Los Amantes de Mamá Capítulo 17
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Capítulo 17

Tony apareció en casa de Rebeca poco después de las cinco de la tarde, sin avisar, como tenía por costumbre.

Ella estaba tumbada en el sofá, descalza, con una pierna doblada bajo la otra y el portátil apoyado sobre el regazo.

Llevaba unos pantalones cortos de algodón y una camiseta de tirantes; se había duchado y tenía el cabello recogido de cualquier manera sobre la nuca.

Vera no estaba. Había salido hacía una hora para trabajar en casa de Isabel y no regresaría hasta poco antes de la cena.

Cuando escuchó la voz de Tony a través del telefonillo, Rebeca sonrió.

Hacía varios días que no lo veía.

—¿Qué coño haces aquí?

—He venido a comprobar si sigues viva. Abre.

Rebeca pulsó el botón sin molestarse en responder.

Mientras esperaba a que Tony subiera, Rebeca reparó en los zapatos que había dejado tirados en el suelo al llegar a casa. Los cogió y los guardó en el armario.

Desde que su hija se había instalado con ella, había descubierto que la convivencia tenía sus propias reglas y, para sorpresa de ambas, casi siempre era Vera quien se encargaba de recordárselas.

Le reprochaba que dejara la ropa por cualquier parte, que abandonara las tazas en la mesa del salón o que fuese incapaz de colocar los zapatos en su sitio.

Tony llamó dos veces. Rebeca abrió la puerta.

Él llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta negra que marcaba unos hombros trabajados en el gimnasio.

A Rebeca siempre le había gustado su cuerpo.

No tenía la elegancia madura de Rodrigo ni aquella decadencia casi obscena que encontraba excitante en Ramón.

Tony era otra cosa. Juventud, fuerza y una seguridad insolente que en cualquier otro hombre probablemente le habría resultado insoportable.

—Hola, preciosa.

—¿Qué tal, amor? ¿Me echabas de menos?

Tony la besó antes de entrar.

No fue un beso especialmente largo ni apasionado. Pero precisamente eso decía mucho de ellos. Se besaban al encontrarse con la misma naturalidad con la que otras personas se daban la mano.

Tony fue directamente a la cocina, abrió la nevera y sacó una cerveza. Rebeca lo siguió unos pasos por detrás y se quedó apoyada contra el marco de la puerta, observándolo desenvolverse por su casa como si llevara media vida haciéndolo.

Aquella confianza debería haberla molestado.

Ella protegía ferozmente su independencia y detestaba a los hombres que confundían acostarse con ella con adquirir derechos sobre su vida.

Sin embargo, Tony podía abrir su nevera o utilizar su ducha sin pedir permiso y nunca había sentido que estuviera invadiendo nada.

Quizá porque jamás pretendía quedarse. Hasta entonces, al menos.

—¿Dónde está la pelirroja? —preguntó.

—Trabajando con la psiquiatra.

—¿Qué tal le va?

Rebeca cogió otra cerveza y se sentó frente a él.

Le habló de Vera. De la universidad, del trabajo, de lo deprisa que parecía estar adaptándose a Madrid. Intentó hacerlo con la despreocupación habitual, pero Tony la conocía demasiado bien y no tardó en advertir aquella pequeña inquietud que se escondía detrás de sus palabras.

—Te preocupa que empiece a hacer su vida.

Rebeca frunció el ceño.

—No digas gilipolleces.

—No he dicho que no quieras que la haga. He dicho que te preocupa.

Aquello era diferente.

Rebeca dio un trago a la cerveza y evitó responder inmediatamente.

Desde que Vera había llegado, había descubierto una contradicción que no sabía muy bien cómo manejar.

Quería que su hija conociera Madrid, que saliera, que hiciera amigos, que disfrutara de una libertad que ella misma había necesitado explorar.

Pero la noche que la vio marcharse hacia la barra con aquel chico, sintió una punzada desagradable en el estómago.

—Tiene dieciocho años —dijo finalmente—. Y yo sé perfectamente las estupideces que se pueden hacer con dieciocho años. Y también lo cabrones que podéis llegar a ser algunos hombres.

Tony soltó una risa.

—Eso es lo que te jode. Que la juzgas pensando en cómo eras tú.

Rebeca levantó los ojos hacia él.

—Yo con dieciocho años era una imbécil.

—Sigues siendo una imbécil —respondió el chico con sorna, levantando las manos pidiendo paz—. Pero ahora al menos tienes experiencia.

Ella le lanzó el cojín del sofá. Tony lo atrapó entre carcajadas y ella también terminó riéndose.

Eso era lo que más le gustaba de él, aunque nunca se lo hubiera dicho.

Con Rodrigo todo acababa adquiriendo una importancia que ella no deseaba.

Rodrigo hablaba de sentimientos, de futuro, de separarse de Isabel.

Ramón la adoraba de una manera casi enfermiza.

Tony, en cambio, nunca le pedía explicaciones.

Llegaba a su casa, la follaba y después se marchaba.

Así de sencillo. Luego podían pasar varios días sin que Rebeca volviera a saber nada de él.

Ni una llamada, ni siquiera un mensaje. Tony jamás le daba explicaciones ni le pedía ninguna a Rebeca.

Entre ellos siempre había funcionado así, y quizá por eso ella se encontraba tan cómoda con él.

