Los Amantes de Mamá Capítulo 11
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Capítulo 11

A la mañana siguiente, Rebeca apenas había terminado de abrocharse el uniforme cuando escuchó la voz cortante de Pilar a su espalda.

—Ortiz.

Cerró la taquilla con un golpe seco y se volvió sin ninguna prisa.

—Buenos días para ti también, jefa.

Pilar permanecía plantada junto al marco de la puerta del vestuario, con una carpeta apretada con tanta fuerza contra el pecho que acentuaba el relieve firme de sus senos bajo la tela de la camisa.

—Te toca revisar la sección de perfumería antes de abrir —soltó Pilar, clavando en Rebeca una mirada cuya intensidad delataba algo más que una simple directriz laboral

—Ayer ya la revisé.

—Y hoy vuelves a hacerlo porque yo te lo mando. Y si tienes algún problema, ve a protestarle a don Ramón para que te nombre subencargada a ti.

Rebeca ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa lenta y deliberada que sabía que descolocaría a la otra mujer.

—Últimamente intento no hablar demasiado con él. He notado que luego te enfadas y te pones imposible —añadió con un deje de burla sutil.

Pilar endureció el gesto, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba de rabia.

—A mí me importa una absoluta mierda lo que hagas con don Ramón en su despacho. Pero aquí fuera se hace lo que yo digo. ¿Entendido?

—Claro como el agua —murmuró Rebeca, mientras pasaba rozando intencionadamente su cuerpo contra el de Pilar al salir del vestuario—. No quiero que te pongas celosa.

—¿Celosa de ti? —preguntó Pilar de inmediato, girándose con los ojos encendidos—. ¿Qué insinuas?

Rebeca se detuvo en medio del pasillo y volvió la cabeza despacio.

—Nada.

—No me toques las narices, Rebeca. Te lo advierto. Estás avisada.

—Sí, jefa. Lo que tú digas…

Aquella mañana, el marcaje de Pilar rozó el delirio.

Encontró una minúscula etiqueta mal colocada en un estante y llamó a Rebeca como si hubiera cometido una falta grave.

Después la hizo rehacer por completo un expositor que ya estaba impecable.

Cuando una compañera se acercó a echarle una mano, Pilar la espantó con malos modos, exigiendo que Rebeca lo hiciera todo con sus propias manos, vigilándola de cerca.

Rebeca aguantó la presión hasta cerca del mediodía.

Estaba en la penumbra del almacén, agachada y levantando unas cajas pesadas que obligaban a su uniforme a marcar cada curva de su silueta, cuando sintió unos pasos firmes y apresurados detenerse a su espalda.

Ni siquiera necesitó volverse para saber quién era.

—¿Ahora qué demonios he hecho, Pilar? ¿He respirado demasiado fuerte?

—Ese palé no puede quedarse en medio del pasillo. Lo quiero colocado antes de que termine tu turno —respondió la subencargada con la voz extrañamente ronca.

Rebeca dejó caer la caja sobre la estantería con un golpe sordo, se incorporó con calma y se giró despacio, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Pilar…

—¿Qué? —espetó la otra, cruzándose de brazos en un intento fallido por mantener las distancias.

—¿Se puede saber qué coño te pasa conmigo?

La subencargada frunció el ceño con hostilidad.

—No me pasa absolutamente nada contigo, Ortiz.

—Pues parece que me tienes manía. Creo que hemos comenzado con mal pie —trató de apaciguar.

—Eso lo supones tú, que siempre te das demasiada importancia —respondió secamente Pilar—. La empresa me paga, precisamente, para que vosotras hagáis bien vuestro trabajo.

—Te estás pasando conmigo y te aviso que tengo poca paciencia. —La voz de Rebeca denotaba rabia, aunque intentaba sonar tranquila—. Tu manera de tocarme los cojones ya raya lo obsesivo.

Pilar soltó una risa seca, cargada de una tensión a punto de estallar.

—Qué fina eres cuando quieres.

—Solo cuando me apetece, cariño.

Rebeca se apoyó lánguidamente contra uno de los estantes metálicos, cruzando los brazos bajo el pecho y entrecerrando los ojos con malicia.

—Desde que entré por esa puerta me buscas las vueltas de forma sistemática.

Si coloco algo aquí, dices que debería estar allá.

Si llego cinco minutos tarde, montas un drama.

Y si don Ramón me llama al despacho para cualquier nimiedad, te cambia la cara de una manera tan patética que da vergüenza ajena.

—Lo que me pasa es que odio a las mujeres como tú. Las que piensan que por ser guapas lo tienen todo solucionado.

—Gracias por lo de guapa, pero no sé a qué te refieres.

Pilar decidió no responder.

—Eso pensaba. No tienes cojones a decirlo —la retó Rebeca.

Hizo amago de volver a coger una caja, pero la voz de Pilar la detuvo en seco, cargada de una amargura densa y latente.

—Sé perfectamente a qué vais las tipas como tú.

Rebeca se detuvo a mitad de movimiento y volvió a enderezarse. Aquello empezaba a ponerse demasiado tenso.

—¿Las mujeres como yo? —preguntó, bajando ligeramente el tono de voz hasta volverlo más íntimo, más oscuro.

—Sí. Como tú.

—Venga, explícate. No te cortes —la animó Rebeca.

Pilar dio otro paso, acortando la distancia hasta quedar a apenas un palmo, invadiendo su espacio vital con una agresividad que olía peligrosamente a deseo reprimido.

—Te encanta exhibirte, ¿verdad? Entras en un sitio y necesitas comprobar que llamas la atención y que te miran el culo.

Te paseas por los pasillos como si esto fuera una puta pasarela privada, sonríes a los clientes con esa carita de mosquita muerta y te haces la simpática con todo Dios mientras finges muy bien que no sabes el jodido efecto que provocas a tu paso. Pero lo sabes y sacas provecho de ello.

La sonrisa de Rebeca se desvaneció despacio de su rostro. No porque se hubiera sentido ofendida, sino porque acababa de descifrar por completo la verdad que latía bajo la coraza de su jefa.

—Vaya… me dejas de piedra —susurró Rebeca.

—¿Qué? —espetó Pilar a la defensiva—. ¿Qué pasa? No me mires como si estuviera loca porque sabes que tengo razón. Te tengo calada, Rebeca.

Rebeca recorrió despacio, centímetro a centímetro, el cuerpo tenso de Pilar con una mirada pesada, descarada y profundamente insolente.

—Si tanto te fijas en cómo meneo el culo, será porque te gusta, ¿no? ¿Te pone cachonda?

—Vete a la mierda —escupió Pilar en un susurro ronco.

Pero no apartó la mirada. Durante un instante demasiado largo, sus ojos descendieron hasta los labios de Rebeca antes de volver a clavarse en los suyos.

Rebeca lo vio. Pilar fue la primera en retroceder.

—Termina con las cajas —ordenó, recuperando a duras penas su tono autoritario—. Y procura no hacerme perder más el tiempo.

Rebeca permaneció inmóvil, con la vista fija en la puerta por la que Pilar acababa de desaparecer.

Ya no tenía ninguna duda.

Pilar podía llamarla descarada, trepa, oportunista o lo que le diera la gana; podía putearla y fingir que no soportaba tenerla cerca. Pero acababa de mirarle la boca con una urgencia y hambre inconfundibles. Y Rebeca sabía reconocer perfectamente esa mirada.