8. CAPÍTULO 8
Cuando el tren dejó atrás París y el paisaje se convirtió en una sucesión de campos húmedos, granjas y árboles desnudos, Loreta sacó la carta de Genaro.
La abrió.
La caligrafía inclinada ocupaba una sola hoja.
“Loreta:
La gente dice suerte para no decir coraje. Lo tuyo es lo segundo.
Las aulas van a necesitarte y tú vas a necesitar de ellas.
Recuerda algo: enseñar también consiste en saber cuándo hablar y cuándo dejar espacio.
Si alguna vez tienes miedo de la oscuridad, enciende todas las luces. Y si tienes miedo del día, abre las ventanas.
Aquí quedamos bien.
Y aquí tendrás siempre pan y palabra.
Genaro.”
Loreta sonrió.
Leyó nuevamente aquella última frase.
Pan y palabra.
Dobló la carta con cuidado y la guardó dentro de su libreta.
Después apoyó la frente contra la ventanilla.
Durante un instante vio su propio reflejo mezclado con los campos que pasaban detrás.
—Voy a estar bien —susurró.
Y aquella vez no sonó como un deseo.
Toulouse la recibió al atardecer.
Los edificios de ladrillo parecían guardar la última luz del día y devolverla convertida en tonos rosados.
Loreta salió de la estación con su maleta y la dirección de la pensión escrita en un papel.
Caminó despacio.
No conocía las calles.
No sabía dónde comprar pan.
No sabía qué camino tendría que tomar al día siguiente.
Y, sorprendentemente, aquello le gustó.
La pensión era un edificio antiguo con un zaguán de mosaicos y una escalera de madera que crujía a cada paso.
La dueña, madame Rey, la condujo hasta un pequeño altillo.
—No es grande —advirtió mientras abría la puerta—, pero entra buena luz.
Loreta pasó.
Había una cama de hierro, una mesa, una silla y una estantería completamente vacía.
Se acercó a la ventana inclinada.
A lo lejos alcanzaba a escuchar el rumor de la ciudad.
—Me gusta.
Madame Rey sonrió.
—Entonces ya es un comienzo.
Loreta dejó la maleta sobre la cama.
No terminó de deshacerla.
Se lavó la cara, se acomodó el cabello y volvió a salir.
Necesitaba caminar.
Llegó hasta la Garonne.
Se quedó observando el agua.
Había estudiantes conversando cerca de la ribera. Alguien tocaba una guitarra. Un perro perseguía su propia cola mientras su dueño intentaba hacerlo regresar.
Loreta se sentó.
Metió la mano en el bolso y sacó su libreta.
Durante semanas había escrito preguntas, advertencias y frases que intentaban explicarle lo que estaba viviendo.
Aquella noche decidió recuperar una vieja costumbre.
Escribió:
Tres cosas felices
1. La carta de Genaro: pan y palabra.
2. Los ladrillos de Toulouse.
3. Estar aquí.
Leyó la tercera.
Estar aquí.
La subrayó.
Cerró la libreta.
La Escuela Normal quedaba a unos veinte minutos de la pensión.
Loreta aprendió pronto el camino.
Una panadería en la esquina.
Una avenida arbolada.
El canal.
Después, el edificio de la escuela.
El primer día llegó antes que todos.
La directora, madame Dupin, era una mujer de voz baja y mirada atenta.
—Señorita Loreta.
—Sí.
Le estrechó la mano.
—Bienvenida.
El grupo de intercambio era pequeño.
Seis estudiantes.
Claire, de Toulouse, tenía apuntes tan ordenados que parecían impresos.
Ana, provenzal, hablaba con las manos y se remangaba incluso cuando hacía frío.
Había también un estudiante flamenco que hacía bromas en los momentos menos oportunos.
Y Gabriel, un argentino que estudiaba literatura y parecía encontrar una cita literaria para casi cualquier conversación.
Madame Dupin observó al grupo.
