Capítulo 15
La habitación de hotel olía a ambientador y sábanas limpias.
Rebeca estaba completamente desnuda y tumbada boca arriba, con las piernas abiertas y las rodillas dobladas hacia el techo en un ángulo obsceno y descarado.
Tenía una mano metida entre sus propios labios mojados, hurgando con furia, provocándose oleadas de placer mientras su cuerpo entero se arqueaba.
Don Ramón permanecía de rodillas frente a ella, sin apartar la mirada ni un solo segundo. La contemplaba con fascinación.
—Eres un jodido mirón. Te pone ver cómo se masturba una mujer, ¿verdad? —preguntó con malicia—. ¿Nunca espiaste a Irene cuando se duchaba?
A él se le encendió la sangre, atrapado entre el rubor ardiente y una punzada de excitación malsana que le recorrió el vientre.
Era humillante, pero que Rebeca le leyera los pensamientos y sacara el nombre de su hija justo en la cama, en medio del sexo, lo arrastraba a un terreno oscuro del que no quería salir; nadie más conocía su enfermiza perversión, y ese secreto compartido lo ataba a ella con una fuerza brutal.
—No, pero a veces rebuscaba en el cubo de la ropa sucia para oler sus braguitas —confesó él con voz ronca, sin dejar de mirarla.
Rebeca detuvo el movimiento de los dedos por una fracción de segundo. Sus ojos, fijos en él, brillaban en la penumbra con una mezcla de perversidad y triunfo.
—¿De verdad? —susurró ella con una sonrisa lenta y peligrosa, volviendo a meterse los dedos con más fuerza, empapándose aún más mientras arqueaba las caderas hacia él—. Cuéntame, cerdito. Dime cómo olían sus braguitas usadas.
A don Ramón se le secó la boca por completo y sintió que las sienes le latían con furia. La imagen de su hija revoloteando por la casa hizo que el pulso se le disparara hasta rozar el vértigo.
—A su tierno chochito, Rebeca. A su bendito tesoro —susurró—. Imaginarme lo que hay debajo me vuelve loco.
—Acércate, cerdo. Y fóllame como si fuera Irene.
—Eres una perra insaciable, Rebeca… —masculló él con voz áspera, perdiendo el poco control que le quedaba—. Abre más las piernas… que te vea bien.
—Ah… sí, joder. Pórtate como un verdadero hombre o tendré que buscarme otro amante que sepa complacerme —lo amenazó, mordiéndose los labios.
Sin aguantar un segundo más, Ramón se abalanzó sobre ella como una bestia. Se colocó entre sus muslos, separándole las piernas con fuerza, y, sin mediar palabra, alineó su miembro duro y caliente antes de empotrarse de golpe en su interior.
Don Ramón no era el mejor amante del mundo. Ni siquiera era capaz de echarle dos polvos seguidos ni aguantaba demasiado sin correrse. Sin embargo, a Rebeca le daba morbo acostarse con él.
A veces, ella misma se preguntaba qué era lo que de verdad la atraía de algunos hombres.
Podía sentirse fascinada por la juventud y la potencia de Tony y, al mismo tiempo, buscar en otro amante justo lo contrario: la decadencia, la edad, incluso sus limitaciones.
No había lógica. O, al menos, ella todavía no había conseguido encontrarla.
Rebeca alcanzó el clímax mientras Ramón se encontraba ya al borde del suyo. Se contrajo con violencia, gritando el nombre de Ramón mientras sus jugos manchaban las sábanas. Pero, en el último segundo, antes de descargar, él se retiró de golpe.
—Me voy a correr en tus grandes tetas —dijo, ascendiendo por su cuerpo.
Con un gruñido primitivo y las sienes plateadas brillando de sudor, le juntó los pechos con las manos y encajó su polla en medio.
Rugiendo de puro placer, se corrió en sucesivas pulsaciones, manchándole los pechos y la cara, mientras Rebeca se estremecía bañada en su semen, lamiéndose los labios con una sonrisa perversa, saboreando el rastro denso que le escurría por la barbilla.
Después de que ella se limpiara el rastro blanco que le había quedado en la cara y en el pecho con un pañuelo de papel, la tormenta se aquietó por completo. Quedaron tumbados, agotados, con las respiraciones aún pesadas y una sonrisa compartida.
Rebeca apoyó la cabeza sobre el pecho cubierto de vello plateado de don Ramón y sintió bajo la oreja el latido cansado de su corazón. Después comenzó a besarle la piel con una devoción todavía palpitante, pero extrañamente tierna.
—¿Qué tal tu hija? —preguntó Ramón de repente, rompiendo el silencio mientras le acariciaba distraído los rizos oscuros—. ¿Se va adaptando al ritmo de la capital?
Rebeca soltó un suspiro, sin despegar los labios de su pecho.
—Está muy ocupada. Ya ha empezado las clases y, además, está trabajando como asistente de una psiquiatra. Siempre ha sido mucho más organizada y responsable que yo. A veces parece ella la madre y yo la adolescente a la que hay que andar regañando.
Don Ramón soltó una carcajada.
—¿Puedo preguntarte por su padre? Nunca me has hablado de él.
La sonrisa desapareció del rostro de Rebeca.
—Porque no hay mucho que contar.
—¿Qué pasó?
Ella frunció ligeramente el ceño y tardó unos segundos en contestar.
