Los Amantes de Mamá Capítulo 40
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Capítulo 40

Vera estuvo a punto de arrepentirse tres veces antes de llegar.

La primera, cuando salió de casa. La segunda, en el metro. Y la tercera, mientras caminaba junto a su madre y vio la cafetería al otro lado de la calle y comprendió que dentro podía estar esperándola el hombre al que llevaba dieciocho años intentando ponerle una cara.

Rebeca debió notar que había reducido el paso.

—Podemos dar una vuelta antes, si quieres.

—No.

Vera respondió demasiado deprisa. Se ajustó el bolso sobre el hombro y continuó caminando.

No quería dar ninguna vuelta. Quería terminar de una vez con aquella espera que le había mantenido la cabeza ocupada desde que su madre le había contado la verdad.

Rebeca tampoco parecía especialmente tranquila.

Desde que habían salido de casa había consultado el teléfono varias veces y apenas hablaba.

Aquello sorprendía a Vera. Su madre podía entrar en un pub lleno de desconocidos como si fuera la propietaria, discutir con cualquiera sin pestañear y ponerse una minifalda con la que su hija no se atrevería ni a bajar a comprar el pan.

Sin embargo, aquella mañana parecía nerviosa.

—¿Está ya dentro?

Rebeca miró el teléfono.

—Sí, tu padre está dentro. Me ha escrito hace cinco minutos.

Vera sintió que se le cerraba ligeramente el estómago. No dijo nada y cruzó la calle junto a su madre.

Rebeca empujó la puerta de la cafetería y entró primero. Vera la siguió y durante los primeros segundos solo vio mesas, camareros y gente desayunando. Después observó cómo su madre dirigía la mirada hacia el fondo. Y se detenía. La chica supo inmediatamente que lo había encontrado.

Siguió sus ojos.

Un hombre estaba sentado solo junto a uno de los ventanales. Se levantó en cuanto las vio. La primera impresión de Vera fue que era enorme.

No porque resultara especialmente corpulento, sino porque superaba ampliamente el metro ochenta y conservaba, pese a rondar los sesenta, la constitución fuerte de alguien que probablemente había hecho deporte durante buena parte de su vida.

Llevaba unos pantalones claros, camisa azul y una chaqueta oscura.

El cabello, corto y todavía abundante, había debido ser intensamente pelirrojo años atrás, aunque ahora las canas empezaban a dominar, sobre todo alrededor de las sienes.

Pero Vera apenas reparó en todo aquello. Se fijó en sus ojos. Azules. Sintió un pequeño escalofrío. Había visto aquellos ojos miles de veces en el espejo.

El descubrimiento fue tan inmediato que durante unos segundos dejó de escuchar incluso el ruido de la cafetería.

—Es él —murmuró Rebeca.

Vera no respondió.

Patrick permanecía de pie junto a la mesa. Parecía no saber qué hacer con las manos. Primero las dejó a ambos lados del cuerpo, después introdujo una en el bolsillo y finalmente volvió a sacarla.

Aquella torpeza consiguió tranquilizarla ligeramente. Su padre estaba tan nervioso como ella. Rebeca reanudó el paso y Vera la siguió.

A medida que se acercaban, Patrick no apartaba los ojos de su hija. Vera empezó a sentirse incómoda bajo aquella mirada, pero comprendió que no había curiosidad en ella. Había otra cosa. Algo mucho más difícil de soportar. Patrick parecía emocionado.

—Hola, Rebeca.

La voz era grave. El español, perfecto, aunque las palabras conservaban una musicalidad extranjera imposible de ocultar.

—Hola, Patrick.

Rebeca se acercó y le dio dos besos con naturalidad. No hubo abrazo ni ningún gesto que indicara que entre ellos hubiera existido algo más que una relación antigua. Aun así, Vera los observó con enorme curiosidad. Resultaba extraño ver juntos a los dos responsables de que ella existiera.

