Capítulo 7
Vera untó una tostada con mantequilla y dio un sorbo al café.
—¿Qué tal ayer? ¿Te aburriste mucho? —le preguntó su madre.
—No. Estuve entretenida ordenando un poco la casa.
Bajó la vista hacia la taza y sonrió con cierta incomodidad.
—Supongo que ya te habrás dado cuenta de que tu abuela tiene razón y de que tu madre es un auténtico desastre —admitió Rebeca, echando un vistazo alrededor—.
Siempre empiezo con intención de recogerlo todo, pero nunca encuentro el momento.
Voy dejándolo para mañana, luego para pasado… y al final pasa lo que pasa.
Vera sonrió con timidez.
—Mamá, ¿siempre te vistes así para salir a la calle?
Rebeca levantó las cejas, divertida.
—¿Así cómo?
—Faldas cortas, pantalones tan ajustados o salir como el otro día… —Vera titubeó y bajó la mirada hacia el plato antes de terminar la frase—. Sin sujetador.
Rebeca sonrió al notar el esfuerzo que le había costado decir aquellas dos últimas palabras.
—Pues no. La verdad es que nunca le he dado demasiadas vueltas. Si un día me apetece ponerme sujetador, me lo pongo. Y si no me apetece, pues no me lo pongo. No creo que haya nadie con derecho a decirme cómo tengo que vestirme.
—El otro día me di cuenta de cómo te miraban algunos hombres por la calle… —dijo Vera con cierta incomodidad—. ¿De verdad no te molesta?
—¿Molestarme? —Rebeca soltó una pequeña carcajada—. Cariño, tengo treinta y ocho años. Sé perfectamente cuándo un hombre me está mirando. Mientras se limite a mirar, ¿qué problema hay? No voy a vestirme de una forma que no me gusta para evitarlo.
—Yo creo que me sentiría incómoda.
Rebeca dejó el tenedor sobre el plato y la observó durante unos segundos. No parecía sorprendida. En realidad, aquella respuesta encajaba perfectamente con la hija que conocía.
—Porque no estás acostumbrada.
—No creo que sea solo por eso.
—Puede ser. —Rebeca se encogió de hombros—. Cada una es como es. A ti te gusta pasar desapercibida y yo prefiero llamar la atención.
Vera suspiró.
—¿Y te gusta que te miren?
Rebeca sonrió. Podía haberle dado una respuesta tranquilizadora, de esas que probablemente habría aprobado su madre, pero no tenía intención de empezar aquella convivencia mintiéndole.
—Sí. A veces sí.
La sinceridad hizo que Vera levantara la mirada.
—¿Por qué?
—Porque soy coqueta, porque tengo mi ego y porque me gusta sentirme atractiva. —Tomó un sorbo de café antes de añadir—. Eso no significa que quiera acostarme con cada hombre que me mira. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Vera permaneció unos segundos en silencio. Aquella conversación le había removido más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Sentía que, desde que había llegado a Madrid, estaba descubriendo una faceta de su madre que jamás habría imaginado.
Apartó esos pensamientos de su cabeza y decidió centrarse en algo mucho más importante.
—Oye, mamá… He estado pensando que quiero buscar algún trabajo para sufragar mis gastos. Algo que también pueda compaginar con los estudios cuando empiecen las clases.
—Me parece muy bien, hija.
Vera levantó la vista de inmediato. Aquel «hija» la sorprendió. Su madre casi siempre la llamaba por su nombre; rara vez utilizaba esa palabra. Había sonado cálida, casi protectora.
—Había pensado en buscar algo tranquilo. Cuidar niños, pasear perros… No quiero que tengas que cargar tú con todos mis gastos. ¿Tú qué hiciste cuando llegaste a Madrid?
Rebeca exhaló un suspiro, removiendo el café mientras los recuerdos del pasado comenzaban a asomar por su mente. Perdió la mirada por un instante en la pared de la cocina.
