7. CAPÍTULO 7
Alberto apareció en el umbral, empapado. El abrigo se le pegaba al cuerpo y llevaba en el rostro la expresión de quien había ensayado demasiadas veces lo que quería decir.
Loreta se hizo a un lado.
Él entró.
Ella encendió la lámpara del escritorio, después la del velador y, por último, la luz principal.
Alberto la observó.
—¿Todas?
Loreta cerró la puerta.
—Todas.
La habitación quedó completamente iluminada.
Sobre la mesa estaba la libreta abierta. Desde donde se encontraba, Loreta podía leer la palabra que había escrito aquella mañana:
Elegirme.
Alberto se quitó el abrigo.
—No pude esperar.
—Ya lo sé.
—Y no quiero que otra persona te diga lo que siento. Ni Débora ni nadie.
Loreta señaló la silla frente a la mesa.
—Siéntate.
Él permaneció de pie.
—Alberto.
Esta vez obedeció.
Loreta se sentó frente a él.
—Voy a hablar yo primero.
Él asintió.
—Y necesito que me escuches hasta el final. Sin interrumpirme. Después hablas tú.
—Está bien.
Loreta juntó las manos.
No sabía exactamente cómo empezar.
Entonces decidió hacerlo desde el principio.
—Me enamoré de ti.
Alberto levantó ligeramente la cabeza.
—Me enamoré de nuestras caminatas, de los libros, de los cafés. De la forma en que me mirabas cuando hablaba de estudiar, de enseñar, de conocer otros lugares.
Respiró.
—Me enamoré de muchas cosas que todavía están aquí.
Alberto la miraba sin moverse.
—Pero también están las otras.
—¿Cuáles?
Loreta sostuvo su mirada.
—El “avísame”. El “no me faltes”. El “¿dónde estás?”. El “no me apagues”. Las llamadas a Débora. Aparecer cuando no te he pedido que vengas. Necesitar saber dónde estoy para poder estar tranquilo.
Alberto bajó los ojos.
—Cuando cada cosa ocurrió por separado, encontré una explicación.
Hizo una pausa.
—Ahora ya no puedo verlas por separado.
Él respiró profundamente.
—Yo...
Loreta levantó una mano.
—Todavía no.
Alberto cerró la boca.
—Sé que tienes miedo —continuó ella—. Sé que muchas veces lo haces porque crees que estás cuidándome. Pero tu miedo está empezando a convertirse en una responsabilidad mía.
Alberto volvió a mirarla.
—Y no quiero eso.
—Nunca quise hacerte daño.
—Lo sé.
—Entonces...
—Déjame terminar.
Él asintió.
Loreta sintió que le temblaban las manos.
Las apoyó sobre sus rodillas.
—No quiero un amor con intermediarios. No quiero que Débora tenga que explicarte quién soy. No quiero sentir que debo avisarte cada movimiento para evitar que te preocupes. Y tampoco quiero empezar a elegir lo que hago pensando primero en cómo vas a reaccionar.
Alberto permaneció en silencio.
Loreta respiró.
—Eso me está haciendo más pequeña.
Las palabras quedaron entre ambos.
—Y no quiero achicarme para poder estar contigo.
Ahora sí, Loreta guardó silencio.
—Terminé.
Alberto tardó unos segundos.
—¿Puedo hablar?
—Sí.
Se pasó una mano por el rostro.
—No sé querer de otra manera.
Loreta sintió que aquella frase le dolía precisamente porque le creía.
—Cuando quiero algo —continuó Alberto—, quiero tenerlo cerca. Cuando tengo miedo, necesito saber que sigue ahí. No lo hago para controlarte.
—Pero me controla.
Él levantó la vista.
—Aunque esa no sea tu intención.
Alberto apretó las manos.
—Puedo cambiar.
Loreta no respondió.
—Dame una oportunidad.
—Ya te las he dado.
—Una de verdad.
—Todas fueron de verdad.
Él se levantó.
Comenzó a caminar por la habitación.
—Entonces dime qué hago.
Loreta lo observó.
