Capítulo 5
El zumbido constante de los fluorescentes del almacén apenas competía con el murmullo de las cajas registradoras y el trasiego de los carros al otro lado de la puerta batiente.
Rebeca estaba agachada junto a unos estantes metálicos, colocando cajas de leche, cuando una voz estridente la sacó de sus pensamientos.
—Rebeca.
Se volvió despacio. Pilar, una de las empleadas más veteranas, que ejercía de subencargada, la observaba con esa severidad permanente que reservaba para cualquiera que acabara de incorporarse a la plantilla.
—Deja lo que estés haciendo. Don Ramón quiere verte ahora mismo en su despacho —dijo en voz baja, como si estuviera anunciándole un problema—. Y te aviso de que hoy no está precisamente de buen humor.
Rebeca dejó escapar un leve suspiro y se limpió las manos en el pantalón verde del uniforme. Después de un mes, seguía pareciéndole horroroso. No entendía cómo alguien había conseguido elegir aquel tono de verde y pensar que una mujer podía sentirse mínimamente favorecida con él.
Pilar frunció ligeramente el ceño. Le sorprendía que Rebeca reaccionara con tanta calma. La mayoría de los empleados cambiaban de color cuando don Ramón los mandaba llamar. Rebeca, en cambio, echó a andar hacia el despacho con absoluta naturalidad.
Cruzó el pasillo trasero hasta llegar a la puerta de madera oscura con la placa dorada que indicaba la gerencia. Dio un par de golpes con los nudillos y, sin esperar a que la invitaran a pasar, giró el pomo y entró.
Apenas tuvo tiempo de cruzar el umbral. Un segundo después, la puerta se cerró a su espalda con un golpe seco.
Don Ramón la estaba esperando. Antes de que Rebeca pudiera decir una sola palabra, la acorraló contra la madera, aprisionándola con su cuerpo, y la besó con un hambre contenida durante demasiado tiempo.
Ella respondió de inmediato, sin el menor atisbo de sorpresa, dejando que una sonrisa cómplice asomara entre sus labios.
Las manos de él no perdieron un segundo: se deslizaron directas al trasero de Rebeca, palpándolo a través de la rígida tela del pantalón.
—Esta mañana me quedé en el aparcamiento escondido dentro del coche durante más de una hora, solo para verte bajar del autobús…
—murmuró Ramón contra su boca, con la respiración entrecortada y los ojos oscurecidos por un brillo febril—.
Traías unos vaqueros ajustados que se te pegaban al culo de una forma indecente.
Joder, cómo se puede estar tan jodidamente buena. Llevo toda la noche soñando contigo…
Rebeca sintió cómo la intensidad de él rozaba la línea de la obsesión pura, pero lejos de asustarla, ese nivel de dependencia le encendía una chispa de poder aún mayor entre las piernas.
Las manos de don Ramón, que seguían aferradas a sus nalgas, temblaban ligeramente de pura abstinencia contenida, apretando la carne a través de la tela como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier segundo.
—¿Vigilándome desde el coche como un vulgar mirón? —le retó ella con una sonrisa, llevando la mano a la entrepierna de él—. Eres peor que un jovencito.
Don Ramón soltó un gruñido ronco y se aferró con más fuerza a sus caderas, enterrando la cara en el cuello de Rebeca para inhalar su perfume con desesperación. La mano de ella, experta y firme, abrió la bragueta y buscó su miembro, liberándolo al instante de sus calzoncillos y sacándolo fuera.
—Llámame como quieras, pero no puedo sacarte de mi cabeza —jadeó él contra su piel—. Te lo juro, Rebeca… Lo haría aquí mismo, encima de este escritorio.
El roce de su miembro, turgente y caliente bajo el tacto de su palma, delataba que la obsesión del hombre ya rozaba el límite del delirio.
—No podemos hacerlo sobre esa mesa como si fuéramos animales. Pilar me tiene manía y enseguida se preguntará por qué tardo tanto. Además, es muy cotilla… ¿Quién te dice que no está ahora escuchando detrás de la puerta?
—A la mierda, Pilar… Que se vaya a tomar por el culo esa zorra.
—Claro… —respondió Rebeca entre risas—. Pero luego soy yo la que tiene que aguantarla. Y te juro que se pone insoportable.
Mientras hablaba, aceleró ligeramente el movimiento de la mano, imprimiéndole un ritmo más firme.
—Sigue, joder… qué bien lo haces… Quiero que nos veamos esta tarde —dijo Ramón, con los dedos aferrados a su cintura—. Le diré a mi esposa que tengo una reunión urgente con el director de recursos humanos.
Rebeca negó despacio con la cabeza, manteniendo la mirada fija en sus ojos mientras una mezcla de deseo y frustración le recorría el cuerpo.
—Te recuerdo que está mi hija en casa. Acaba de llegar del pueblo y…
Ramón la interrumpió con un tono casi suplicante, mirándola fijamente a los ojos.
