Loreta 9. CAPÍTULO 9
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9. CAPÍTULO 9

La primavera se convirtió en verano casi sin aviso.

Las mañanas entraban limpias por la ventana del altillo y Loreta empezó a despertar antes del reloj.

Durante algunos segundos permanecía acostada, escuchando Toulouse.

Después sonreía.

Había aprendido a reconocer aquella sensación.

Estaba bien.

No todos los días.

No de una manera perfecta.

Pero estaba bien.

La suplencia en la École du Quai terminó convirtiéndose en un territorio conocido.

Su letra en el pizarrón.

Las tarjetas sobre las mesas.

El semicírculo de niños.

La mano que se levantaba con timidez.

La otra que nunca esperaba turno.

Loreta había descubierto una clase de felicidad diferente.

No tenía fotografías.

No necesitaba grandes declaraciones.

A veces consistía únicamente en escuchar a un niño leer una palabra que la semana anterior no podía pronunciar.

O en ver cómo otro ayudaba a su compañero sin que nadie se lo pidiera.

Al terminar la jornada, Loreta se quedaba algunos minutos sola en el aula.

Recogía las fichas.

Ordenaba los libros.

Limpiaba el pizarrón.

Después miraba las mesas vacías.

Pan y palabra.

La frase de Genaro regresaba con frecuencia.

Ahora empezaba a comprenderla.

La libreta de las tres cosas felices volvió a llenarse.

Camille leyó “nuez” sin ayuda.

Ana me trajo mermelada de higos.

Un niño me preguntó si los jueves duermen.

Loreta había respondido:

—No. Los jueves sueñan.

El niño pareció satisfecho.

Aquella noche lo escribió como su tercera cosa feliz.

Una tarde, madame Dupin la llamó a su despacho.

Loreta entró.

—Siéntese.

Sobre la mesa había un sobre y una hoja con membrete.

—Esto llegó del rectorado.

Loreta abrió el sobre.

Era la constancia oficial de sus prácticas.

Leyó las primeras líneas.

Después volvió al principio.

—¿Está bien? —preguntó.

Madame Dupin levantó una ceja.

—Si no estuviera bien, no estaría sonriendo.

Loreta se tocó la boca.

No se había dado cuenta.

Había además una invitación a la ceremonia de cierre del programa.

Después tomó la otra hoja.

Madame Dupin había escrito unas líneas a mano:

“Manos que enseñan. Ojos que escuchan. Si vuelve, aquí habrá lugar para usted.”

Loreta levantó la vista.

—Gracias.

—No me agradezca todavía. Termine de leer.

Loreta lo hizo.

Al llegar al final sintió que se le humedecían los ojos.

—Me hicieron un sitio aquí.

Madame Dupin negó suavemente.

—Se lo hizo usted.

Guardó silencio.

—Nosotros procuramos no estorbar demasiado.

Loreta rio.

La ceremonia fue sencilla.

Un salón con las ventanas abiertas.

Algunos discursos.

Certificados.

Fotografías.

Aplausos.

Claire le entregó una pequeña bolsa de violetas confitadas.

—Para París.

Loreta la miró.

—¿Para París?

—Por si decide volver.

—Todavía no he decidido.

Claire sonrió.

—Entonces para donde decidas.

Gabriel apareció con una camisa blanca que parecía haber perdido una batalla contra la plancha.

Le chocó suavemente el hombro.

—Lo hiciste.

Loreta miró su certificado.

—Parece que sí.

—A tu manera.

Ella sonrió.

—A mi manera.

Después fueron a un café cercano.

Hablaron del verano.

De las ciudades a las que volverían.

De lo que harían después.

Gabriel sacó una hoja doblada.

—Mira.

Loreta la abrió.

Era otra convocatoria de prácticas.

—La de verano ya cerró —explicó—. Pero están publicando plazas para otoño.

Loreta recorrió las ciudades.

Lille.

Nantes.

Lyon.

París.

Sus ojos se detuvieron allí.

Académie de Paris.

Esta vez la palabra no produjo el mismo efecto.

No sintió que algo la llamara.

