Los Amantes de Mamá Capítulo 9
19%

Capítulo 9

El centro comercial estaba abarrotado a aquella hora de la tarde. Rebeca caminaba unos pasos por delante, entrando y saliendo de las tiendas con una energía que Vera empezaba a sospechar que podía durar horas.

En la siguiente, Vera se dirigió casi por instinto hacia una zona de pantalones y camisetas básicas, mientras Rebeca desaparecía entre los percheros de vestidos.

—Por cierto —dijo esta desde algún lugar al otro lado de una hilera de ropa—. Creo que te he encontrado trabajo.

Vera dejó de mirar una camiseta.

—¿En serio?

—Bueno, encontrarlo, encontrarlo… Digamos que me han hablado de una posibilidad.

Rebeca apareció entre los percheros sosteniendo un vestido frente al cuerpo.

—¿Qué te parece?

Vera lo examinó.

—Muy corto.

—Entonces me gusta.

Rebeca sonrió y se lo echó sobre el brazo como si aquella respuesta hubiera terminado de convencerla.

—¿Y el trabajo? —insistió Vera.

—Un amigo me ha dicho que su mujer está buscando una especie de asistente.

—¿Una asistente de qué?

—Ella es una psiquiatra de bastante prestigio. A veces sale incluso en la televisión en algún debate. Creo que ahora está escribiendo otro libro y necesita a alguien que le ayude con documentos, citas, correos, ordenador, recados… ese tipo de cosas.

Vera dejó la camiseta que estaba mirando.

—Mamá, yo no estoy preparada para hacer de asistente de una psiquiatra.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Pues porque no tengo ni la menor idea de psiquiatría.

—¿Y?

—Porque no he trabajado nunca.

—¿Y?

Vera resopló.

—¿Vas a responder «y» a todo lo que diga?

—Probablemente.

Rebeca se acercó y le quitó una pelusa del hombro.

—Escúchame una cosa. Nunca decidas que no estás a la altura de algo antes de intentarlo. Si después vas, haces la entrevista y esa mujer considera que no le sirves, estupendo. Pero que sea ella quien te diga que no. No hagas tú su trabajo.

Vera permaneció callada.

—Además —continuó Rebeca—, no estamos hablando de operar a corazón abierto. Organizar documentos, llevar una agenda y hacer cuatro recados sabes hacerlo perfectamente. Eres bastante más organizada que yo.

—Eso tampoco es muy difícil.

—Mira qué rápido aprende la niña.

Vera sonrió.

—¿Y cómo la contacto?

—Tengo su teléfono. Me lo ha dado su marido.

Rebeca siguió caminando entre los percheros con absoluta tranquilidad.

—Eso sí, hay una cosa que debes saber para que no metas la pata.

Vera la siguió.

—¿Qué?

—Cuando hables con ella, si te pregunta cómo has conseguido su número, dile simplemente que te lo ha facilitado una conocida… No le hables de mí.

Vera se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque, por lo visto, es bastante celosa.

La expresión de Vera cambió lentamente.

—¿Y qué tiene que ver que sea celosa contigo?

Rebeca cogió una blusa, comprobó la talla y volvió a dejarla en su sitio.

—Su marido y yo somos amigos.

—¿Amigos?

—Sí.

Vera conocía lo suficiente a su madre para detectar aquel tono.

—¡Mamá!

—¿Qué?

—¿Qué clase de amigos?

Rebeca se volvió hacia ella con una sonrisa inocente.

—De los que alguna vez se van de fin de semana juntos.

Vera tardó un par de segundos en comprenderlo.

—¿Te acuestas con él?

—Cada vez me recuerdas más a tu abuela.

Vera bajó inmediatamente la voz.

—Pero… está casado.

Rebeca se encogió de hombros, como si ese detalle no tuviera la menor importancia para ella.

—Aun así, sigue siendo un hombre muy guapo. Me gusta.

—¿Y lo dices así? No está bien andar con un hombre casado. Perdóname, mamá, pero no está bien.

—Yo no tengo pareja y no tengo que dar explicaciones a nadie de con quién me acuesto o me dejo de acostar, y Rodrigo ya es mayorcito para saber qué hace con su matrimonio.

