8. CAPÍTULO 8 #2
A Débora le contó del libro cosido con hilo rojo.
De las clases.
De las violetas.
De Gabriel también, aunque solo una vez y casi de pasada.
Las cartas de Débora llegaban perfumadas y, a veces, con pequeñas manchas de café.
Le hablaba de la galería.
De París.
De un cuadro que, según ella, “si lo miras demasiado, termina mirándote a ti”.
Nunca mencionaba a Alberto.
Loreta tampoco preguntaba.
Una tarde recibió una nota de madame Dupin.
La directora la esperaba en su despacho.
—Siéntese.
Loreta obedeció.
—La maestra de la École du Quai tendrá que ausentarse tres semanas.
Loreta esperó.
—Necesitamos una suplencia supervisada.
Madame Dupin deslizó un documento sobre la mesa.
—He pensado en usted.
Loreta abrió los ojos.
—¿En mí?
—No suelo repetir las cosas, señorita Loreta.
Ella sonrió.
—Perdón.
Madame Dupin señaló el papel.
—Será observación e intervención. No estará sola. Pero el grupo será responsabilidad suya durante varias horas al día.
Loreta tomó el documento.
—Acepto.
—Ni siquiera lo ha leído.
—Lo leeré.
Madame Dupin casi sonrió.
—Empieza el lunes.
La primera mañana llegó diez minutos antes.
Escribió en el pizarrón:
Las palabras también tienen casa.
Sobre las mesas dejó tarjetas con sílabas.
Cuando los niños entraron, les pidió que construyeran palabras como si construyeran habitaciones.
—¿Pueden tener ventanas? —preguntó uno.
—Si ustedes encuentran cómo ponérselas.
Pronto hubo tarjetas por todas partes.
Una niña juntó lu y na.
Otro niño construyó sol y dibujó un techo encima.
Loreta caminó entre ellos.
Preguntaba.
Escuchaba.
Solo intervenía cuando era necesario.
Al final de la sesión, madame Dupin apareció en la puerta.
Observó durante varios minutos.
Cuando salieron, Loreta esperó su evaluación.
—¿Y? —preguntó.
Madame Dupin acomodó unos papeles.
—Tiene buenas manos.
Loreta frunció el ceño.
—¿Manos?
—No toca todo.
La directora la miró.
—Hay maestros que necesitan intervenir constantemente para sentir que están enseñando. Usted empieza a entender cuándo dejar que el alumno haga.
Loreta sintió algo cálido en el pecho.
—Gracias.
Madame Dupin siguió caminando.
—No me dé las gracias todavía. Mañana veremos si vuelve a funcionar.
Loreta sonrió.
Caminó hasta la ribera.
Compró una rebanada de tarta de almendras y se sentó cerca del agua.
Pensó en aquella frase.
No toca todo.
Abrió la libreta.
Escribió:
“Acompañar también es saber retirar las manos.”
Después añadió:
“Estoy aquí.”
La leyó.
Ya no sonaba como un salvavidas.
Sonaba como una afirmación.
La soledad dejó de parecerle ausencia.
Empezó a parecerse al espacio.
Había noches en que cenaba sola y era feliz.
Otras en que quería conversación y bajaba a hablar con madame Rey.
Algunas tardes aceptaba un café con Claire, Ana o Gabriel.
Y también había momentos en los que París regresaba.
Un acordeón.
Una frase.
Una determinada forma de lluvia.
Loreta dejó de luchar contra esos recuerdos.
Los reconocía.
Después continuaba.
Una tarde de abril, Gabriel la alcanzó al salir de clase.
Llevaba un paraguas roto.
—Ha muerto —anunció, enseñándoselo.
Loreta rio.
—Tuvo una vida digna.
—Eso quiero creer.
Caminaron unos metros.
—¿Café?
Loreta negó.
—Hoy no.
—Eres difícil.
—Estoy aprendiendo a no decir que sí cuando quiero decir que no.
Gabriel levantó ambas manos.
—Retiro lo de difícil.
Sacó un papel doblado del bolsillo.
—Entonces toma esto.
—¿Qué es?
—Prácticas de verano. Publicaron las plazas esta mañana.
Loreta guardó el papel.
—Gracias.
—Hay varias ciudades.
—Lo miraré.
Gabriel se despidió.
Loreta regresó a la pensión.
Preparó té.
Solo entonces abrió la convocatoria.
Recorrió la lista.
Burdeos.
Lyon.
Montpellier.
París.
Sus ojos regresaron a aquella palabra.
París.
No sintió miedo.
Tampoco alegría.
Sintió algo más difícil de nombrar.
Posibilidad.
Dejó el papel sobre la mesa.
Caminó hasta la ventana.
La Garonne avanzaba abajo con la misma indiferencia tranquila de siempre.
Loreta regresó a la mesa.
Abrió su libreta.
Escribió:
“Puedo elegir sin miedo.”
Después volvió a mirar la convocatoria.
Arrancó la pestaña con la información correspondiente a París.
La guardó dentro de Vigilar los sueños.
No era una decisión.
Solo una puerta que había decidido no cerrar.
Dos días después, madame Rey la llamó desde el pasillo.
—Mademoiselle Loreta.
Ella abrió la puerta.
—¿Sí?
La mujer sostenía un sobre.
—Carta.
Loreta bajó.
El sobre no tenía remitente.
Solo su nombre.
Reconoció la letra antes de abrirlo.
Alberto.
Permaneció inmóvil unos segundos.
Después abrió el sobre.
Había una tarjeta.
Una sola frase:
“Cuando florecen los cerezos, la sombra parece más leve.”
Nada más.
Loreta volvió a leerla.
Recordó Sceaux.
Las ramas desnudas.
El banco.
El barco de papel.
La conversación que había terminado cambiándolo todo.
Sintió algo.
No supo inmediatamente qué.
Pero no era la urgencia de antes.
Subió hasta su habitación.
Dejó la tarjeta sobre la mesa.
No junto a la cama.
No dentro de la libreta.
Sobre la mesa.
Después miró la convocatoria.
París.
Tomó un lápiz.
Escribió una pregunta al lado:
“¿Quiero volver?”
Se quedó contemplándola.
No escribió la respuesta.
Todavía no.
Guardó la tarjeta de Alberto dentro de un cajón.
Después abrió la ventana.
Entró aire fresco.
Loreta cerró los ojos.
Abajo, la ciudad continuaba viviendo sin esperar ninguna decisión suya.
Aquello le gustó.
Abrió los ojos.
Toulouse seguía allí.
Y ella también.