Loreta 5. CAPÍTULO 5
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5. CAPÍTULO 5

Amaneció con una bruma lechosa que borraba los contornos del río y dejaba las farolas suspendidas en un halo pálido.

Loreta caminó hacia la oficina con el pañuelo de flores sujeto por el broche en forma de hoja.

La ciudad parecía una habitación recién despertada: persianas a medio abrir, aroma a café escapando por las ventanas y una mujer sacudiendo un mantel desde un balcón.

La noche anterior, Loreta había escrito una sola palabra en su libreta:

“Filo.”

La había subrayado dos veces.

Y, por primera vez, no quiso volver a leerla.

Al llegar, Genaro la saludó con la cordialidad de siempre.

—Llegas temprano.

—Me despeja la cabeza.

—Y te adelanta el trabajo —bromeó él antes de señalar unas hojas—. Hoy tendremos movimiento en el almacén. Llegan cajas del proveedor de Lyon. Quizá necesite que me ayudes a controlar las entradas.

—Claro.

Poco después, Alberto cruzó el pasillo con unos guantes de trabajo en la mano. Llevaba las mangas arremangadas y el cabello ligeramente desordenado.

Cuando vio a Loreta, sonrió.

—¿Cómo dormiste?

Ella dudó apenas un instante.

—Bien. ¿Y tú?

—Te extrañé.

Loreta bajó la mirada.

—Nos vimos anoche.

—Lo sé.

Alberto apoyó una mano sobre el mostrador.

—Pero pensé demasiado.

Loreta entendió perfectamente a qué se refería.

No tuvieron tiempo de continuar.

La mañana los absorbió entre cajas, inventarios y documentos. Loreta iba y venía con hojas de control mientras Alberto daba indicaciones en el almacén.

Cada vez que se cruzaban, intercambiaban una mirada.

Nada más.

A media mañana, Débora irrumpió con un paraguas rojo bajo el brazo y un caramelo de menta en la boca.

—¡Alabado sea el despacho que me tiene de visita! —anunció—. Traigo cigarrillos para Genaro y chismes para todos los demás.

Genaro soltó una carcajada.

—Los cigarrillos primero.

—Sabia decisión.

Loreta sonrió.

Débora tenía ese efecto sobre los lugares: entraba y parecía subirles el volumen.

A los pocos minutos, Alberto apareció en la puerta del almacén.

Débora levantó una mano.

—¡Alberto! Justamente hablábamos de ti.

—Espero que bien.

—Todavía no decido.

Ambos sonrieron.

Intercambiaron algunas palabras sobre el clima y el tránsito.

Loreta los observó durante un instante.

Nada fuera de lo normal.

Eso se dijo.

Nada fuera de lo normal.

—Vengo a robarme a Loreta —anunció Débora—. Vamos a almorzar al bistró de la esquina.

Alberto miró a Loreta.

—¿Ya terminaste?

—Tengo una hora.

—Entonces devuélvemela a tiempo —dijo él, mirando nuevamente a Débora.

Su tono parecía de broma.

Débora llevó una mano al pecho.

—Soy una dama. Y mi reloj es impecable.

El bistró olía a pan recién horneado.

Se sentaron junto a la ventana, bajo un pequeño jarrón con margaritas.

Débora hundió un trozo de baguette en la sopa.

—¿Qué te dijo anoche?

Loreta levantó la mirada.

—¿Quién?

Débora arqueó una ceja.

—No conozco a tantos Albertos.

Loreta dejó la cuchara.

Recordó la lluvia, el zaguán y aquellas palabras:

No me gusta que ella se interponga.

—Dijo que estaba nervioso.

—¿Por qué?

—No quiere perderme.

Débora permaneció unos segundos en silencio.

—Nadie quiere perder a alguien que quiere.

Loreta asintió.

—Pero...

Loreta la miró.

—¿Pero qué?

Débora dejó el pan sobre el plato.

—Hay una diferencia entre cuidar a alguien y querer saber cada uno de sus movimientos.

Loreta sintió la necesidad inmediata de defenderlo.

—Él no hace eso.

—No dije que lo hiciera.

—Pareció que sí.

Débora suspiró.

—No quiero meterme en tu relación.

Loreta la miró con escepticismo.

—Débora...