—Rebeca, no me hagas esto. Necesito volver a follarte. Si no podemos ir a tu casa, reservaré una habitación de hotel. O lo haremos en el coche. Me da igual. Como tú quieras, preciosa.
—Lo siento. ¿Crees que yo no tengo ganas? —respondió arqueando las cejas—. Me muero por tenerte dentro de mí… Pero Vera lleva todo el día sola. No conoce a nadie en Madrid.
La mano de Rebeca no se detuvo, manteniendo un ritmo firme y experto alrededor de su miembro turgente, mientras el aire del despacho de don Ramón se llenaba con la respiración entrecortada y febril del hombre.
—Tendrás que conformarte con esto. Con que te haga una paja en el despacho.
—Enséñamelas, Rebeca… Por favor, joder, enséñame esas tetas —rogó Ramón con la voz rota, casi suplicante, con los ojos turbios por un deseo oscuro y desesperado—.
Te necesito. Eres mía, ¿me oyes? Solo mía.
No soporto la idea de que nadie más te mire, de que otro hombre roce tu piel…
Te quiero solo para mí, Rebeca. ¡Dime que son solo mías!
Rebeca soltó una risa baja, un murmullo cargado de complicidad y poder que encendió aún más la obsesión del hombre.
—Tranquilo, cariño —susurró ella, deteniendo un instante el movimiento de su mano para deslizar los dedos hacia los botones de la camisa de su uniforme—. No te pongas celoso. Estas tetas son solo tuyas… Nadie más las toca ni se corre sobre ellas, te lo juro. Son para ti y para nadie más.
Con gestos deliberados, Rebeca abrió los últimos botones y dejó caer la tela a ambos lados. Sus pechos grandes, pesados y de areolas oscuras quedaron completamente al descubierto, balanceándose ligeramente ante los ojos desorbitados de don Ramón.
El hombre perdió el poco control que le quedaba; se lanzó hacia delante con un gemido hambriento, enterrando la cara entre sus pechos, devorándolos con desesperación, succionando y lamiendo la carne con ansia mientras sus manos aferraban con fuerza la cintura de ella.
A Rebeca se le escapó un suspiro y cerró los ojos por un instante.
Le encantaba. Adoraba cómo aquel hombre, que imponía terror al resto de los empleados, perdía la cabeza y se humillaba de esta manera solo por probarla.
El placer le recorrió el cuerpo, una ola de excitación densa y peligrosa que la hizo apretar los muslos.
Pero el chispazo de cordura golpeó su mente con la misma fuerza que el deseo.
—Para, Ramón. Estate quieto.
Recordó de golpe las murmuraciones, los corrillos maliciosos en su anterior trabajo, las miradas de reojo y los juicios mezquinos que la habían perseguido.
No iba a permitir que empezaran los rumores de que se estaba acostando con el jefe.
No otra vez. Tenía que frenar aquello antes de que fuera demasiado tarde.
Abrió los ojos, contuvo el aliento y apartó con suavidad la cabeza de Ramón. Volvió a cerrar los dedos alrededor de su miembro y aceleró la fricción con una determinación implacable, buscando el punto exacto para sacudirlo por completo.
—Venga, Ramón… Córrete ya. Vamos, suéltalo todo en mi mano —le susurró al oído con voz ronca y mandona, llevándolo al límite absoluto.
—¡Joder, Rebeca…! ¡Me voy a correr! ¡Me tienes loco perdido…! —rugió el hombre, estallando en un espasmo violento.
Su cuerpo se vació con fuerza, eyaculando de forma copiosa sobre la palma y los dedos de Rebeca.
Ramón se quedó sin aliento, con la espalda apoyada contra la puerta, completamente agotado y con la respiración todavía convulsa.
De inmediato, estiró un brazo tembloroso hacia la mesa y le tendió un pañuelo de papel.
Rebeca se limpió con total naturalidad mientras Ramón, con torpeza y las manos aún flojas, se guardaba la polla dentro del pantalón y subía la cremallera.
Intentó acercarse para besarla de nuevo, pero ella dio un paso atrás y comenzó a abrocharse la blusa con rapidez.
—Tengo que regresar al trabajo, Ramón. Llevo aquí demasiado tiempo —dijo ella con voz firme.
Le sostuvo la mirada unos segundos, obligándose a recuperar la compostura.
—Y escúchame bien: yo no soy una mujer tan fácil como piensas. Si quieres seguir teniendo esto conmigo, necesito saber qué significa todo esto para ti.
Ramón la miró, con el rostro todavía arrebatado por el calor del momento, y le respondió con absoluta sinceridad, devorándola con los ojos:
—Para mí lo eres todo, Rebeca. No consigo sacarte de la cabeza ni un solo segundo. De hecho… estoy pensando en un plan para que podamos pasar una noche entera juntos. Tú y yo solos, sin prisas y sin que nadie nos moleste. —Ramón le acarició la mejilla y sonrió—. Eres mi novia.
