Capítulo 8
El autobús avanzaba a trompicones entre el tráfico de la mañana cuando el teléfono comenzó a vibrar dentro del bolso de Rebeca.
Lo sacó y, al ver el nombre en la pantalla, no pudo evitar sonreír.
—Buenos días, arquitecto.
—Por fin puedo escuchar tu voz. Llevo toda la mañana pensando en llamarte.
—Son las ocho y media.
—He madrugado.
—Milagro. Pensaba que los ricos nunca os levantabais antes de mediodía.
La risa grave de Rodrigo llegó al otro lado de la línea. Rebeca se acomodó contra la ventanilla.
—¿Dónde estás?
—En el autobús, camino del trabajo.
—¿Y cómo vas vestida?
Rebeca soltó una carcajada.
—Buenos días a ti también.
—Te he dado los buenos días.
—Sí, y has tardado aproximadamente quince segundos en preguntarme por la ropa.
—Porque me gusta imaginarte.
Rebeca bajó la vista hacia sí misma.
—Falda blanca, camiseta negra de tirantes y cazadora vaquera. Llevo unas botas también negras.
—Mnmn… Ya se me ha ido la sangre donde no debía. ¿Es muy corta la falda?
—¿Tú qué crees, cariño?
Él tardó unos segundos en responder.
—Seguro que llevas una de esas minifaldas que me hace desear ver lo que llevas debajo.
—Un tanga granate.
—Joder, Rebeca… Voy a tener que ir a ver cómo trabajas en ese supermercado.
Ella lanzó una carcajada.
—Se nota que nunca haces la compra. En el súper me pongo un uniforme verde que me hace parecer una lechuga.
Rodrigo volvió a reír.
—Quiero ver ese tanga. ¿Me envías una foto?
—No puedo jugar contigo ahora. Estoy en el autobús.
Rebeca sonrió y volvió la mirada hacia la calle. Hacía un par de semanas que no veía a Rodrigo y reconoció que lo echaba de menos.
—Por cierto —dijo él—, este fin de semana estoy libre.
Rebeca arqueó una ceja.
—¿Libre?
—Mi mujer tiene un simposio de psiquiatría en Barcelona. Se marcha el viernes y no vuelve hasta el lunes.
—Conociéndote… seguro que ya estás haciendo planes. Pobre Isabel…
—He pensado que podríamos escaparnos por ahí.
Rebeca dejó escapar un pequeño suspiro.
—Lo siento, Rodrigo, pero no puedo.
—Venga, princesa. Donde tú quieras. Salamanca, Segovia, Toledo… Eliges tú el hotel, el restaurante y hasta el lado de la cama. Te necesito.
—Y yo a ti.
—Entonces no me hagas suplicar. Aunque si tengo que hacerlo, lo haré.
—No puedo, Rodrigo.
Esta vez él percibió que hablaba en serio y que no habría escapada de fin de semana.
—¿Ha pasado algo?
—Vera ha venido a vivir conmigo.
—¿Tu hija, la del pueblo?
—¿Cuántas hijas crees que tengo?
—No sabía que ya estuviera en Madrid.
—Llegó hace unos días. Empieza la universidad dentro de poco.
Hubo una pequeña pausa.
—Si quiere, puede decirle que venga —bromeó—. Puedes decirle que soy el tío Rodrigo. En las películas funciona.
Rebeca sonrió.
—¡Qué payaso eres!
—No sé si voy a soportar ese celibato.
—Será poco tiempo. Vera acaba de llegar y no conoce a nadie en Madrid. Cuando empiece las clases y haga amigos, será diferente.
—Podría separarme de mi mujer. Así no tendríamos que organizar nuestra vida según sus congresos.
Rebeca cerró los ojos un instante.
—Otra vez no, Rodrigo.
—Lo digo en serio. Cada día necesito más de ti.
—Ya sé que lo dices en serio. Ese es precisamente el problema.
—Podríamos tener algo de verdad, Rebeca.
—Ya tenemos algo de verdad. Mejor no lo estropees y sigue con tu esposa.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Y tú sabes perfectamente lo que pienso. Ya lo hemos hablado.
Rodrigo permaneció callado.
—Me gustas, Rodrigo —continuó ella, bajando un poco la voz—. Me encanta estar contigo. Me encantan nuestras escapadas y me encanta que me llames por la mañana para preguntarme qué llevo puesto. Pero no quiero un marido. Ni el mío ni el de otra.
—¿Y nuestros juegos te gustan? Me han hablado de un lugar aquí en Madrid que quiero visitar contigo.
—Sabes que me vuelve loca lo pervertido que eres…
—Entonces dame una oportunidad.
—Te la doy cada vez que me meto en un hotel contigo —respondió divertida—. No seas avaricioso.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Eres imposible.
—Y aun así sigues pidiéndome que viva contigo.
—Porque estoy loco por ti y ya no me conformo con que solo sea mi amante. Lo quiero todo.
Rebeca no respondió. Sonrió mientras observaba los edificios pasar al otro lado de la ventanilla.
De joven, cuando tenía una relación seria con un hombre casado, había sufrido ocupando el lugar de la otra.
Entonces esperaba llamadas que no llegaban, fines de semana que nunca eran para ella y promesas que siempre quedaban para más adelante.
Con los años había dejado de verlo de esa manera.
Ahora era libre. No esperaba a nadie, no pedía explicaciones y no tenía que soportar la rutina, las discusiones ni las obligaciones de una pareja.
Rodrigo regresaba después con su esposa y ella continuaba con su vida.
