Capítulo 16 #2
—Así es… Rodrigo tenía que volver a casa al día siguiente, pero cancelaron el proyecto y adelantó el vuelo.
Según él, quería darme una sorpresa. Y vaya si me la dio…
—añadió, intentando mantener la compostura—.
Anita y yo acabábamos de hacer el amor. Estábamos desnudas en la cama, abrazadas y besándonos, hablando incluso de pasar otra noche juntas, cuando Rodrigo entró en el dormitorio.
Aquella imagen le produjo un extraño vuelco en el estómago.
—Si me hubiera pasado a mí, me habría muerto de vergüenza…
Isabel la miró con más atención.
—Nadie se muere de vergüenza, puedo asegurártelo.
Anita es la única sobrina de mi marido. Vino a Madrid a estudiar y estuvo viviendo con nosotros una temporada.
No sabría decirte exactamente cómo empezó.
Supongo que no lo vi venir hasta que ya estaba ocurriendo.
El caso es que acabamos liándonos y durante unas semanas mantuvimos una relación bastante intensa. Ella era una chica muy apasionada.
—¿Era?
La sonrisa desapareció del rostro de Isabel.
—El día que Rodrigo nos sorprendió, echó a su sobrina de nuestra casa. Si no llega a ser por mí, la habría sacado al portal desnuda. Después rompió con su familia. Con todos. Aquello abrió una herida que nunca llegó a cerrarse y desde entonces no hemos vuelto a saber nada de ella.
—¿La echas de menos?
Isabel tardó un instante en contestar. Solo un segundo que a Vera se le hizo eterno.
—No… —La expresión de Isabel se endureció—. Odio a esa zorra con toda mi alma.
Vera se quedó mirándola, sorprendida. No tanto por la respuesta como por la palabra. Nunca había oído a Isabel hablar así de nadie.
—¿La odias?
—Fue ella quien me pervirtió —continuó Isabel, con una amargura que no parecía propia de ella—.
Con sus andares por la casa, sus provocaciones, aquella manera de acercarse demasiado cuando me hablaba…
Sabía perfectamente el efecto que producía en mí.
Y jugó con eso hasta que consiguió lo que quería.
Vera se quedó tan desconcertada que decidió no seguir hurgando en aquella herida.
Por primera vez desde que la conocía, Isabel parecía haber perdido el control sobre sí misma.
Habían desaparecido sus movimientos pausados, la serenidad de su voz y aquella elegancia natural que parecía acompañarla incluso en los gestos más insignificantes.
Tenía el cuerpo tenso y la mirada perdida en algún punto de la habitación, como si ya no estuviera hablando con Vera, sino reviviendo algo que había ocurrido mucho tiempo atrás.
Sin embargo, Isabel continuó hablando.
—Rodrigo y yo lo pasamos muy mal. Llegamos a hablar de divorcio. Él se marchó a un hotel durante una semana y yo me hundí por completo. Apenas comía, no me vestía, no salía de la cama.. Me pasaba el día empastillada —prosiguió Isabel—. Pero una noche regresó.
Una sonrisa tenue apareció en sus labios.
—Hablamos durante horas. Nos dijimos cosas que llevábamos años callándonos.
Hicimos el amor y, por primera vez, nos planteamos que quizá nuestro matrimonio no tenía por qué funcionar como nos habían enseñado que debía funcionar.
Terminamos acordando abrir un poco la relación.
Siempre que respetáramos ciertas reglas.
—¿Qué reglas?
—Pocas, pero muy claras. Nada que pudiera poner en peligro lo nuestro y, sobre todo, absoluta discreción.
—Isabel hizo una pausa—. En nuestro círculo social, las apariencias son aún más importantes que los hechos.
Pero no se trataba de que Rodrigo pudiera acostarse con otras mujeres y yo tuviera amantes por mi cuenta.
Acordamos que cualquier aventura sería compartida.
Elegiríamos juntos a otra mujer y los tres participaríamos.
Nada por separado, nada a escondidas. Tenía que ser algo nuestro, un juego más dentro del matrimonio.
—¿Y funcionó?
Isabel soltó una breve risa.
—En nuestro caso, no. Fue una mala idea.
Descruzó las piernas y volvió a cruzarlas en sentido contrario.
—Soy demasiado celosa para soportar la idea de que él pueda estar con otra… Solo de imaginarlo sale lo peor de mí.
Vera la observó sorprendida. Nunca se hubiera imaginado a Isabel como una mujer con inseguridades.
—Conocimos a una mujer por internet. Al principio hablábamos los tres por videollamada. Nos pasábamos el día excitados, deseando que llegara la noche para jugar los tres. Nuestra relación mejoró. Parecía que mi locura con Anita estaba superada.
Vera apenas pestañeaba.
—¿En serio?
—Mi marido y yo hacíamos prácticamente todo lo que aquella mujer nos pedía.
Ella era muy dominante y eso nos encantaba.
Ya sabes… nos decía cómo quería vernos, qué quería que hiciéramos.
Incluso nos mandaba deberes para el día siguiente…
—Isabel sonrió al recordarlo—. Fue una etapa maravillosa.
Rodrigo y yo parecíamos recién casados otra vez.
Isabel se humedeció lentamente los labios y dejó las gafas sobre la mesa. Después se acomodó en la silla, alisándose el vestido beige sobre los muslos, y siguió hablando.
—Un día decidimos que había llegado el momento de dar un paso más y conocernos en persona. Ella vivía en otro país y tuvimos que coger el avión. Fue una locura… Diez mil kilómetros para acostarnos con alguien a quien nunca habíamos visto en persona.
Isabel se quedó en silencio un instante, con la mirada perdida en el borde de la mesa, antes de continuar con la voz más baja, cargada de una tensión que todavía parecía quemarle en la garganta.
—Quedamos a cenar los tres y después salimos a disfrutar de la noche de Buenos Aires. Ya de madrugada regresamos juntos al hotel.
—¿Era como os la imaginabais?
Isabel suspiró.