Los Amantes de Mamá Capítulo 13
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Capítulo 13

Vera asentía con una sonrisa amable, fingiendo interés en la interminable anécdota de Laura sobre una de sus correrías con Rebeca, aunque su cabeza seguía al otro lado de aquella puerta metálica.

—El muy cabrón se negó a pagarnos —continuó Laura—. Pero tu madre le dio una patada en los huevos que lo dejó de rodillas y cogió el dinero de las dos directamente de la caja.

Vera abrió los ojos, arrancada de golpe de sus pensamientos.

—¿En serio?

—Pregúntale. A ver qué te cuenta —respondió Laura, divertida—. Mira, ahí viene.

Vera levantó la vista por encima de la barandilla del reservado y vio a su madre reaparecer al fondo. Dejó escapar un suspiro de alivio que llevaba varios minutos conteniendo. Al menos estaba de vuelta.

Estaba enfadada, profundamente cabreada con ella.

Una parte de su interior se avergonzaba al verla regresar de esa manera, consciente de que su madre había priorizado su propio instinto sexual, entregándose sin contemplaciones a un hombre mucho más joven, mientras la dejaba allí tirada, en medio de un grupo de desconocidos que apenas sabía quiénes eran.

Rebeca apareció delante de Tony con el cuerpo todavía alterado por lo que acababa de ocurrir: el cabello revuelto y el pintalabios prácticamente borrado.

Él venía detrás con una sonrisa satisfecha.

Vera no necesitó más. Bajó los ojos hacia su copa, incómoda al descubrir que podía leer en el aspecto de su madre exactamente lo que había ocurrido detrás de aquella puerta.

Al llegar al reservado, Rebeca se dejó caer a su lado en el sofá.

Desde tan cerca, Vera percibió el calor que aún desprendía su piel.

—¿Te lo estás pasando bien? —le preguntó su madre cogiéndole la copa para darle un sorbo.

—Estupendamente. Aunque creo que te estás divirtiendo tú mucho más que yo.

—Lo siento, cariño —se disculpó Rebeca, arrimándose a su hija hasta apoyar la cabeza un instante en su hombro—. Seguro que Laura te ha vuelto loca con sus batallitas.

Vera se apartó apenas unos centímetros, resistiéndose a sus mimos.

—Al menos ella no me ha dejado sola… —replicó, mirándola de reojo.

—Nenita, no te enfades conmigo. —Rebeca le cogió la mano y se la apretó entre las suyas—. Ya te he dicho que lo siento. Anda, perdóname y dame un besito.

Rebeca puso morritos y cerró los ojos, esperando. Vera intentó mantener la seriedad, pero aquella cara terminó por arrancarle una sonrisa.

—Eres un desastre.

—Pero un desastre adorable —replicó su madre sin abrir los ojos—. El beso.

Vera soltó una risita y acabó dándole un beso rápido en la mejilla.

Rebeca abrió los ojos, satisfecha, y aprovechó para devolverle otro más sonoro.

—Sabía que me querías.

—Sí, aunque a veces no te lo merezcas.

Poco después, la insistencia de Laura terminó llevándolas a otro pub cercano donde, según ella, a esas horas había mucho más ambiente.

El local estaba abarrotado. Mientras bailaban entre la multitud, Vera tuvo de pronto esa incómoda sensación de que alguien la observaba.

Levantó la mirada y tardó apenas unos segundos en encontrarlo: un chico de veintipocos años, hombros anchos y aspecto atractivo, apoyado en la barra con una copa en la mano.

La estaba mirando directamente, sin molestarse en disimular.

—Mamá…—susurró Vera—. Hay un chico mirándome fijamente desde hace rato.

Rebeca se giró, escaneando al muchacho. Sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice, oscura y tentadora.

—¿El de negro? Mmm… menudo caramelito —susurró con una media sonrisa.

—Mamá, por favor —protestó Vera, con las mejillas ardiendo—. Si lo sé, no te cuento nada.

Rebeca se acercó un poco más y le habló prácticamente al oído.

—Sonríele y luego deja de mirarlo. Eso nunca falla.

Vera dudó, pero terminó haciéndole caso. Buscó al desconocido, le dedicó una sonrisa tímida y apartó enseguida la mirada, fingiendo concentrarse de nuevo en el baile.

Funcionó.

Cuando volvió a mirar hacia la barra, el chico ya no estaba allí. Avanzaba entre la gente directamente hacia ella.

—Hola —saludó, deteniéndose a apenas unos centímetros de ella.

A Vera se le secó la boca. Buscó instintivamente a su madre con la mirada, pero Rebeca ya se había apartado unos pasos y contemplaba la escena con los brazos cruzados y una sonrisa de absoluta aprobación. Estaba claro que no pensaba acudir en su ayuda.