Solo reconoció un lugar.

—No tienes que decidir ahora —dijo Gabriel.

Loreta levantó la vista.

—Ya lo sé.

Y aquella respuesta le gustó.

Guardó la hoja.

El último día del programa escribió a sus padres.

Les dijo, medio en broma, que se había “graduado de Toulouse”.

También escribió a Genaro.

Esta vez comenzó simplemente:

Genaro:

Le habló de los niños.

De las tarjetas con sílabas.

De madame Dupin.

De la niña del hilo rojo.

Y escribió:

Creo que ya entendí lo de pan y palabra.

Adjuntó una fotografía del grupo.

Después escribió a Débora.

Estoy bien.

Miró aquellas dos palabras.

No necesitó corregirlas.

He aprendido a ocupar espacio sin pedir disculpas.

Le contó algunas historias de los niños.

Le habló de Claire.

De Ana.

Incluso mencionó a Gabriel:

Hay un argentino que cree que cualquier problema puede resolverse con literatura. Todavía no le he demostrado lo contrario.

Sonrió mientras escribía.

No preguntó por Alberto.

No porque hubiera dejado de importarle lo vivido.

Simplemente ya no necesitaba conocer cada movimiento de aquella parte de su pasado.

Cuando llegó el momento de abandonar el altillo, Loreta tardó más de lo esperado.

Guardó sus cuadernos.

Los libros.

El certificado.

La carta de madame Dupin.

La bolsa de violetas.

Después miró el vaso junto a la ventana.

Las flores estaban completamente secas.

Las retiró.

Lavó el vaso.

Pensó dejarlo allí.

Finalmente sonrió.

Lo metió en la maleta.

Quería llevarse algo cotidiano de Toulouse.

No un recuerdo solemne.

Un vaso.

Le pareció perfecto.

La postal del Pont Neuf sí quedó en la pared.

En el reverso escribió:

Merci.

Madame Rey la esperaba abajo.

—Así que se va.

—Eso parece.

—Volverá.

Loreta sonrió.

—¿Está segura?

—No.

La mujer se encogió de hombros.

—Pero suena bonito decirlo.

Loreta rio y la abrazó.

Gabriel esperaba afuera.

Llevaba una bolsa de papel.

—Para el tren.

Loreta la recibió.

—No me digas.

—Pan.

—Claro.

—Queso.

—Naturalmente.

—Y algo dulce porque todavía no confío del todo en tu carácter.

Loreta soltó una carcajada.

—Gracias.

Se abrazaron.

Fue un abrazo largo.

Sin promesas.

Sin preguntas.

Cuando se separaron, Gabriel levantó una mano.

—Buena suerte.

Loreta pensó en la carta de Genaro.

—Coraje.

Gabriel sonrió.

—Eso.

El tren comenzó a moverse.

Toulouse quedó lentamente atrás.

Loreta abrió Vigilar los sueños.

Entre sus páginas encontró la información sobre las prácticas en París.

La sostuvo.

La palabra ya no mordía.

Eso era nuevo.

La guardó nuevamente.

Después sacó la primera carta de Genaro.

La releyó.

Si tienes miedo del día, abre las ventanas.

Loreta miró el cristal.

Sonrió.

París la recibió en julio.

Hacía calor.

El cielo estaba casi blanco y las calles olían a pan, piedra caliente y verano.

Loreta bajó del tren.

Se quedó quieta durante unos segundos.

La gente avanzaba alrededor.

Maletas.

Voces.

Pasos.

París.

Esperó el golpe.

No llegó.

Respiró.

—Estoy aquí.

Y siguió caminando.

Había elegido una pensión distinta.

Otro barrio.

Otro cuarto.

No porque quisiera esconderse de los recuerdos.

Simplemente quería conocer otras calles.

Antes de llegar, sin embargo, tomó un desvío.

Cuando se dio cuenta, estaba caminando hacia la antigua oficina.

Se detuvo al verla.

El edificio parecía exactamente igual.

Durante unos minutos permaneció enfrente.

Recordó a la muchacha que había entrado allí por primera vez.