Vera la miró como si su madre acabara de hablarle en otro idioma.

—No puedes decirlo tan tranquila.

—¿Por qué no?

—Porque él se aprovecha de ti. Solo está contigo para eso… —Hizo una pausa—. Para pasárselo bien.

—Si es por eso… lo mismo soy yo quien se aprovecha de él.

La chica arqueó las cejas.

—¿Estás enamorada de él?

Rebeca se tomó unos segundos antes de responder. A veces ella misma se hacía aquella pregunta. Lo que sentía por Rodrigo era mucho más intenso que lo que había sentido por otros amantes, pero de ahí a llamarlo amor había una distancia que no estaba segura de querer recorrer.

—No —respondió, aunque sin demasiada convicción—. Rodrigo es guapo, divertido, me trata bien y nos lo pasamos muy bien cuando estamos juntos.

Vera continuó mirándola, esperando algo más. Algo que le permitiera comprender qué encontraba su madre en aquella relación para seguir viéndose con un hombre casado.

Rebeca aguantó su mirada unos segundos antes de echarse a reír.

—Y folla bien. Muy por encima de la media. Le daría un notable alto.

—¡Mamá!

Lo dijo tan alto que varias personas se volvieron hacia ellas.

Rebeca se tapó la boca para contener la carcajada.

—¿Qué? Me has preguntado qué veo en él. Te estoy dando toda la información.

—Pues esa parte te la podías haber ahorrado.

—No seas antigua, mujer.

Vera negó con la cabeza, aunque ya se estaba riendo.

Continuaron recorriendo la tienda, aunque Vera tardó bastante más que su madre en dar por terminada la conversación.

—¿Llevas mucho con él?

La pregunta hizo que Rebeca mirara a su hija de reojo.

—Conocí a Rodrigo hace un par de años un sábado por la noche. Su mujer no estaba y él me llevó a su casa…

—Joder, mamá.

Rebeca se detuvo en seco.

—¿Qué? —preguntó Vera viendo la cara de sorpresa de su madre.

—Acabas de decir «joder».

—¿Y?

—Nada. Arderás en el infierno —respondió Rebeca haciendo una mueca.

—Qué idiota eres, mamá.

Rebeca soltó una carcajada y le pasó un brazo por los hombros.

—Vamos. Antes de que tu abuela aparezca en Madrid para rescatarte y llevarte de vuelta al pueblo.

Siguieron caminando hasta que Vera se detuvo frente a otro perchero.

Rebeca lo advirtió enseguida.

—¿Te gusta?

—No. Solo estaba mirando —respondió la joven.

Era un vestido de color azul oscuro, sencillo a primera vista, con tirantes finos y una caída ligera que se estrechaba en la cintura antes de abrirse suavemente sobre las caderas. No era especialmente provocativo, pero sí muy distinto a cualquier cosa que Vera hubiera llevado hasta entonces.

La chica buscó la etiqueta y, al ver el precio, abrió mucho los ojos.

—Ni de broma.

—¿Cuánto?

Vera le enseñó la etiqueta.

—Tampoco es para hipotecar la casa.

Vera volvió a colocar el vestido.

—Esperaré a las rebajas.

—Pruébatelo. No seas tonta… Por eso todavía no cobran.

—¿Para qué voy a probármelo si no lo voy a comprar?

Rebeca sonrió. Sacó el vestido del perchero y se lo puso entre las manos.

—Vamos.

—Qué pesada eres —protestó poniendo una mueca infantil.

—Al probador.

Vera terminó obedeciendo.

Entró en uno de los cubículos y corrió la cortina. Apenas había empezado a quitarse la camiseta cuando la cabeza de Rebeca apareció por un lateral.

—¿Qué haces?

—Mirar.

—¡Mamá! Espera que me vista.

—Ya te he visto desnuda aproximadamente cuatro millones de veces.

—Cuando tenía cinco años.

—No has cambiado tanto.

—¡Fuera!

Rebeca desapareció riéndose.

—Qué pudorosa eres, hija.