Vera tragó saliva y volvió a mirar al muchacho. De cerca le pareció todavía más atractivo, y eso no ayudó precisamente a calmar sus nervios.

—Hola —respondió al fin, procurando que la voz no delatara su timidez.

—Me llamo Pablo.

El chico se acercó para saludarla con dos besos. La naturalidad del gesto pilló desprevenida a Vera y, durante un instante, se quedó algo rígida, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Llevo un buen rato intentando atreverme a venir a saludarte. La verdad es que impones bastante.

Vera arqueó las cejas.

—¿Yo?

—Sí. —Pablo sonrió, algo avergonzado—. Eres demasiado guapa y tienes esa cara de que vas a mandarme a la mierda en cuanto abra la boca.

Vera notó que las mejillas volvían a arderle, pero esta vez, en lugar de refugiarse otra vez en su timidez, sostuvo los ojos de Pablo y sonrió.

—Pues todavía no lo he decidido.

Él soltó una carcajada.

—Entonces aún tengo alguna posibilidad. ¿Te apetece tomar una copa mientras lo piensas?

Se acercaron a la barra. Al abrirse paso entre la gente, Pablo apoyó una mano en la parte baja de su espalda para guiarla. El gesto fue natural, apenas un contacto entre empujones y cuerpos, pero Vera sintió con demasiada intensidad aquella mano.

Pidieron dos copas. Pablo se inclinó hacia ella para hacerse oír por encima de la música y Vera percibió su perfume y el calor de su cuerpo demasiado cerca. Aún conservaba en la espalda el recuerdo de aquella mano guiándola entre la gente.

Pablo no dejaba de mirarla.

—Llevas poco tiempo en Madrid, ¿verdad?

Ella podía sentir su aliento cada vez que hablaba.

—¿Tanto se me nota? —respondió con una sonrisa nerviosa.

—Un poco.

—¿Y eso es bueno o malo?

Pablo se tomó un segundo antes de contestar, mirándola directamente a los ojos.

—Todavía no lo he decidido. Solo sé que me gustas mucho.

El joven se volvió por completo hacia ella, cerrando el poco espacio que aún los separaba.

Vera sintió el borde de la barra contra la espalda.

Antes de que pudiera decidir si quería apartarse o acercarse, Pablo le llevó una mano a la nuca, hundió los dedos entre su cabello pelirrojo y la atrajo hacia él.

La besó.

Vera se quedó rígida apenas un instante, sorprendida por la decisión con que lo había hecho. Después cerró los ojos y dejó de pensar. Sus manos, que hasta entonces no había sabido dónde colocar, terminaron apoyándose casi por instinto sobre el pecho de Pablo.

Poco a poco, el beso se volvió más profundo, más hambriento.

Pablo atrapaba su labio inferior entre los suyos, lo succionaba y volvía a besarla.

Cada vez que lo hacía, a Vera se le aflojaban las piernas y sentía las bragas cada vez más húmedas por una excitación caliente y obstinada que llevaba toda la noche conteniendo y que ahora empezaba a resultarle imposible ignorar.

En medio del vértigo y el pulso desbocado, un pensamiento prohibido y perverso cruzó su mente: su madre.

Se imaginó su rostro desfigurado por el placer cuando se había encerrado con Tony en aquel cuarto.

Y por un fugaz y turbio instante, mientras el desconocido la devoraba la boca, sintió la fantasía morbosa de que aquel chico era el amante de su propia madre, y que ella estaba allí, viéndolo todo, cruzando una línea sin retorno.

Pablo, notando la rendición absoluta de su cuerpo, deslizó la mano desde su nuca y recorrió lentamente la curva de su espalda hasta llegar a su cintura.

Después la sujetó con fuerza por el culo, pegándola a él y obligándola a sentir su erección, dura y palpitante, presionando con firmeza contra su vientre.

Vera gimió contra su boca, arqueando la espalda en un reflejo instintivo, entregada por completo al delirio de la excitación.

Ella tenía la respiración completamente desbocada, el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético y los labios rojos y brillantes. Pablo se apartó apenas unos milímetros, rozando su nariz con la de ella mientras le hablaba al oído con voz ronca.

—Tengo el coche aparcado a dos calles de aquí… Podemos irnos a un lugar tranquilo —le susurró, mordiéndole el lóbulo de la oreja.

Vera sintió el vértigo de la tentación. Aquella propuesta significaba cruzar definitivamente una línea. Su cuerpo le pedía que dijera que sí, que se dejara arrastrar hasta la oscuridad de un asiento trasero y, por una vez, se olvidara de todo lo que siempre había considerado correcto.

Hasta entonces, solo había estado con un hombre en toda su vida. Y para acostarse con él habían hecho falta meses de noviazgo, besos a escondidas, dudas y conversaciones interminables. Sobre todo, había necesitado estar convencida de que aquello iba en serio.

