Los Amantes de Mamá Capítulo 4
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Capítulo 4

La luz de la mañana se filtraba perezosa a través de las rendijas de la persiana, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire del salón.

Vera se despertó temprano, con la extraña sensación de encontrarse en un lugar completamente ajeno.

Tras estirarse y calzarse unas zapatillas de estar por casa, salió de la pequeña habitación que su madre le había preparado.

Caminó de puntillas hacia la cocina vestida con el pijama, con la intención de prepararse un café, pero al pasar frente al pasillo se detuvo en seco, conteniendo la respiración.

Rebeca caminaba hacia ella con absoluta naturalidad, completamente desnuda de cintura para arriba, luciendo únicamente un diminuto tanga negro que resaltaba el ancho de sus caderas y la esbeltez de sus piernas.

Sus pechos firmes y generosos se balanceaban con cada paso, y su larga melena oscura caía desordenada sobre su espalda.

Lejos de avergonzarse al ver a su hija, Rebeca le dedicó una sonrisa luminosa y despreocupada.

—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien? —preguntó con voz ronca de sueño.

Vera apartó la vista por puro reflejo. Nunca había visto a su madre con tan poca ropa y no supo dónde fijar los ojos.

—Mamá…

—¿Qué?

Rebeca miró hacia abajo como si necesitara comprobar qué ocurría y entonces comprendió.

—Ay, por favor… no pongas esa cara. Me gusta dormir desnuda.

Entró en la cocina con absoluta tranquilidad y Vera la siguió todavía algo incómoda.

Mientras se tomaban un café rápido en la pequeña mesa de la cocina, la conversación derivó inevitablemente hacia la gran ciudad.

—Madrid al principio abruma, te lo aseguro —comentaba Rebeca mientras se servía otra taza—. Pero enseguida le pillarás el ritmo. Ya verás cómo haces amigas enseguida para salir los fines de semana, ir de compras o tomar algo por ahí.

—No sé yo si haré amigos tan pronto… Al principio me cuesta un poco coger confianza con extraños.

—Bah, tonterías —le quitó importancia Rebeca con un gesto de la mano—.

Una chica tan guapa como tú se la rifarán los chicos.

Pero mira, mientras tanto, si te apetece, puedes venirte conmigo el próximo sábado y te presentaré a mis amigos.

Te caerán bien. Sobre todo, Tony… —puntualizó—.

Es un amigo muy especial para mí. Ya lo conocerás.

Vera parpadeó, intrigada por el tono de voz de su madre y por ese brillo travieso que se le instaló en los ojos.

—¿Ese tal Tony es tu novio? —preguntó Vera, con la curiosidad dibujada en la cara.

Rebeca soltó una carcajada divertida por la inocencia de la pregunta. Después se levantó de la silla y se dirigió al salón. Vera la siguió.

—¿Novio? —repitió Rebeca mientras rebuscaba entre el desorden del salón—. Maldita sea… Soy un puto desastre. Juraría que lo había dejado por aquí.

Se volvió un instante hacia Vera y se encogió de hombros.

—Solo somos amigos especiales. Ya me entiendes… Nos gustamos, lo pasamos bien juntos y poco más.

Sin dejar de buscar, entró en su dormitorio. Vera fue detrás de ella.

—Yo he cortado con Pedro hace poco —dijo Vera con una sonrisa tímida—. Lo dejé cuando me enteré de que, en las fiestas del pueblo de al lado, había estado tonteando con otra chica.

Rebeca levantó la vista, interesada. Conocía de sobra a Pedro.

Que ella supiera, había sido el novio de su hija desde que Vera era prácticamente una adolescente.

Un chico del pueblo con el que Vera llevaba años imaginando un futuro de esos que a Rebeca siempre le habían parecido demasiado perfectos: casarse, tener muchos hijos y pasar juntos el resto de sus vidas.

—¿Y no le diste otra oportunidad?

Vera negó despacio.

—No. Creo que si alguien te engaña es porque no te quiere.

Rebeca estuvo a punto de responder, pero se contuvo.

No compartía aquella forma tan tajante de ver las cosas, aunque tampoco era el mejor momento para explicarle a su hija que las relaciones podían ser bastante más complicadas.

Se levantó y comenzó a rebuscar entre el montón de ropa que había sobre una silla.

—¿Solo has estado con él?

Vera levantó la mirada.

—¿Cómo?

—Con Pedro. —Rebeca sacó una camiseta, la examinó y volvió a dejarla sobre el montón—. Porque lo habéis hecho, ¿verdad?

—Mamá, por Dios…

Su madre la miró esperando una respuesta.

—Claro que lo hemos hecho —admitió Vera, visiblemente avergonzada—. Y sí, por supuesto que solo he estado con él.

Rebeca sonrió al advertir el rubor de su hija, pero decidió no seguir tirando del hilo. Ya habría tiempo para conocer aquella parte de Vera que hasta entonces apenas había compartido con ella.

