3. CAPÍTULO 3 #2
Tan pequeño que Loreta ni siquiera estuvo segura de haberlo visto.
—¿Cuándo me lo presentas oficialmente? —seguía insistiendo Débora.
—Pronto.
Loreta siempre respondía lo mismo.
Pronto.
Un viernes, Alberto la llevó a una pequeña sala de cine de barrio.
Vieron una película francesa de diálogos casi susurrados.
En la oscuridad, sus manos se encontraron.
Esta vez ninguno retiró la suya.
El primer beso ocurrió sin anuncio, en el espacio silencioso entre una escena y la siguiente.
Fue breve.
Torpe.
Y precisamente por eso, perfecto para Loreta.
Cuando salieron del cine, París había encendido sus luces. Una lluvia muy fina convertía los faroles en halos dorados.
—¿A quién se lo vas a contar primero? —preguntó Alberto.
Loreta rio.
—A mí misma.
—¿Y después?
—Quizá a Débora.
Alberto chasqueó la lengua.
—Siempre Débora.
—Siempre —respondió ella—. Somos amigas desde niñas. Me conoce mejor que nadie.
—Tal vez ahora empiece a disputarle el puesto.
Lo dijo sonriendo.
Loreta también sonrió.
Y la frase quedó allí, a medio camino entre una broma y algo más.
Días después, Alberto conoció a los hermanos de Loreta.
Llegó puntual, con panecillos y una pequeña caja de chocolates envueltos en papel dorado.
El menor lo observó con una mezcla de curiosidad y admiración. El mayor, más desconfiado, le hizo algunas preguntas directas.
Alberto respondió con tranquilidad, sin esforzarse demasiado por agradar.
Cuando llegó el momento de despedirse, el hermano mayor le dio una palmada en el hombro.
—No te fíes del fútbol, muchacho. Prometer no es lo mismo que meter el gol.
Alberto soltó una carcajada.
Loreta también.
Desde la puerta, los observó y sintió algo nuevo: una especie de orgullo al ver dos partes de su vida comenzando a mezclarse.
Como dos ríos que, después de recorrer caminos distintos, finalmente se encontraban.
Esa noche escribió en su libreta:
“El beso. El cine. El pan dorado. Los dos ríos.”
Después dibujó una pequeña flor de cinco pétalos.
La misma flor que Alberto le había regalado.
La primera discusión —si podía llamarse así— llegó una tarde que parecía destinada a ser perfecta.
Habían quedado frente a la librería donde Alberto le había comprado el libro de Verlaine.
Loreta se retrasó.
Genaro necesitaba que corrigiera unas órdenes y el teléfono no había dejado de sonar. Cuando finalmente consiguió salir, llevaba veinte minutos de retraso.
Corrió por la calle esquivando personas, con el abrigo abierto y la bufanda mal anudada.
Al llegar, vio a Alberto apoyado junto a la entrada de la librería.
Tenía las manos en los bolsillos.
Y el rostro serio.
—Perdón —dijo Loreta, todavía sin aliento—. Genaro necesitaba que...
—Siempre hay algo.
Loreta se quedó quieta.
Nunca le había escuchado ese tono.
No era exactamente enojo.
Pero tampoco era la voz cálida a la que se había acostumbrado.
—Lo entiendo —continuó Alberto—. Pero llevo veinte minutos aquí plantado.
Loreta sintió una punzada.
Quiso explicarle todo: las órdenes, las llamadas, la máquina de escribir, el último documento que Genaro había necesitado.
Pero se contuvo.
—No quise hacerte esperar.
Alberto cerró los ojos durante un instante.
Después respiró profundamente.
—Lo sé.
Loreta extendió la mano y tomó su brazo.
—¿Vamos?
Él asintió.
Caminaron unos metros en silencio.
Había algo distinto entre ellos. Una sombra pequeña, casi invisible.
Después comenzaron a hablar de otras cosas.
Poco a poco, la tensión desapareció.
Fueron hasta la orilla del río y compartieron un crêpe de mantequilla y azúcar.
Loreta terminó convenciéndose de que quizá había exagerado.
Todos tenemos días difíciles, pensó.
Yo me retrasé. Él odia esperar.
No había nada más que entender.
O eso quiso creer.
Aquella noche abrió su libreta.
Tomó la pluma.
Pero no escribió.
Después de unos segundos la dejó sobre la mesa.
Sacó de su bolso la tira de fotografías del fotomatón y la pegó con un pedazo de cinta en la pared, junto a la cama.
Observó los cuatro cuadros.
Serios.
Riendo.
Intentando ponerse serios.
Riendo otra vez.
La secuencia absurda consiguió tranquilizarla.
La vida es más risa que ceño, pensó.
Y cuando no lo sea, aprenderemos.
A la mañana siguiente, Débora irrumpió en la oficina como un vendaval.
—¡Hoy sí, Loreta! Hoy no te me escapas.
—¿De qué hablas?
—Voy a conocer a Alberto.
Loreta rio.
—Débora...
—No acepto un no como respuesta. ¿Qué harán esta tarde?
Loreta vaciló.
