Capítulo 12
El sábado por la noche, Vera llevaba varios minutos delante del espejo sin decidir si estaba dejándose llevar por el impulso de intentar agradar a su madre o simplemente le apetecía sentirse diferente.
Estiró la tela del vestido azul cobalto hacia abajo, intentando ganar unos centímetros que la prenda, ceñida y corta, se empeñaba en negarle. Cada curva de su cuerpo quedaba peligrosamente marcada.
Se sentía profundamente insegura. Podía escuchar con perfecta claridad la voz de su abuela advirtiéndole que parecía una cualquiera, una de esas chicas fáciles de las que los hombres siempre terminan aprovechándose.
En la tienda le había gustado. Mucho, aunque le hubiera costado admitirlo. Pero una cosa era contemplarse unos segundos bajo la luz halagadora de un probador y otra muy distinta salir así a la calle.
—Como sigas estirándolo así, vas a romper la costura.
Vera dio un respingo. Rebeca estaba apoyada en el marco de la puerta, observándola con una sonrisa divertida y un brillo de complicidad en los ojos.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente para saber que llevas cinco minutos intentando conseguir que el vestido crezca por arte de magia para ocultar que tienes un cuerpazo de infarto.
Vera volvió a mirarse, ruborizándose.
—Es que no es mi estilo. Si me inclino un poco, se me ve el encaje del sostén.
—Pues no te pongas sujetador —respondió su madre con absoluta naturalidad.
Vera la miró a través del espejo como si acabara de proponerle salir desnuda.
—Ni hablar.
—Tienes las tetas firmes y erguidas. No lo necesitas.
—He dicho que ni hablar. Además, es demasiado corto.
—Eso ya me lo dijiste cuando lo compramos, testaruda.
—Lo compraste tú —le recordó la chica.
—Porque tú eres una tacaña de cuidado.
Rebeca entró en la habitación y se colocó a su espalda, examinándola de arriba abajo a través del espejo.
—Déjame verte bien.
La hizo girar despacio.
—Estás increíble.
—¿Seguro?
—Ven aquí.
—¿Qué haces? —preguntó Vera al verla rebuscar en el bolso.
—Nada grave, nena.
Sacó un pintalabios rojo carmín.
Vera retrocedió un paso, a la defensiva.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a hacer.
—Pintarme los labios y no quiero parecer una cabaretera.
Rebeca dejó escapar un suspiro exagerado, rodando los ojos con gracia.
—Un toque de color no convierte a nadie en una fulana, Vera.
—Conociéndote, empiezo por los labios y termino con pestañas postizas y escote hasta el ombligo.
Guardó el pintalabios en el bolso. Aquella rápida rendición sorprendió a Vera, que esperaba una insistencia mucho más pesada.
—¿No vas a intentar convencerme?
—No.
—¿Por qué?
Rebeca se encogió de hombros, arreglándose un tirante del vestido.
—Porque me recuerdas a tu abuela y me agotas.
La respuesta dejó a Vera sin réplica.
Rebeca se acercó al espejo para comprobar su propia imagen.
Ella también se había arreglado. Llevaba un vestido negro ajustado como un guante, escotado y con una abertura lateral que dejaba ver buena parte de sus muslos, zapatos de tacón de aguja y unos pendientes largos que brillaban con la luz tenue de la habitación.
—¿Tony estará allí? —preguntó Vera de repente.
Rebeca la miró a través del reflejo del espejo, con una chispa peligrosa en la mirada.
—Claro. Te caerá bien.
—¡Qué ilusión! —exclamó, exagerando el entusiasmo—. Por fin voy a ponerle cara a uno de los novios de mi madre.
—No te pases, Vera. Solo somos amigos… especiales.
Rebeca dejó caer la última palabra con una sonrisa que consiguió que su hija pusiera los ojos en blanco.
—Todavía no entiendo muy bien qué significa exactamente para ti eso de «amigos especiales».
—Significa que follamos y punto.
—Mamá… por favor.
—¿Qué? Has preguntado tú, no te pongas ahora remilgada.
Vera negó con la cabeza.
—¿Y Rodrigo? ¿Qué pasa con él?
—¿Qué va a pasar con Rodrigo? —replicó Rebeca cogiendo las llaves de casa—. Vamos, señorita Vera Ortiz. Madrid nos espera y la noche promete.
El local estaba escondido en una calle estrecha del centro, tras una fachada discreta que Vera habría pasado por alto sin dudarlo.
No era una discoteca convencional, ni tampoco un simple bar de copas. Tenía una atmósfera densa y embriagadora: luz ámbar, música envolvente, sofás de terciopelo oscuro desgastado y una barra larga iluminada desde abajo que destilaba un aire clandestino.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó Vera, intentando no mirar demasiado a las parejas que se devoraban en los rincones más oscuros.
—He trabajado mucho tiempo como relaciones públicas en la zona. Conozco al dueño desde hace años… Pero tranquila, no me estoy acostando con él. Es gay —bromeó Rebeca con sorna.
No habían avanzado ni cinco metros cuando una mujer rubia de unos cuarenta años, con una copa en la mano y una sonrisa deslumbrante, abrió los brazos al verlas.
—¡No me jodas! ¡Mira quién ha aparecido por fin!