La que estudiaba.

Trabajaba.

Corría de un sitio a otro.

La que todavía no conocía a Alberto.

La que todavía no sabía muchas cosas.

Loreta abrió el bolso.

Sacó la carta que había escrito para Genaro.

Cruzó la calle.

El portero levantó los ojos del periódico.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

Loreta le entregó el sobre.

—¿Podría darle esto a Genaro?

El hombre miró el nombre.

—Claro.

Guardó la carta en uno de los casilleros.

—Está arriba, si quiere verlo.

Loreta miró hacia la escalera.

Sintió ganas de subir.

De verlo.

De abrazarlo.

De escuchar uno de sus “bien”.

Estuvo a punto de hacerlo.

Después sonrió.

—Volveré otro día.

—Como quiera.

—Gracias.

Salió.

No había ninguna prueba que superar.

Genaro seguiría allí mañana.

Y ella también.

La nueva habitación era pequeña.

Una cama.

Una mesa.

Una repisa.

Una ventana que daba a un patio interior.

Había un gato naranja dormido sobre una cornisa.

Loreta abrió la maleta.

Sacó la libreta.

Después Vigilar los sueños.

Luego el libro de Verlaine.

Lo sostuvo unos segundos.

Lo colocó en la repisa.

No ocurrió nada.

Eso también era nuevo.

Sacó el vaso de Toulouse.

Lo puso junto a la ventana.

Lo llenó de agua.

Todavía no tenía flores.

No importaba.

Al atardecer salió.

No llevó mapa.

Caminó.

Reconoció algunas calles.

Otras habían cambiado.

Terminó llegando al Pont Marie.

Apoyó los brazos sobre la piedra.

Las luces comenzaban a encenderse.

Un acordeón sonaba a lo lejos.

Loreta reconoció la melodía.

Esperó nuevamente.

Un recuerdo llegó.

Después otro.

Alberto riendo.

Una flor.

Una fotografía.

Un beso.

Las preguntas.

La puerta.

El adiós desde el andén.

Todo pertenecía a la misma historia.

Y podía recordarlo sin necesitar regresar a ella.

Loreta continuó caminando.

Compró un helado de pistacho.

Lo comió despacio.

En el bolsillo llevaba la información sobre las prácticas.

La tocó.

Mañana preguntaré.

No porque necesitara reparar París.

Ni demostrar que podía vivir allí.

Quería enseñar.

Y había una oportunidad.

Eso bastaba.

Pasó frente al escaparate de una tienda.

Su reflejo apareció en el vidrio.

Loreta se detuvo.

Se observó.

No encontró una mujer completamente distinta.

Seguía siendo ella.

Eso le gustó todavía más.

Solo que ahora sabía algunas cosas que antes ignoraba.

Sabía decir que no.

Sabía quedarse sola.

Sabía irse.

Y empezaba a aprender cuándo volver.

Continuó caminando.

Entonces escuchó una carcajada.

Se detuvo.

Conocía aquella risa.

Volvió la cabeza.

En la terraza de un café cercano vio un foulard violeta.

Loreta sonrió antes incluso de distinguir el rostro.

Débora.

Estaba sentada de espaldas, gesticulando mientras hablaba con alguien.

Loreta estuvo a punto de llamarla.

Entonces vio al hombre sentado frente a ella.

Solo alcanzaba a distinguir parte del perfil.

Cabello oscuro.

Hombros estrechos.

Débora rio nuevamente y apoyó una mano sobre su antebrazo mientras decía algo.

Loreta se quedó quieta.

Sintió una reacción inmediata en el cuerpo.

Un golpe seco en el pecho.

El viejo impulso apareció antes que el pensamiento.

¿Alberto?

Loreta respiró.

No.

No sabía quién era.

Y esta vez no iba a convertir una sospecha en una verdad.

Dio un paso hacia la terraza.

Entonces escuchó:

—¿Loreta?

Se detuvo.

La voz venía detrás de ella.

Loreta cerró los ojos durante apenas un segundo.

La reconoció.

Se volvió.

Y esta vez no necesitó imaginar nada.