Capítulo 14
El trabajo en casa de Isabel se había convertido rápidamente en el refugio favorito de Vera.
Le gustaba el silencio, el orden impecable y aquella sensación de calma que encontraba nada más cruzar la puerta.
Todo parecía estar siempre en su sitio: muebles de líneas sencillas, tonos neutros, maderas oscuras y grandes ventanales por los que entraba una agradable luz natural.
Después de tantos cambios en tan pocos días, agradecía pasar unas horas allí, concentrada en el trabajo y lejos del ritmo caótico en el que parecía haberse convertido su nueva vida en Madrid.
Vera admiraba a Isabel: su elegancia natural, su vasta cultura, la cadencia serena de su voz al hablar y la seguridad con la que se movía.
A veces, mientras acomodaba los libros en el estudio o preparaba un té, se quedaba pensando en silencio, preguntándose qué diablos podía buscar un hombre como Rodrigo en una mujer tan complicada como su madre, cuando tenía a alguien como Isabel.
No lograba entenderlo.
Isabel era inteligente, atractiva, equilibrada, educada, tenía una carrera brillante y parecía poseer esa clase de vida que Vera siempre había asociado a las personas de la alta sociedad.
Rebeca, en cambio, era puro caos: impulsiva, descarada, imprevisible y absolutamente incapaz de ajustarse a lo que los demás esperaban de ella.
¿Qué podía encontrar Rodrigo en Rebeca que no tuviera ya en su propia casa?
Quizá esa era precisamente la respuesta.
Vera apartó aquel pensamiento de su cabeza y continuó colocando los libros.
Aquella tarde, la casa estaba envuelta en un silencio espeso, casi monacal. Isabel no estaba; Vera sabía perfectamente que se encontraba impartiendo una conferencia en la universidad. Ella misma le había pasado el borrador a limpio.
Salió del despacho para ir al baño. Al pasar frente al dormitorio principal, reparó en que la puerta estaba entreabierta. Siguió caminando, pero apenas dio un par de pasos antes de detenerse. Volvió la cabeza.
Desde el pasillo solo alcanzaba a distinguir una parte de la habitación, lo suficiente para despertar su curiosidad. ¿Cómo sería el dormitorio de una mujer como Isabel? ¿Sería tan ordenado, elegante e impecable como el resto de la casa?
Sabía que no tenía ningún derecho a entrar allí. Pero precisamente por eso sintió unas ganas terribles de hacerlo. Dio un paso hacia la entrada y se asomó, diciéndose que solo sería un momento, que no era nada malo y que nadie podría enterarse.
El dormitorio de Isabel mantenía la misma elegancia sobria que el resto de la casa. Una cama amplia, cubierta por un edredón gris oscuro perfectamente estirado, presidía la estancia. No había nada fuera de lugar.
Vera dio un paso hacia el interior.
Allí, el aroma de Isabel era mucho más intenso. Su perfume francés permanecía suspendido en el ambiente: sándalo, jazmín y ámbar, una fragancia cálida y sofisticada que Vera había aprendido a reconocer cada vez que la tenía cerca.
Inspiró lentamente.
Era extraño. Hasta entonces, aquel olor siempre había pertenecido a Isabel; a su ropa, a su cabello, a la estela que dejaba al pasar junto a ella.
Encontrarlo allí, concentrado en la intimidad de su dormitorio, hizo que Vera tuviera de pronto la incómoda sensación de estar invadiendo algo mucho más privado de lo que había imaginado.
Debería haberse marchado. Pero no lo hizo.
Sus ojos se desviaron hacia la pared principal. Allí colgaba un gran retrato en blanco y negro, enmarcado con sobriedad. Isabel aparecía junto a su marido.
Vera se acercó casi sin darse cuenta. Por fin iba a ponerle rostro a Rodrigo.
Sentía una curiosidad enorme por conocer la cara del hombre que compartía la vida con Isabel y que, aun así, como si ella no fuera suficiente mujer para él, se revolcaba a escondidas con su madre.
A pesar de que, para ella, era un hombre demasiado maduro, lo encontró atractivo.
Tenía un cuerpo cuidado, la mandíbula marcada y un rostro serio en el que las sienes plateadas parecían reforzar todavía más aquella sensación de autoridad.
Pero fueron sus ojos los que terminaron atrapándola: oscuros, profundos, con una mirada penetrante que incluso desde una fotografía resultaba difícil sostener.
Vera sintió un nudo seco en la garganta y se acercó un poco más al retrato. Ahora empezaba a comprender algunas cosas.
Aquel era el hombre con el que su madre se escapaba algunos fines de semana. El hombre casado del que hablaba con tanta fascinación. El marido de Isabel.
Y, por mucho que le incomodara reconocerlo, entendía perfectamente que su madre se hubiera fijado en él.
Movida por la curiosidad, se acercó al enorme vestidor de madera noble.
Abrió una de las puertas y admiró el orden absoluto.
Filas y filas de trajes de chaqueta impecables, abrigos de cachemira, blusas de seda ordenadas por tonalidades y zapatos de firmas exclusivas alineados con precisión milimétrica.
Todo en aquel armario desprendía un aura de carnalidad contenida, de lujo silencioso y prohibido.
