Capítulo 10
La mañana siguiente, Vera llevaba casi diez minutos mirando el mismo número de teléfono sin decidirse a pulsar el botón de llamada.
—Como sigas pensándotelo mucho, la mujer se va a jubilar antes de que la llames —bromeó Rebeca desde la cocina.
—Es que no sé qué decirle.
—La verdad. Simplemente que quieres el trabajo.
—¿Y si me pregunta por mi experiencia?
Rebeca dejó la taza sobre la encimera y se acercó a ella.
—No empieces vendiéndote mal. Si te pregunta, se lo dices. Pero no seas tú quien se descarte antes de tiempo. Deja que decida ella.
Vera respiró hondo.
—Vale.
Marcó el número. El teléfono sonó dos veces.
—¿Sí?
La voz era tranquila, pausada y sorprendentemente cálida.
—Buenos días, ¿es usted doña Isabel Montalbán?
—Sí, soy yo.
—Eh… Buenos días, doctora. Mi nombre es Vera Ortiz. Me han comentado que estaba buscando una asistente personal para tareas de organización. Y quería saber si el puesto sigue vacante.
Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de evaluación. Vera contuvo la respiración, notando cómo el corazón le latía desbocado contra las costillas.
—¿Quién le ha dado mi número?
Vera recordó inmediatamente las palabras de su madre.
—Una amiga. Alguien le comentó que estaba buscando una asistente y me pasó su número.
—Entiendo…
No insistió.
—Cuénteme un poco sobre usted.
Durante los siguientes minutos, Vera respondió con sinceridad. Le explicó que acababa de llegar a Madrid, que empezaría la universidad en unas semanas y que buscaba un trabajo compatible con las clases. Reconoció que no tenía experiencia, pero también que era organizada y que aprendía deprisa.
Al otro lado de la línea, Isabel escuchó casi sin interrumpirla.
—¿Podría venir esta tarde? Así nos conocemos y hablamos con tranquilidad.
Vera abrió mucho los ojos.
—Sí, claro. Cuando usted quiera.
—¿A las cinco le viene bien?
—Perfecto.
Isabel le dio la dirección.
—Y no se preocupe demasiado por la entrevista, Vera.
—¿Perdón?
—Me gusta la gente natural que no intenta aparentar lo que en realidad no es.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
La llamada terminó unos segundos después. Vera permaneció inmóvil con el teléfono en la mano.
—¿Y? —preguntó Rebeca.
—Quiere conocerme esta tarde.
Rebeca sonrió.
—¿Ves? Lo más difícil era llamar.
Esa misma tarde, tras un trayecto en metro que se le hizo extrañamente corto, Vera se encontraba frente a un elegante edificio del barrio de Salamanca.
La fachada, de piedra clara, tenía balcones de hierro negro y grandes ventanales enmarcados por molduras.
No necesitaba saber cuánto costaba vivir allí para comprender que estaba en otro Madrid muy distinto al que había conocido desde su llegada.
Respiró hondo antes de llamar al portero automático.
—¿Sí?
—Soy Vera.
—Suba, por favor.
Atravesó el pesado portal de madera y se encontró en un vestíbulo amplio y silencioso.
El suelo de mármol y una enorme lámpara de cristal sobre su cabeza le hicieron contener el paso durante un instante.
A un lado había una pequeña portería acristalada; al fondo, un ascensor antiguo con puertas de latón perfectamente pulidas.
Mientras subía, se miró fugazmente en el espejo de la cabina y se arregló el pelo con los dedos.
Al llegar al rellano, las puertas se abrieron directamente a un amplio pasillo bañado por la luz que entraba a través de unos grandes ventanales.
La puerta de la vivienda ya estaba entreabierta.
—Pase.
Isabel apareció con una sonrisa serena.
Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, rubia y de pelo corto. Vestía unos pantalones claros y una blusa azul marino sin un solo adorno llamativo. Se movía con calma y mantenía la espalda recta, con una elegancia que parecía natural.
Mientras intercambiaban un saludo formal, Vera no pudo evitar un rápido ejercicio de comparación mental.
La imagen de Isabel contrastaba de forma radical con el universo de su madre.
Mientras Rebeca era un torbellino de colores vivos, vaqueros ajustados, minifaldas, escotes generosos, pelo suelto y una libertad descarada que desafiaba cualquier norma establecida, aquella mujer representaba el orden estricto, el control absoluto, la elegancia académica y la respetabilidad burguesa.
Eran dos caras opuestas, dos mundos que coexistían en la misma ciudad sin tocarse jamás. Excepto por Rodrigo.
—Es un honor para mí poder conocerla. Antes de venir, busqué un poco sobre usted en internet. Encontré bastantes artículos sobre su trabajo —dijo Vera, procurando mantener firme la voz.
