Capítulo 2
Las sábanas estaban empapadas de sudor y revueltas en nudos imposibles sobre el colchón. El aire de la habitación olía a piel caliente, a sexo crudo y a la urgencia de dos cuerpos que llevaban buscándose con desesperación durante un buen rato.
Rebeca arqueó la espalda con un gemido áspero, clavando las uñas en los hombros firmes y maduros de don Ramón.
Estaba a horcajadas sobre él, cabalgándolo con un ritmo salvaje, implacable.
Demostrando el ansia y las ganas acumuladas cada vez que se dejaba caer sobre él con la fuerza de quien sabe exactamente cómo llevar al límite a un hombre.
Don Ramón era el encargado del supermercado donde Rebeca apenas llevaba un mes como empleada. Un hombre cercano a los sesenta, con alianza en el dedo, el gesto perpetuamente adusto y esa doble moral de quien exigía respeto mientras se permitía cualquier licencia.
Cuando recorría los pasillos, imponía una autoridad implacable, aunque se le iban los ojos —y, a veces, también las manos— detrás de las cajeras más jóvenes.
Sin embargo, bajo el cuerpo de Rebeca, toda aquella fachada de jefe déspota se desmoronaba en una sumisión febril, dejándolo reducido a un pelele jadeante, despojado de galones y completamente a merced del capricho de su empleada.
Mantenía las manos aferradas con una fuerza desesperada a la cintura de ella, guiando el frenético vaivén de sus caderas mientras luchaba contra su propio cuerpo para no correrse antes de tiempo, saboreando el golpe de suerte más obsceno y perverso de su vida al pensar que le había tocado la lotería con una hembra así.
A sus treinta y ocho años, Rebeca conservaba el aspecto y el estilo de una mujer diez años más joven.
Morena, con mechas rubias y una larga melena que se derramaba sobre la espalda, poseía una figura espectacular: unos pechos grandes y firmes que se balanceaban al ritmo de sus movimientos, un vientre plano y tonificado y unas caderas anchas, de curvas armoniosas, que acentuaban una feminidad desbordante.
—Más despacio, joder… Vas a hacer que me corra —rugió don Ramón con la voz rota por el deseo, mientras ella se elevaba y volvía a caer sobre él con todo su peso, un golpe seco y visceral que arrancó un alarido ahogado de la garganta de ambos, sacudiendo la habitación en un frenesí de carne sudorosa y entregada al vicio.
—No puedo… No puedo parar. Tienes que aguantar un poco más… Ya casi lo noto. Estoy a punto.
La fricción era abrasadora. Rebeca cerró los ojos y dejó que el clímax estallara en el centro de su cuerpo como una ola incontenible que la hizo estremecerse de pies a cabeza.
Apretó los muslos alrededor de las caderas de don Ramón, exprimiéndole hasta el último aliento, mientras él rugía y respondía con una última embestida ciega que los hizo chocar en un espasmo compartido.
—Ahora sí… ¡Ah…! Ahora. Córrete dentro. Lo quiero dentro…
Cuando la última sacudida tensó sus músculos, ambos se desplomaron sobre la cama, sin aliento, con el pecho subiendo y bajando al mismo compás y los cuerpos todavía pegados.
El silencio duró apenas unos segundos, roto solo por las respiraciones que poco a poco iban volviendo a la normalidad. Con los ojos todavía medio cerrados, Rebeca giró la muñeca para mirar el reloj. Su expresión cambió de golpe.
Se despegó de él con un movimiento rápido y se sentó al borde de la cama.
—Joder, tienes que irte —dijo, incorporándose y buscando a tientas su ropa esparcida por el suelo.
Ramón, con los ojos semicerrados por el cansancio y una media sonrisa perezosa en los labios, estiró una mano para atraparla de la muñeca.
—¿Por qué tienes tanta prisa? Todavía no he terminado contigo —murmuró él, con voz ronca, tirando suavemente de ella para intentar volverla a tumbar sobre él.
