paredes.

Su dormitorio tampoco había cambiado.

Dejó la maleta junto a la cama y pasó una mano por la colcha. Apenas llevaba unas semanas fuera y, sin embargo, tuvo la extraña sensación de estar entrando en una habitación que pertenecía a una versión anterior de sí misma.

Durante la comida, su abuela no dejó de hacerle preguntas.

Vera le habló de las clases, de lo enorme que le había parecido la universidad durante los primeros días y de lo mucho que todavía le costaba orientarse por las estaciones del metro. También le habló del trabajo. Sobre todo de Isabel.

—Es psiquiatra —explicó—. Trabajo unas horas para ella por las tardes. Le ordeno documentación, preparo expedientes, algunas veces le hago recados… cosas así.

—¿Y te trata bien?

—Muy bien.

Vera sonrió casi involuntariamente.

—Es una mujer increíble, abuela. Tendrías que conocerla. Sabe de todo. Puedes hablar con ella de cualquier cosa y siempre tiene algo interesante que decir. Además, es muy elegante y tiene mucho gusto para la casa y para la ropa.

Su abuela la observó con una sonrisa cariñosa.

—Se nota que la admiras.

—Muchísimo.

—Eso está bien. Siempre viene bien encontrar personas de las que aprender.

Vera asintió. No le contó, naturalmente, algunas de las cosas que Isabel le había confiado. Mucho menos lo que ella sabía sobre Rodrigo y su madre.

Su abuela continuó observándola mientras recogía los platos.

—También te noto distinta.

—¿Distinta cómo?

—No sé explicártelo. —La mujer ladeó ligeramente la cabeza—. Más mujer.

Vera soltó una carcajada y notó inmediatamente que se ruborizaba.

—Abuela, por Dios…

—¿Qué he dicho?

—Nada.

—Pues entonces no te pongas colorada.

Aquello solo consiguió que se ruborizara aún más, así que Vera buscó cualquier excusa para cambiar de tema y terminaron hablando de las fiestas del pueblo, de la gente que seguramente se encontraría aquella noche y de cuánto había echado de menos algunas pequeñas cosas de Villablaso.

Las horas pasaron deprisa y, casi sin darse cuenta, cayó la tarde. Desde la calle empezaron a llegar voces, el repicar de las campanas y ese murmullo creciente que anunciaba que el pueblo entero comenzaba a reunirse.

Vera acompañó a su abuela y a otras mujeres del pueblo detrás de Nuestra Señora del Amparo, cuya imagen avanzaba lentamente por las calles entre flores, velas y el sonido solemne de la música. Llevaba al cuello la pequeña medalla de plata que había enseñado a Isabel días atrás.

Cuando terminó, los cohetes comenzaron a estallar sobre los tejados. Vera levantó la mirada.

Durante toda su infancia, aquellas fiestas habían sido uno de los acontecimientos del año. La procesión, los cohetes, las mesas colocadas delante del bar, los vecinos ocupando las calles hasta tarde… No necesitaban mucho más.

Aquella noche, sin embargo, todo le parecía demasiado insignificante y vulgar.

Después de cenar con su abuela, salió para encontrarse con sus amigas y, mientras caminaba hacia el bar, contempló las calles con una sensación difícil de reconocer.

Las mismas casas, los mismos bancos, los mismos grupos de personas sentados prácticamente en los mismos lugares. Hasta podía anticipar quién estaría dentro del bar antes de cruzar la puerta.

En Villablaso nunca pasaba nada.

Sus amigas, apenas la vieron entrar, se abalanzaron sobre ella.

Los primeros minutos fueron una sucesión de preguntas y comentarios atropellados.

Querían saber cómo era Madrid, cómo era la universidad, si había conocido gente, si salía mucho de fiesta, cómo era vivir con Rebeca y si había ido a algún centro comercial, de esos enormes con infinidad de tiendas de ropa.

Vera contestaba riéndose, intentando explicar una vida que apenas empezaba a conocer ella misma.

—¿Y has ligado? —preguntó una de ellas.

—Joder, ya estamos.

—Eso significa que sí.

Vera pensó inevitablemente en Pablo y en aquella noche. Sintió una pequeña corriente de calor subirle por el cuello.

—He conocido a un chico. Nos enviamos algún mensaje, pero no hemos vuelto a quedar.

Las tres protestaron al mismo tiempo.

—¡Danos detalles!

Vera se echó a reír. Entonces lo vio. Pedro estaba al otro lado del bar. La primera reacción fue quedarse quieta.

Después de romper, cada vez que se cruzaba con Pedro, Vera sufría al verlo.

Apartaba la mirada para evitar siquiera tener que saludarlo y sentía aquella desagradable presión en el pecho.

Sin embargo, aquella noche fue diferente.

