Los Amantes de Mamá Capítulo 16
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Capítulo 16

Isabel llevaba aquella tarde un vestido beige claro, de corte sencillo y elegante, ceñido lo justo para acompañar su figura.

Le llegaba ligeramente por debajo de las rodillas y marcaba una cintura estrecha antes de caer suavemente sobre unas caderas proporcionadas.

Lo había combinado con unos zapatos de tacón medio y unos pequeños pendientes dorados.

No necesitaba más.

Vera la observó mientras trabajaba frente al ordenador. Tendría cuarenta y tantos, pero conservaba una figura envidiable: piernas estilizadas, vientre plano y unas curvas discretas que aquel vestido resaltaba sin necesidad de provocar.

Había algo en ella que fascinaba a Vera.

No era deseo, o al menos no lo sentía como tal, sino admiración, casi devoción.

La atraían su elegancia, su cultura, aquella serenidad con la que hablaba de cualquier tema.

Sin duda, Isabel le parecía la mujer más interesante que había conocido en su vida. Un espejo en el que mirarse.

Cuando se levantó para coger un clasificador de una de las estanterías, Vera siguió su movimiento con la mirada.

El vestido se tensó ligeramente sobre sus caderas. Y sus ojos bajaron más de lo que deberían.

Entonces recordó el dormitorio. El cajón.

Las delicadas prendas de encaje perfectamente ordenadas, el dildo de metacrilato.

Pero sobre todo, aquel objeto que no había sabido identificar en un primer momento y que, después de varias búsquedas en internet, ahora sabía que se llamaba cilicio: una pieza metálica concebida para ceñirse al muslo y provocar una incomodidad constante, incluso dolor.

Placer y penitencia compartiendo el mismo cajón.

Durante unos segundos, Vera contempló el vestido beige preguntándose qué escondería debajo. ¿Lo llevaría puesto en esos momentos?

—¿Eres muy religiosa? —no pudo evitar preguntarle, arrepintiéndose casi en el acto de haber entrado en un tema tan personal.

Isabel tardó unos segundos en responder. No pareció molesta por la pregunta; más bien sorprendida.

—Depende de lo que entiendas por muy religiosa.

Vera bajó la mirada al teclado.

—No sé. Ir a misa, rezar… esas cosas.

—Voy a misa.

La respuesta fue tan sencilla que Vera volvió a mirarla.

—¿Todos los domingos?

Isabel sonrió.

—Siempre que puedo. Me crié en un ambiente muy conservador. Colegio religioso, misa los domingos, dirección espiritual, retiros, reuniones con otras familias como la nuestra… Mi padre siempre estuvo muy vinculado a la Obra.

Al mencionar a su padre, Vera recordó de inmediato la extraña nota que Isabel guardaba en el joyero.

«Pregúntale a papá qué pasó el 17 de noviembre de 1997. Mírale a los ojos cuando responda».

17 de noviembre de 1997.

¿Qué había ocurrido aquel día?

—Es que no sé…No pareces muy religiosa.

Nada más decirlo se arrepintió. Había sonado peor de lo que pretendía.

—Perdona. No quería decir eso.

—Ya lo sé. No te preocupes —respondió, encogiéndose de hombros—. Estoy acostumbrada a esa reacción. Supongo que la gente espera que los creyentes vayamos por ahí con un rosario en una mano y la Biblia en la otra.

Vera sonrió, algo avergonzada.

—No es eso.

—¿Entonces?

—No sé —respondió Vera, finalmente—. Supongo que tenía una idea un poco anticuada. Eres tan culta y sofisticada…

—Gracias, cariño. Pero una cosa es ser creyente y otra ser una santa. Y te aseguro que estoy bastante lejos de lo segundo. Tengo mucha fe, eso es cierto, pero también cierta facilidad para descarriarme de vez en cuando.

—¿Y no es contradictorio?

—Claro que lo es. Pero supongo que me acojo a mi derecho a la penitencia para expiar mis culpas. Ya sabes, eso de que los católicos siempre podemos confesarnos, cumplir la penitencia y empezar de nuevo.

Lo dijo como una broma; incluso sonrió al terminar. Pero hubo algo en su mirada que inquietó a Vera. Algo demasiado sereno para ser una simple ocurrencia.

«Cumplir la penitencia».

Las palabras resonaron en su cabeza mientras recordaba el objeto metálico escondido en el cajón.

Por primera vez se preguntó no si Isabel lo utilizaba, sino qué clase de culpa podía llevar a una mujer como ella a creer que necesitaba castigarse.

—Lo encontré, aquí está.

Vera levantó los ojos de golpe.

Isabel se había vuelto hacia ella con un clasificador entre las manos.

—¿Qué?

—Esto es lo que necesitas para pasar los datos del estudio al ordenador.

—Ah… Sí. Los datos del estudio sobre insomnio y su relación con la salud mental —respondió Vera, volviendo de golpe a la realidad.

Vera volvió rápidamente la mirada hacia la pantalla justo cuando Isabel se giraba.

Mierda. La había pillado mirándole el culo. Estaba casi segura.

Sin embargo, Isabel no dijo nada. Se limitó a dedicarle una leve sonrisa antes de regresar a la mesa.

—¿Has vuelto al pueblo desde que llegaste a Madrid? —preguntó Isabel mientras abría el clasificador.

La pregunta consiguió distraerla.

—No. Todavía no. Mi pueblo está bastante lejos de Madrid.

—¿Y no lo echas de menos?

Vera se encogió ligeramente de hombros.