Rebeca se soltó con delicadeza, aunque sin apartar del todo la mirada de su jefe, mientras se ponía la blusa a medias.
—No puedo, Ramón. Es hoy. Está a punto de llegar mi hija.
Ramón parpadeó, frunciendo el ceño mientras intentaba asimilar la realidad fuera de aquella habitación cerrada.
Se apoyó sobre los codos, observando cómo ella se abrochaba los primeros botones, ocultando aquellas tetas que lo volvían completamente loco desde el primer día en que la vio aparecer por el supermercado.
—¿Tu hija? No sabía que tuvieras una hija —dijo como si la conociera de toda la vida.
—Se llama Vera y vive en el pueblo con mi madre —explicó Rebeca con un suspiro, pasándose una mano por el cabello alborotado mientras intentaba recuperar la compostura—.
Llega hoy a Madrid. Viene a vivir conmigo para estudiar en la universidad y su autobús debe de estar a punto de llegar.
¿Puedes acercarme en coche? —Miró la hora y soltó una maldición—. Joder, soy un puto desastre.
Ramón se levantó perezosamente del colchón y se acercó a ella por la espalda.
Sus manos maduras, todavía con el rastro del ardor del deseo, rodearon la cintura de Rebeca, pegándola de nuevo a su cuerpo desnudo.
Comenzó a besarle el cuello con lentitud, saboreando el pulso acelerado de su piel, mientras le mordisqueaba suavemente el lóbulo de la oreja.
—Que venga a vivir contigo no significa que tengas que desaparecer de mi vida, ¿o sí?
—susurró él contra su piel, mientras deslizaba una mano ladina por su vientre, buscando avivar de nuevo el fuego que creían apagado—.
Déjala que descubra la capital por su cuenta…
Al fin y al cabo, a su edad, lo último que querrá es estar pegada a las faldas de una madre tan ocupada como tú.
Porque te juro que te voy a tener muy ocupada.
Rebeca dejó escapar un suspiro tembloroso, sintiendo cómo el tacto de Ramón volvía a desestabilizarla, mezclando la culpa y la urgencia en una sola y peligrosa mezcla.
—Ahora no, Ramón. Venga… vístete y acércame a la estación. Vera no es como yo.
Él la soltó con desgana y le dio una palmada en el trasero antes de apartarse.
—¿Qué quieres decir con que no es como tú?
Ella se encogió de hombros mientras buscaba el resto de su ropa por la habitación.
La verdad era que ni siquiera estaba segura de conocer lo suficiente a su propia hija como para responder a aquella pregunta.
Habían compartido fines de semana, vacaciones, llamadas interminables y cientos de confidencias, pero convivir era otra cosa. Y eso no lo habían hecho nunca.
—Es bastante tímida. Apenas ha salido del pueblo. —Recogió el tanga del suelo y empezó a vestirse con prisas—. Si baja del autobús y no me ve allí, se va a poner nerviosa. Es la primera vez que viene a Madrid.
Ramón se incorporó sobre un codo, observándola.
—¿Cuántos años tiene?
—Dieciocho.
Él frunció el ceño.
—¿Dieciocho?
—Sí.
Ramón permaneció unos segundos en silencio.
—Joder… No sabía que pudieras tener una hija tan mayor.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
Rebeca localizó finalmente uno de sus zapatos debajo de la cama, se lo puso y comenzó a buscar el otro.
—Y como no encontremos el puto zapato en los próximos treinta segundos, Vera va a empezar a descubrir algunas de ellas nada más llegar.
Ramón soltó una carcajada y se levantó por fin de la cama.
—Está debajo de la silla.
Rebeca lo vio, lo recogió y terminó de calzarse.
—Pues venga. Muévete.
Mientras Ramón empezaba a vestirse, Rebeca consultó otra vez la hora.
Su hija estaba a punto de llegar a Madrid.
Y, por primera vez desde que habían decidido que Vera se mudaría con ella, Rebeca empezó a preguntarse si realmente estaba preparada para compartir con su hija la vida que llevaba tantos años construyendo lejos del pueblo.