—No puedo darte instrucciones para que aprendas a confiar en mí.
—Puedo dejar de hablar con Débora.
—No se trata de Débora.
—Entonces no volveré a preguntarte dónde estás.
—Tampoco se trata de una pregunta.
Alberto se detuvo.
—¿Entonces de qué se trata?
Loreta miró la libreta.
Después volvió a mirarlo.
—De cómo me ves.
Él frunció el ceño.
—Te amo.
—No he dicho que no.
—Entonces no entiendo.
Loreta se levantó.
—Quiero que puedas amarme incluso cuando no sabes exactamente dónde estoy. Cuando tengo planes que no te incluyen. Cuando estudio. Cuando salgo con Débora. Cuando llego tarde porque un tranvía se averió.
Se acercó un poco.
—Quiero seguir siendo yo cuando estoy contigo.
Alberto bajó la mirada.
—Puedo intentarlo.
Loreta cerró los ojos durante un instante.
Aquella era la frase que había esperado escuchar durante semanas.
Y, sin embargo, ya no le producía el alivio que imaginaba.
—¿Y si vuelves a hacerlo? —preguntó.
—No lo haré.
—No te pregunté eso.
Alberto guardó silencio.
—¿Qué pasa si vuelves a hacerlo?
Él la miró.
—No sé.
Loreta sí.
Lo comprendió justo entonces.
No como una amenaza.
Como un límite.
—Yo sí.
Alberto esperó.
—Me voy.
Él parpadeó.
—¿Qué?
—Si para estar contigo tengo que volver a vivir así, me voy.
—¿Me estás dejando?
Loreta sintió que se le cerraba la garganta.
Durante unos segundos quiso retirar todo lo que acababa de decir.
Abrazarlo.
Decirle que podían intentarlo una vez más.
Recordó el café.
La rosa.
El fotomatón.
El libro de Verlaine.
El primer beso.
También recordó las llamadas.
Las preguntas.
Los silencios.
La sensación de tener que explicar constantemente su propia libertad.
Y comprendió que ambas cosas podían ser ciertas.
Había sido feliz.
Y ahora aquello le hacía daño.
—Sí —respondió.
Alberto retrocedió un paso.
Loreta sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que casi dolía.
—Sí —repitió, más bajo—. Creo que sí.
Él permaneció inmóvil.
—Pero me amas.
Loreta sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Sí.
—Entonces no entiendo.
—Yo tampoco entendía.
Una lágrima le cayó por la mejilla.
No la limpió.
—Pensaba que si amabas a alguien tenías que quedarte hasta encontrar la forma.
Alberto la observó.
—¿Y ahora?
Loreta respiró profundamente.
—Ahora creo que también hay que saber cuándo quedarse empieza a costarte demasiado de ti misma.
Alberto apartó la mirada.
Durante un momento solo se escuchó la lluvia.
—¿Hay alguien más?
Loreta sintió una punzada.
—No.
—¿Débora te convenció?
—No.
—¿Genaro?
—No.
Alberto volvió a mirarla.
—Entonces ¿quién?
Loreta tardó un segundo en responder.
—Yo.
Aquella palabra cambió algo.
No en Alberto.
En ella.
Él se sentó nuevamente.
Apoyó los codos sobre las rodillas y escondió el rostro entre las manos.
Loreta quiso acercarse.
No lo hizo.
Después de unos segundos, Alberto levantó la cabeza.
Tenía los ojos húmedos.
—¿Me odias?
—No.
—¿Estás enfadada?
Loreta negó.
—Me duele.
Alberto asintió lentamente.
—A mí también.
Se levantó.
Esta vez no intentó convencerla.
Recogió el abrigo.
Al pasar junto a la mesa vio el pañuelo.
Lo tomó con cuidado y se lo entregó.
Loreta lo recibió.
—Si alguna vez piensas en mí —dijo Alberto—, espero que no recuerdes solamente esto.
Ella apretó el pañuelo entre las manos.
—No podría.
Alberto asintió.
Llegó hasta la puerta.
