Loreta 6. CAPÍTULO 6
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6. CAPÍTULO 6

La puerta se abrió despacio.

Débora entró con el foulard violeta apretado alrededor del cuello. Esta vez no había risa en sus ojos.

Cerró con cuidado.

—No sabía si venir —dijo sin quitarse el abrigo—. Pero no podía seguir pensando sola.

Loreta respiró hondo.

El cuarto olía a libros, lana húmeda y lluvia.

Señaló la silla junto a la mesa.

—Siéntate.

Débora obedeció.

—Dime.

Su amiga bajó la mirada.

—Desde hace unas semanas Alberto me llama de vez en cuando.

Loreta no respondió.

Débora continuó:

—Al principio era para preguntarme cosas sobre ti. Lugares que te gustaran, horarios, ideas para sorprenderte... Yo pensé que estaba ayudando.

Loreta sintió que los dedos se le enfriaban.

—¿Cuántas veces?

Débora levantó la mirada.

—No sé.

—Débora.

—Tres. Cuatro. Quizá cinco.

Loreta tragó saliva.

—¿Cinco?

—Puede ser.

—¿Y tú nunca pensaste en decírmelo?

—Al principio no había nada que contar.

—¿Y después?

Débora guardó silencio.

Loreta esperó.

—Después también lo llamé yo alguna vez.

Aquello dolió más de lo que Loreta esperaba.

—¿Para qué?

—Para hablar de ti.

—Eso ya lo entendí.

—Le dije que no te presionara. Que necesitabas estudiar. Que no se pusiera extraño cuando tú salías conmigo.

Loreta se levantó y caminó hacia la ventana.

—¿Hablan de nuestra relación?

—No así.

Loreta se volvió.

—¿Entonces cómo?

Débora abrió las manos.

—No lo sé. Fue ocurriendo.

El silencio se instaló entre las dos.

Loreta recordó la frase incompleta de Alberto:

Cuando pasé por aquí con Déb...

Recordó las flores.

La sorpresa.

Las llamadas.

—¿Y hoy? —preguntó—. Dijiste que necesitabas contarme algo.

Débora asintió.

—Hoy volvió a llamarme.

Loreta no apartó los ojos de ella.

—¿Para qué?

—Quiere llevarte mañana a Sceaux. Me preguntó si te gustaría.

—¿Y qué respondiste?

—Que sí.

Loreta soltó una pequeña risa sin humor.

—Claro.

—Loreta...

—¿Algo más?

Débora bajó nuevamente la mirada.

—Me preguntó qué podía hacer para que estuvieras tranquila con él.

Aquello consiguió que Loreta permaneciera inmóvil.

—¿Y qué le dijiste?

—Que dejara de preguntármelo a mí.

Loreta parpadeó.

Débora se levantó.

—Le dije que si quería saber qué necesitas, tenía que preguntártelo a ti.

Por primera vez desde que había entrado, Loreta sintió que podía respirar un poco mejor.

—Gracias.

—Debí hacerlo antes.

Loreta asintió.

No quería mentirle.

—Sí.

Débora recibió la respuesta sin defenderse.

—No quise hacerte daño.

—Lo sé.

—Pero me cuesta medir el lugar que ocupo.

—También lo sé.

Débora se acercó.

—Si necesitas que me aleje de él, lo haré.

Loreta negó lentamente.

—No quiero decidir con quién puedes hablar.

—Entonces dime qué hago.

Loreta la miró.

—No seas el puente.

Débora frunció ligeramente el ceño.

—¿El puente?

—Entre Alberto y yo. Si él quiere saber algo de mí, que me pregunte. Si tú estás preocupada por mí, háblame a mí.

Respiró.

—No quiero vivir entre voces.

Débora asintió.

—Está bien.

—Y tampoco quiero perderte.

Los ojos de Débora se humedecieron.

—No vas a perderme.

Se abrazaron.

No fue un abrazo que solucionara las cosas.

Pero fue verdadero.

Y, por aquella noche, bastó.

Loreta durmió a medias.

Soñó con teléfonos que sonaban en habitaciones vacías y con un pañuelo cuyo broche nunca conseguía cerrar.

Cuando despertó, permaneció unos minutos mirando el techo.

Era sábado.

Preparó café y se sentó frente a una hoja en blanco.

En la parte superior escribió:

Cosas claras

Debajo:

“Hablar con Alberto.”

Después:

“No más intermediarios.”

La tercera frase tardó más.

Loreta apoyó la pluma sobre el papel.