Vera negó con la cabeza, divertida. Se quedó en ropa interior unos segundos mientras intentaba alcanzar la cremallera de la espalda.

—¿Necesitas ayuda?

—No llego bien a esto.

La cabeza de Rebeca volvió a aparecer.

—Déjame ver.

—¡Qué pesada eres…!

Vera se volvió de espaldas. Rebeca apartó con cuidado la melena pelirroja de su hija y cerró la cremallera hasta arriba.

—Ya está.

Vera se volvió hacia el espejo y guardó silencio. No se parecía en nada a lo que había imaginado al verlo colgado de la percha.

El vestido le marcaba la cintura sin resultar excesivamente ceñido y terminaba bastante por encima de las rodillas. Los tirantes despejaban sus hombros y el azul oscuro contrastaba con su piel clara, dándole una apariencia mucho más adulta de la que estaba acostumbrada a encontrar frente al espejo.

Rebeca la contempló desde atrás.

—Estás preciosa.

Vera se observó de perfil.

—Es demasiado corto —objetó la joven—. No es mi estilo.

—Es perfecto. Tienes unas piernas muy bonitas que deberías lucir.

—No sé… no me veo.

—Cariño, tienes dieciocho años y el armario de una inspectora de Hacienda.

—Qué exagerada eres, mamá. Y tu armario parece el de una chica de quince…

La joven volvió a mirarse. Su madre tenía razón y eso era precisamente lo que más la fastidiaba.

—Me gusta —admitió finalmente.

—¡Aleluya! —exclamó Rebeca.

—Pero no voy a comprarlo. —Buscó otra vez la etiqueta—. Es demasiado caro. Esperaré a las rebajas.

Vera comenzó a quitárselo.

—Como tú quieras… Dámelo, se lo daré a la dependienta de fuera —dijo Rebeca al tiempo que cogía el vestido y salía del probador.

Vera volvió a ponerse sus pantalones y su camiseta. Al mirarse nuevamente en el espejo, tuvo la extraña impresión de que su ropa habitual parecía todavía más seria después de haberse visto con el vestido.

Sacudió la cabeza. No pensaba convertirse en su madre después de una tarde de compras. Corrió la cortina.

—Ya estoy.

Rebeca estaba esperándola unos metros más allá. No habían recorrido ni veinte metros cuando su madre le tendió una bolsa.

Vera la miró. Después miró la bolsa. Luego volvió a mirar a su madre.

—No.

Rebeca continuó caminando.

—Sí.

—Mamá…

—¿Qué?

Vera abrió la bolsa y encontró dentro el vestido azul perfectamente doblado.

—Te he dicho que era demasiado caro.

—Y yo no recuerdo haberte preguntado si podía comprártelo.

—Pero…

—Déjame ejercer de madre aunque sea una vez en la vida.

Vera permaneció inmóvil con la bolsa entre las manos.

—No deberías haberlo comprado.

—Probablemente no. Me regañas demasiado —bromeó.

—Jo, mamá, hablo en serio.

Rebeca regresó hasta ella y le acomodó cariñosamente un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Y yo también. Si algo te gusta y alguna vez puedes permitírtelo, disfrútalo. Ya tendrás tiempo de sobra para preocuparte por facturas, hipotecas y todas esas mierdas maravillosas de ser adulto.

Vera miró otra vez dentro de la bolsa.

—Gracias.

—De nada.

—Pero no sé cuándo voy a ponérmelo.

Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de Rebeca.

—¿Qué te parece el sábado por la noche? Saldremos de fiesta y, cuando te presente a mis amigos, no pienso llevarte vestida como una monja de clausura. Tengo una reputación que mantener —bromeó entre risas.

—¡Mamá!

—¿Qué? No he dicho que tengas que ir medio desnuda. Pero al menos déjame demostrarles que mi hija tiene dieciocho años y no sesenta.

—Mi ropa es normal.

—Para ir a misa de doce, desde luego.

Vera intentó mantener el gesto serio, pero acabó riéndose.

—Eres lo peor…

—Y tú el sábado estrenas vestido o te castigaré sin darte la paga.