—Bueno, quiero meterme un poquito.

Loreta no pudo evitar reír.

Débora también sonrió, aunque recuperó pronto la seriedad.

—Solo te pido una cosa.

—¿Qué?

—Que no te hagas más pequeña para que otra persona pueda sentirse más grande.

Loreta dejó de sonreír.

—No estoy haciendo eso.

—Perfecto. Entonces no olvides cómo se siente poder decirlo.

Cuando regresaron, Alberto estaba apoyado junto al mostrador.

Miró el reloj.

—Pensé que se habían ido a Marsella.

Loreta sonrió.

—Había gente.

—Ya veo.

Débora se despidió y salió.

Durante la tarde, Loreta notó varias veces que Alberto levantaba la mirada cuando ella contestaba el teléfono o cruzaba el pasillo.

Intentó no pensar demasiado en ello.

A las seis y media guardó su libreta en el bolso.

Alberto apareció con el abrigo en la mano.

—Te acompaño.

—Tengo que pasar por casa de Débora. Le llevo un libro.

—Voy contigo.

Loreta lo miró.

—Vive a dos cuadras de mi pensión.

—Perfecto.

No era una pregunta.

Caminaron los tres.

Débora contaba una historia sobre un artista que recortaba periódicos para construir barcos de papel.

Loreta rio.

Alberto escuchaba y asentía de vez en cuando.

Al llegar frente a la pensión, Débora tomó el libro.

—Subo un momento y vuelvo. Dos minutos. No me extrañen.

Entró.

Alberto hundió las manos en los bolsillos.

—Es intensa.

Loreta sonrió.

—Débora es Débora.

—Lo sé.

—Ha sido parte de mi vida desde siempre.

Alberto guardó silencio.

—¿Qué pasa?

Él la miró.

—Cuando estás con ella, siento que desaparezco un poco.

Loreta frunció el ceño.

—No desapareces.

—A veces lo siento.

—Con ella hablo de otras cosas. Tenemos nuestra historia.

—Quiero entenderlo.

—No tienes que entenderlo todo, Alberto.

La respuesta pareció sorprenderlo.

Loreta también se sorprendió de haberla dicho.

Antes de que pudieran continuar, Débora regresó.

—¿Chocolate? —propuso—. Hace un frío miserable.

Alberto negó con la cabeza.

—Tengo cosas que hacer.

Se despidió de Débora y después besó a Loreta en la mejilla.

—Nos vemos mañana.

—Mañana.

Loreta lo observó alejarse.

Sintió ganas de correr detrás de él.

No lo hizo.

Aquella noche abrió nuevamente su libreta.

Escribió:

“No quiero perderte.”

Después:

“Cuando estás con ella, siento que desaparezco.”

Contempló ambas frases.

Debajo añadió:

“¿Cuánto espacio necesita el amor?”

Los días siguientes mezclaron ternura e incomodidad.

Un sábado, Alberto llegó con una rosa pálida y un plan sencillo: caminar, cruzar el puente y comer crêpes.

Rieron.

Se besaron.

Hablaron de cualquier cosa.

Por unas horas, todo volvió a sentirse sencillo.

Antes de despedirse, Alberto acercó los labios a su oído.

—No me faltes mañana.

Loreta rio.

—¿Cómo podría?

El domingo, el tranvía se detuvo a mitad del trayecto.

Un operario pidió a los pasajeros que esperaran mientras revisaban una avería. Loreta miró la hora y sintió que se le cerraba el estómago.

Decidió bajar y continuar caminando.

Llegó quince minutos tarde.

Alberto la esperaba.

No sonrió.

—Te dije que no me faltaras.

Loreta se detuvo.

—No te falté.

—Llegas tarde.

—El tranvía se averió. Caminé el resto.

—Siempre pasa algo.

La frase ya no era nueva.

Precisamente por eso dolió más.

Loreta respiró profundamente.

—Estoy aquí, Alberto.

Él guardó silencio.

Después bajó la mirada.

—Perdóname.

Loreta no respondió inmediatamente.

—No sé qué me pasa —continuó él—. A veces el miedo habla antes que yo.

Ella tocó su mano.

—Entonces tienes que aprender a escucharlo antes de dejarlo hablar.

Alberto levantó la mirada.

—Lo intentaré.

