Loreta 4. CAPÍTULO 4 #2
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4. CAPÍTULO 4 #2

Loreta creyó no haber entendido.

—¿Qué?

—Débora. Siempre te está abrazando o besando.

Loreta soltó una pequeña risa.

—Es cariñosa.

—Demasiado.

—¿Desde cuándo te molesta eso?

Alberto arrugó lentamente el envoltorio del sándwich.

—No me gusta.

Loreta lo observó.

—No sabía que había un reglamento. Si quieres, se lo mando mecanografiado.

La broma no produjo ninguna sonrisa.

—Estoy hablando en serio.

Loreta dejó el sándwich sobre el papel.

—Y yo también. Débora es así. Siempre ha sido así.

—Solo quiero paz, Loreta.

—Yo también.

—Entonces entiéndeme.

Loreta sostuvo su mirada.

—Entenderte no significa que vaya a cambiar a mi amiga para que tú estés cómodo.

Alberto se levantó del banco.

Dio dos pasos.

Luego regresó.

—Yo no te estoy pidiendo que la cambies.

—Entonces, ¿qué me estás pidiendo?

Él abrió la boca, pero no respondió.

Loreta tampoco dijo nada más.

Se despidieron sin besarse.

Por primera vez desde que estaban juntos, el día terminó con algo áspero entre ambos.

Aquella noche, Loreta intentó estudiar.

No pudo.

Abrió su libreta y escribió:

“No me gusta.”

Debajo añadió:

“¿Qué sí me gusta?”

Se quedó mirando la pregunta.

No encontró respuesta.

Cerca de la medianoche sonó el teléfono.

—¿Dormías? —preguntó Alberto.

—Lo intentaba.

—Perdóname.

Loreta guardó silencio.

—Fui un tonto —continuó él—. Dije cosas que no debía decir. Lo de Débora... olvídalo.

—¿Por qué te molesta tanto?

—No lo sé.

—Alberto...

—Me asusto.

—¿De qué?

La respuesta tardó unos segundos.

—De perderte.

Loreta cerró los ojos.

Toda la dureza de aquella tarde pareció encogerse ante esas tres palabras.

—No tienes que tener miedo.

—A veces no sé cómo hacer esto.

Loreta sostuvo el auricular con ambas manos.

—Yo tampoco.

Continuaron hablando hasta que sus voces recuperaron la ternura habitual.

Cuando colgaron, Loreta abrió de nuevo la libreta.

“Todos estamos aprendiendo a querernos.”

Esa noche durmió mejor.

Los días siguientes trajeron un domingo de picnic junto al Canal Saint-Martin, una tarde de museo y una mañana de pan con mermelada y risas.

Pero ciertas preguntas comenzaron a repetirse.

—¿Con quién estás?

—¿A qué hora vuelves?

—Avísame cuando llegues.

Loreta respondía.

Avisaba.

Cumplía.

Si aquello conseguía que Alberto estuviera tranquilo, no veía razón para no hacerlo.

Una tarde encontró una nota sobre su escritorio.

“A las siete. Sorpresa. A.”

Sonrió.

A las seis y cincuenta estaba lista, con el vestido azul marino y el broche en forma de hoja prendido en el pañuelo.

Alberto la llevó por varias calles sin revelar el destino.

Finalmente llegaron a un pequeño local.

En la entrada había un cartel escrito a mano:

Recital de poesía y guitarra

Loreta lo miró.

—¿En serio?

—En serio.

Entraron.

Había unas pocas sillas de madera y una luz amarillenta que daba al lugar una intimidad especial.

Cuando comenzaron los primeros acordes y la poesía llenó la pequeña sala, Loreta sintió que se le humedecían los ojos.

A la salida abrazó a Alberto.

—Gracias. Fue perfecto.

—Sabía que te gustaría. Cuando pasé por aquí con Déb...

Se detuvo.

Loreta levantó la cabeza.

—¿Con quién?

—Cuando pasé por aquí el otro día.

Hubo una pausa.

—Ah.

Alberto besó su frente.

—¿Te gustó de verdad?

Loreta sonrió.

—Muchísimo.

Se despidieron poco después.

Al llegar a su habitación, Loreta abrió la libreta.

“Recital. Lloré. Gracias.”

La pluma quedó suspendida sobre el papel.

Después escribió:

“Cuando pasé por aquí con Déb...”

No terminó el nombre.

El teléfono sonó.

Loreta cerró la libreta.

—¿Hola?

—¿Estás en casa? —preguntó Débora.

—Sí.

—Tengo que contarte algo.

—¿Qué pasó?

Débora rio.

—Hoy me crucé con alguien que estaba organizando una sorpresa para cierta amiga mía.

Loreta permaneció en silencio.

—¿Alberto?

—¡No arruines mi misterio! —bromeó Débora—. Estaba nerviosísimo. Me pidió ayuda con algunos detalles.

Loreta miró la libreta abierta.

—¿Qué detalles?

—La hora, el lugar... cosas así. Le dije que a las siete era perfecto. ¿Te gustó?

—Sí.

—¿Mucho?

Loreta respiró.

—Mucho.

—Entonces hice bien mi trabajo.

Débora rio.

—Mañana me cuentas todo.

—Claro.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Loreta colgó.

La habitación quedó en silencio.

Volvió a mirar las palabras incompletas de la libreta.

“Déb...”

No había nada malo.

Débora era su mejor amiga.

Alberto quería sorprenderla.

Le había pedido ayuda.

Eso era todo.

Loreta repitió esa explicación en su cabeza hasta que casi consiguió creer que no necesitaba ninguna otra.

Se levantó y caminó hasta el espejo.

Se quitó lentamente el pañuelo y dejó sobre la mesa el broche que Alberto le había regalado.

Contempló su reflejo.

—Cuidar... —murmuró.

Recordó las llamadas.

Las preguntas.

Los retrasos.

Los avisos.

Después recordó el recital.

El libro.

La flor.

Las tardes junto al Sena.

—¿Cómo se hace para que cuidar no sea poseer?

La pregunta quedó flotando en la habitación.

Loreta no tenía respuesta.

Todavía.

Iba a apagar la luz cuando escuchó el timbre de la entrada.

Una vez.

Dos.

Tres.

Se levantó.

Bajó las escaleras y abrió la puerta.

Alberto estaba al otro lado.

Empapado.

Respiraba con dificultad, como si hubiera llegado corriendo.

—¿Qué haces aquí?

—No podía dormir.

—¿Pasó algo?

—Necesitaba verte.

Loreta se apartó para dejarlo entrar en el zaguán.

Alberto dio un paso.

El agua resbalaba de su cabello y caía sobre las baldosas.

Permaneció en silencio durante unos segundos.

Entonces habló.

—No me gusta que ella se interponga.

Loreta sintió que algo se tensaba dentro de ella.

—¿Quién?

Alberto la miró.

—Débora.

—¿De qué estás hablando?

—Está en todo, Loreta.

—Es mi mejor amiga.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Alberto cerró los puños y volvió a abrirlos.

—Que no quiero perderte.

Loreta sostuvo su mirada.

Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la entrada.

—No vas a perderme porque tenga una amiga.

—No es tan sencillo.

—Para mí sí.

Alberto bajó la mirada.

Loreta permaneció inmóvil frente a él.

Por primera vez, aquellas palabras que antes habían sonado a protección comenzaron a adquirir otro significado.

¿Dónde estás?

Avísame.

No me gusta.

No quiero perderte.

Hasta entonces, Loreta había escuchado cada frase por separado.

Aquella noche comenzó a escucharlas juntas.

Y eso lo cambiaba todo.