Los Amantes de Mamá Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

El último ápice de resistencia que le quedaba al encargado se desmoronó con esas palabras.

Ya no importaba la realidad, ni el despacho, ni el eco de los pasillos de la empresa.

En su cabeza, la línea que separaba a la mujer que estaba sentada rozándose sobre él de la figura prohibida de su propia hija se había esfumado por completo, devorada por una fiebre de la que ya no quería ni podía escapar.

Rebeca le regaló una sonrisa de triunfo absoluto, una mueca de depredadora que disfrutaba recreándose en la miseria moral del hombre. Al verle temblar de pies a cabeza, con la respiración entrecortada y al borde del colapso, decidió darle el golpe de gracia.

—Eso es, papá… Demuéstrale a tu princesita cómo te corres por ella —siseó Rebeca directamente en su boca, combinando la orden perversa con un movimiento final de sus caderas que rozó la tortura.

El impacto de aquellas palabras, unidas al calor abrasador y a la fricción implacable de la minifalda contra su bragueta, hizo que el cerebro de Ramón cortocircuitara por completo. Su cuerpo entero se tensó con una violencia repentina.

—¡Ah, joder! ¡Irene…! —gritó el hombre en un ronco estertor, perdiendo el control definitivo.

El orgasmo le estalló en el bajo vientre con una fuerza volcánica.

Ramón se quedó completamente rígido, con la espalda arqueada hacia atrás y la boca abierta en un grito mudo, mientras su miembro, aprisionado por la tela, se vaciaba en una descarga ardiente y descontrolada que empapó sus calzoncillos.

Su cuerpo se sacudió en una serie de temblores, totalmente entregado al placer que sentía.

—Irene… Irene… Papá se está corriendo pensando en ti.

Rebeca detuvo el movimiento al instante.

Sintió perfectamente las últimas pulsaciones del hombre y el calor húmedo que empezaba a enfriarse a través de la ropa.

Se quedó allí, sentada sobre su regazo inerte, contemplando con una mirada de pura fascinación y deleite cómo el temible encargado de la oficina no era más que un guiñapo sudoroso, incapaz de articular palabra, completamente devorado por su propio vicio y rendido a sus pies.

—Rebeca… —balbució Ramón con la voz rota, todavía temblando contra su pecho, con la respiración pesada y los ojos anegados de una mezcla turbia de culpa y gratitud—. No sé qué haces conmigo… Nadie… nadie en la vida me ha dado el placer que me das tú. Eres una maldita diosa.

Rebeca le devolvió una sonrisa felina, saboreando cada palabra de sumisión como el mejor de los trofeos. Inclinó el rostro y lo atrajo hacia ella en un beso hondo, húmedo y deliberadamente lento, un premio fugaz para el hombre que acababa de perder los últimos jirones de su dignidad.

Mientras sus labios se separaban con un sonido suave, Rebeca estiró los brazos y, con un movimiento rápido, terminó de bajarse la camiseta por completo, ocultando sus pechos.

—Bueno, ya está bien por hoy. Tengo que irme ya —anunció con frialdad, intentando incorporarse de su regazo.

Pero Ramón, con una desesperación repentina, la cogió con fuerza de la mano, impidiéndole que se levantara del todo. Sus ojos, todavía dilatados por el orgasmo, la miraron con una chispa de inseguridad infantil.

—Espera… No te habrás puesto celosa porque haya pensado en ella, ¿verdad? —preguntó el hombre, con un deje de torpeza en la voz—. Es solo una fantasía. Espero que sepas entenderlo.

Rebeca soltó una carcajada cristalina que retumbó en las paredes del despacho con un eco de burla absoluta.

—¿Yo? ¿Celosa de la zorrita de tu hija? —respondió con una suficiencia desmedida, arqueando una ceja mientras se cruzaba de brazos—. No me hagas reír, Ramón. Yo solo quiero hacerte disfrutar como te mereces.

Apuntó con el dedo índice hacia la mancha húmeda que ensombrecía los pantalones del traje, marcando el rastro de la eyaculación.

—Será mejor que vayas al servicio y te limpies eso antes de salir del despacho, ¿no crees? —remató con una sonrisa maliciosa, soltándose de su agarre con un tirón definitivo.

El hombre tragó saliva con dificultad, incapaz de articular palabra, con el rostro encendido por la mezcla del deseo satisfecho, la humillación y el vértigo de saberse completamente a merced de ella.

—Espera… Por favor. No te marches.

—Esto es muy peligroso, Ramón. La zorra de Pilar está pendiente de todo lo que hago —murmuró ella con un deje de fingida preocupación.

—Que le den por culo a esa puta bollera… Me da igual lo que vaya diciendo por ahí. Yo solo quiero estar contigo —espetó el hombre, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y deseo ciego.

—¿Bollera? —preguntó, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y burla.

—¿No lo sabías? La señorita Pilar de la Fuente solo come pescado y me da que está deseando comerse tu exquisita almeja —respondió él con un hilo de voz sucia y febril—. ¿No se te ha pasado por la cabeza que lo que le pasa es que está celosa?

Ella le regaló un último beso rápido en los labios.

—Gracias por el regalo, mi amor. Esta noche, antes de irme a la cama, me probaré las braguitas y me sacaré una foto para que veas cómo me quedan.

Dicho esto, abrió la puerta y salió al pasillo con paso firme, dejando al pobre hombre hundido en su sillón, con el pulso desbocado y oliendo todavía a su perfume en la penumbra del pequeño despacho.