Estaba convencida de que ella obtenía la mejor parte.
—Oye, ya que estamos hablando —dijo Rebeca—. ¿No conocerás a alguien que necesite una niñera o alguna chica para hacer recados? Vera quiere buscar trabajo mientras estudia. Está pensando incluso en pasear perros.
—¿Cómo es? Me refiero… ¿Sabe manejar un ordenador?
—Sí, es bastante aplicada. Siempre se le han dado bien los estudios y le encanta leer. Es algo tímida, pero es muy madura para su edad.
—Pues sé de alguien que está buscando a alguien como tu hija, pero no voy a decírtelo hasta que me digas cuándo te has masturbado la última vez.
Rebeca soltó una carcajada y miró instintivamente a su alrededor.
—Esta mañana en la ducha. Con el chorro del agua caliente.
—Mmm… Me encantas.
—Jo, Rodrigo… Que estoy hablando en serio.
—Y yo también —respondió entre risas. Después carraspeó, fingiendo ponerse solemne—. Isabel está buscando a alguien.
Rebeca tardó un instante en reaccionar.
—¿Isabel? ¿Tu mujer?
—Eso es.
La situación le hizo tanta gracia que soltó una carcajada, provocando que una mujer sentada dos asientos más adelante se girara a mirarla.
—No te rías. Hablo en serio —la reprendió Rodrigo.
—Perdona, pero tiene su gracia —respondió Rebeca.
—Isabel está escribiendo un libro y lleva semanas diciendo que necesita a alguien que le eche una mano. Una especie de asistente.
—Rodrigo… mi hija tiene dieciocho años y no sabe absolutamente nada de psiquiatría.
—No tendría que saberlo. Por lo que me ha contado, necesita sobre todo alguien que le organice documentos, introduzca datos en el ordenador, lleve cosas a Correos, le ordene la agenda, confirme alguna cita…
pequeñas gestiones. Isabel está siempre hasta arriba y necesita una persona que le quite trabajo de encima.
Rebeca se quedó pensativa.
—Eso ya suena mejor que pasear perros.
—Además, seguramente podría organizarle los horarios alrededor de las clases.
—¿Y cuánto pagaría?
—Ni idea. Tendrías que hablarlo con ella. Pero suele ser bastante generosa. Por lo menos conmigo siempre lo ha sido.
—Payaso… Se lo comentaré a Vera.
—Eso sí —añadió elevando el tono—. Adviértele a tu hija que, si decide hacer la entrevista de trabajo, tendrá que ser muy discreta. Que no se le ocurra decir que ha recibido el número de teléfono a través de mí.
Rebeca volvió a reír.
—¿Crees que soy tonta? Además, mi hija no tiene ni idea de con quién me acuesto. No te des tanta importancia. No sabe ni siquiera que existes.
—Eres perversa. Eso me ha dolido profundamente.
—Idiota.
—Si mi mujer le pregunta, que le diga que se enteró por casualidad, que una amiga vio el anuncio en la universidad.
El autobús frenó junto a su parada. Rebeca miró la hora en la pantalla del teléfono.
—Mierda. Tengo que dejarte. Voy tarde.
—¿Me llamarás luego?
—Ya veremos.
—Eso significa que no. Que te olvidarás de mí como siempre.
—Significa que ya veremos —respondió Rebeca incorporándose del asiento.
—Te echo de menos, princesa.
—Yo también te echo de menos. Y mucho más de lo que crees…
Colgó, guardó el teléfono en el bolso y bajó apresuradamente del autobús. Consultó la hora en el reloj de su muñeca, mientras esperaba impaciente a que el semáforo cambiara a verde. Cinco minutos tarde.
—Mierda…
Nada más cruzar las puertas automáticas del supermercado comprendió que no iba a poder escabullirse.
Pilar la esperaba junto al acceso del almacén, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. A su alrededor había varios empleados preparando los primeros carros de reposición.
—Vaya… La enchufada por fin ha decidido aparecer.
Rebeca respiró hondo.
—Buenos días, Pilar. Siento el retraso, ha habido un problema con el tráfico.
Dos reponedores dejaron de hablar para escuchar la conversación.
—No me interesan las excusas. Aquí todos tenemos problemas. La diferencia es que los demás llegan a su hora.
Rebeca dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambas con una elegancia felina que hizo que Pilar recelara instintivamente.
—Mira, Pilar —dijo Rebeca con una voz suave, cortante y desprovista de cualquier atisbo de miedo—.
Si tienes algún problema personal conmigo, te agencias un cuaderno y te lo apuntas.
Pero conmigo modula el tono. Don Ramón te habrá ordenado que me cambies el turno, pero el sueldo me lo gano trabajando, no cotilleando en los pasillos sobre la vida de los demás.
Así que hazme el favor de irte a revisar las cajas de leche y déjame empezar la jornada en paz.
Pilar abrió ligeramente la boca ante la respuesta. Estaba acostumbrada a intimidar a las nuevas empleadas con su jerarquía, pero Rebeca desprendía una seguridad aplastante que la desarmaba por completo y la hacía sentir que estaba perdiendo autoridad delante de los compañeros.
—Ya veremos cuánto te dura esa carita de lista —masculló Pilar, dándose media vuelta con brusquedad y perdiéndose entre las estanterías metálicas.
Rebeca suspiró levemente y se dirigió a los vestuarios para cambiarse. Abrió su taquilla, guardó el bolso y se puso el uniforme con pocas ganas. Tenía que ponerse a trabajar cuanto antes.