Los Amantes de Mamá Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La mañana transcurrió sin más sobresaltos. Durante las horas siguientes apenas tuvo tiempo para pensar en nada que no fueran cajas, clientes y productos que colocar. El trasiego constante fue disminuyendo poco a poco hasta que, casi sin darse cuenta, el reloj marcó las tres de la tarde. Por fin.

Rebeca regresó a los vestuarios, se quitó el uniforme con un suspiro de alivio y lo metió en la taquilla. Se vistió deprisa. Estaba deseando volver a casa y pasar la tarde con Vera.

Terminó de abrocharse la falda blanca y se miró un instante en el pequeño espejo de la taquilla para comprobarse el pelo. Después cogió el bolso y cerró la puerta metálica.

Cuando se volvió para marcharse, descubrió a don Ramón en la entrada de los vestuarios.

Llevaba las manos entrelazadas a la espalda y respiraba con ese leve esfuerzo que lo acompañaba siempre.

—¿Tiene un momento, señorita Ortiz?

Ella lo miró con cierta sorpresa.

—Sí, claro…

—Antes de marcharse, ¿podría pasar por mi despacho? Necesito hablar con usted. Es urgente.

No hacía falta ser demasiado lista para comprender que aquel «solo un minuto» era otra tórrida excusa. Don Ramón ardía en deseos de buscar un rincón a solas con ella, de atraparla en la penumbra del despacho y saciar el hambre con la que la devoraba a hurtadillas cada vez que la tenía delante.

—Enseguida voy, don Ramón —respondió con una sonrisa amable.

Minutos después, Rebeca empujó la puerta de madera oscura del despacho. El encargado estaba sentado tras su pesado escritorio, jugueteando con un bolígrafo con los dedos temblorosos. Al verla entrar, levantó la vista de golpe, y una urgencia febril iluminó sus pupilas cansadas.

—Diga usted, don Ramón. ¿Qué necesita? —preguntó Rebeca, acercándose despacio, cruzándose de brazos con una calma felina que acentuaba aún más las formas de su cuerpo bajo la ajustada falda blanca.

Don Ramón se aclaró la garganta, visiblemente nervioso. Se inclinó hacia adelante, abrió el cajón inferior del escritorio y sacó una bolsa de papel de una conocida tienda de lencería.

—Te he comprado una cosita, un pequeño detalle para que veas cuánto me acuerdo de ti.

Rebeca bajó la mirada hacia la elegante bolsa de papel. Frunció ligeramente el ceño, intrigada, y estiró los dedos para abrirla. En el interior, envuelto en papel de seda negro, descansaba un conjunto de lencería de encaje escarlata, diminuto, casi obsceno, de una finura y un erotismo descarados.

—¿Te gusta? —preguntó Ramón, con un hilo de voz apenas perceptible, señalando con la mirada el caro conjunto que ella sostenía en las manos.

Rebeca le devolvió una sonrisa. Caminó hacia él con paso lento, balanceando las caderas con una parsimonia estudiada que hizo que él tragara saliva ruidosamente.

Sin apartar de él sus ojos oscuros, se detuvo junto a la silla, se inclinó ligeramente y, con total naturalidad, montó una pierna a cada lado de su regazo, acomodando el peso de sus muslos.

Don Ramón soltó un suspiro, un gemido de pura anticipación y vértigo al sentir el cuerpo cálido y firme de ella pegado al suyo.

Sus manos temblorosas tardaron un segundo en atreverse a posarse, con torpeza, sobre la cintura de Rebeca, aferrándose a la tela de la minifalda como si temiera que fuera a desaparecer.

—Soy como una niña a la que le encanta recibir regalos de su papá —susurró ella muy cerca de su boca, rozándole los labios.

Rebeca no le dio más margen: inclinó la cabeza y le plantó un beso hondo, húmedo y deliberadamente lento, saboreando el poder absoluto que tenía sobre él.

El hombre perdió por completo la noción de dónde estaba y del peligro de que alguien abriera la puerta. Sus dedos tiraron con fuerza de la tela, buscando la piel caliente que adivinaba oculta bajo la ropa.

—Eres un viejo vicioso que está desesperado por verme las tetas, ¿verdad, cariño? ¿Para eso me has hecho venir a tu despacho? —susurró con una malicia evidente en los ojos.

Ramón soltó un gruñido, incapaz de apartar la vista de aquel par de montes perfectos que se escondían debajo de la camiseta a pocos centímetros de su cara.

—S-sí… —balbuceó, con la garganta seca, perdiendo los últimos restos de orgullo—. Lo soy… Soy un vicioso, Rebeca. Tienes que castigarme. Me merezco que me des una lección.

Sin dejar de mecerse con lentitud sobre su regazo, sintiendo perfectamente la dureza de su miembro debajo de su trasero, Rebeca acercó los labios a su oído.

—Si quieres que siga… vas a tener que ganártelo —continuó ella con voz juguetona—. Reconoce que nadie te ha follado igual que yo.

Ramón sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies, atrapado por completo en la red de provocación que Rebeca tejía a su alrededor.

—Nadie… te juro que nadie me hace sentir lo que tú.

Rebeca dejó escapar una risita al percibir el temblor en la voz del hombre; le divertía comprobar hasta qué punto conseguía dominarlo.

Sin apartar los ojos de él, se levantó la camiseta con premeditación.

Sabía de sobra que el viejo arrastraba una obsesión enfermiza con una de sus propias hijas, una fijación turbia de la que a menudo se jactaba en los momentos de mayor ardor.

—¿Te imaginas a tu hija Irene sentada así encima de ti? —susurró ella con una malicia infinita mientras sentía cómo el miembro de él latía con más fuerza bajo su cuerpo—. Eso te la pondría dura, ¿verdad, viejo salido?

El nombre de Irene golpeó a Ramón como una bofetada helada y, al mismo tiempo, como una descarga de gasolina directa al fuego.

El contraste entre la imagen prohibida de su propia sangre y la insolencia de la mujer que lo provocaba desató en su interior un torbellino de culpa y un morbo tan espeso que le cortó la respiración.

Sus pupilas se dilataron hasta dejar el iris en un borde oscuro; las manos le temblaban con violencia sobre los muslos de Rebeca.

Estaba atrapado en una trampa de la que ya no quería ni intentar escapar.

—Rebeca… joder… cállate… —balbuceó, con la voz rota y un hilo de saliva bordeando la comisura de sus labios, totalmente entregado a la humillación.

Ella lanzó una carcajada lo bastante fuerte para que se oyera en el pasillo, mientras sus pechos firmes y generosos rebotaban ligeramente con cada respiración.

—¿Por qué me pides que me calle, si siempre que te hablo de ella te corres mejor? —le siseó al oído, apretando el paso de sus caderas con una lentitud deliberada, arrancándole un gemido ahogado—. Si cierras los ojos fuerte, casi puedes creerte que soy ella… ¿A que sí, cerdo?

—Sí… Irene… —se le escapó el nombre en un susurro inaudito, un desliz imperdonable que hizo que Rebeca soltara una risita triunfal, cargada de una perversidad absoluta.

—Eso es, cerdo. ¿Quieres que te llame papá cuando te estés corriendo como el otro día? —preguntó Rebeca, acelerando de golpe el compás de sus caderas, frotándose con desesperación contra su miembro hinchado, buscando el punto exacto de fricción.

—Sí, por favor. Hazlo, te lo suplico… —balbució Ramón, con la dignidad completamente rota y los ojos vidriosos, aferrándose a ella como un náufrago a una tabla en medio de la tormenta.