Pasaron la tarde juntos.

Rieron.

Conversaron.

Pero algo de aquella discusión los acompañó en silencio.

Genaro observaba sin preguntar demasiado.

Aquella semana vio llegar a Loreta con los ojos cansados y dejó un vaso de agua junto a su máquina de escribir.

—Bebe.

—Gracias.

Genaro permaneció allí.

—¿Todo bien?

—Sí.

Él asintió lentamente.

—No soy quién para meterme en tu vida.

Loreta sonrió.

—Eso normalmente significa que está a punto de hacerlo.

Genaro rio.

—Un poco.

Se apoyó en el escritorio.

—La alegría hace ruido, Loreta. Y cuando desaparece, también.

Ella bajó la mirada.

—Estoy bien.

—Eso espero.

Genaro comenzó a alejarse, pero se detuvo.

—Solo recuerda algo.

Loreta lo miró.

—Todos nos equivocamos. Pero cuando el mismo error se repite demasiadas veces, conviene dejar de llamarlo error.

No añadió nada más.

Regresó a su despacho.

Loreta permaneció inmóvil.

Después apoyó una mano sobre la libreta que guardaba junto a sus papeles.

No la abrió.

Débora seguía apareciendo por la oficina con la misma naturalidad de siempre.

Una tarde lluviosa llegó con una caja de pastelitos.

—Probad, pecadores. Vainilla, limón y un chocolate capaz de arreglar cualquier mal humor.

Alberto pasó por allí y tomó uno.

—Gracias.

—De nada.

Débora lo miró.

—Espera.

Con la punta del dedo retiró una pequeña migaja de la comisura de sus labios.

Fue un gesto rápido.

Casi automático.

Pero Loreta lo vio.

Alberto dio un pequeño paso hacia atrás.

Débora continuó hablando como si nada hubiera ocurrido.

Loreta bajó la mirada hacia sus papeles.

No sabía exactamente qué le había molestado.

Solo sabía que algo lo había hecho.

Aquella noche habló con Alberto.

Se sentaron en un banco cerca de la pensión.

—No me gusta cuando ella hace esas cosas —dijo él.

—A mí tampoco me gustó.

Alberto la miró.

—Entonces díselo.

Loreta guardó silencio.

—¿Qué?

—Que no haga esas cosas.

—Puedo hablar con ella.

—Ponle límites.

Loreta volvió la cabeza.

—No quiero que esto se convierta en un inventario.

—¿Un inventario?

—De lo que hago yo. De lo que haces tú. De lo que hace Débora. De quién puede tocar a quién, quién puede hablar con quién, quién llegó tarde...

Alberto permaneció callado.

—No quiero vivir así.

—Yo tampoco.

—Entonces tenemos que confiar.

Él tomó su mano.

—Confío en ti.

Loreta sostuvo su mirada.

—Necesito que también confíes en mi capacidad para decidir.

Alberto apretó suavemente su mano.

—Está bien.

Loreta decidió hablar con Débora.

La invitó a su habitación un jueves por la noche.

Su amiga apareció con una botella barata de vino y una tarta de manzana.

Se sentaron en el suelo, junto a la ventana.

—Quiero pedirte algo —comenzó Loreta.

Débora dejó la copa.

—Pide.

Loreta buscó las palabras.

—Hay cosas que haces con Alberto que me incomodan.

Débora no respondió.

—El modo en que lo tocas. Algunas bromas. La confianza.

—Loreta...

—Déjame terminar.

Débora asintió.

—Sé cómo eres. Te conozco desde hace años. Sé que eres cariñosa y que haces bromas con todo el mundo. Pero ahora él es mi pareja.

Respiró.

—Y algunas cosas me hacen sentir incómoda.

Débora permaneció en silencio.

Después bajó la mirada.

—Tienes razón.

Loreta no esperaba una respuesta tan rápida.

—¿Sí?

—Nunca he sabido medir mi manera de relacionarme con la gente. A veces parece coqueteo.

Levantó los ojos.

—Y quizá a veces lo sea. Pero jamás querría hacerte daño.

Loreta sintió un pequeño nudo en la garganta.

—Lo sé.

Débora tomó su mano.

—Voy a cuidarlo.

—Gracias.

—Pero tú prométeme algo también.

—¿Qué?