—Me enamoré de un hombre cuando tenía dieciocho años, me quedé embarazada y él me propuso abortar. Fin de la historia.
Ramón dejó de acariciarle el pelo.
—Joder… No tenía ni idea… Lo siento.
—Yo decidí tenerla. Él decidió que no quería saber nada.
—¿Y nunca volvió?
Rebeca negó despacio con la cabeza.
—Dejemos el tema, ¿vale? No es por nada, Ramón, pero prefiero aprovechar mejor el poco tiempo que tenemos juntos —dijo besándolo con suavidad.
Don Ramón percibió el cambio en su voz y tuvo el buen juicio de no insistir.
—Perdona. No quería meterme donde no me llaman.
Rebeca permaneció unos segundos callada.
—No pasa nada. Hace muchos años de aquello.
Lo dijo con demasiada rapidez. Él la observó, pero esta vez se guardó la pregunta.
—Lo importante es que tienes una hija estupenda.
Aquello sí consiguió arrancarle una sonrisa.
—Eso no te lo discuto. Vera es lo mejor que he hecho en mi vida. Probablemente lo único que he hecho realmente bien.
—No digas tonterías. Tú haces bien muchas cosas.
Ella giró el rostro y lo miró directamente a los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Cómo qué, por ejemplo? —preguntó.
Él trató de mantener el tono serio.
—Eres la mejor cajera del supermercado. Los clientes hablan maravillas de ti. El otro día, una señora me dijo que la ayudaste a meter la compra en el carrito.
—Menudo talento tengo —respondió con ironía—. ¿Solo eso hago bien?
Él cogió aire antes de responder, alargando el momento.
—Nadie la chupa tan bien como tú y también besas de maravilla.
—Serás idiota…
Ambos estallaron en sendas carcajadas durante unos segundos.
—Por cierto, ¿qué tal Pilar? ¿Te sigue tocando las narices? —preguntó, poniéndose serio.
—Al contrario —respondió Rebeca, levantando la cabeza para mirarlo directamente—. Últimamente está mucho más suave conmigo.
Don Ramón entrecerró los ojos. Había algo en la forma en que lo había dicho, un deje de diversión que conocía demasiado bien.
—Vaya… No sabes cuánto me alegro. ¿Y a qué se debe ese cambio?
Rebeca sonrió y escondió el rostro contra su pecho, fingiendo una vergüenza que no sentía en absoluto.
—Hemos hablado.
—¿De mí?
Ella volvió a mirarlo.
—Entre otras cosas… —respondió, divertida.
—¿Qué otras cosas?
Rebeca dejó pasar un par de segundos, disfrutando de su curiosidad.
—La acusé de estar celosa… y le dije que, en el fondo, lo que le pasa es que le gusto.
—¿Y?
—No me mandó a la mierda tan rápido como debería.
Don Ramón se quedó mirándola.
—Joder, Rebeca…
—¿Qué? —preguntó ella, inocente—. ¿No estarás celoso?
—A mí siempre me ha puesto imaginar a dos mujeres juntas —confesó Ramón, con la voz más áspera de lo habitual y los ojos clavados en los de Rebeca—. Ver cómo se miran, cómo se acercan, cómo se besan… Buf. No sabes lo que me pone.
Rebeca se echó a reír.
—Eres un vicioso que solo me quieres para follarme —se quejó con tono fingidamente lastimero.
—Eso no es cierto. Me encanta follar contigo, pero lo que siento por ti va mucho más allá —contestó con seriedad.
Sin embargo, la curiosidad y el morbo pudieron con él.
—¿Has estado alguna vez con una mujer?
Ella dejó escapar otra risita y se tomó unos segundos antes de contestar, disfrutando de la expectación que acababa de despertar en él.
—Yo no, mi amor… —mintió con descaro—. Sabes de sobra que a mí me van los tíos duros como tú.
Mientras le hablaba, siguió besándole. Su mano descendió con suavidad hasta el regazo de Ramón, atrapando su miembro. La polla seguía blanda y pegajosa. Rebeca la acarició con una mezcla de desdén y cariño perverso.
Bajó por su abdomen sin dejar de besarlo, hasta encajarse por completo entre sus piernas. Abrió los labios y la tomó, empezando a succionarla con una lentitud exasperante, jugando con la lengua.
Ramón, con las manos enmarañadas en el pelo de ella y la respiración de nuevo cortada, no pudo aguantar más el empuje del vicio.
—Me gustaría ver cómo esa zorra le come el coño a mi putita.
Abajo, rodeada por sus muslos y con la polla medio viva en la boca, Rebeca soltó contra su piel una carcajada divertida y triunfante.
—Eres un puto mentiroso, Ramón. Acabas de decirme que me quieres aunque sea solo un poquito y ahora aseguras que quieres compartirme —dijo burlándose de él.
—¡Ah, joder…! Claro que te quiero, Rebeca… y mucho más de lo que piensas. Pero compartirte con una mujer es distinto de hacerlo con un hombre.
Siempre pasaba exactamente lo mismo. Los hombres eran tan predecibles, tan fáciles de manipular, creyendo que eran ellos quienes llevaban las riendas, quienes daban los permisos y ponían las reglas…
cuando en realidad, una vez más, era ella la que había movido los hilos desde el principio para conseguir lo que le daba la gana.