Cuando Rebeca se apartó, ya no quedó nadie entre Patrick y ella. El hombre abrió ligeramente los brazos, quizá movido por un primer impulso, pero se contuvo inmediatamente. Vera agradeció que lo hiciera. No estaba preparada para abrazarlo.

—Hola, Vera.

Escuchar su nombre pronunciado por aquel hombre le produjo una sensación mucho más intensa de lo esperado.

—Hola.

Patrick sonrió.

Los ojos se le habían humedecido ligeramente y Vera tuvo que apartar la mirada. No quería verlo llorar. Y mucho menos cinco segundos después de conocerlo.

—Perdona —dijo él, carraspeando mientras señalaba las sillas—. Estoy un poco…

No terminó la frase. Tampoco hacía falta. Se sentaron.

Rebeca ocupó deliberadamente una de las sillas laterales, dejando a padre e hija prácticamente frente a frente. Vera se dio cuenta y le lanzó una mirada de reproche que su madre decidió ignorar.

Patrick volvió a observarla. Esta vez Vera soportó mejor la inspección.

—Te pareces mucho menos a tu madre de lo que imaginaba por las fotos.

Rebeca soltó una carcajada.

—Bonita manera de decir que se parece más a ti.

Patrick sonrió, algo avergonzado.

—No quería decir eso.

—Pues es exactamente lo que has dicho.

Vera miró alternativamente a ambos. Le sorprendía la facilidad con la que se hablaban. No parecían dos personas que hubieran compartido una historia tan traumática hacía dieciocho años. Había entre ellos una familiaridad desgastada, pero todavía reconocible.

Patrick volvió a mirarla.

—Los ojos sí son míos.

Vera bajó la mirada hacia la mesa antes de responder.

—Eso estaba pensando. Y el color del pelo también.

Fue la primera frase que consiguió decirle sin sentirse completamente estúpida.

Patrick sonrió.

Un camarero se acercó y aquella interrupción resultó providencial. Pidieron café. Rebeca quiso una tostada. Vera aseguró que no tenía hambre y su madre pidió otra para ella de todas formas.

Durante unos minutos hablaron de cosas absurdamente normales.

Patrick había llegado a Madrid hacía unos días. Se alojaba en un hotel. Rebeca le preguntó por el vuelo y él se quejó del calor. Vera escuchaba más de lo que hablaba.

Y mientras los escuchaba, lo estudiaba.

Las manos grandes. Las pecas apenas visibles en los antebrazos. La forma de fruncir el ceño antes de responder. La manera de sonreír inclinando ligeramente la cabeza.

Buscaba cosas suyas en él. Y las encontraba. Aquello resultaba fascinante y molesto al mismo tiempo.

Durante toda su vida había dado por hecho que determinados gestos simplemente eran suyos. De repente descubría que quizá pertenecían al hombre que estaba sentado al otro lado de una mesa.

Patrick tomó un sorbo de café.

—No sé muy bien qué puedo preguntarte.

Vera agradeció que lo reconociera.

—Yo tampoco sé qué tengo que preguntarte a ti.

—Entonces estamos igual.

Sonrió. Esta vez Vera le devolvió la sonrisa. El silencio posterior ya no fue tan incómodo.

Rebeca se dedicó durante un rato a remover el café, interviniendo únicamente cuando la conversación amenazaba con atascarse. Poco a poco dejó de hacerlo. Vera empezó preguntándole por Irlanda, por su trabajo y por aquella familia cuya existencia había descubierto un par de días antes.

Cada vez que aparecían Erin y Sean, algo cambiaba dentro de ella.

Sus hermanos. Seguía costándole incluso pensarlo.

Patrick sacó el teléfono en un momento determinado, pero antes de desbloquearlo se detuvo.

—Tengo fotografías, pero no sé si quieres verlas.

Vera agradeció aquella prudencia.

—Sí.

Patrick acercó la silla, pero no demasiado. Buscó una fotografía.