Finalmente escribió:

“Elegirme.”

Contempló aquella palabra.

No estaba segura de saber todavía qué significaba.

Pero le gustó verla allí.

A media mañana llamaron a la puerta.

Era el cartero.

—Para usted, señorita.

Le entregó un sobre.

Loreta reconoció inmediatamente la letra.

Alberto.

Dentro había una nota:

“A las cinco. Sceaux. Te llevo donde florece el silencio.”

Loreta la leyó dos veces.

En otro momento habría sonreído sin reservas.

Aquella mañana pensó primero en Débora.

Y eso la entristeció.

Guardó la nota dentro de la libreta.

Debajo de “Elegirme” añadió:

“Pedir la verdad.”

A las cuatro, Loreta bajó las escaleras con el abrigo puesto y el pañuelo sujeto por el broche en forma de hoja.

La dueña de la pensión levantó la vista de su revista.

—Tiene visita.

—¿Quién?

—El joven de siempre. Está esperando en la esquina.

Loreta salió.

Alberto estaba junto a un pequeño automóvil que había conseguido prestado. Tenía las manos en los bolsillos y el cabello revuelto por el viento.

Cuando la vio, sonrió.

—Estás hermosa.

—Gracias.

Él abrió la puerta del coche.

—¿Lista?

Loreta asintió.

Durante los primeros minutos hablaron de cualquier cosa.

Del clima.

De una exposición.

De una canción que sonaba en la radio.

Loreta mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo.

Esperó hasta que dejaron atrás las calles más concurridas.

Entonces habló.

—Alberto, necesito preguntarte algo.

Él la miró fugazmente.

—Dime.

—¿Por qué sigues llamando a Débora?

Las manos de Alberto se tensaron sobre el volante.

—¿Tenemos que hablar de eso ahora?

—Sí.

—Quería que hoy fuera bonito.

—Yo también.

Loreta lo miró.

—Por eso quiero que sea limpio.

Alberto permaneció en silencio.

—La llamé para organizar algunas cosas —dijo finalmente.

—Lo sé.

Él la miró.

—¿Te lo contó?

—Sí.

Alberto volvió la vista hacia la carretera.

—No hay nada entre ella y yo.

—No he dicho que lo haya.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando que mi novio habla con mi mejor amiga sobre mí sin decírmelo.

—Porque intento hacer las cosas bien.

—Entonces pregúntame a mí qué necesito.

Alberto apretó los labios.

—A veces no sé cómo.

—Aprende.

La palabra salió más firme de lo que Loreta esperaba.

Él no respondió.

—No necesito que Débora te traduzca quién soy —continuó ella—. Si quieres saber qué me gusta, pregúntame. Si estás preocupado, háblame. Si tienes miedo, dímelo.

Alberto respiró profundamente.

—Tengo miedo.

Loreta esperó.

—Mucho.

—¿De qué?

—De perderte.

Otra vez aquellas palabras.

Solo que ahora sonaban diferentes.

—Y cuando tengo miedo hago cosas que después parecen...

No terminó.

—¿Qué parecen?

—Mal.

—¿Y están mal?

Alberto tardó en responder.

—Quizá.

Loreta volvió la mirada hacia la carretera.

—Para mí sí.

Llegaron a Sceaux.

El parque estaba casi vacío.

Todavía no era tiempo de floración. Los cerezos apenas mostraban pequeñas yemas en las ramas.

Loreta los contempló.

—No florecieron.

Alberto sonrió con cierta tristeza.

—Me adelanté.

Ella lo miró.

Por alguna razón, aquella frase le pareció hablar de algo más.

Caminaron hasta un banco.

Se sentaron.

Durante un rato ninguno habló.

A lo lejos, un niño jugaba con un barco de papel junto a una fuente.

—No quiero perderte —dijo Alberto.

Loreta permaneció en silencio.

—Cuando no sé dónde estás, pienso demasiado. Cuando estás con Débora, siento que no me necesitas. Cuando llegas tarde...

—Alberto.

Él se detuvo.

—Escúchate.

—Lo hago.

—No. Escucha lo que estás diciendo.

Loreta giró hacia él.

—Que tengas miedo no significa que yo tenga que vivir evitando todo aquello que pueda provocártelo.

Alberto bajó la mirada.

—No sé cómo hacerlo.

—Yo tampoco sé hacerlo todo.

—Pero tú no tienes este miedo.

—Tengo otros.

Él levantó la cabeza.

—¿Cuáles?

Loreta pensó unos segundos.

—Últimamente, tengo miedo de dejar de reconocerme.

