Loreta 4. CAPÍTULO 4
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4. CAPÍTULO 4

La mañana amaneció con un sol nítido, recién lavado por la lluvia de la noche.

París parecía estrenarse de nuevo: el cielo estaba limpio, los toldos de las tiendas dejaban caer sus últimas gotas y los adoquines brillaban bajo la luz.

Loreta atravesó el pasaje que conducía a la oficina con ánimo ligero. Llevaba en el bolso la libreta de las tres cosas felices y, alrededor del cuello, el pañuelo floreado que su madre le había bordado años atrás.

Al empujar la puerta, el campanilleo de la entrada la recibió como cada mañana.

Detrás del mostrador, Genaro revisaba unas guías de despacho. Al escucharla, levantó la vista.

—Buenos días, Loreta. Vienes con cara de domingo.

Ella rio mientras se quitaba el abrigo.

—Dormí bien. Y el sol ayuda.

No tuvo tiempo de decir más.

Alberto apareció desde el pasillo con una carpeta bajo el brazo. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y un gesto concentrado que se suavizó apenas la vio.

—Buenos días —dijo, acercándose—. ¿Lista para conquistar el mundo?

—Por partes —bromeó Loreta—. Empezaremos por las facturas.

Alberto dejó la carpeta sobre su escritorio y, aprovechando que Genaro había vuelto a sus papeles, rozó discretamente los nudillos de Loreta con la punta de los dedos.

Fue apenas un instante.

Pero bastó para hacerla sonreír.

El día transcurrió entre números, llamadas, timbres y el golpeteo constante de la máquina de escribir.

Todo parecía estar en su sitio.

A media mañana, Débora entró como quien trae consigo el verano: falda con vuelo, labios color cereza y las gafas sobre la cabeza.

—¡Holaaa! —canturreó—. Pasaba por aquí y pensé: esta oficina necesita un poco de azúcar.

Saludó a Genaro con un guiño y se plantó frente al escritorio de Loreta.

—¿Y bien, señora novia? ¿Cómo va la cosa?

—Trabajando.

—Qué aburrimiento. ¿Y Verlaine? ¿Sigue recitando poesía?

Loreta rio.

—Trabajando también.

Alberto apareció justo entonces con otra carpeta.

Débora se enderezó.

—Tú debes ser Alberto. Ayer dejamos nuestra conversación a medias.

—Débora, ¿verdad?

—La misma.

Él sonrió con cortesía.

—Encantado.

—El gusto es mío. Aunque ahora tengo que irme.

Débora tomó su bolso y miró alternativamente a Loreta y a Alberto.

—Pero nos veremos.

—Seguro —respondió Alberto.

Débora se despidió y salió de la oficina con la misma energía con la que había entrado.

Loreta volvió a sus papeles.

No había ocurrido nada extraño.

Alberto se inclinó sobre su hombro para señalar una línea de una factura.

—Aquí falta una cantidad.

—Tienes razón.

Él permaneció junto a ella apenas un segundo más.

Loreta percibió su respiración cerca de la oreja y sintió aquella cercanía que ya empezaba a resultarle familiar.

Sin embargo, por alguna razón que no consiguió explicar, esta vez su mirada se dirigió hacia la puerta por la que Débora acababa de marcharse.

Aquella tarde improvisaron un café antes de que Loreta tuviera que correr a la universidad.

Eligieron una mesa junto a la ventana. Afuera, la gente caminaba con prisa; dentro, el vapor de las tazas empañaba los cristales.

Alberto revolvió lentamente su café.

—Tu amiga es...

Dejó la frase suspendida.

—¿Qué? —preguntó Loreta.

—Muy visible.

Ella frunció el ceño.

—¿Visible?

—Carismática. Habla mucho. Ocupa el aire.

Loreta sonrió.

—Siempre ha sido así. Le debo muchas risas.

Alberto bajó los ojos hacia la taza.

—No todas las risas son buenas.