Vera vio primero a una mujer pelirroja de unos treinta años, sonriente, junto a un hombre algo más joven. Ambos tenían los ojos claros.

—Ella es Erin y el chico que está a su lado es Sean. Tus hermanos.

Vera agradeció mentalmente que su padre no usara el término hermanastros; no le gustaba su sonoridad. Cogió el teléfono.

Se quedó observando la fotografía durante bastante tiempo. Aquello sí la golpeó. Hasta ese momento, sus hermanos habían sido nombres. Ahora tenían cara y querían conocerla.

—Ella se parece a ti —dijo Vera.

Patrick sonrió.

—Muchísimo. También tiene mi mal carácter. Los dos están deseando venir a España a conocerte. Pero solo si tú quieres.

Otra vez aquello. Sin exigencias. Sin intentar imponerle una familia que hasta pocas horas antes ni siquiera sabía que existía.

Vera asintió muy lentamente.

—Claro que quiero conocerlos. Siempre he querido tener hermanos.

Patrick bajó los ojos hacia la taza.

Aquellas palabras parecieron afectarle más que cualquier otra cosa que Vera hubiera dicho desde que entraron.

—Entonces hay otra cosa que deberías saber. Erin está embarazada de seis meses.

Vera abrió los ojos.

—¿Embarazada?

—Sí. De una niña. —La sonrisa de Patrick se ensanchó—. Dentro de tres meses voy a ser abuelo.

Vera volvió la mirada hacia la fotografía. Observó de nuevo a aquella mujer pelirroja que acababa de descubrir que era su hermana y sintió que la mañana empezaba a adquirir dimensiones absurdas.

—Entonces voy a ser tía.

Patrick soltó una pequeña carcajada.

—Eso parece.

Rebeca lo observó. Después miró a su hija. Y comprendió que empezaba a sobrar.

No se levantó inmediatamente. Esperó todavía unos minutos, participó en otra conversación y terminó tranquilamente su café. Solo entonces consultó el reloj, aunque Vera sospechó que la hora le importaba bastante poco.

—Bueno… yo voy a aprovechar para hacer unas cosas.

Vera la miró inmediatamente.

—¿Qué cosas?

—Cosas.

—Mamá… No tienes por qué irte…

Rebeca sonrió mientras cogía el bolso.

—Os voy a dejar solos un rato.

El nerviosismo regresó de golpe al estómago de Vera.

Rebeca lo percibió. Se acercó a ella y le apoyó una mano en el hombro.

—Estaré cerca.

Después miró a Patrick. No hizo falta que sonriera.

—No la agobies.

—No lo haré.

—Y no intentes recuperar dieciocho años en una mañana.

Patrick sostuvo su mirada.

—Lo sé.

Rebeca permaneció un segundo más observándolo. Había una advertencia real detrás de sus palabras, pero también algo parecido a la confianza.

Finalmente, se inclinó y besó a Vera en la mejilla.

—Me llamas cuando quieras.

—Sí.

Vera la siguió con los ojos mientras atravesaba la cafetería. Su madre no volvió la cabeza hasta llegar a la puerta. Entonces sí lo hizo. Vera la vio sonreír y después desapareció.

Durante unos segundos continuó mirando la puerta cerrada.

Cuando volvió lentamente hacia la mesa, Patrick estaba exactamente como antes. No había aprovechado que Rebeca se hubiera marchado para acercar la silla ni para invadir aquel pequeño espacio que Vera todavía necesitaba conservar entre ambos.

Simplemente esperaba. Vera lo miró. Sesenta años. Pelirrojo. Ojos azules. Su padre… Por primera vez pudo pensar aquella palabra asociándola a un rostro.

Patrick tomó aire.

—Ahora sí que estoy nervioso.

Vera sonrió.

—Yo también.

Y esta vez el silencio que quedó entre ellos ya no resultó incómodo.

FIN

Señorita Noir