—Didáctica a las nueve. Observación a las once. Taller de lectura después del almuerzo.
Hizo una pausa.
—Y recuerden algo: antes de enseñar, miren.
Loreta abrió su cuaderno.
Escribió:
Mirar antes de enseñar.
En la clase de didáctica hablaron de acompañar al alumno sin resolverle todo.
Loreta escribió otra frase:
Ayudar sin ocupar.
Se quedó mirándola.
Por un instante recordó París.
Las llamadas.
Las preguntas.
Las luces encendidas en su habitación.
Cerró los ojos.
Respiró.
Después pasó la página.
Había venido a aprender.
En la École du Quai, los niños salieron al patio cuando llegaron.
Loreta los observó correr.
La maestra responsable del grupo los condujo después hasta una pequeña biblioteca.
La habitación olía a madera y papel.
Mientras los demás recorrían los estantes, Loreta vio un libro viejo con las tapas desprendidas.
Una niña de trenzas se detuvo a su lado.
Miró el libro.
Después miró a Loreta.
—Está cansado.
Loreta sonrió.
—Parece.
La niña tocó con cuidado una de las páginas sueltas.
—Se va a romper.
—Podríamos arreglarlo.
—¿Cómo?
Loreta examinó el lomo.
—Quizá cosiéndolo.
La niña pensó.
—Con hilo rojo.
—¿Por qué rojo?
—Para que se vea que alguien lo quiso arreglar.
Loreta dejó de sonreír durante un instante.
Sacó su libreta.
Escribió:
“Hilo rojo.”
No añadió nada más.
La rutina comenzó a ordenar sus días.
Por las mañanas, teoría y observación.
Por las tardes, talleres.
Por las noches, lectura, cartas y una cena sencilla.
Al tercer día despertó y notó algo extraño.
No tenía aquella presión habitual en el estómago.
Se quedó tendida unos segundos intentando encontrarla.
Nada.
Se levantó.
Abrió la ventana.
El aire frío entró en la habitación.
Loreta sonrió.
Hizo amistades con facilidad.
Claire le prestaba apuntes y conocía un café donde, según ella, servían un croissant capaz de reparar cualquier viernes.
Ana insistía en que Loreta saliera al patio durante los descansos.
—Necesitas sol.
—Hace frío.
—Sol con frío sigue siendo sol.
Gabriel hablaba de literatura.
Mucho.
—¿Vienes al cineclub esta noche? —le preguntó un jueves—. Proyectan una de Truffaut.
Loreta negó.
—Hoy no.
—¿Planes?
—Escribir a mis padres.
Gabriel asintió.
—Mañana hay una tertulia.
—Tal vez.
—Acepto el tal vez.
Loreta sonrió.
No fue tampoco al día siguiente.
Y no sintió culpa.
Escribió a sus padres aquella noche.
Les habló de Toulouse.
De la escuela.
De la Garonne.
De la niña que quería reparar un libro con hilo rojo.
También les pidió perdón por haber guardado demasiadas cosas para sí durante los últimos meses.
No explicó todo.
Todavía no podía.
Pero escribió una frase que leyó varias veces antes de continuar:
“Estoy creciendo.”
Y por primera vez sintió que era completamente cierta.
Cuando bajó a pedir estampillas, madame Rey la observó.
—Tiene mejor cara.
Loreta rio.
—Llevo aquí cuatro días.
—Cuatro días pueden hacer mucho.
Madame Rey le entregó las estampillas.
—Los ojos no saben mentir demasiado tiempo.
Loreta pensó en ello mientras subía.
Los sábados descubrió los mercados.
En Saint-Aubin compró pan, fruta y un pequeño ramo de violetas envuelto en papel.
Lo puso en un vaso junto a la ventana.
Durante varios días fue lo primero que veía al despertar.
Llegó después su primera lectura frente a los niños.
La maestra hizo un gesto.
—Cuando quiera.
Loreta abrió el libro.
Al principio escuchó demasiado su propia voz.