—Algunas cosas. Hablo todos los días con mi abuela y con una amiga. Pero el mes que viene quiero ir a las fiestas del pueblo.

Mientras hablaba, llevó instintivamente los dedos al cuello y sacó de debajo de la blusa una pequeña medalla de plata.

—Es la patrona de mi pueblo y mi abuela me la regaló cuando hice la comunión. No se me ocurriría faltar.

Isabel contempló la medalla con una sonrisa.

—Intuyo que tu abuela es una persona muy importante para ti.

Isabel cerró la carpeta y se acomodó mejor en la silla.

Cruzó lentamente una pierna sobre la otra, dejando que la falda se deslizara apenas sobre sus muslos.

Había algo provocador en aquel gesto, quizá porque lo hacía con absoluta naturalidad, como si no fuera consciente del efecto que podía causar.

Vera dejó de escribir.

—En realidad, yo la siento casi como una madre.

No es que no quiera a mi madre —se apresuró a aclarar—.

La quiero muchísimo. Pero mi abuela fue quien me crió.

Cuando me ponía enferma, era ella quien se quedaba conmigo, la que iba al colegio, la que me ayudaba con los deberes…

Mi madre estaba trabajando aquí en Madrid.

Isabel asintió lentamente. No había juicio en su expresión.

—Seguro que tu abuela es una gran mujer.

A Vera le gustó escuchar aquello.

—Lo es —respondió sin necesidad de pensarlo—. Sin ninguna duda.

—¿Y no has dejado a nadie esperándote en el pueblo? —preguntó Isabel, sosteniéndole la mirada un instante más de lo habitual.

—Claro. Casi todos mis amigos son de allí.

Isabel sonrió.

—No me refería exactamente a eso. Pensaba más bien en un novio… o una novia, ya me entiendes. Eres una chica muy bonita.

Mientras hablaba, se llevó una mano al cabello y se colocó con delicadeza un mechón detrás de la oreja.

Vera sintió que el rubor regresaba de golpe a sus mejillas. Inevitablemente, recordó que apenas unos minutos antes Isabel la había sorprendido mirándole el trasero. ¿Habría pensado que le gustaban las mujeres? ¿Que la estaba mirando de aquella manera?

—Llevaba desde los quince saliendo con un chico del pueblo. Era dos años mayor que yo —respondió Vera con demasiada rapidez—. Pero corté con él poco antes de venirme a Madrid.

Se dio cuenta de que había enfatizado lo de «un chico» más de lo necesario, como si necesitara aclarar algo que Isabel ni siquiera le había preguntado.

—Vaya. Lo siento. No pretendía meterme en tu vida privada. Supongo que habrá sido duro para ti.

—No pasa nada.

Y era verdad. Curiosamente, no le molestaba que Isabel preguntara.

Al contrario. Le gustaba estar allí, hablando con ella de algo que no tuviera nada que ver con archivos, citas o bibliografía.

Por primera vez desde que había empezado a trabajar en aquella casa, tuvo la sensación de que la distancia entre ambas se había acortado.

De que, por unos minutos, habían dejado de ser jefa y empleada para convertirse en algo parecido a dos amigas.

—Estoy mejor así… Me engañó con otra y, cuando me enteré, rompí la relación. Allá él… —añadió encogiéndose de hombros.

Isabel se quitó lentamente las gafas de cerca y se quedó unos segundos mordisqueando el extremo de una de las patillas mientras la observaba.

—Entonces no eres de esas que perdonan una infidelidad.

—No —respondió Vera con rotundidad.

—Eso imaginaba. Está bien que lo tengas todo tan claro —dijo Isabel, dedicándole una sonrisa apenas insinuada—. Pero tienes que tener en cuenta que cualquiera puede cometer un desliz. Incluso tú.

Vera vaciló un instante. Admiraba demasiado a Isabel para llevarle la contraria.

—Yo nunca lo haría. Si estoy con alguien es porque estoy enamorada, y si estoy enamorada no necesito acostarme con otra persona. Para mí es así de sencillo.

Isabel permaneció unos segundos en silencio, todavía con las gafas entre los dedos.

—Con los años descubrirás que las cosas rara vez son tan sencillas —respondió Isabel con absoluta naturalidad—. Yo sigo tan enamorada de mi marido como el primer día que nos besamos. Y, sin embargo, le he sido infiel.

Vera la miró sorprendida.

—¿Tú?

Isabel sonrió ante su reacción.

—Sí, yo. Hace un par de años engañé a mi marido.

Vera dejó de respirar durante un instante. De todas las respuestas posibles, aquella era la última que esperaba. Miró a Isabel intentando descubrir alguna señal de que estuviera bromeando. Pero no había ninguna.

—¿Me lo dices en serio?

Isabel asintió con la cabeza antes de responder.

—Mantuve una relación bastante apasionada con la sobrina de mi marido —continuó ella.

Esta vez Vera no pudo contenerse.

—¿Con una mujer?

Isabel sonrió ante su sorpresa.

—Sí.

Vera sintió nuevamente calor en las mejillas.

—¿Y él lo sabe?

Había estado a punto de decir Rodrigo. Pero se contuvo justo a tiempo.

—Lo sabe.

—¿Y te perdonó?

Isabel apoyó la espalda contra la silla y dejó escapar lentamente el aire.

—Fue complicado. Muchísimo. Pero Rodrigo es un hombre bastante civilizado. No montó ningún escándalo cuando nos descubrió.

Vera abrió todavía más los ojos.

—¿Os vio?