Capítulo 16 #3
—Era todavía mejor que en la pantalla. Marcela era alta, morena, con el cabello negro cayéndole por debajo de los hombros y unos ojos oscuros que parecían observarte siempre con cierta malicia.
Tendría treinta y pocos años. Tenía curvas, una cintura estrecha y unas piernas larguísimas que aquella noche llevaba casi enteras al descubierto bajo un vestido negro muy corto.
Pero lo que realmente llamaba la atención era su forma de moverse.
Caminaba despacio, muy segura de sí misma, como una mujer perfectamente consciente del efecto que provocaba.
Y tenía una sonrisa de esas que consiguen que empieces a imaginar cosas antes incluso de que ocurra nada.
—¿No hubo ningún momento en que pensaras: «¿Qué demonios estoy haciendo?» —preguntó Vera, cada vez más intrigada y olvidándose ya de cualquier pudor.
Isabel soltó una pequeña carcajada.
—Por supuesto. Varias veces. La primera, cuando la vi acercarse a nuestra mesa. La segunda, cuando entramos los tres en el ascensor del hotel. Recuerdo mirarme en el espejo y pensar: «Isabel, todavía estás a tiempo de volver a España y olvidarte de todo esto».
—Pero no lo hiciste.
—No —respondió Isabel con una sonrisa—. No lo hice.
—¿Y cómo empieza algo así? —preguntó Vera—. Quiero decir… cuando entráis los tres en la habitación, ¿qué hacéis? Yo estaría muy nerviosa.
—Como te he contado, Marcela era muy dominante y fue ella quien llevó la iniciativa desde el principio.
Nos servimos una copa y, no sé muy bien cómo, ella y yo acabamos bailando sin música, abrazadas, cada vez más pegadas.
Rodrigo se sentó en un sillón y se limitó a observarnos.
El ambiente se calentó enseguida. Empezamos a besarnos, fuimos quitándonos la ropa y terminamos las dos en la cama.
Todo iba perfectamente hasta que Marcela invitó a Rodrigo a unirse a nosotras.
Isabel hizo una pequeña pausa. Su expresión apenas cambió, pero Vera lo advirtió.
—Era lo pactado. Un trío. El sueño de muchos hombres y, por lo visto, también el de mi marido.
Pero entonces la vi besarlo y descubrí que no podía soportarlo.
Fue inmediato. Marcela dejó de ser aquella mujer maravillosa que había conseguido que nuestro matrimonio volviera a funcionar y se convirtió en una amenaza.
Esa zorra quería quitarme a mi marido. Lo vi clarísimo en aquel momento.
—Isabel negó lentamente con la cabeza—. Sé que no tenía ningún sentido.
Habíamos ido hasta Buenos Aires precisamente para aquello y Rodrigo no estaba haciendo nada que yo no hubiera aceptado.
Pero me dio igual. Fue algo completamente instintivo.
—¿Os marchasteis?
Isabel asintió despacio. Durante unos segundos jugueteó con el anillo, haciéndolo girar alrededor del dedo.
—Sí. Terminamos la noche bastante antes de lo previsto.
Perdí completamente los papeles. Agarré a Marcela del pelo y la saqué de la cama.
Monté tal escándalo que algún huésped debió de quejarse, porque llamaron desde recepción para preguntarnos qué demonios estaba ocurriendo en la habitación. Marcela tuvo que vestirse y marcharse.
—Joder… —murmuró Vera, incapaz de imaginar a la siempre serena Isabel protagonizando una escena semejante.
—Sí, cariño. No fue precisamente uno de mis momentos de mayor elegancia.
—¿Y Rodrigo se enfadó?
Isabel dejó escapar una sonrisa cansada.
—Mucho…
Durante un segundo, su rostro reflejó tristeza.
—Fue la primera vez que me dijo que estaba loca y durante un tiempo me lo creí.
Vera no pudo evitar sentir un escalofrío. Odiaba que su abuela llamara loca a su madre cuando discutían.
—¿Tan celosa te pusiste?
—Como una adolescente. Comprendí que aquello de la relación abierta era una idea estupenda mientras no hubiera contacto físico. En la práctica resultó que no estaba preparada para compartir a mi marido.
Vera sintió una incomodidad creciente. Pensó en su madre y en Rodrigo. En cómo reaccionaría Isabel si supiera que su esposo le estaba siendo infiel.
—Todo ese drama que te he contado pertenece al pasado… Él me perdonó y ahora estamos mejor que nunca… Siempre hay que mirar hacia adelante y tratar de superar los problemas. Solo Dios es perfecto.
Vera sostuvo su mirada.
Por primera vez desde que había empezado a trabajar allí, la mujer que tenía delante dejó de parecerle perfecta. Había engañado a su marido. Había sentido celos. Había tenido miedo de perderlo. Había cometido errores y tomado decisiones de las que después se había arrepentido.
Y, sin embargo, Vera no sintió decepción. Todo lo contrario. De repente, Isabel le parecía mucho más cercana. Más humana. Y quizá por eso mismo todavía más fascinante.
—Gracias por contármelo —dijo.
Isabel sonrió.
—No sé muy bien por qué lo he hecho. Creo que necesitaba expresarlo en voz alta. Nunca lo había hablado con nadie…
—Tranquila, Isabel. Te prometo que no se lo contaré a nadie.
—Ya lo sé, cariño. Confío plenamente en ti… eres un ángel.
La seguridad con la que respondió consiguió que Vera sintiera una pequeña punzada de orgullo. Aquella mujer a la que admiraba por encima de casi todas las personas que había conocido depositaba en ella una fe absoluta.
Y precisamente por eso, cuando Vera volvió a mirar la pantalla del ordenador, sintió cómo una incómoda sensación de culpa empezaba a crecerle por dentro. Porque Isabel acababa de compartir con ella uno de sus secretos.
Y Vera conocía otro mucho más importante que jamás podría contarle.