Los Amantes de Mamá Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Cogió el consolador. Al cerrar los dedos alrededor de su grosor, una corriente eléctrica le recorrió el bajo vientre, humedeciéndole las bragas al instante.

Su mente, desbocada, empezó a proyectar imágenes obscenas: se imaginó a Isabel tumbada en aquella misma cama, con las piernas abiertas de par en par, las sábanas revueltas, gimiendo con la voz rota y los ojos en blanco mientras se introducía aquel cilindro transparente hasta el fondo, llenándose de placer a solas.

Miró hacia abajo. Llevaba una falda de tubo gris.

Sin pensarlo dos veces, con las manos húmedas de sudor nervioso, se subió la falda hasta la cintura, dejando al descubierto sus muslos.

No iba a metérselo; su cabeza le advertía que aquello era cruzar una frontera definitiva. Solo quería sentirlo muy cerca.

Se bajó ligeramente las braguitas de algodón blanco —básicas, casi infantiles, que ahora le parecían patéticas al lado del lujo de Isabel— y acercó la punta del dildo a su sexo.

Rozó el metacrilato frío y transparente contra el vello rojizo de su pubis. A continuación, lo bajó hasta sus labios mayores, que ya ardían y estaban hinchados por la excitación.

—¡Ah! —chilló dejándose caer de espaldas sobre la cama—. Joder, qué perrita me he puesto…

No pudo contenerse. Vera presionó la punta y la deslizó hacia dentro. Solo un centímetro. Lo justo para notar cómo su sexo se abría, se estiraba y devoraba el cuerpo extraño con una avidez abrasadora.

Con las piernas abiertas en un ángulo obsceno y la falda subida hasta la cintura, se lo encajó hasta el fondo y comenzó a deslizar el consolador transparente hacia dentro y hacia fuera con un ritmo cada vez más febril. El sonido húmedo llenó la habitación.

—Dios… —balbuceó entre jadeos rotos, con los pezones duros rozando las pequeñas esferas de perlas.

En ese momento, su mirada volvió a clavarse en el retrato colgado en la pared. Vio los ojos de Rodrigo, el marido de Isabel. Un hombre al que solo conocía por esa foto, al que jamás había visto en persona, pero que de repente se le metió en la cabeza como una obsesión insoportable.

No solo por ser el dueño de aquella casa y el marido de la mujer a la que tanto admiraba, sino por una razón mucho más perversa y sucia: era el amante de su madre.

Cerró los ojos con fuerza, perdiendo el sentido de la realidad.

En su mente afiebrada, el hombre de la foto cobró vida.

Se imaginó que era Rodrigo quien estaba sobre ella, inmovilizándola con su peso, con las sienes plateadas y una sonrisa depredadora.

Imaginó que aquel falo de metacrilato era la carne dura y caliente de él, embistiéndola sin compasión.

—¡Rodrigo…! —gritó, rompiendo el silencio de la casa, mientras su mano libre se desplazaba frenética hacia su clítoris, frotándolo con una desesperación ciega—. Dime que te gusto más que ellas…

El orgasmo le estalló dentro con la fuerza de un huracán.

Su cuerpo entero se arqueó sobre la cama de Isabel; las piernas le temblaban descontroladamente mientras una serie de contracciones intensas la hacían correrse con una fuerza brutal.

Vera gritó aquel nombre prohibido mientras la humedad empapaba el metacrilato y resbalaba por sus muslos.

Durante varios minutos, en la habitación solo se escucharon las respiraciones cortadas y jadeantes de Vera.

Pero de repente, su conciencia la sacudió y la realidad cayó sobre ella como un cubo de agua helada.

¿Por qué se había comportado así? ¿Por qué había abusado de la confianza de una mujer que lo único que había hecho era darle trabajo y ponerle en sus manos las llaves de su casa?

De pronto recordó una de esas frases que su abuela había repetido durante años cada vez que hablaba de Rebeca: La cabra siempre tira al monte.

Sintió una punzada de vergüenza y arrepentimiento.

Siempre había pensado que ella era distinta. Más prudente, más sensata, más parecida a su abuela que a su madre. Tal vez había más de su madre dentro de ella de lo que jamás habría querido admitir.

Con las manos todavía temblando de adrenalina, se incorporó de un salto. Se limpió con torpeza, se recolocó las braguitas y se bajó la falda con gestos urgentes.

Alisó la colcha gris con las palmas hasta que no quedó una sola arruga que delatara su peso y se aseguró de que no hubiera dejado ninguna mancha en la tela. Después limpió cuidadosamente el consolador y lo devolvió al compartimento oculto bajo la bandeja de terciopelo donde lo había encontrado.

Se llevó las manos al collar de perlas blancas.

Por alguna razón, le costó más desprenderse de él.

Deshizo lentamente las dos vueltas y dejó que las perlas se deslizaran entre sus dedos antes de colocarlas de nuevo en el joyero.

Sintió una absurda punzada de pena al hacerlo.

Le habría encantado tener algo así. No solo por lo que seguramente valía, sino por cómo se había sentido al mirarse con él puesto.

Pasó una última vez los dedos sobre las perlas y cerró el joyero con cuidado.

Respiró hondo tres veces, intentando rebajar el color de sus mejillas encendidas, y, con el pulso todavía retumbándole en las sienes, terminó de vestirse y salió de la habitación con el alma convertida en un nudo de culpa y un morbo insondable.