Rebeca soltó una carcajada cálida y se abalanzó sobre ella para abrazarla.
—Hola, Laura. Qué ganitas tenía de verte.
La mujer la saludó efusivamente y luego desvió los ojos hacia Vera, examinándola con curiosidad mal disimulada.
—¿Esta es Vera? ¡Pero si es una muñequita!
Laura le dio dos besos que olían a perfume y ginebra.
—Encantada, cariño. Estás cañón. Yo soy la mejor amiga de tu madre… Nos conocemos desde hace muchos años y nos lo contamos todo… Por lo tanto, si quieres, puedes llamarme tía Laura —bromeó riéndose.
—Gracias, lo tendré en cuenta —respondió Vera, sintiendo el calor en las mejillas.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Rebeca, escudriñando la sala.
Laura señaló con la cabeza hacia el fondo del local, donde los reservados formaban una pequeña penumbra privada.
—En nuestra mesa de siempre. Tony lleva preguntando por ti desde las diez. No parpadea desde entonces.
—Qué pesado es el tío —bufó Rebeca, aunque una sonrisa de suficiencia se le escapó inevitablemente.
—Sí, sí, pesadísimo. Por eso tienes esa cara de viciosa —replicó Laura guiñándole un ojo y dándole un azote en el culo, que hizo que Rebeca casi se trastabillara con los tacones.
Rebeca le enseñó el dedo corazón con total descaro, provocando que Vera soltara una carcajada más relajada.
Llegaron a un reservado amplio rodeado de sofás de terciopelo rojo. Había cinco o seis personas tomando copas, pero Vera apenas tuvo tiempo de fijarse en los rostros porque un hombre se levantó de inmediato al verlas llegar.
—Ya era hora, joder. Pensaba que me dejarías plantado otra vez.
Tony era bastante distinto de lo que Vera había imaginado.
Lo que realmente la sorprendió fue descubrir lo joven que era.
No parecía tener muchos más años que algunos de los chicos con los que había estudiado.
Era alto, con el cabello oscuro ligeramente revuelto, las mangas remangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos marcados y llenos de tatuajes.
Sin mediar palabra, Tony se acercó directamente a Rebeca y la agarró de la cintura, pegándola a su cuerpo antes de besarla en los labios con una intensidad voraz, sin importarle lo más mínimo que su hija estuviera mirando.
Vera sintió que el suelo se le movía bajo los pies ante el impacto de aquella escena. El contraste entre la madurez descarada de su madre y la juventud insolente de Tony le resultó obsceno.
Sin soltar la cintura de Rebeca, Tony profundizó el beso, arrastrándola un paso hacia atrás hasta acorralarla contra el respaldo del sofá contiguo.
Ella no opuso la más mínima resistencia; al contrario, dejó escapar un suspiro que se perdió entre sus bocas y alzó los brazos para rodearle el cuello con los dedos enredados en su pelo revuelto, pegándose todavía más a su pelvis con un hambre imposible de disimular.
Los amigos que los rodeaban en la mesa soltaron silbidos y risas cómplices, pero a ninguno de los dos pareció importarles lo más mínimo.
Vera apartó los ojos un segundo, con el estómago encogido por una mezcla de pudor y una fascinación morbosa que le quemaba por dentro.
Cuando volvió a levantar la vista, vio cómo Tony separaba ligeramente los labios de los de su madre, dejando un hilo brillante de saliva entre ambos mientras le susurraba algo al oído con una sonrisa lobuna.
Rebeca soltó una carcajada vibrante, le mordió el labio inferior con malicia y lo apartó de su cuerpo, sabiendo perfectamente que la noche apenas acababa de empezar y que las reglas del mundo exterior ya se habían quedado muy lejos de allí.
—Tú debes de ser Vera —dijo Tony dando un paso hacia ella, con una sonrisa abierta—. Tu madre nos habla mucho de ti.
Vera miró a Rebeca, con los ojos abiertos como platos, mientras su madre se limitaba a sonreír.
—Te pareces muchísimo a ella —añadió Tony, escaneándola con una mirada intensa y descarada.
A Vera siempre le sorprendía ese comentario; físicamente apenas encontraba parecido. Rebeca era pura estampa mediterránea, morena de piel y ojos oscuros; ella, en cambio, era pelirroja, de piel de porcelana y unos llamativos ojos claros que contrastaban con todo lo demás.
Durante los minutos siguientes le presentaron al resto del grupo. Copas de vodka y ginebra empezaron a circular con rapidez sobre la baja mesa de madera. El alcohol, frío y dulce, comenzó a hacer su efecto en el organismo de Vera, disipando la tensión acumulada en los primeros minutos.
Una hora después, Vera había descubierto algo que la descolocaba por completo: su madre en aquel ambiente era una fuerza de la naturaleza.
Más libre, más desinhibida. Había perdido cualquier atisbo de la prudencia que guardaba en casa.
Se reía sin importarle quién la escuchara, gesticulaba con pasión, tocaba los brazos de Tony cada vez que este le decía algo al oído y dejaba que las manos del chico se posaran con total familiaridad sobre su cadera o le acariciaran la nuca con posesividad.
Tony estaba siempre pegado a ella, como un depredador que vigila su territorio, pero con una química tan evidente y cruda que a Vera le costaba tragar saliva cada vez que los miraba.