Isabel inclinó ligeramente la cabeza.
—Veo que has hecho los deberes. Pero, por favor, será mejor que nos tuteemos. ¿Quieres un café? ¿Una infusión? ¿Un refresco?
—Agua está bien.
Mientras hablaban, Vera no pudo evitar echar un vistazo a su alrededor.
Aquello no se parecía a ninguna casa en la que hubiera estado antes.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera repletas de libros, algunos en doble fila.
Sobre una mesa, junto a un ordenador portátil, descansaban varias carpetas abiertas y un cuaderno lleno de anotaciones.
No había nada fuera de sitio. Ni una prenda abandonada sobre una silla, ni un vaso olvidado, ni un objeto puesto al azar. Todo parecía tener un lugar exacto.
—Supongo que esperabas encontrar un diván.
Vera apartó rápidamente la mirada de las estanterías y se sonrojó al comprender que la había sorprendido curioseando.
—Bueno… quizá algo parecido.
Isabel sonrió.
—Es una decepción bastante habitual.
Las dos rieron. Se sentaron frente a frente.
—Cuéntame. ¿Por qué quieres trabajar?
—Porque no quiero depender económicamente de mi madre.
Isabel la observó durante un instante antes de coger la libreta.
—¿Independencia o necesidad?
La pregunta pilló a Vera desprevenida.
—¿Hay diferencia?
—Mucha.
—Vivo con mi madre. Ella trabaja, pero me gusta tener cierta independencia.
—Puede que algunas preguntas te parezcan extrañas, pero, si voy a meter a alguien en mi casa, necesito saber que puedo confiar en esa persona.
—Lo entiendo —respondió Vera.
Entrelazó los dedos sobre el regazo y empezó a frotarse un pulgar con el otro. Tenía la incómoda sensación de que Isabel se fijaba en cada gesto, como si cualquier movimiento pudiera decir de ella más que sus propias respuestas.
—¿Y tu padre vive también en Madrid?
Vera dudó. Bastaba con responder cualquier cosa y ahorrarse explicaciones.
—No. Mi madre se quedó embarazada muy joven y… no conozco a mi padre. Me crie con mi abuela, en el pueblo.
Isabel no escribió nada inmediatamente. Tampoco cambió de expresión.
—¿Y desde cuándo vives con tu madre?
—Desde hace unos días. He venido a Madrid para estudiar. Me gustaría ser profesora.
Isabel asintió ligeramente, pero su expresión no reveló si aquella respuesta le había gustado o no. Vera empezaba a sentirse incómoda ante aquella mujer que parecía observarlo todo sin dejar traslucir nada.
—¿Eres ordenada? —preguntó de pronto.
Vera agradeció el cambio de tema.
—Mucho. Mi abuela siempre dice que demasiado.
—Eso, en esta casa, difícilmente será un problema.
Isabel cerró la libreta y se levantó del sofá. Lo hizo sin prisa, apoyando una mano en el reposabrazos antes de incorporarse. Al ponerse en pie, la tela clara de los pantalones se ajustó durante un instante a sus caderas y dibujó la curva firme de sus nalgas.
Vera siguió su movimiento casi sin darse cuenta.
Isabel atravesó el salón, haciendo oscilar apenas las caderas a cada paso.
No había nada deliberadamente provocativo en su forma de caminar y, sin embargo, Vera encontró difícil apartar la mirada.
Aquella mujer desprendía una sensualidad extraña, serena, como si ni siquiera fuera consciente de ella.
Desapareció por una de las puertas del pasillo. Desde donde estaba sentada, Vera alcanzó a distinguir un escritorio. Supuso que sería su despacho.
Aprovechó que se había quedado sola para soltar el aire lentamente. Estaba más nerviosa de lo que quería admitir. No conseguía averiguar qué impresión estaba causando ni si las respuestas que había dado eran las que Isabel esperaba.
Unos segundos después, oyó de nuevo sus pasos.
Isabel regresó al salón con tres carpetas llenas de papeles entre los brazos.
—No es una prueba. Solo quiero ver cómo piensas.
Colocó toda la documentación sobre la mesa.
—Si esto fuera tuyo, ¿por dónde empezarías?
Vera observó el montón durante unos segundos. En lugar de tocar nada, hizo una pregunta.
—¿Puedo saber qué contienen?
Isabel levantó ligeramente las cejas.
—¿Por qué?
—Porque no organizaría igual documentos médicos que facturas o borradores de un libro.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro de Isabel.
—Muy bien.
Durante casi veinte minutos hablaron de métodos para clasificar información, agendas, prioridades y organización. Cuando terminaron, Isabel cerró las carpetas.
—Creo que podríamos entendernos bastante bien.
Vera tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Eso significa…?