Loreta dejó de sonreír durante un instante.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—Alberto...

—Nada, de verdad.

Tomó un sorbo de café y cambió de expresión.

Loreta decidió no insistir.

Le habló de su clase de literatura y de un profesor que citaba a Montaigne con un entusiasmo casi infantil.

Alberto volvió a escucharla como siempre: atento, ligeramente inclinado hacia ella.

Cuando llegó el momento de marcharse, le acomodó con cuidado el pañuelo alrededor del cuello.

—Te queda bonito.

Loreta lo tocó con los dedos.

—Fue un regalo de mi madre.

—Entonces habrá que cuidarlo todavía más.

Loreta sonrió.

Caminó hacia la universidad pensando en aquella palabra.

Cuidar.

Ya sentada en la última fila del aula, abrió su libreta.

Escribió:

“Cuidar.”

La contempló unos segundos.

Después añadió:

“¿Qué significa cuidar?”

Las semanas siguientes se llenaron de pequeñas ceremonias.

Notas sobre el escritorio.

Películas en el cine del barrio.

Libros subrayados.

Migas en los bolsillos después de compartir el pan.

Pero también aparecieron momentos que Loreta no sabía muy bien dónde colocar.

Un martes, mientras estaba en el archivo, sonó el teléfono varias veces. Cuando regresó al despacho encontró a Alberto esperándola.

Tenía los brazos cruzados.

—No contestabas.

—Estaba en el archivo. No escuché el teléfono.

—Te llamé tres veces.

—Lo siento.

Alberto respiró lentamente.

Sus hombros se relajaron.

—No pasa nada. Me preocupé.

Loreta sonrió.

—Estoy bien.

—Ya lo veo.

Alberto besó su frente y regresó al almacén.

Loreta volvió a su escritorio.

Preocupación.

Entonces la palabra todavía le parecía cálida.

Otro jueves, Débora la invitó a una exposición de carteles en la que participaba una amiga suya.

Loreta tenía trabajo pendiente y necesitaba estudiar.

—Voy contigo una hora —cedió finalmente—. Después regreso a casa.

—¡Hecho!

La exposición estaba llena de colores, letras enormes y formas imposibles.

Débora se movía por el lugar como si hubiera nacido allí. Saludaba a desconocidos, presentaba a Loreta, hacía bromas y comentaba cada cartel con una seguridad que a su amiga siempre le había causado admiración.

Es su manera de estar viva, pensó Loreta.

A mitad de la visita, recordó que no había avisado a Alberto.

Encontró un teléfono y lo llamó.

—¿Dónde estás? —preguntó él apenas reconoció su voz.

—Con Débora. Vinimos a una exposición.

Hubo una pausa.

—¿Por qué no me dijiste?

—Fue improvisado.

—Voy por ti.

—No hace falta. Estoy bien.

Otro silencio.

—Loreta...

—De verdad. Solo estaré una hora.

Cuando regresó con Débora, intentó recuperar el ánimo de antes.

—¿Todo bien? —preguntó su amiga.

—Sí.

—¿Alberto?

Loreta dudó.

—Solo estaba preocupado.

A la salida de la exposición, Alberto las esperaba apoyado en una farola.

Loreta se sorprendió.

—¿Qué haces aquí?

—Vine por ti.

Saludó a Débora con cortesía.

Los tres caminaron juntos durante un rato. Débora ocupó buena parte de la conversación mientras Alberto respondía con frases breves.

Al despedirse, ella les lanzó dos besos.

—¡Ustedes dos son peligrosamente guapos!

Loreta rio.

Alberto también, aunque apenas.

Cuando quedaron solos y doblaron la esquina, él habló:

—No me gusta que andes sola de noche.

—Estaba con Débora.

—No estoy hablando de Débora.

Loreta lo miró.

—Entonces, ¿de qué?

—De ti.

Su voz había recuperado la suavidad.

