Capítulo 6
Los nudillos de Pilar golpearon la puerta de madera oscura.
—¡Adelante! —respondió don Ramón desde el interior.
Aún respiraba con cierta dificultad. Se alisó la camisa, comprobó de un vistazo que la bragueta estuviera cerrada y trató de recomponer el gesto antes de que la puerta se abriera.
Pilar de Fuente empujó la puerta y entró con su habitual paso medido. Llevaba diez años trabajando en aquel supermercado y, aun así, cada vez que cruzaba el umbral de aquel despacho sentía un nudo en el estómago.
—¿Me ha mandado llamar, don Ramón? —preguntó, deteniéndose frente al escritorio con las manos entrelazadas a la espalda.
El viejo carraspeó, buscando con torpeza unos papeles sobre la mesa para disimular su agitación.
—Sí, Pilar. Verá… hace un momento he estado hablando con la señorita Rebeca Ortiz y… bueno… le dije que estudiaría una posibilidad. El caso es que quiero que modifique los cuadrantes de los turnos a partir de mañana.
Pilar guardó silencio. En diez años nunca había visto a don Ramón justificar una orden antes de darla.
—¿Qué modificación quiere que haga? —preguntó Pilar con cautela.
Don Ramón se aclaró la garganta.
—A partir de mañana, la señorita Ortiz hará únicamente el turno de mañana. Y quiero que el cambio se mantenga hasta nueva orden.
Pilar no respondió de inmediato. Se limitó a observarlo durante unos segundos.
—¿Puedo saber por qué ese trato de favor?
Don Ramón notó cómo la pregunta lo incomodaba más de lo que esperaba.
—Asuntos personales de la señorita Rebeca Ortiz. La normativa de protección de datos me impide facilitarle más información. Lo siento. Limítese a hacer el cambio.
Pilar frunció ligeramente el ceño.
—Con todos los respetos, don Ramón, los cuadrantes los hacemos siguiendo las normas de la empresa. Si hago una excepción con Rebeca, el resto de la plantilla empezará a preguntar. Ya sabe cómo es la gente.
El viejo apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Si alguien pregunta, dígales que es una decisión mía.
Pilar mantuvo el gesto impasible, aunque la conversación no hizo más que confirmar una intuición que llevaba días rondándole la cabeza: algo extraño ocurría con la nueva.
—Como usted diga.
Se dio media vuelta y salió del despacho con la sensación de que acababa de presenciar algo que no terminaba de encajar.
Minutos después, en el bullicioso almacén, Rebeca seguía agachada junto a los estantes metálicos, reponiendo cajas de leche.
Pilar la observó desde el extremo opuesto del pasillo. A medida que se acercaba, lo tuvo claro.
«Con razón va de sobrada… Seguro que se está beneficiando al viejo.»
Se detuvo a pocos pasos de ella, con los brazos cruzados y una expresión de desprecio apenas disimulada.
—Rebeca. A partir de mañana dejarás de rotar en los cuadrantes y harás siempre el turno de mañana —soltó la subencargada con una voz dura, cortante, casi inquisitiva—. Veo que no has perdido el tiempo. Enhorabuena.
Rebeca levantó la vista lentamente, como si no entendiera a qué venía aquel tono.
—¿Perdón?
—Ya me has oído. Se te da bien conseguir el favor del jefe.
Pilar le sostuvo la mirada un instante más antes de marcharse, dejando tras de sí un silencio mucho más incómodo que cualquier insulto.
Cuando terminó su turno, Rebeca se dirigió a los vestuarios y abrió su taquilla para quitarse de una vez el maldito uniforme. Se quitó la camisa y los pantalones verdes y los metió sin demasiado cuidado en la taquilla.
Mientras terminaba de vestirse, miró un par de veces hacia la puerta. Había pasado el resto de la jornada esperando que Pilar volviera para decirle alguna impertinencia o, como mínimo, para dedicarle una de aquellas miradas cargadas de desprecio que tan bien se le daban.
No pensaba preocuparse. Ramón había cumplido. Y eso era lo único que le importaba.
Esa misma noche, el pequeño apartamento olía a guiso casero y al detergente con el que Vera había fregado el suelo.
La televisión permanecía encendida en el salón, con el volumen lo bastante alto para que las voces llegaran hasta la cocina, mientras madre e hija cenaban frente a frente en la pequeña mesa.
En todo el día, Vera no había salido de casa más que para cruzar la calle y comprar productos de limpieza y algo de comida en una pequeña tienda del barrio. El resto de la jornada lo pasó intentando poner orden en el piso.
Lo primero que hizo fue recoger la ropa que su madre tenía esparcida por toda la casa.
Mientras la ordenaba, fue encontrándose con un vestido más corto que el anterior, minifaldas, blusas ceñidas y una interminable colección de zapatos de tacón.
Terminó preguntándose dónde demonios se ponía su madre todas aquellas cosas.
Ella había llegado a Madrid con una única maleta y, aun así, le sobraba espacio en el armario.