Todavía tenía demasiado reciente la imagen de su madre desapareciendo con Tony sin dar explicaciones y regresando un rato después con aquella expresión de estar saciada.

Para Rebeca, el deseo parecía ser algo mucho más sencillo: le apetecía un hombre, se acostaba con él y después continuaba con su vida.

Vera siempre había creído que ella era completamente distinta.

Pero mientras permanecía sujeta por aquel chico, alterada por el beso, empezó a preguntarse si el sexo tenía que ser necesariamente aquello que había conocido con su novio del pueblo: confianza, sentimientos, meses de espera y la seguridad de que al día siguiente todo seguiría igual.

Con un esfuerzo sobrehumano, tragó saliva y apoyó firmemente las manos en su pecho para mantenerlo a distancia, aunque sus ojos azules seguían brillando.

—Lo siento… Pero tengo que irme. Muchas gracias por la copa, Pablo —murmuró ella, con la voz rota por el deseo insatisfecho.

—Espera —protestó él con un gruñido de frustración, volviendo a buscar sus labios.

—Lo siento… —Se apartó un poco más, negando con la cabeza mientras intentaba recuperar la calma—. Lo he dejado hace poco con mi novio y aún no estoy preparada para hacer algo así. Dirás que soy una idiota.

Pablo la miró con incredulidad, evaluando el brillo de sus ojos y comprobando que, aunque se negaba, su cuerpo seguía temblando de ganas.

—¿Te apetece que nos veamos otro día? Prometo ir mucho más despacio. Me gustas mucho —susurró él con una mezcla de admiración, deseo y frustración.

Sacó el teléfono del bolsillo con torpeza y se lo tendió desbloqueado.

Vera, con los dedos todavía ligeramente temblorosos, cogió el aparato. Introdujo su número despacio, sintiendo la mirada intensa y fija de Pablo sobre sus labios hinchados, antes de devolvérselo con una sonrisa lenta y desafiante.

—Ahora tengo que irme —susurró.

Antes de separarse, volvió a rozar los labios del chico en un último beso, breve, que sabía a despedida.

Después se dio la vuelta y regresó junto a Rebeca sin mirar atrás. O, al menos, consiguió no hacerlo durante los primeros diez pasos.

Cuando finalmente cedió y volvió la cabeza, Pablo seguía junto a la barra, mirándola.

Vera sonrió.

Después respiró hondo y continuó caminando hacia su madre, intentando recuperar una normalidad que no sentía.

Rebeca la vio acercarse desde el otro extremo del local. Sus ojos recorrieron rápidamente el rostro de su hija y después buscaron por encima de su hombro al chico que seguía apoyado junto a la barra.

Cuando Vera llegó hasta ella, Rebeca sostenía una sonrisa imposible de disimular.

—Ni se te ocurra.

Rebeca arqueó una ceja.

—¿Qué?

—Preguntarme nada.

—No iba a hacerlo.

—Ya… Como si no te conociera.

Vera dio un sorbo a su copa, evitando mirarla. Rebeca continuó en silencio. Aquello era todavía peor.

—¿Y por qué sonríes? —preguntó con un tono que sonó a rabieta adolescente.

—¿Yo? —Rebeca arqueó las cejas.

—Sí, tú…

Rebeca soltó una carcajada y pasó un brazo por los hombros de su hija.

—Era muy guapo tu amigo.

Vera dudó. Miró involuntariamente hacia la barra. Pablo seguía allí.

—Sí. Es muy simpático.

Rebeca levantó su copa y chocó suavemente el borde contra la de ella.

—¿Nos vamos?

Vera volvió la cabeza una última vez.

Pablo levantó ligeramente el teléfono que todavía sostenía en la mano y sonrió.

—Sí. Vámonos.

Salieron juntas del local.

Ya en la calle, el aire fresco de la madrugada golpeó el rostro de Vera y consiguió despejarle un poco la cabeza. Caminó junto a su madre en silencio, escuchando el ruido lejano del tráfico y el golpe de sus propios tacones contra la acera.

La noche había empezado preocupada porque el vestido le parecía demasiado corto. Ahora aquello era lo último en lo que pensaba.

Metió una mano en el bolso buscando el teléfono. Todavía no había recibido ningún mensaje. No habían pasado ni cinco minutos y ya estaba comprobándolo. Vera cerró el bolso inmediatamente, molesta consigo misma. Rebeca la miró de reojo.

—Ni una palabra —advirtió Vera.

Su madre levantó ambas manos.

—Yo no he dicho nada.

Pero aquella sonrisa burlona seguía ahí. Vera intentó mantener el gesto serio, aunque apenas aguantó un par de segundos antes de que se le escapara la risa.

Rebeca tampoco pudo contenerse. Al final, las dos terminaron riéndose juntas.