Lo vio al otro lado del bar y esperó que regresaran la rabia, el dolor o al menos ese incómodo nudo en el estómago.

Pero no sintió nada de eso. Y darse cuenta de que Pedro ya no tenía aquel poder sobre ella le produjo una inesperada sensación de alivio.

Él también la vio. Vaciló antes de acercarse, quizá preguntándose qué recibimiento iba a encontrar. El resto se apartó, entendiendo que quizá necesitaban estar solos.

—Hola, Vera.

—Hola.

Se dieron dos besos como dos viejos amigos. Nada más.

—Estás muy guapa.

—Gracias.

Pedro señaló su cerveza.

—¿Te invito a una?

Vera estuvo a punto de rechazarla por puro reflejo, pero comprendió que ya no tenía ninguna razón para hacerlo.

—Vale.

Empezaron hablando de tonterías. De amigos comunes, de las fiestas, de gente que se había marchado a estudiar fuera. Después llegaron las preguntas sobre Madrid y, poco a poco, inevitablemente, terminaron hablando de ellos.

Pedro no intentó justificarse y eso facilitó mucho las cosas.

Hablaron durante horas, unas veces solos y otras mezclándose con el resto. Vera descubrió que podía recordar momentos de su relación sin sentir resentimiento. Incluso se rieron de algunas discusiones absurdas que en su momento les habían parecido asuntos de vida o muerte.

Cerca de las dos de la madrugada, Pedro se ofreció a llevarla a casa, aunque estaba a menos de cinco minutos. Vera aceptó. Sin embargo, cuando entró en el coche y él arrancó, ninguno de los dos pareció tener demasiada prisa.

—¿Te acuerdas de la serrería? —preguntó Pedro.

Vera volvió la cabeza hacia él. Claro que se acordaba.

—Como para olvidarla. Allí fue donde lo hicimos la primera vez.

Pedro sonrió. No tuvieron que decir nada más.

Unos minutos después abandonaron las últimas casas del pueblo y tomaron el camino que conducía hacia el viejo descampado junto a la serrería. Habían pasado allí incontables noches cuando estaban juntos, escondidos del resto del mundo, convencidos de que aquel rincón perdido era únicamente suyo.

Pedro estacionó en el mismo lugar de siempre. Apagó el motor. Después, las luces. El silencio cayó sobre ellos.

Vera permaneció mirando a través del parabrisas. Sin las farolas de Madrid ni el resplandor de los edificios, el cielo parecía inmenso. Miles de estrellas cubrían la oscuridad de un extremo al otro. Durante unos segundos se olvidó incluso de Pedro.

—¿Sabes qué es lo que más echaba de menos de Villablaso?

Él volvió la cabeza hacia ella, esperando. Vera señaló con la mirada el cielo, al otro lado del parabrisas.

—Esto.

—¿El descampado de la serrería?

Ella soltó una risita.

—No, idiota. El cielo.

Pedro levantó la vista.

—En Madrid apenas se ven las estrellas —continuó Vera—. Nunca me había dado cuenta de lo bonito que es hasta que me fui.

Permanecieron en silencio.

Quizá con el pueblo le estaba ocurriendo exactamente lo mismo que con Pedro. Había necesitado alejarse para descubrir qué cosas echaba de menos y cuáles pertenecían a una vida que ya empezaba a quedarle pequeña.

Pedro la estaba mirando. Vera lo notó antes de volverse hacia él. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Había visto aquella mirada muchas veces.

Antes habría sabido exactamente qué significaba esa mirada y qué esperaba él de ella.

Aquella noche, sin embargo, era diferente.

Ya no era la novia de Pedro. No tenía ninguna promesa que cumplir ni ninguna relación que salvar.

Solo estaba allí porque quería estar. Pedro levantó lentamente una mano y apartó un mechón pelirrojo que había caído sobre su mejilla.

—En mi caso, lo que más he echado de menos es esto —murmuró él.

Vera sonrió.

—No empieces.

—Es cierto, no consigo olvidarte. Te juro que lo he intentado, pero no puedo… Fui un idiota.

Aquella respuesta consiguió que dejara de sonreír. Pedro se inclinó apenas unos centímetros. Vera podría haberse apartado, pero no lo hizo. Fue ella quien terminó de cerrar la distancia.

Sus labios se encontraron en un beso lento, casi cauteloso al principio, cargado de una familiaridad que Vera reconoció inmediatamente.

Durante unos instantes regresaron las tardes en aquel mismo coche, las escapadas a escondidas y aquella época en la que había creído que Pedro sería el único hombre al que besaría de aquella manera.

Pero ya no era aquella chica. Y mientras continuaba besándolo bajo un cielo que Madrid le había enseñado a echar de menos, Vera comprendió algo que no esperaba.

Podía volver al mismo lugar. Podía incluso besar al mismo hombre. Pero ella ya no era la misma.