3. CAPÍTULO 3
Aquella semana, París pareció acomodarse al nuevo ritmo del corazón de Loreta.
Por las mañanas, la luz pálida rebotaba en las ventanas y derramaba un brillo tímido sobre los adoquines. Por las tardes, el cielo se teñía de durazno y lavanda, como si la ciudad entera compartiera un secreto.
Entre facturas y entregas, entre timbres, cucharillas y la risa de Débora atravesando los pasillos, la vida de Loreta comenzó a llenarse de pequeñas señales que, juntas, dibujaban la silueta todavía borrosa de un amor naciente.
La segunda salida con Alberto no tardó en llegar.
Él la esperó al pie de la escalera del edificio, puntual, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y una sonrisa breve al verla.
No hicieron grandes planes.
Caminaron sin prisa por la Rue des Rosiers, compartieron un cono de castañas calientes y terminaron entrando en una librería de viejo, de esas que huelen a humedad, papel y polvo.
Loreta recorrió con los dedos los lomos desgastados de los libros.
Siempre había sentido cierta fascinación por los ejemplares antiguos.
Le gustaba imaginar las manos que los habían sostenido antes que las suyas, los hogares en los que habían vivido, las personas que habían llorado o sonreído sobre aquellas mismas páginas.
—¿Te gusta leer poesía? —preguntó Alberto mientras sostenía un pequeño tomo de Verlaine.
Loreta levantó la mirada.
—Me gusta todo lo que se diga con verdad —respondió—. Pero la poesía me hace sentir menos sola.
Alberto la observó de una manera diferente.
—Entonces déjame regalártelo.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
Antes de que Loreta pudiera insistir, Alberto se dirigió a la caja y pagó el libro.
Al salir de la librería, ella lo sostuvo contra el pecho.
No estaba acostumbrada a recibir regalos.
Por un instante pensó en su madre y en cómo se iluminarían sus ojos si pudiera verla en aquel momento. Imaginó la cocina de su casa, la mesa de madera, las servilletas cuadriculadas, sus hermanos disputándose el último trozo de pan.
Todo aquel mundo sencillo y familiar pareció caber, de alguna manera, en el pequeño libro que sostenía entre las manos.
Siguieron caminando hasta el Pont Marie.
Allí se quedaron un rato apoyados en la baranda, contemplando la corriente lenta del Sena. Desde algún punto cercano llegaban las notas de un acordeón, una melodía antigua que parecía confundirse con las piedras del puente.
—¿Siempre quisiste vivir en París? —preguntó Alberto, sin apartar la mirada del agua.
Loreta tardó unos segundos en responder.
—No sé si llamarlo vivir. Siento que estoy de paso. Quiero terminar mis estudios, trabajar, ayudar a mi familia... París fue una puerta para mí.
Hizo una pausa.
—A veces me asusta pensar que algún día podría cerrarse.
Alberto giró hacia ella.
—Las puertas no siempre se cierran solas —dijo con suavidad—. A veces somos nosotros quienes decidimos cerrarlas.
Loreta lo miró.
Había algo en aquellas palabras que parecía hablar también de él, aunque no sabía exactamente de qué.
Alberto sostuvo su mirada.
Por un instante, Loreta tuvo la sensación de que ambos entendían algo que todavía ninguno se atrevía a expresar.
El tercer encuentro llegó con la naturalidad de aquello que empieza a convertirse en costumbre.
Una tarde de sábado caminaron por el Marché aux Fleurs. Entre los puestos, Alberto se detuvo frente a unas flores blancas y escogió una pequeña, delicada, casi con forma de estrella.
—Para que no te olvides de mí cuando estés entre tus libros.
La levantó como si ofreciera un tesoro.
Loreta rio.
—No creo que necesite una flor para acordarme de ti.
—Entonces guárdala de todos modos.
Ella la aceptó y, después de contemplarla un momento, la colocó entre las páginas del libro de Verlaine.
Continuaron caminando.
El mercado estaba lleno de aromas: menta, tierra recién regada, madera húmeda y flores. La gente pasaba junto a ellos cargando bolsas, mientras unas campanas lejanas marcaban la tarde.
—A veces me pregunto si merezco tanta belleza —confesó Loreta—. Todo me parece un poco prestado.
Alberto la miró.
—Quizá no sea París lo que hace que todo parezca hermoso.
—¿Entonces qué?
—Tú mirándolo.
Loreta bajó la vista, sonriendo.
Así, conversación tras conversación, comenzaron a conocerse de verdad.
Loreta descubrió que Alberto tenía una risa contenida, que apenas mostraba los dientes, y una forma particular de escucharla: inclinaba ligeramente la cabeza y permanecía atento, como si cada palabra que ella pronunciaba mereciera ser guardada.
Alberto, por su parte, comenzó a conocer aquella mezcla de timidez y terquedad que definía a Loreta.
Y los días siguieron acercándolos.
El lunes, Genaro notó algo diferente en la asistente que hasta entonces había sido casi exclusivamente trabajo, estudio y silencio.
—Se te ven bien las mañanas, Loreta —comentó, con una sonrisa—. ¿Hay algo que deba saber para organizarte mejor el horario?
Ella bajó la mirada.
—Trabajo mejor cuando tengo algo que esperar.
Genaro soltó una risa breve.
—Entonces espero que sigas teniendo motivos.
Débora, en cambio, no tuvo ninguna intención de ser discreta.
