7. CAPÍTULO 7 #2
Solo para recordar que había ocurrido.
Con Débora habló unos días después.
Se encontraron en el banco de siempre.
Débora llevaba dos chocolates calientes.
Entregó uno sin decir nada.
Loreta bebió un poco.
—Terminamos.
Débora cerró los ojos.
—Lo siento.
—Yo también.
Su amiga no preguntó detalles.
Loreta se lo agradeció.
Después de unos minutos sacó los formularios del bolso.
—Estoy pensando irme.
Débora abrió los ojos.
—¿Irte dónde?
—Fuera de París.
—¿Por cuánto tiempo?
—Un semestre. Quizá más.
Débora miró los papeles.
—¿Por Alberto?
Loreta negó.
—No.
—¿Segura?
—Por primera vez, sí.
Débora la observó.
—Entonces ¿por qué?
Loreta sonrió.
—Porque quiero saber quién soy en un lugar donde nadie me conoce todavía.
Débora bajó la mirada.
—Eso ha sonado demasiado bonito. Te estás contagiando de Verlaine.
Loreta rio.
Débora también.
Después su amiga se puso seria.
—Te voy a extrañar.
—Todavía ni siquiera me aceptaron.
—Te voy adelantando trabajo.
Loreta tomó su mano.
—Si me voy, no significa que te pierda.
—Más te vale.
Se abrazaron.
Esta vez Débora sí hizo un chiste antes de despedirse.
Loreta agradeció que lo hiciera.
Dos semanas después llegó una carta.
Loreta reconoció el membrete de la escuela normal de Toulouse.
La abrió de pie.
Leyó la primera línea.
Después la segunda.
Tuvo que volver a empezar.
Su solicitud ha sido aceptada para el programa de intercambio...
Loreta se sentó.
Continuó leyendo.
Debía incorporarse en dos semanas.
Dos semanas.
Miró alrededor de su habitación.
La cama.
Los libros.
La ventana.
La libreta.
Dos semanas.
Se llevó una mano a la boca.
Y empezó a reír.
Entró en la oficina de Genaro con la carta levantada.
—¿Qué pasó? —preguntó él.
Loreta dejó el documento sobre su escritorio.
Genaro lo leyó.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Toulouse.
Loreta asintió.
—Toulouse.
Él se levantó.
—Bien.
Eso fue todo.
Pero Loreta ya conocía a Genaro lo suficiente para entender que aquel “bien” contenía muchas otras cosas.
Todavía faltaba una conversación.
No porque Loreta necesitara permiso.
Ni porque quisiera recuperar lo que había terminado.
Simplemente no quería marcharse sin despedirse.
Llamó a Alberto.
Acordaron encontrarse en un café donde nunca habían estado juntos.
Él llegó puntual.
Parecía cansado.
—Hola.
—Hola.
Se sentaron.
Durante los primeros minutos hablaron de cosas pequeñas.
Después Loreta sacó la carta.
—Me voy a Toulouse.
Alberto la miró.
—¿Cuándo?
—En dos semanas.
Él bajó la vista hacia el papel.
—Eso fue rápido.
—Sí.
—¿Lo habías planeado antes?
Loreta negó.
—No.
Alberto asintió lentamente.
—Entonces de verdad no te vas por mí.
—No.
Él sonrió con tristeza.
—No sé si eso me hace sentir mejor o peor.
Loreta también sonrió.
—A mí me hace sentir bien.
Alberto la miró.
Por primera vez en mucho tiempo, aquella mirada no le pidió nada.
—Me alegro —dijo.
Loreta sintió un nudo en la garganta.
—Gracias.
—Vas a ser una gran profesora.
Ella bajó los ojos.
—Todavía falta mucho.
—Lo sé.
Hubo silencio.
—Ojalá hubiera sabido quererte mejor —dijo Alberto.
Loreta respiró.
—Yo también tuve que aprender cosas.
Él asintió.
No pidió otra oportunidad.
No prometió cambiar.
No preguntó si conocería a alguien más.
Y Loreta agradeció cada una de las cosas que no dijo.
Alberto pagó los cafés.
Al salir, la ayudó con el abrigo.
Durante un instante quedaron frente a frente.
—Cuídate —dijo él.
Loreta sonrió.