—Yo vine por un hombre —reconoció sin rodeos, esbozando una media sonrisa cargada de nostalgia—. Él vivía en Madrid y yo estaba completamente enamorada. Así que hice la maleta, me subí a un autobús y me vine a vivir con él.
—¿En serio? —preguntó Vera, abriendo los ojos como platos—. La abuela nunca me lo contó así. Siempre decía que el pueblo se te había quedado pequeño y que te marchaste a la capital para… —Titubeó unos segundos, buscando una forma de no herirla—. Para vivir la vida a tu manera.
—Lo había conocido un par de meses antes, cuando fue a pasar el verano al pueblo.
Me enamoré de él como una auténtica idiota.
Se llamaba Jaime, era mucho mayor que yo y nos veíamos a escondidas.
Ya sabes cómo son los pueblos. Allí no puedes dar un paso sin que medio mundo esté pendiente de ti.
Y tu abuela, con lo beata que es, si llega a enterarse, me habría encerrado en casa.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Yo acababa de cumplir los dieciocho, exactamente los mismos que tienes tú ahora. Él ya había pasado de los cuarenta. Tenía dos hijos y acababa de divorciarse.
Vera se quedó mirándola, completamente desconcertada.
—¿Te enamoraste de un viejo? Te sacaba más de veinte años.
—Cuando tienes dieciocho años y has crecido en un pueblo donde todos los días parecen iguales, un hombre seguro de sí mismo, que te habla de Madrid como si fuera otro mundo y te promete el cielo, te parece lo más fascinante que existe —respondió Rebeca con una sonrisa cargada de nostalgia—.
Cuando agosto llegaba a su fin, me convenció para que en septiembre me fuera con él.
«Vente a Madrid. Yo cuidaré de ti, te juro que no te faltará de nada», me repetía una y otra vez.
Soltó una risa breve al recordar lo que vino después.
—Imagínate el espectáculo que montó tu abuela cuando le dije que me marchaba. Claro que no le hablé de Jaime. Le conté que había encontrado trabajo de interna en una casa de Madrid, que el sueldo no era gran cosa, pero que me daban alojamiento y manutención.
Vera permaneció unos segundos en silencio, intentando encajar cada pieza de aquella historia.
—¿Y cumplió su promesa? ¿Cuidó de ti cuando llegaste a Madrid?
—Las primeras semanas fueron maravillosas.
Después todo se volvió rutina. Él se marchaba a trabajar por la mañana y yo me quedaba sola entre aquellas cuatro paredes —continuó Rebeca, negando despacio con la cabeza—.
Entonces fue cuando decidí ponerme a trabajar.
Había hecho un curso de auxiliar de peluquería y conseguí entrar en un salón del centro.
Hacía un poco de todo: recibía a las clientas, les cogía el abrigo, les lavaba la cabeza, preparaba los tintes…
Se encogió ligeramente de hombros.
—Me gustaba, pero el sueldo era una miseria.
Echaba más horas que un reloj y, aun así, apenas me llegaba para mis gastos.
Un día, un chico que iba mucho por la peluquería me comentó que trabajaba en una discoteca del centro y que estaban buscando camareras.
Me dijo que, siendo joven y teniendo buena presencia, me cogerían sin pensárselo.
Sonrió con cierta ironía.
—Cuando me dijo lo que podía ganar, no tardé ni cinco minutos en decidirme. Solo con las propinas de los viernes y de los sábados sacaba más dinero que en toda una semana en la peluquería.
La sonrisa de su madre se fue borrando poco a poco.
—Pero trabajar de noche también tenía su cara amarga —continuó dando un leve suspiro—.
Jaime empezó a ponerse cada vez más celoso.
Al principio eran comentarios sin importancia.
Luego empezó a preguntarme con quién hablaba, quién me había llevado a casa o por qué sonreía tanto cuando volvía del trabajo.
Bajó la vista hacia la taza antes de continuar.