Después dejó de hacerlo.
Leyó.
Hizo pausas.
Miró a los niños.
Cambió ligeramente la voz de un personaje y algunos rieron.
Cuando terminó, un niño levantó la mano.
—Cuando usted lee, parece que conoce a los personajes.
Loreta sonrió.
—Los conocí anoche.
Los niños rieron.
Aquella noche escribió en su libreta:
“Mi voz se acordaba de algo que yo había olvidado.”
Debajo añadió:
“Enseñar: encender sin quemar.”
Se quedó contemplando aquella frase.
Le gustó.
Mucho.
París no desapareció.
Simplemente dejó de ocuparlo todo.
A veces regresaba con un olor.
Con una canción.
Con un hombre de abrigo oscuro visto desde lejos.
En esos momentos Loreta respiraba.
Miraba alrededor.
Y se decía:
Estoy aquí.
Al principio necesitaba repetirlo varias veces.
Después bastaba una.
Gabriel continuaba invitándola a pequeñas cosas.
Un café.
Una película.
Una caminata.
Loreta aceptaba algunas.
Otras no.
Él parecía entender la diferencia.
Una tarde caminaron junto a la Garonne.
—En mi país tenemos el Río de la Plata —dijo Gabriel—. Es tan ancho que a veces parece que el otro lado no existe.
Loreta miró el agua.
—¿Lo extrañas?
—Algunos días.
—¿Y otros?
Gabriel sonrió.
—Otros días agradezco no poder verlo.
Loreta entendió.
Caminaron un poco más.
—¿Extrañas París? —preguntó él.
Loreta pensó antes de responder.
—Sí.
Gabriel esperó.
—Pero no de la misma manera todos los días.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
Él no preguntó más.
Unos metros después sacó un libro pequeño de su bolso.
—Lo encontré en un puesto de libros usados.
Se lo entregó.
—Vigilar los sueños.
Loreta leyó el título.
Por un instante recordó otro libro.
Otro hombre.
Otra ciudad.
El recuerdo llegó.
Y pasó.
—Gracias.
—No significa nada misterioso —dijo Gabriel—. Antes de que empieces a interpretar.
Loreta rio.
—Perfecto.
Guardó el libro.
Y siguieron caminando.
En la École du Quai le asignaron finalmente un pequeño grupo de lectura.
Cinco niños.
Antes de empezar, la bibliotecaria le dio una única instrucción:
—No corrija inmediatamente. Pregunte.
Loreta asintió.
Durante la sesión, una niña se detuvo frente a una palabra.
—Nuez —leyó con dificultad.
Loreta señaló la palabra.
—¿Por qué crees que suena así?
La niña pensó.
—Porque se parece a una nuez.
—¿Cómo?
—Dura por fuera.
Los demás niños rieron.
La pequeña continuó:
—Pero buena por dentro.
—¿Y cómo la abrimos?
—Con un golpe.
Pensó un segundo.
—Pero no muy fuerte.
Loreta sonrió.
—¿Por qué?
—Porque si la rompes demasiado, ya no sirve.
Aquella noche Loreta escribió:
“No corregir primero. Preguntar.”
Después:
“Los niños también enseñan.”
Y debajo:
“No quiero volver a necesitar traducciones.”
La primavera llegó casi sin aviso.
Los árboles comenzaron a llenarse de verde.
Los abrigos se hicieron más ligeros.
Las tardes duraban más.
Y Loreta empezó a sentir su cuerpo de otra manera.
Ya no como algo que debía proteger constantemente.
Simplemente como su casa.
Un sábado, Claire la llevó a una feria de libros usados.
Encontraron una caja llena de postales antiguas.
Loreta eligió una del Pont Neuf de Toulouse.
Dos pequeñas figuras aparecían junto al río.
La pegó en la pared de su habitación, cerca del vaso donde las violetas comenzaban a secarse.
Escribía con frecuencia.
A sus padres.
A Genaro.
A Débora.