Rebeca ensanchó la sonrisa como si aquella declaración acabara de hacerle una ilusión enorme.
Por dentro, sin embargo, sintió exactamente lo contrario.
Una noche entera con Ramón le daba una pereza terrible.
Le gustaba acostarse con él, le divertía tener al temido encargado del supermercado comiendo de su mano y disfrutaba de los ratos que pasaban juntos, pero aquello no daba para mucho más.
—¿Novios? —repitió, rodeándole el cuello con los brazos—. Me gusta cómo suena… Repítelo otra vez.
—Eres mi novia…
Ramón la besó con entusiasmo. Rebeca le siguió el beso durante unos segundos antes de separarse apenas lo suficiente para mirarlo.
—Me gusta ser tu novia. Suena muy bien cuando me lo dices.
Aquellas palabras fueron exactamente lo que Ramón necesitaba escuchar. La expresión se le iluminó. En cambio, Rebeca bajó la mirada y adoptó un gesto más serio.
—No sé por qué coño he tenido que fijarme precisamente en un hombre casado… —murmuró—. A veces me siento mal por tu esposa.
Ramón hizo un gesto de fastidio, como si la simple mención de su mujer estropeara el momento.
—Petri no significa apenas nada para mí. Hace meses que ni siquiera follamos, ya te lo he dicho. Es en ti en quien pienso a todas horas, Rebeca.
Ella volvió a sonreír.
No sabía si aquello era verdad. Tampoco le importaba demasiado. Lo único que tenía claro era que Ramón estaba empezando a tomarse demasiado en serio algo que para ella nunca había dejado de ser una aventura.
—Pues si de verdad significo tanto para ti, tendrás que demostrarlo de vez en cuando —dijo Rebeca, dejando que la sonrisa regresara poco a poco a sus labios—. Y precisamente ahora se me ocurre una forma.
Ramón entrecerró los ojos. Ya empezaba a reconocer aquella expresión: Rebeca estaba a punto de pedirle algo.
—A ver qué quieres.
Rebeca le acarició distraídamente el cuello de la camisa antes de mirarlo a los ojos.
—Un favor. Pequeñito.
Durante un segundo, una idea desagradable le atravesó la cabeza. ¿Y si Rebeca iba a pedirle dinero?
La miró. Era demasiado joven, demasiado guapa y, sobre todo, demasiado consciente del efecto que ejercía sobre él. Ramón sabía que una mujer como aquella siempre había estado fuera de su alcance.
Y entonces comprendió algo que le produjo vergüenza y alivio a partes iguales: si Rebeca le pedía dinero, se lo daría. No porque fuera idiota, sino porque a esas alturas estaba tan enganchado a ella que habría hecho casi cualquier cosa con tal de no perderla.
—¿Cuánto quieres? —preguntó con la voz seca, volviendo a adoptar de golpe la postura huraña y defensiva del encargado de siempre.
Pero Rebeca sabía perfectamente cómo ablandarlo. Dio un paso al frente, le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un beso suave y cómplice en los labios.
—No es dinero, mi amor. No soy una puta.
La tensión desapareció del rostro de don Ramón casi al instante. Incluso pareció avergonzarse de haberlo pensado.
—Lo siento… —murmuró con cierta torpeza—. Es solo que estás tan buena que a veces me parece imposible que una mujer como tú quiera estar conmigo. Y me acojona que un día te canses.
Ella sonrió antes de responder. Dejó pasar un par de segundos, disfrutando quizá un poco más de la cuenta del alivio que acababa de provocar en él.
—Quiero que hagas todo lo que esté en tu mano para que trabaje únicamente en el turno de mañana. Necesito pasar más tiempo con Vera.
Ramón frunció el ceño.
—Pero… sabes que los turnos son rotativos. Es Pilar la que se encarga de cuadrarlos… Yo no tengo nada que ver en eso. Es política de empresa.
Ella arrugó la cara de inmediato y compuso un puchero exagerado, como si la respuesta la hubiera decepcionado de verdad.
—No te preocupes, lo entiendo. Perdóname por habértelo pedido. Soy una idiota… —Bajó la mirada y dejó escapar un suspiro—. A veces se me olvida que solo eres el encargado de un supermercado y no ese hombre tan poderoso que creí conocer el primer día.
Ramón entrecerró los ojos.
—Rebeca…
Pero ella no le dio tiempo a continuar. Se apartó de él, abrió la puerta del despacho y salió al pasillo con los hombros ligeramente caídos y la mirada clavada en el suelo, interpretando su decepción hasta el último segundo.
Solo cuando la puerta se cerró a su espalda permitió que una pequeña sonrisa asomara a sus labios.
Conocía demasiado bien a Ramón. Acababa de poner en duda precisamente aquello de lo que más orgulloso estaba: su autoridad.
Regresó a su puesto sin mirar atrás. No necesitaba insistir.
Estaba convencida de que, antes de que pasaran diez minutos, Pilar recibiría la orden de presentarse en el despacho del encargado.