—¿Sigues tirándote al viejo del supermercado? —preguntó Tony de repente, llevándose la cerveza a los labios.

Rebeca frunció el ceño.

—Ramón no es un viejo. Es un sesentón que tiene su punto.

Tony estuvo a punto de atragantarse.

—Rebeca, por favor. Ese tipo podría ser tu padre.

Ella se encogió de hombros.

—Por edad, también yo podría ser casi tu madre. ¿Me estás llamando vieja?

La pulla consiguió borrar durante un instante la sonrisa de Tony. Rebeca disfrutó de su expresión mientras daba un pequeño sorbo a la cerveza.

—Es distinto… Tú eres una mujer espectacular y no creo que ese tío pueda hacerte disfrutar como a ti te gusta.

Ella le dio una palmada en la pierna.

—Qué sabrás tú lo que a mí me gusta… No eres más que un niñato al que trato de enseñar a follar —bromeó.

Tony soltó una carcajada.

—Y no dirás que soy mal alumno. Lo digo por cómo gritas cuando lo hacemos.

Rebeca arqueó las cejas.

—Eres un puto creído.

Tony se quedó observándola con la cerveza suspendida a medio camino de los labios. Aquello parecía haber despertado sinceramente su curiosidad.

—Explícame qué coño le ves a un tío así…

Se tomó unos segundos antes de responder.

La relación con Ramón había comenzado como un juego.

Nunca pensó que llegaría a acostarse con él.

Al darse cuenta de cómo la miraba, simplemente se le ocurrió que tener al encargado de su parte podía facilitarle bastante las cosas en el trabajo, como efectivamente había sucedido.

Rebeca estaba acostumbrada a abrirse camino gracias a su atractivo. Sin embargo, no todo había sido cálculo. También se divertía provocándolo un poco y dejándose querer, riéndose con sus piropos y con aquellas confianzas que Ramón no había tardado en tomarse con ella.

Solo que, en algún momento, los límites se habían movido.

Una tarde, Ramón le propuso ir a tomar algo después del trabajo. Ella aceptó convencida de que aquello no era más que otra parte del juego, una forma de mantener a su jefe pendiente de ella, alimentando una obsesión que hasta entonces le había resultado útil y divertida.

Pero algo se torció por el camino. O quizá simplemente fue demasiado lejos.

Un par de horas después estaban follando en el asiento trasero del coche de él.

Había algo en aquel hombre que despertaba en ella un morbo difícil de explicar.

Quizá fuera precisamente la contradicción entre el encargado autoritario que hacía temblar a medio supermercado y el hombre vulnerable en el que se convertía cuando estaban solos.

Le excitaba descubrir que podía desarmarlo con una sonrisa, comprobar cómo toda aquella autoridad se resquebrajaba cuando la tenía cerca.

—No sé —admitió finalmente, dejando escapar un suspiro—.

Al principio reconozco que lo busqué por pura estrategia, para tenerlo de mi lado.

Pero ahora… —Vaciló un instante antes de continuar—.

Me da mucho morbo y, aunque suene raro, nos hemos cogido cariño.

Me trata bien, tiene detalles conmigo, me hace regalos… y siempre está pendiente de cómo estoy.

Tony permaneció unos segundos mirándola. Había desaparecido parte de la burla con la que había iniciado la conversación. Hasta entonces siempre había considerado a Ramón poco más que una de las extravagancias de Rebeca, otro hombre que había conseguido despertar su curiosidad durante una temporada.

—¿Y os veis mucho?

—Depende. En el supermercado todos los días, obviamente. Fuera… una o dos veces por semana, cuando a mí me apetece. Aunque de ser por él, quedaríamos todos los días.

Tony asintió lentamente mientras hacía girar la botella entre los dedos.

—Nunca me habías hablado así de él.

Aquello hizo que Rebeca frunciera ligeramente el ceño.

—¿Así cómo?

—Con cariño.

Rebeca estuvo a punto de negarlo, pero recordó que acababa de utilizar exactamente aquella palabra y se limitó a encogerse de hombros.

—Porque le tengo cariño. Eso no significa que esté enamorada. Solo es un capricho pasajero.

—Ya lo sé, Rebeca. Sé que tarde o temprano te aburrirás de él, igual que acabarás aburriéndote de mí. Por eso siempre he procurado no enamorarme demasiado de ti.

Tony bebió un trago y permaneció unos segundos mirando hacia la nada antes de continuar.

—¿Y él? —preguntó finalmente—. ¿Qué siente por ti?

La pregunta resultaba bastante más incómoda. Rebeca dejó la cerveza sobre la mesa.

—Reconozco que Ramón está bastante pillado.

—¿Bastante?

—Mucho. Puede que demasiado.

Tony sonrió, aunque esta vez había poca diversión en el gesto.

—¿Se pone celoso cuando estás con otros hombres?

Rebeca soltó una risita.

—No sabe que hay otros.

—¿Ramón cree que solo te acuestas con él?

—No tengo que contarle mi vida… y tampoco cambiarla.

Tony permaneció mirándola unos segundos, con aquella expresión a medio camino entre la diversión y el reproche que a ella empezaba a resultarle sospechosa.

—Eres un peligro, ¿lo sabes?

—Eso dicen.

Rebeca apenas tuvo tiempo de sonreír. Tony le pasó una mano por la cintura y tiró de ella hacia sí antes de besarla.