—Que me gustaría que trabajaras conmigo o, por lo menos, que lo intentáramos. Te aviso que mi carácter es muy complicado.
La joven sonrió por primera vez desde que había llegado.
—Estoy segura de que no será para tanto.
—Empezarías unas horas por la tarde. Cuando comiencen las clases, adaptaremos el horario para que puedas compaginarlo todo.
Vera asintió con entusiasmo.
—Haré todo lo posible por no defraudarla.
Isabel sonrió.
—No hace falta que intentes impresionarme. Solo necesito a alguien responsable. Vas a pasar muchas horas en esta casa, incluso cuando yo no esté. Soy la directora de psiquiatría del hospital y mis horarios son complicados.
Isabel metió una mano en el bolsillo del pantalón, sacó un pequeño llavero y lo dejó sobre la mesa.
—Esta será tu copia. Confío en las personas desde el principio; prefiero llevarme una decepción antes que vivir desconfiando de todo el mundo. Pareces una buena chica y espero no equivocarme contigo.
Vera contempló las llaves unos segundos antes de cogerlas.
—No lo hará. Se lo prometo.
Isabel sonrió con discreción.
—Eso espero.
Se levantó y le hizo un gesto para que la siguiera.
—Ven. Quiero enseñarte el despacho donde vamos a trabajar.
Atravesaron un corto pasillo hasta una estancia amplia y luminosa.
Una de las paredes estaba completamente cubierta por estanterías repletas de libros de psiquiatría, psicología y neurociencia.
Frente a un gran ventanal había una mesa de trabajo impecablemente ordenada, con un ordenador, varias carpetas clasificadas por colores y una agenda abierta.
—Esta es mi zona de trabajo —explicó Isabel—.
Mañana mismo traerán otra mesa y la colocarán aquí, a mi lado.
Tendrás tu propio ordenador, acceso a la agenda y a toda la documentación que necesites.
Al principio iremos poco a poco. Quiero que conozcas cómo trabajo antes de darte más responsabilidades.
—Es… mucho más de lo que imaginaba.
Isabel sonrió, aparentemente satisfecha con su reacción.
Unos minutos después, la acompañó hasta la puerta. Vera recogió su bolso y se despidió con cierta torpeza, sin saber muy bien si tenderle la mano. Isabel resolvió la duda acercándose para darle dos besos.
Al ponerse frente a ella, Vera reparó en lo alta que era. Tuvo que alzar ligeramente el rostro cuando Isabel acercó primero una mejilla y después la otra. Olía a un perfume suave y elegante.
—Entonces, ¿cuento contigo? —preguntó Isabel.
—Sí. Claro.
—Perfecto. Una última cosa… Cuando vengas a trabajar, llama siempre al timbre. Si alguna vez no hay nadie en casa, puedes abrir con tu llave, pero antes llama. Siempre.
Vera asintió.
—De acuerdo.
—Recuérdalo —insistió Isabel—. Aunque estés segura de que la casa está vacía, llama antes de abrir.
Vera salió del edificio con la llave todavía entre los dedos. La observó durante unos segundos antes de guardarla en el bolso. Le costaba creer que aquella mujer, a la que apenas conocía desde hacía una hora, acabara de confiarle el acceso a su casa y a su despacho.
Cuando llegó a casa, abrió la puerta casi sin aliento.
—¡Mamá!
Rebeca apareció desde la cocina.
—Esa cara solo puede significar una cosa.
Vera no pudo contener la sonrisa.
—¡Tengo un trabajo!
Su madre dejó lo que estaba haciendo y la abrazó con fuerza.
—¿Lo ves? Ya te dije que dejaras que fuera ella quien decidiera.
Vera seguía sonriendo.
—¿Y qué tal te ha parecido? Llámame morbosa, pero tengo curiosidad por saber cómo es la esposa de Rodrigo.
—Es muy guapa. Rubia, alta… y tiene un cuerpazo. Pero no es solo eso. Es muy elegante; de esas mujeres que entran en un sitio y llaman la atención sin hacer nada. Se nota que tiene clase, que es inteligente… y da la impresión de que no se le escapa absolutamente nada.
Rebeca soltó una pequeña risa, apoyándose contra el respaldo del sofá mientras la miraba con una chispa de travesura en la mirada.
—Supongo que no será tacaña y te pagará bien, porque está forrada. Y no de ahora. Los Montalbán son de esas familias de la alta sociedad madrileña que llevan generaciones tiendo más dinero del que podrían gastar.
La chica dejó el bolso sobre el asiento y se pasó una mano por el pelo, todavía con la imagen de la impecable doctora grabada en la retina.
—Me ha caído bien.
—Mejor. Vas a pasar muchas horas con ella —respondió su madre con absoluta naturalidad.
Vera sonrió. Todavía no podía imaginar hasta qué punto.