Los Amantes de Mamá Capítulo 1
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Los Amantes de Mamá

Los Amantes de Mamá

Por Senorita Noir

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Capítulo 1

El dormitorio estaba patas arriba. La cama había desaparecido bajo montones de ropa doblada, zapatillas nuevas, cuadernos sin estrenar y pequeños recuerdos que Vera no había sido capaz de dejar fuera de la maleta. Cada vez que intentaba cerrarla, encontraba alguna excusa para volver a abrirla.

Aquella sería su última noche en el pueblo.

Le costaba creerlo. Después de dieciocho años recorriendo las mismas calles, saludando a los mismos vecinos y escuchando las campanas de la iglesia marcar las horas, al día siguiente subiría a un autobús rumbo a Madrid.

La ciudad. Un lugar que solo conocía por las películas, las fotografías y las historias exageradas de quienes habían estado allí.

Todo el mundo le decía lo mismo.

—Te vas a volver loca con tanto coche.

—Allí nadie se conoce.

—La gente vive siempre con prisas.

Y, precisamente por eso, estaba deseando llegar.

Le fascinaba la idea de caminar entre miles de desconocidos sin que nadie supiera quién era, sin que cada paso despertara un comentario o una pregunta. Por primera vez en su vida tendría la sensación de empezar de cero.

Además, iba a vivir con su madre. Sonrió mientras doblaba una camiseta.

Desde que nació, había vivido con su abuela Matilde en aquel pequeño pueblo donde todos se conocían.

Su madre siempre había prometido que aquella separación sería temporal.

Primero fue el trabajo. Después aparecieron otros problemas, otras excusas y, cuando quisieron darse cuenta, los años habían pasado.

Vera nunca llegó a odiarla por ello. Al contrario.

Cada vez que su madre regresaba al pueblo, aunque fuera solo un fin de semana, sentía que el aire cambiaba.

Su madre le traía regalos, paseaban durante horas, tomaban un helado en la plaza y hablaban como si fueran dos amigas que intentaran recuperar el tiempo perdido.

Rebeca era todo lo que ella admiraba: independiente, moderna, divertida y capaz de abrirse camino sola en una ciudad inmensa.

Su abuela, sin embargo, siempre terminaba estropeando aquella imagen.

—No te creas todo lo que te cuenta tu madre —repetía cada vez que la veía marcharse—. Rebeca siempre ha sido una cabra loca. Y ya sabes que la cabra siempre tira al monte…

Las dos nunca se habían entendido.

Según Matilde, su hija siempre había tenido demasiado carácter y muy poca cabeza. A menudo resumía toda aquella historia con una frase que Vera llevaba escuchando desde niña.

—La preñaron en la capital siendo una cría.

Después venía el silencio. Sobre su padre nunca había obtenido respuestas. Ni siquiera sabía quién era.

Solo tenía la certeza de que había heredado de él buena parte de sus rasgos.

En su familia nadie compartía su pelo pelirrojo, su piel tan blanca ni aquellos ojos claros que llamaban la atención incluso entre los vecinos que la habían visto crecer.

De pequeña fantaseaba con que su padre era un hombre alto, fuerte e importante que algún día aparecería para llevársela con él y con su madre.

Pero con los años dejó de hacerse preguntas.

Había aprendido que insistir solo conseguía que su abuela cambiara de conversación.

—¿Ya has terminado de hacer el equipaje? —preguntó Matilde desde el pasillo.

—Casi.

La mujer apareció en la puerta secándose las manos en el delantal. Observó la habitación en silencio y negó con la cabeza.

—Vas cargada como una mula. Es como si te fueras para siempre…

—No digas eso, yaya. En cuanto pueda, me cojo un autobús y vengo a verte. Te lo prometo…

Vera soltó lo que llevaba entre las manos y se abrazó a su abuela con fuerza, escondiendo durante unos segundos la cara contra su hombro. Le costaba mucho más despedirse de ella de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Matilde correspondió al abrazo, pero no sonrió.

—Eso mismo me dijo tu madre cuando cruzó esa puerta hace diecinueve años, antes de que…

Dejó la frase suspendida en el aire y Vera supo perfectamente cómo terminaba. Antes de quedarse embarazada de ella.

La chica dejó escapar un suspiro.

—Abuela… no empieces. Ya sabes que no me gusta que hables mal de mamá.

Matilde se separó de su nieta.

—Escúchame bien. Allí nadie te conoce. Y eso tiene cosas muy buenas… y otras muy malas.

Vera dejó de sonreír.

—Ten cuidado con los chicos. Eres muy inocente y los hombres no dudan en aprovecharse de una muchacha guapa. No permitas que te pase lo que a tu madre. Recuerda lo que te he dicho siempre: piernas cerradas y cabeza. Mucha cabeza.

Vera bajó la mirada, visiblemente avergonzada.

Aquella advertencia llevaba acompañándola desde que cumplió quince años.

Matilde le acarició el pelo con una ternura que contrastaba con la dureza de sus palabras.

—Tu abuelo, que en paz descanse, solo me tocó después de casarnos. Antes de eso me respetó como a una señora. Hoy los tiempos son otros, pero los hombres… los hombres no han cambiado tanto. Ellos solo piensan en eso…

Vera sonrió para tranquilizarla, aunque sabía que ninguna promesa serviría de mucho.

Al amanecer dejaría atrás el único hogar que había conocido. Madrid la esperaba a cuatrocientos kilómetros y dieciocho años de secretos.