—¡Al fin, Loreta! ¡Al fin algo de emoción en esta oficina! —exclamó durante el descanso del café—. Ahora cuéntamelo todo. Y no te saltes nada.
Loreta le habló de las caminatas, del libro y de la flor.
Débora escuchó fascinada.
—Tienes que presentármelo.
—Más adelante.
—¿Más adelante cuándo?
—Apenas estamos conociéndonos.
Débora arqueó una ceja.
—Querida, si ya te regala poesía y flores, eso se llama noviazgo en cualquier idioma.
La palabra quedó suspendida entre ambas.
Noviazgo.
Loreta sintió pudor al escucharla, pero no la rechazó.
Tal vez porque, en el fondo, comenzaba a desear exactamente eso.
La noche siguiente, Alberto la acompañó hasta su portal.
Llegado el momento de despedirse, ninguno pareció tener demasiada prisa por marcharse.
Alberto respiró profundamente.
—Loreta...
—¿Sí?
—No quiero que esto sea solamente caminar y conversar. Aunque me encante hacerlo contigo.
Ella permaneció en silencio.
Él sonrió, nervioso.
—Quiero que seas mi novia.
Durante un instante, el mundo pareció reducirse al espacio que separaba sus cuerpos.
Loreta sintió miedo y felicidad al mismo tiempo.
—Sí —respondió, con un ligero temblor en la voz—. Quiero.
Alberto tomó su mano con cuidado.
No hubo beso.
No todavía.
Solo aquella cercanía nueva, eléctrica, y dos manos entrelazadas bajo la noche parisina.
Pero fue suficiente.
Algo había quedado sellado.
Desde entonces, los días adquirieron otro orden.
Loreta comenzó una nueva costumbre. Antes de dormir, anotaba en una libreta tres cosas que la habían hecho feliz durante el día.
A veces era un gesto diminuto: la manera en que Alberto se apartaba el cabello de la frente.
Otras veces era una frase:
“Tú haces que tenga sentido.”
Y algunas noches simplemente anotaba el color del cielo que habían contemplado juntos.
La libreta comenzó a llenarse con una rapidez que la sorprendía.
También tuvieron su primera fotografía juntos.
Entraron en un fotomatón de la estación y obtuvieron una tira de cuatro imágenes: en la primera aparecían demasiado serios; en la segunda, riendo; en la tercera intentaban recuperar la compostura; y en la cuarta habían fracasado por completo y volvían a reír.
Loreta guardó la tira en su cartera.
A veces la miraba durante sus trayectos en tranvía como quien lleva consigo un pequeño talismán.
En el trabajo, Alberto encontraba otras formas de hacerse presente.
De vez en cuando pasaba junto al escritorio de Loreta con alguna carpeta y dejaba discretamente una nota:
“¿Café a las seis?”
“No olvides tu bufanda. Hace frío.”
“Hoy quiero llevarte a un lugar nuevo.”
Loreta, que siempre había aprendido a hablar bajito con sus emociones, comenzó a descubrirse sonriendo frente a la máquina de escribir.
Un jueves fueron al Jardin du Luxembourg.
Los niños empujaban pequeños barcos de vela en la fuente y las sillas verdes se repartían bajo los árboles como si alguien las hubiera colocado al azar.
Loreta y Alberto se sentaron cerca del agua y compartieron una tartaleta de frambuesa.
—A veces quiero contárselo todo a mi madre —dijo Loreta—. Pero no sé por dónde empezar.
—¿Qué quieres contarle?
—Que estoy feliz.
Alberto sonrió.
—Eso parece fácil.
—No tanto. A veces siento que estar feliz es como olvidarme de las cosas difíciles que vivimos antes.
La expresión de Alberto cambió.
—La felicidad no pide disculpas, Loreta.
Ella lo miró.
—Y si es verdadera —continuó él—, tampoco te hace olvidar de dónde vienes.
El viento levantó varias hojas del camino de grava y un perro corrió detrás de ellas.
Loreta permaneció en silencio.
Después apoyó lentamente la cabeza sobre el hombro de Alberto.
Él no dijo nada.
Tampoco hacía falta.
Con los días llegaron también las confidencias.
Alberto le habló de su pueblo, de su padre ausente, de los veranos en los que había trabajado como aprendiz en un taller mecánico y de cómo París lo había deslumbrado y asustado al mismo tiempo.
Loreta le habló de sus hermanos: del pequeño que coleccionaba canicas y del mayor que soñaba con tener una motocicleta.
También le confesó algo que rara vez decía en voz alta.
—Tengo miedo de no estar a la altura.
—¿De qué?
—De todo. De mis padres. De mis estudios. De lo que esperan de mí.
Alberto la observó.
—Te exiges demasiado.
—Si dejo caer algo, alguien tendrá que recogerlo —respondió ella, sonriendo de lado—. Y no sé si hay suficientes manos.
Alberto rio.
Y la tarde, bajo el toldo de aquel pequeño café donde se habían refugiado de la lluvia, volvió a sentirse ligera.
También hubo pequeños gestos que entonces no parecieron importantes.
Una tarde, Alberto insistió en acompañarla hasta su pensión.
—No deberías caminar sola a estas horas.
—Lo hago todos los días.
—Lo sé. Pero ahora puedo acompañarte.
Loreta interpretó aquellas palabras como preocupación.
Otro día, Débora se acercó a saludarlos y rodeó a Loreta con un brazo.
—¿Nos vemos luego, bonita?
Alberto frunció ligeramente el ceño.
Fue apenas un instante.