Los Amantes de Mamá Capítulo 3
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Capítulo 3

El autobús de línea frenó con un chirrido metálico en el andén de la Estación de Sur de Madrid, expulsando una bocanada de aire caliente y denso. Cuando Vera bajó del vehículo arrastrando su pesada maleta, el ruido de la terminal la golpeó como una ola.

El ambiente era un hervidero de voces superpuestas, anuncios por megafonía apenas inteligibles, el rodar incesante de cientos de maletas sobre el terrazo y una marea de desconocidos que caminaban deprisa, esquivándola sin dedicarle una sola mirada.

Vera se detuvo junto a una columna. Nunca se había sentido tan pequeña.

De pronto, un grito se alzó por encima del bullicio.

—¡Al ladrón! ¡Me ha robado el teléfono! ¡Deténganlo!

Un hombre salió corriendo entre la multitud, abriéndose paso a empujones mientras agitaba los brazos y tropezaba con los carritos de equipaje. Vera se sobresaltó. Aferró el asa de la maleta y la correa del bolso con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.

Giró sobre sí misma, buscando a su madre entre aquel océano de desconocidos.

Nada. Los minutos empezaron a hacerse eternos.

Diez. Quince. Veinte. Su abuela tenía razón: su madre era un auténtico desastre.

La había avisado cinco horas antes, justo antes de subir al autobús, para recordarle a qué hora llegaría.

Rebeca le había respondido que no se preocupara, que estaría esperándola en el andén.

Sacó el móvil con dedos temblorosos y marcó el número de su madre. Sonó una vez, dos, tres, cuatro… Nadie respondió.

Justo cuando el pánico empezaba a cerrarle la garganta, una voz se impuso al estruendo de la estación.

—¡Vera! ¡Estoy aquí!

Levantó la vista de golpe. A unos veinte metros, bajando casi a la carrera por las escaleras mecánicas mientras agitaba una mano por encima de la multitud, apareció su madre.

Vestía unos vaqueros ajustados de tiro alto, una camiseta negra de tirantes y una cazadora de cuero negro abierta.

Los botines de tacón ancho resonaban contra el suelo mientras su larga melena oscura, salpicada de mechas rubias, se agitaba a su espalda.

Había algo espontáneo y descarado en ella que contrastaba de inmediato con la imagen de Vera, vestida con una sencilla blusa abotonada y una falda midi en tonos pastel.

Al verla, toda la tensión acumulada durante la espera desapareció de golpe. Ya no estaba enfadada.

Vera corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas. Buscó ese olor a perfume fresco que siempre la reconfortaba.

—Lo siento, mi amor. Me cambiaron el turno a última hora —mintió Rebeca con absoluta naturalidad mientras le apartaba un mechón de pelo del rostro y la besaba en ambas mejillas—. Pero mañana tengo el día libre. Así tendremos todo el día para nosotras y podré enseñarte Madrid.

—No pasa nada, mamá. Solo han sido veinte minutos…

Salieron de la estación y, tras orientarse entre las dársenas, subieron a un autobús urbano.

Vera se sentó junto a la ventana y no apartó la vista del cristal durante todo el trayecto.

Las avenidas interminables, los escaparates iluminados, el tráfico constante y aquella multitud que parecía no agotarse nunca la fascinaban.

Se sentía diminuta frente a la inmensidad de la ciudad, pero una ilusión difícil de contener le recorría el cuerpo.

Poco a poco el paisaje fue cambiando. Los edificios de oficinas dieron paso a bloques de viviendas envejecidos, fachadas desconchadas, balcones repletos de tendederos y calles más estrechas donde los vecinos conversaban a las puertas de los comercios.

El autobús se detuvo por fin.

Tras caminar un par de calles, llegaron a un portal estrecho. Subieron en un ascensor que chirriaba al pasar por cada planta y, al llegar, Rebeca tuvo que pelear unos segundos con una cerradura que parecía resistirse a abrirse.

El apartamento era pequeño y modesto, pero lo que más le sorprendió fue el desorden.

Sobre el sofá había una manta mal doblada y algunas revistas abiertas; en la mesita se acumulaban dos latas de cerveza junto a un cenicero lleno, mientras unos vaqueros y otras prendas permanecían abandonados sobre el respaldo de una silla.

Desde la entrada podía verse buena parte de la casa: la cocina, con algunos vasos sin fregar en el fregadero, y el dormitorio de su madre, cuya puerta abierta dejaba ver la cama deshecha.

Aquello era el polo opuesto a la casa de su abuela Matilde, donde cada objeto ocupaba siempre el mismo lugar y el olor a cera para muebles impregnaba cada rincón.

Sin embargo, lejos de incomodarla, Vera sonrió. Aquel caos tenía algo cálido, espontáneo y lleno de vida.

Como su madre.