Pensó que algunas tiendas tendrían problemas para competir con aquel vestidor.
Vera se acercó a la cómoda. Sobre la superficie había un pequeño joyero y un frasco de perfume. Lo cogió y observó la etiqueta durante unos segundos antes de quitarle el tapón.
No pudo resistirse.
Se roció un poco en el cuello y en las muñecas e inspiró el aroma. Era aquel olor. Suave, elegante, mucho más intenso ahora sobre su propia piel. Dejó el frasco exactamente donde estaba y dirigió su atención al joyero.
Dudó antes de abrirlo.
Dentro encontró varios pares de pendientes, anillos, una pulsera de oro y un collar de perlas cuidadosamente enrollado sobre el terciopelo. Nada parecía colocado al azar. Al levantar la pulsera para verla mejor, descubrió debajo un pequeño papel doblado.
La curiosidad pudo más que la prudencia. Lo abrió.
Pregúntale a papá qué pasó el 17 de noviembre de 1997. Mírale a los ojos cuando responda.
Vera leyó la frase dos veces. Reconoció la letra de Isabel. Sintió un escalofrío. ¿Qué demonios había ocurrido aquel día?
Volvió a doblar la nota siguiendo exactamente los pliegues y la dejó en el mismo lugar. Después colocó la pulsera encima, procurando que todo quedara como lo había encontrado.
Debería haber cerrado el joyero en ese momento.
En lugar de hacerlo, cogió el collar de perlas. Pesaba más de lo que esperaba. Se lo colocó alrededor del cuello y le dio una segunda vuelta.
Se contempló en el espejo de la cómoda.
No le gustó el efecto. La camiseta restaba elegancia al collar y apenas le permitía sentir las perlas. Dudó unos segundos antes de quitársela. Después se desabrochó el sujetador y dejó ambas prendas a un lado de la cama.
Esta vez fue diferente.
Las perlas, frías al principio, descansaron directamente sobre su piel y Vera sintió un pequeño estremecimiento. Las deslizó entre los dedos, fascinada por su peso y por el tacto suave y frío de las perlas sobre sus pechos desnudos. Nunca se había sentido tan sexy.
Había algo extrañamente excitante en verse así, utilizando a escondidas cosas que no le pertenecían. Se preguntó cuánto podría valer un collar como aquel. Mucho, seguramente. Quizá más dinero del que ella había tenido nunca entre las manos.
Miró hacia la cama. A cada lado había una mesilla, pero supo inmediatamente cuál era la de Isabel. Sobre ella descansaban unas gafas de lectura junto a un libro abierto, con varias frases subrayadas y pequeñas anotaciones escritas con aquella letra que Vera ya reconocía.
Se acercó un poco más y, vencida otra vez por el morbo, tiró con suavidad del pequeño cajón superior.
Dentro, perfectamente doblada y ordenada, estaba la ropa interior de Isabel. Vera abrió los ojos, sorprendida.
Su sorpresa fue mayúscula. Isabel vestía siempre con una elegancia sobria, casi discreta: pantalones impecables, blusas sencillas, colores neutros, ninguna prenda que llamara innecesariamente la atención.
Vera había supuesto que su ropa interior seguiría la misma línea. Funcional y elegante, pero clásica…
Se equivocaba.
Había bragas de delicado encaje negro, tangas de seda, sujetadores con transparencias y finísimos bordados florales. Todo exquisito, atrevido y sorprendentemente sensual.
Cogió unas bragas negras por los extremos y las sostuvo frente a ella. Le costaba imaginar a la impecable doctora Montalbán llevando algo así debajo de uno de sus pantalones blancos de lino.
Se imaginó a sí misma enfundada en algo tan sofisticado, sintiéndose una mujer poderosa, deseada, completamente alejada de la chica simple que era.
Pero al ir a colocar la prenda de nuevo en su sitio, el dorso de su mano chocó contra algo duro que estaba oculto al fondo del cajón. Vera apartó los encajes y descubrió que el cajón tenía más fondo de lo que parecía. Introdujo los dedos y levantó una pequeña bandeja interior.
Debajo había un segundo compartimento. Se quedó mirándolo.
Un consolador de metacrilato transparente descansaba junto a un pequeño frasco de lubricante y unas esposas metálicas cuidadosamente guardadas en una funda de terciopelo negro.
Al lado había un objeto que Vera no supo identificar: una especie de brazalete metálico articulado, formado por pequeñas piezas unidas entre sí.
Lo cogió con cuidado y lo hizo girar entre los dedos.
—¿Y esto qué demonios es? —murmuró.
Buscó algún cierre, alguna pista que revelara para qué servía, pero no encontró nada que se lo aclarase. Terminó dejándolo exactamente donde estaba, aunque aquella extraña pieza despertó en ella mucha más curiosidad que todo lo demás.
Volvió a mirar hacia la puerta del dormitorio, como si temiera que Isabel pudiera aparecer de repente. Después bajó de nuevo los ojos hacia el cajón.
Le resultaba casi imposible reconciliar aquellos objetos con la mujer que conocía. Sonrió para sí.
Definitivamente, la doctora Montalbán tenía una vida privada bastante más interesante de lo que aparentaba.