—Una madrugada apareció completamente borracho en la discoteca.
Yo estaba sirviendo unas copas a un grupo de chicos y bromeando con ellos, como hacía con todos los clientes.
Perdió los nervios. Empezó a gritarme delante de todo el mundo.
Insultó a aquellos chicos, me llamó puta…
y me acusó de tirarme a media discoteca a cambio de dinero.
Al final, los porteros tuvieron que sacarlo a rastras.
Hizo una breve pausa.
—Aquella noche no quise volver a su casa.
—Hiciste bien en romper con él… Nadie tiene que llamar puta a una mujer. Es una falta de respeto que no se puede consentir —aseguró Vera, convencida de que aquella historia solo podía haber terminado así.
—Qué va… No lo mandé a la mierda ese día. Yo era demasiado idiota para creer que podía hacerlo cambiar. Le perdoné, pero la relación fue de mal en peor. Hasta que no pude soportarlo más.
Esbozó una sonrisa.
—Eso sí… Para entonces ya me había hecho un hueco en el mundo de la noche.
Mientras seguía trabajando los fines de semana en la discoteca, fui enlazando otros empleos.
He sido recepcionista, relaciones públicas, mensajera…
Incluso masajista. Aprendí a espabilarme sola.
Siempre he sabido buscarme la vida y, por suerte, nunca me ha faltado trabajo.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Pero cuando me dijiste que querías venirte a vivir conmigo, me di cuenta de que tenía que cambiar.
—Rebeca jugó con el borde de la taza—. Una cosa era vivir como me daba la gana estando sola y otra muy distinta hacerlo teniéndote a ti en casa.
Así que me busqué un trabajo normal y acabé en el supermercado.
Vera permaneció unos segundos en silencio, sin atreverse a levantar la vista.
—Mamá… ¿Puedo hacerte una pregunta?
Rebeca levantó la vista. Había algo en el tono de su hija que le hizo comprender que no se trataba de una pregunta cualquiera.
—Claro, mi amor.
Vera dudó.
—Pero prométeme que no te vas a enfadar.
Rebeca se recostó ligeramente en la silla, intrigada.
—Ahora sí que me estás preocupando.
Vera respiró hondo. Llevaba varios minutos dándole vueltas a una posibilidad que cada vez le parecía menos absurda.
—Ese tal Jaime… ¿era mi padre?
Tensó los músculos de la cara antes de responder.
—No.
Vera esperó algo más, pero su madre no añadió una sola palabra.
—Entonces…
—Se me ha hecho tardísimo.
Rebeca miró el reloj de la cocina y se levantó con tanta rapidez que Vera comprendió inmediatamente que no se trataba de la hora.
—Como llegue cinco minutos tarde, me caerá una buena bronca de la idiota de la subencargada.
Vera comprendió que su madre no pensaba continuar aquella conversación.
—Creo que me ha cogido manía desde el primer día —continuó Rebeca mientras recogía la taza y la dejaba en el fregadero—. Es una inepta y me da la impresión de que tiene miedo de que un día le acabe quitando el puesto.
Le guiñó un ojo con esa seguridad descarada que parecía acompañarla a todas partes.
—Pero, por mí, se lo puede meter por el… —Se interrumpió al cruzarse con la mirada de Vera y soltó una risa resignada—. Da igual. Tengo que hablar mejor. A veces digo demasiados tacos.
Cogió el bolso, se acercó a su hija y le dejó un beso en la frente.
—Esta tarde, cuando salga de trabajar, nos vamos de compras. Ya va siendo hora de que te enseñe un centro comercial como Dios manda.
Sin darle tiempo a responder, salió del apartamento y cerró la puerta tras de sí.
Vera permaneció inmóvil en la cocina, escuchando cómo los pasos de su madre se alejaban por la escalera. La pregunta seguía dando vueltas en su cabeza.
Si Jaime no era su padre… Entonces, ¿quién era?