—¿Y qué tal estás? —preguntó, recuperando un tono más serio—. Supongo que lo estarás pasando mal.

Vera bajó la mirada hacia sus manos. Durante unos segundos jugueteó con una uña antes de volver a mirar a su madre.

—Decir mal es poco. —Tomó aire—. Pero creo que me ha venido bien venirme a vivir contigo. Necesitaba un cambio. Aquí por lo menos no tengo que cruzármelo por la calle todos los días.

—Eso sí te lo puedo prometer. En Madrid puedes pasarte años evitando a un gilipollas sin volver a encontrártelo.

Rebeca alzó en el aire una minifalda vaquera diminuta.

Vera la contempló desde la puerta y tragó saliva. Era tan corta y ajustada que solo imaginarse llevándola puesta le provocó un incómodo vértigo. Jamás se habría atrevido a salir a la calle enseñando tanto.

Ajena por completo a la mirada de Vera, Rebeca se enfundó la minifalda con la soltura de quien lleva toda la vida sintiéndose cómoda con su propio cuerpo.

La acomodó sobre las caderas con un gesto casi instintivo y, acto seguido, se puso una sencilla camiseta blanca de algodón que terminó de perfilar una imagen tan desenfadada como provocativa.

Vera se quedó escandalizada al darse cuenta de que su madre pretendía salir a la calle sin sujetador.

Bajo la fina camiseta de algodón, la silueta de su pecho se insinuaba con total naturalidad.

Para completar el conjunto, Rebeca se calzó unas botas altas de cuero que estilizaron aún más sus largas piernas bronceadas.

Al girarse, sintió la mirada de Vera, clavada en ella desde el marco de la puerta, una mezcla de asombro, desconcierto y cierta incomodidad. Esbozó una sonrisa divertida, se cruzó de brazos y ladeó la cabeza, disfrutando en silencio de la reacción de su hija.

—Déjame adivinar… Acabas de escuchar la voz de tu abuela diciéndote que soy un mal ejemplo. Relájate, mujer. En Madrid nadie se fija en si llevas sujetador o no. Además, son incomodísimos.

Vera bajó la vista, notando cómo se le encendían las mejillas.

—No es eso… —murmuró con una sonrisa tímida—. Es que en el pueblo una mujer sale así a la calle y antes de llegar a la plaza ya se ha enterado todo el mundo. Y dirían de ella que ha salido a cazar…

Rebeca soltó una carcajada.

—Pues se confunden… Hoy no voy de caza. Solo quiero pasar el día con mi hija.

Vera sonrió y volvió a mirarla de arriba abajo. Le parecía increíble que aquella mujer tan llamativa, tan segura de sí misma y tan distinta a todo lo que conocía, fuera su madre. Una parte de ella se sentía incómoda; otra no podía evitar preguntarse cómo sería vivir con aquella misma libertad.

Media hora más tarde, ambas cruzaban el umbral del portal para adentrarse en las bulliciosas calles de la capital.

Nada más poner un pie en la acera, el contraste fue absoluto. El sol de la mañana iluminaba el asfalto y el trasiego de la gente era constante. Vera caminaba un poco encogida, intentando pasar desapercibida, pero enseguida se dio cuenta de que eso era físicamente imposible al lado de Rebeca.

Notó de inmediato cómo su madre acaparaba miradas. Un grupo de chicos jóvenes que pasaban por delante se quedaron literalmente mudos al verla pasar, girando el cuello sin disimulo para devorarla con los ojos mientras susurraban algo entre risas cómplices.

—El de la camiseta azul es guapo, ¿verdad? —preguntó Rebeca entre risas, divertida al advertir la incomodidad de su hija.

—¡Mamá! —protestó Vera, sonrojándose—. Deben tener veinte años.

—¿Y? —replicó Rebeca, encogiéndose de hombros—. Solo he dicho que uno de ellos me parece guapo. No que quiera follármelo.

Vera sintió cómo el rubor le subía hasta las orejas. Bajó la vista, carraspeó con incomodidad y decidió no responder.

Un poco más adelante, un hombre de mediana edad, impecablemente vestido con traje y corbata, aguardaba junto a un semáforo. Al cruzarse con ellas, demoró la mirada un instante más de lo necesario, recorriendo sin disimulo las largas piernas de Rebeca antes de detenerse en el resto de su figura.

Rebeca siguió caminando como si no hubiera ocurrido nada. O, quizá, como si estuviera demasiado acostumbrada. Llevaba la barbilla alta, el paso firme y una media sonrisa que parecía blindarla frente a las miradas ajenas.

Vera, en cambio, se acercó un poco más a ella de forma casi instintiva. Aquel hombre ni siquiera había intentado disimular.

Miró a su madre caminando a su lado, aparentemente ajena a todo, y comprendió que Rebeca llevaba años moviéndose con absoluta naturalidad en un mundo que para ella acababa de empezar.

Todavía no sabía si quería aprender a hacerlo. Pero empezaba a sentir curiosidad.