—Me preocupo por ti, eso es todo.

Loreta permaneció en silencio unos segundos.

Después asintió.

Continuaron caminando.

La primera grieta verdaderamente audible llegó un domingo.

Habían quedado en encontrarse en el mercado de pulgas de Clignancourt.

Loreta llegó diez minutos tarde. El tranvía se había detenido por una falla y los pasajeros habían tenido que esperar hasta que el servicio se reanudara.

Cuando Alberto la vio acercarse, miró el reloj.

—Siempre.

Fue apenas un susurro.

Pero Loreta lo escuchó.

—Lo siento. El tranvía se detuvo.

—¿No podías haber salido antes?

—No sabía que iba a fallar.

Alberto apretó la mandíbula.

Loreta esperó.

Él respiró profundamente.

—Está bien. Ya estás aquí.

Luego tomó su mano.

—Ven. Quiero enseñarte algo.

Pasaron las horas recorriendo puestos llenos de discos, lámparas, relojes, fotografías antiguas y objetos cuya historia ninguno conocía.

Por momentos volvieron a ser los de siempre.

Antes de marcharse, Alberto compró un pequeño broche antiguo con forma de hoja.

—Para tu pañuelo.

Loreta sonrió, emocionada.

—¿Me ayudas?

Alberto prendió el broche con cuidado.

Ella lo tocó con la punta de los dedos.

El mal momento de la llegada pareció quedar atrás.

Sin embargo, cuando regresó a casa y abrió su libreta, escribió una sola palabra:

“Siempre.”

Debajo añadió:

“¿Por qué me dolió?”

A mitad de semana, Débora la llamó.

—Ven a cenar. Tengo antojo de pasta y chismes.

Loreta rio.

—Hoy no puedo. Prometí ayudar a Alberto con un inventario.

—Novios y sumas. Qué tragedia.

—El sábado es tuyo.

—¿Promesa?

—Promesa.

El sábado recorrieron varias tiendas de segunda mano.

Débora se probó chaquetas y sombreros imposibles. Loreta terminó comprando un vestido azul marino con cuello blanco.

En la última tienda, mientras Débora discutía con el vendedor el precio de una falda, Loreta se observó en uno de los espejos.

Entonces creyó ver algo detrás de ella.

Una figura conocida al otro lado del escaparate.

Se volvió.

¿Alberto?

Salió a la puerta.

No había nadie.

Solo una pareja paseando un perro y un hombre que vendía flores unos metros más allá.

Loreta rio para sí misma.

Me estoy volviendo tonta.

Horas después, al regresar a su habitación, encontró una nota bajo la puerta.

“Pasé a saludarte. No estabas. Te extraño.”

Reconoció inmediatamente la letra de Alberto.

Guardó el papel entre las páginas del libro de Verlaine.

Aquella noche cenaron juntos en un pequeño bistró de manteles a cuadros.

La conversación transcurrió con naturalidad.

En un momento, Alberto rozó su muñeca.

—No me gusta no saber dónde estás.

Loreta levantó la mirada.

—Estaba con Débora.

—Lo sé. No es por ella. Me preocupa que te pase algo.

—Puedo avisarte.

El rostro de Alberto se relajó.

—¿Lo harías?

—Claro.

—Gracias.

Loreta sonrió.

En aquel momento le pareció un acuerdo pequeño.

Una manera sencilla de evitar preocupaciones innecesarias.

La primera discusión seria comenzó por algo aparentemente insignificante.

Era martes.

Débora entró en la oficina con un paquete de galletas y depositó un beso sonoro en la mejilla de Loreta.

—¡Para endulzar el papeleo!

—Gracias. Eres un sol.

Alberto pasó en ese instante con varios documentos.

Saludó brevemente y continuó su camino.

Al mediodía, Loreta y Alberto salieron a comer un sándwich en un banco de la plaza.

Él permaneció callado durante varios minutos.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Tu amiga te toca demasiado.