Esta vez la palabra no pesó.
—Tú también.
No hubo beso.
Solo una mirada larga.
Después caminaron en direcciones distintas.
La última semana pasó demasiado rápido.
Loreta escribió a sus padres.
Compró un cuaderno nuevo.
Ordenó libros y ropa.
Dejó la habitación cada día un poco más vacía.
Genaro le entregó una carta de recomendación escrita a máquina y firmada con tinta azul.
Débora apareció varias veces con excusas absurdas para ayudarla a empacar.
—Esto no te lo llevas.
—¿Por qué?
—Porque es horrible.
—Es mi suéter.
—Precisamente.
Loreta rio.
Había necesitado aquella risa.
El día de la partida, París amaneció despejado.
Loreta llegó a la estación con una maleta modesta, su libreta, el libro de Verlaine y el sobre donde había guardado la flor y las fotografías.
El broche de hoja no estaba con ella.
Lo había dejado en el cajón de la pensión, envuelto en papel.
No porque quisiera borrar a Alberto.
Simplemente ya no necesitaba llevarlo consigo.
Genaro apareció entre la multitud con un paquete envuelto en papel marrón.
—Para el viaje.
—¿Qué es?
—Pan. Queso. Y una carta.
Loreta sonrió.
—¿Otra?
—Esta no es de recomendación.
Le entregó el paquete.
—No la abras hasta que el tren se mueva.
Loreta lo abrazó.
Genaro tardó un segundo en reaccionar.
Después la rodeó con los brazos.
—Gracias —susurró ella.
—Ve.
Fue todo lo que dijo.
Pero su voz se quebró apenas.
Entonces apareció Débora.
Venía corriendo entre la gente con el foulard violeta ondeando detrás de ella.
—¡No te atrevas a irte sin mí!
Loreta rio.
—Pensé que no llegarías.
—Yo también.
Débora recuperó el aliento.
—No voy a decir adiós.
—Está bien.
—Tú tampoco.
—Está bien.
Débora abrió los brazos.
—Hasta pronto.
Loreta la abrazó.
—Hasta pronto.
La campana anunció el embarque.
Loreta tomó la maleta.
Subió al vagón.
Encontró su asiento junto a la ventana.
Desde allí vio a Genaro levantar una mano.
Débora lanzó un beso.
Loreta hizo lo mismo.
El tren silbó.
Metió la mano en el paquete de Genaro y encontró el sobre.
Esperó.
El vagón dio un primer tirón.
Entonces lo abrió.
Había una sola hoja.
Loreta comenzó a leer.
No llegó a la segunda línea.
—¡Loreta!
Levantó la cabeza.
Conocía aquella voz.
Miró hacia el andén.
Alberto avanzaba entre la gente.
Llevaba el abrigo oscuro abierto y el cabello desordenado.
—¡Loreta!
Ella se acercó al vidrio.
El tren comenzó a moverse.
Alberto llegó hasta el borde permitido del andén.
Durante unos segundos caminaron casi a la misma velocidad, separados por el cristal.
Loreta levantó una mano.
Alberto hizo lo mismo.
No gritó que volviera.
No pidió otra oportunidad.
No intentó detenerla.
Solo dijo algo.
Loreta no pudo escucharlo.
Pero vio sus labios.
Adiós.
El tren aceleró.
Alberto quedó atrás.
Después Débora.
Después Genaro.
Después la estación entera.
Loreta permaneció mirando hasta que ya no distinguió ningún rostro.
Regresó a su asiento.
Tenía lágrimas en las mejillas.
Las dejó estar.
Entonces recordó la carta.
La abrió nuevamente.
Leyó desde el principio.
Al terminar, la dobló con cuidado y la guardó dentro de la libreta.
Afuera, París comenzaba a desaparecer.
Loreta apoyó la cabeza contra el vidrio.
No sabía qué encontraría en Toulouse.
No sabía cuánto tiempo se quedaría.
No sabía en quién se convertiría.
Y, por primera vez, no necesitaba saberlo.
Abrió el cuaderno nuevo.
En la primera página escribió:
“Toulouse.”
Pensó unos segundos.
Debajo añadió:
“Aquí empiezo a conocerme sin traducciones.”
El tren siguió avanzando.