Los Amantes de Mamá Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

No hubo sorpresa ni vacilación. Entre ellos, los besos nunca habían necesitado permiso ni demasiados preliminares. Rebeca le rodeó el cuello con los brazos y respondió con la misma necesidad, disfrutando de aquel cuerpo joven y fuerte que conocía tan bien.

Cuando se separaron, Tony mantuvo la frente apoyada contra la suya.

—Pobre desgraciado…

Rebeca soltó una risa baja.

—¿Follarme lo convierte en un desgraciado? —preguntó ella, abriendo mucho los ojos.

—Sí. Porque eres una hija de puta que nunca será de nadie.

—Y aun así siempre vuelves a por más.

Tony sonrió, todavía sujetándola por la cintura, con la prepotencia latiendo en sus ojos oscuros.

—Ese es precisamente el problema. Que uno se engancha a ti con demasiada facilidad.

Rebeca le sostuvo la mirada, con esa chispa de desafío brillando en los ojos, antes de morderse lentamente el labio inferior, saboreando el efecto que causaba en él.

—Pues demuéstralo. ¿O es que solo has venido a hablarme de él?

Bastó esa orden disfrazada de reto para que la ligera distancia entre ellos se evaporara. Tony la tumbó de espaldas sobre los cojines deshechos, inmovilizándola bajo su peso con una posesividad cruda que la hizo jadear de inmediato.

Él no perdió el tiempo con sutilezas. Agarró el cuello de la camiseta de tirantes y tiró de ella con tanta fuerza que la tela cedió con un desgarro seco. Ante sus ojos se desplegó la anatomía plena de una mujer madura, de pechos grandes y naturales, que vencían el tiempo con una elegancia rotunda.

Rebeca soltó un suspiro gutural y arqueó el torso hacia él, clavándole las manos en los hombros anchos, sintiendo la textura de su piel caliente.

—Quítatelo todo de una puta vez —le exigió, susurrando con voz ronca—. Adoro rozarme contra ti.

Ella aprovechó para deshacerse de la poca ropa que le quedaba.

Tony se arrancó la camiseta negra de un tirón y se deshizo de los vaqueros y los bóxers en un par de movimientos bruscos, quedando completamente desnudo sobre ella.

Tenía un cuerpo de gimnasio, musculoso, de hombros marcados y abdomen de acero, que contrastaba con la suavidad voluptuosa de Rebeca.

—Vete… Soy demasiado mayor para ti —bromeó ella, cerrando los muslos—. No voy a dejar que me folles.

Él reconoció el juego en su sonrisa. Le separó las piernas mientras Rebeca oponía una resistencia fingida, más provocadora que decidida, hasta quedar completamente expuesta ante él.

Tony la contempló durante unos segundos.

—Eres perfecta.

Rebeca pudo sentir la dureza extrema de su miembro palpitando contra su entrada, grande y caliente.

Tony se acomodó sobre ella, bajó la cabeza y le devoró la boca en un beso áspero, lleno de saliva y urgencia, mientras una de sus manos bajaba directa a explorar su sexo, encontrándola empapada y abierta para él.

—Joder, tiemblas solo con saber lo que voy a hacerte.

—Cierra la puta boca y métemela ya —le siseó ella al oído, mordiéndole el lóbulo con saña—. Estoy muy cachonda.

Sin dejar de mirarla a los ojos, le deslizó la polla por toda su vulva antes de hundirla de un solo golpe seco y profundo.

El impacto fue brutal. Rebeca abrió los ojos, con las pupilas dilatadas, y soltó un grito agudo que se quebró en su garganta.

Se sintió desbordada por dentro, completamente llena por aquel grosor que le estiraba las paredes con una fricción abrasadora.

Tony se quedó inmóvil un segundo dentro de ella.

—¿Te gusta, eh? —le susurró con voz áspera, empezando a moverse con lentitud al principio—. Dime cuánto necesitas esto.

—Mucho… —respondió Rebeca, clavándole los talones en los riñones y tirando de su nuca para pegarlo más a su boca—. ¡Rómpeme en dos! Déjame muy bien folladita.

Esa frase encendió la mecha definitiva. Sus caderas empezaron a embestir con una violencia desbocada, un ritmo salvaje que hacía que el sofá crujiera rítmicamente contra la pared.

Cada estocada era profunda, exacta, golpeando el fondo de su sexo con tanta fuerza que el salón entero se llenó del sonido pornográfico de la carne chocando contra la carne, de los jadeos pesados de Tony y de los gritos desatados de Rebeca, que le suplicaba más y más.

—Dime una cosa —le siseó Tony entre embestida y embestida, agarrándola de la barbilla con fuerza para obligarla a mirarlo a los ojos, mientras seguía empujando hondo, sin compasión—. ¿Con el viejo te pones igual de perra?

Rebeca sintió un latigazo de adrenalina pura. Tenía el sudor resbalándole por el canal de los pechos, el cabello revuelto pegado a la frente y el cuerpo convulsionando con cada golpe de cadera.

—¡No! —gritó, arqueando la espalda en un espasmo de puro placer y verdad—. ¡No, joder! ¡Con él no! ¡Nadie me folla como tú! ¡Hazlo más fuerte, Tony!

Él soltó una carcajada triunfante, henchido de poder, y le dobló las piernas hacia el pecho, abriéndola todavía más para alcanzar ángulos imposibles.

—Me voy a correr dentro, Rebeca —rugió Tony, perdiendo el control al ver los ojos en blanco de ella—. ¡Voy a llenarte!

Con una última embestida brutal, tan profunda que a Rebeca le faltó el aliento, Tony estalló dentro de ella con un rugido sordo, vaciándose en oleadas calientes mientras la apretaba contra su pecho.

Al mismo tiempo, el cuerpo de Rebeca convulsionó en un orgasmo desesperado; sus paredes se contrajeron con furia sobre él, exprimiéndole hasta la última gota mientras gritaba su nombre, con las uñas clavadas en su espalda, perdiendo la consciencia del mundo exterior durante unos segundos eternos.

Quedaron tendidos sobre el sofá, jadeando a la vez, empapados de sudor y completamente entrelazados.

Minutos después, cuando el pulso comenzó a normalizarse y el eco de los gritos se apagó en el salón, Tony se apartó despacio. Rebeca todavía temblaba.

—Mierda… —murmuró ella al mirar debajo de sí—. He dejado el sofá como si me hubiera meado.

Y no exageraba. La tapicería estaba empapada y una gran mancha oscura se extendía debajo de ella, dejando la evidencia de su húmedo orgasmo.

—Ven —le dijo él con una media sonrisa socarrona, tirando de su mano.

Se dirigieron al único baño del pequeño apartamento.

Tony abrió la mampara y giró la llave de la ducha hasta que el agua caliente comenzó a empañar el espacio con una cortina de vapor espeso.

Entraron juntos bajo el chorro. El agua caía sobre sus cabezas, arrastrando los restos de sudor de la piel todavía sensible de ambos.

Rebeca se dejó abrazar por la espalda contra el azulejo, sintiendo el pecho de Tony pegado a su columna mientras él la enjabonaba lentamente con las manos, pasando los dedos con una extraña y silenciosa ternura por su cintura y sus caderas, disfrutando de los últimos rescoldos de aquella tarde clandestina antes de que Vera regresara a casa.