La frase quedó entre ambos.

Alberto abrió la boca, pero no respondió.

Loreta continuó:

—Quiero estar contigo. Pero también quiero estudiar. Ver a Débora. Llegar tarde alguna vez sin sentir que he cometido una falta. Cambiar de planes. Tener una tarde que no tengas que conocer de antemano.

Alberto miró sus manos.

—No quiero encerrarte.

—Entonces no lo hagas.

—Lo intentaré.

Loreta respiró.

—No quiero que lo intentes solamente porque tienes miedo de que me vaya.

—¿Entonces por qué?

—Porque entiendas que no está bien.

Alberto permaneció callado.

El niño de la fuente recogió su barco de papel antes de que terminara de empaparse.

—¿Podemos empezar distinto? —preguntó Alberto.

Loreta lo miró.

—No lo sé.

Él pareció desconcertado.

Quizá esperaba un sí.

—¿No sabes si quieres estar conmigo?

Loreta sintió un nudo en la garganta.

—Sé que te quiero.

—Entonces...

—Eso no responde todo.

Alberto bajó la mirada.

Loreta observó los árboles.

Pensó en sus padres.

En la universidad.

En Débora.

En Genaro.

En todas las voces que durante aquellas semanas le habían dicho algo sobre cómo debía querer.

Y recordó la palabra escrita aquella mañana.

Elegirme.

—Necesito tiempo —dijo.

—¿Cuánto?

—No sé.

—Loreta...

—No sé, Alberto.

Él asintió lentamente.

Regresaron a París casi en silencio.

Alberto la dejó frente a la pensión.

Antes de que Loreta bajara del coche, habló:

—Te llamaré mañana.

Ella sostuvo su mirada.

—Hablemos mañana.

Subió las escaleras.

Al entrar en su habitación dejó el abrigo sobre la silla y se quitó el pañuelo.

Desabrochó el broche en forma de hoja.

Lo sostuvo unos segundos entre los dedos.

Después lo dejó sobre la mesa.

El teléfono sonó.

Loreta lo miró.

Segundo timbre.

Tercero.

Descolgó.

—¿Aló?

—Soy yo.

Débora.

—¿Qué pasó?

Su amiga tardó un instante en responder.

—Alberto me llamó.

Loreta cerró los ojos.

—¿Cuándo?

—Hace unos minutos.

—¿Qué quería?

—Dijo que no lo habías entendido.

Loreta apretó el auricular.

—¿Qué más?

—Que necesitaba que yo te explicara lo que quería decir.

Silencio.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que no.

Loreta abrió los ojos.

—¿Le dijiste que no?

—Le dije que hablara contigo. Que yo no iba a estar en medio otra vez.

Loreta sintió una mezcla extraña de alivio y cansancio.

—Gracias.

—Lo siento.

—No tienes que venir.

—¿Segura?

—Sí.

—Te quiero.

Loreta cerró los ojos.

—Yo también.

Colgó.

Se sentó frente a la libreta.

Abrió la página de aquella mañana.

Cosas claras

Hablar con Alberto.

No más intermediarios.

Elegirme.

Pedir la verdad.

Debajo escribió una quinta:

“No quiero traducciones.”

Miró el broche de hoja sobre la mesa.

Abrió el cajón.

Lo guardó dentro.

No era una despedida.

Todavía.

Tres golpes sonaron en la puerta.

Loreta levantó la cabeza.

Esperó.

Otros tres.

Se acercó lentamente.

—¿Quién es?

—Soy yo.

Alberto.

Loreta cerró los ojos durante un segundo.

—¿Qué haces aquí?

—No pude esperar hasta mañana.

Ella apoyó una mano sobre la puerta.

—Te pedí tiempo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Hubo silencio al otro lado.

—Porque necesito hablar contigo.

—Ya hablamos.

—No así.

Loreta no respondió.

La voz de Alberto llegó más baja.

—Solo quiero que seas mi casa.

Loreta sintió el peso de aquella frase.

Meses atrás le habría parecido hermosa.

Ahora no sabía qué hacer con ella.

Miró hacia la mesa.

La libreta seguía abierta.

Elegirme.

Volvió la mirada hacia la puerta.

—Alberto.

—¿Sí?

—Si abro esta puerta, no vienes a convencerme.

Silencio.

—Vienes a escucharme.

Alberto tardó unos segundos.

—Está bien.

Loreta puso la mano sobre la perilla.

—Y hablamos con todas las luces encendidas.

Giró.

Abrió la puerta.