—No te achiques por él.

Loreta respiró profundamente.

—No quiero achicarme.

Débora sonrió.

—Esa es mi Loreta.

Se abrazaron.

Por un momento, el problema pareció mucho más pequeño.

Aquella madrugada, Loreta despertó sobresaltada.

No recordaba lo que había soñado.

Encendió la lámpara y abrió su libreta.

Escribió:

“No quiero achicarme.”

Debajo añadió:

“Tampoco quiero perder.”

Leyó ambas frases varias veces.

No supo cómo hacerlas convivir.

Durante algunos días, las cosas mejoraron.

Alberto redujo sus preguntas.

Débora fue más cuidadosa.

Loreta volvió a respirar con mayor tranquilidad.

Hasta que una tarde Genaro le pidió acompañar una entrega hasta una imprenta de Montreuil. Necesitaban verificar una tirada de etiquetas.

Loreta fue con el conductor y regresó cuando ya había oscurecido.

Al bajar del vehículo, vio a Alberto frente al edificio.

Se sorprendió.

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte.

—¿Cómo sabías que estaba fuera?

—Genaro me dijo que habían ido a Montreuil.

Loreta miró hacia la oficina.

—Podría haber tardado horas.

—Lo sé.

—¿Y llevas aquí todo ese tiempo?

—No.

Alberto sonrió.

—Solo quería asegurarme de que llegaras bien.

Loreta lo abrazó.

Durante unos segundos sintió alivio.

Después, sin saber por qué, recordó que nunca le había pedido que la esperara.

El sábado siguiente, Débora invitó a Loreta a tomar chocolate cerca de su pensión.

Llegó con un suéter color mostaza y el cabello recogido.

—Me ofrecieron trabajo.

Loreta abrió los ojos.

—¿Qué?

—En una galería pequeña. Pero quieren crecer.

—¡Débora, eso es maravilloso!

—Lo sé.

Ambas rieron.

—¿Dónde queda?

—En Monceau. Tendré que visitar proveedores de vez en cuando. Hay uno cerca de vuestra oficina.

—Entonces te veré más.

—Eso parece.

Débora bebió un poco de chocolate.

—Ah, por cierto...

Loreta esperó.

—El otro día Alberto me llamó para preguntarme por unas flores.

Loreta sintió algo pequeño en el estómago.

—¿Te llamó?

—Sí. Para tu sorpresa.

—Pensé que solo te había preguntado por el lugar.

—También por las flores.

Débora sonrió.

—Le dije que no hacía falta llenar de flores algo que ya estaba floreciendo.

Loreta intentó sonreír.

—Muy poético.

—Se me está pegando.

La conversación continuó.

Pero Loreta ya no escuchaba de la misma manera.

No eran las flores.

Era la llamada.

Otra llamada.

Cuando regresó a su habitación, abrió la libreta.

Durante un momento no supo qué escribir.

Después recordó algunas frases.

La de Genaro:

“Cuando el mismo error se repite demasiadas veces, conviene dejar de llamarlo error.”

La de Débora:

“No te achiques.”

La de Alberto:

“Cuando estás con ella, siento que desaparezco.”

Las observó.

Tres voces.

Tres formas diferentes de hablarle.

Y ella, en medio, intentando averiguar cuál era la suya.

Cerró la libreta.

Entonces sonó el teléfono.

Loreta levantó la cabeza.

El sonido se detuvo antes de que pudiera contestar.

Esperó.

Nada.

Unos minutos después escuchó voces en el pasillo.

La dueña de la pensión hablaba con alguien en la planta baja.

—Sí, está en el segundo. Habitación 2B.

Loreta se levantó.

Escuchó pasos subiendo las escaleras.

Reconoció el ritmo antes incluso de escuchar la voz.

Tres golpes suaves en la puerta.

—Loreta...

Era Débora.

Su voz sonaba diferente.

—¿Puedo entrar?

Loreta se acercó.

Puso la mano sobre la perilla.

—¿Qué pasó?

Hubo un silencio al otro lado.

Después Débora respondió:

—Necesito contarte algo.

Loreta abrió la puerta.

Su amiga estaba allí.

Ya no sonreía.

—Es sobre Alberto.

Y, por primera vez, Loreta no quiso escuchar lo que venía después.