Por un instante recordó la expresión seria de Alberto el día anterior.
Tal vez, pensó, era precisamente el momento de dejar que ambos mundos se encontraran.
—Está bien. A las seis, en el café de la esquina.
Débora la abrazó.
—¡Así se habla! Quiero comprobar si ese famoso Verlaine existe en carne y hueso.
Loreta rio.
Cuando volvió a su escritorio, miró casi por casualidad hacia la puerta entreabierta del almacén.
Alberto estaba allí.
Trabajando.
Su perfil permanecía serio, concentrado, con la mandíbula tensa.
Loreta sintió un escalofrío y se frotó los brazos.
Seguramente era el frío.
Volvió a sus papeles.
A las seis, Loreta y Débora ocupaban una mesa junto a la ventana.
Débora hablaba sin parar, moviendo las manos mientras contaba alguna anécdota. Loreta, en cambio, miraba cada pocos segundos hacia la puerta.
Alberto llegó unos minutos después.
Llevaba el cabello ligeramente húmedo por la llovizna y una sonrisa que se amplió cuando vio a Loreta.
Ella se levantó para recibirlo.
—Alberto, ella es Débora. Mi mejor amiga.
Débora se puso de pie y le tendió la mano.
—Al fin —dijo con una enorme sonrisa—. Tenía muchas ganas de conocerte.
—Mucho gusto —respondió Alberto.
Sus miradas se encontraron apenas un instante.
Nada más.
Un gesto tan pequeño que Loreta no le dio importancia.
Los tres se sentaron.
Pidieron café y comenzaron a hablar del clima, de una película que habían visto y de los precios del mercado.
Débora bromeaba.
Alberto respondía con ironías suaves.
Y Loreta comenzó a relajarse.
Le gustaba verlos llevarse bien.
—Entonces —dijo Débora de pronto, inclinándose hacia Alberto—, ¿qué fue lo primero que te gustó de Loreta?
—¡Débora!
—¿Qué? Es una pregunta perfectamente razonable.
Alberto sonrió.
Después miró a Loreta.
—La manera en que mira las cosas.
Loreta dejó de protestar.
—¿Cómo las miro?
—Como si las estuvieras descubriendo por primera vez.
Débora chasqueó la lengua.
—Vaya poeta.
Los tres rieron.
La conversación continuó hasta que la tarde terminó convirtiéndose en noche.
Cuando salieron del café, la calle olía a lluvia.
Débora se despidió de Loreta con un abrazo y luego de Alberto.
—Nos vemos pronto.
—Hasta pronto —respondió él.
Loreta y Alberto continuaron caminando.
Ella se sentía ligera.
Todo había salido bien.
—Me alegra que la conocieras —dijo.
—Es... interesante.
Loreta lo miró.
—¿Interesante?
—No sabía que tu amiga era así.
—¿Así cómo?
Alberto se encogió de hombros.
—Mucha luz. Mucha risa. Mucha... atención.
Loreta tardó un instante en comprender.
Después rio.
—Es Débora. Siempre ha sido así.
—Ajá.
Aquella única sílaba tuvo un peso extraño.
Pero antes de que Loreta pudiera detenerse en ella, Alberto acarició suavemente su mejilla.
Y el pensamiento desapareció.
Se despidieron con un beso más largo que el anterior.
Al llegar a su habitación, Loreta abrió la libreta.
Escribió:
“Hoy los presenté. Todo fue fácil. Todo fue luz.”
Se quedó contemplando las palabras.
Después, sin saber exactamente por qué, añadió debajo:
“¿Cómo se sostiene la luz?”
Cerró la libreta.
Apagó la lámpara y se acomodó bajo las mantas.
Estaba a punto de quedarse dormida cuando sonó el teléfono.
Loreta abrió los ojos.
Extendió la mano y descolgó.
—¿Hola?
—Soy yo —dijo Débora.
—¿Qué pasó?
—Nada, nada. Solo olvidé decirte algo.
Loreta esperó.
—Alberto me pidió mi número.
El sueño desapareció.
—¿Mi Alberto?
Débora rio.
—Sí, mujer. Dice que quiere coordinar conmigo una sorpresa para ti. Se lo di, claro. Espero que no te moleste.
Hubo un segundo de silencio.
No era todavía inquietud.
Pero tampoco era calma.
—No —respondió Loreta—. No me molesta.
—¡Perfecto! Entonces hablamos mañana. Duerme bien.
—Buenas noches.
El clic del teléfono dejó la habitación en silencio.
Loreta permaneció sentada en la cama, con el auricular todavía en la mano.
Afuera, la llovizna golpeaba el cristal.
Una sorpresa.
Eso era todo.
Alberto quería sorprenderla.
Y Débora era su mejor amiga.
¿Qué podía haber de extraño en eso?
Dejó el teléfono y volvió a recostarse.
Quiso convencerse de que todo estaba bien.
Casi lo consiguió.
Pero aquella noche, bajo la melodía conocida de su felicidad, Loreta creyó escuchar por primera vez una nota distinta.
Tenue.
Lejana.
Todavía imposible de reconocer.