Antes de salir se volvió.
—Te amé, Loreta.
Ella sintió que algo se rompía sin hacer ruido.
—Yo también te amé.
Alberto bajó la cabeza.
Abrió la puerta.
Y se fue.
Loreta escuchó sus pasos desaparecer por la escalera.
Solo entonces cerró.
Apoyó la espalda contra la puerta.
Lloró.
No con desesperación.
Lloró por lo que había sido hermoso.
Por lo que había querido que fuera.
Por lo que ya no podía seguir siendo.
Cuando pudo volver a respirar con normalidad, regresó a la mesa.
Abrió la libreta.
Debajo de “Elegirme” escribió:
“Hoy elegí.”
Se quedó contemplando la frase.
Después añadió:
“Irme también puede ser quedarme conmigo.”
Los días siguientes fueron extraños.
Loreta esperaba sentir únicamente tristeza.
No ocurrió.
Había tristeza, sí.
Pero también había espacio.
Volvió a quedarse en la universidad después de clase sin mirar constantemente la hora.
Pasó una tarde entera en la biblioteca.
Caminó sola hasta la pensión.
Y una noche, mientras ordenaba antiguos papeles, encontró un folleto universitario que había guardado meses atrás.
Programas de intercambio.
Lo abrió.
Había varias ciudades señaladas.
Lyon.
Toulouse.
Bruselas.
Loreta recordó una conversación con Alberto.
¿Te quedarías siempre en París?
En aquel momento había respondido que no sabía.
Ahora seguía sin saberlo.
Pero por primera vez aquella incertidumbre no le daba miedo.
Al día siguiente preguntó en la facultad.
Había algunas plazas disponibles para el semestre siguiente y una convocatoria extraordinaria que todavía aceptaba solicitudes.
Loreta tomó los formularios.
No decidió nada.
Todavía.
Pero se los llevó.
Genaro la observó durante varios días sin hacer preguntas.
Finalmente, una mañana la llamó a su despacho.
—Cierra la puerta.
Loreta obedeció.
Genaro señaló los papeles que llevaba bajo el brazo.
—¿Qué traes ahí?
Ella sonrió.
—Formularios.
—Eso ya lo veo.
Loreta dejó los documentos sobre el escritorio.
—Estoy pensando solicitar un intercambio.
Genaro levantó las cejas.
—¿Fuera de París?
—Sí.
—¿Dónde?
—Todavía no sé. Lyon. Toulouse. Quizá Bruselas.
Genaro tomó uno de los papeles.
Lo leyó por encima.
—¿Y quieres hacerlo?
Loreta pensó antes de responder.
—Sí.
Aquella vez no hubo duda.
Genaro dejó el documento sobre la mesa.
—Entonces hazlo bien.
Abrió un cajón.
—Conozco a un antiguo profesor que trabaja en Toulouse. También tengo un colega en Lyon.
Loreta lo miró sorprendida.
—Puedo escribirte una recomendación.
—Genaro...
—No pongas esa cara. Los viejos servimos para algo más que quejarnos de la espalda.
Loreta rio.
Era la primera carcajada sincera que soltaba en varios días.
Genaro sonrió.
Después recuperó la seriedad.
—Eres trabajadora. Responsable. Y sabes escuchar. Eso último vale más de lo que crees si quieres enseñar.
Los ojos de Loreta se humedecieron.
—Gracias, señor Genaro.
Él negó con la cabeza.
—Genaro.
Loreta sonrió.
—Gracias, Genaro.
Aquella tarde abrió el libro de Verlaine.
Dentro encontró la tira del fotomatón.
Cuatro fotografías.
En la primera, Alberto miraba a la cámara.
En la segunda, ella lo miraba a él.
En la tercera, ambos reían.
En la última, sus cabezas descansaban una contra otra.
Loreta pasó el pulgar sobre la fotografía.
No lloró.
Buscó un sobre.
Guardó dentro la tira y la flor prensada que Alberto le había regalado meses atrás.
Después escribió en el frente:
París.
No para olvidar.
Tampoco para regresar.