Loreta 2. CAPÍTULO 2
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2. CAPÍTULO 2

La mañana siguiente amaneció gris y fría, como si las nubes hubieran descendido para acariciar los tejados de París.

Antes de salir de casa, Loreta se miró al espejo y se sorprendió arreglándose el cabello con más cuidado de lo habitual.

No es por él, se dijo.

Pero el ligero rubor de sus mejillas pareció contradecirla.

Había pasado buena parte de la noche pensando en el nuevo empleado del almacén: en sus profundos ojos cafés, en aquella sonrisa discreta y en la forma en que había estrechado su mano.

Mientras caminaba hacia la oficina, el bullicio de la ciudad le pareció distinto.

Las farolas aún permanecían encendidas y el aroma del pan recién hecho la hizo detenerse frente a la vitrina de la panadería de la esquina.

Compró una baguette y la sostuvo contra el pecho mientras cruzaba la calle, disfrutando del calor que atravesaba su abrigo.

Al llegar, la oficina ya estaba en movimiento. Los teléfonos sonaban, las máquinas de escribir repiqueteaban y, desde el pasillo, llegaban voces y pasos apresurados.

Cuando pasó junto a la puerta del almacén, Loreta disminuyó el paso.

Desde el interior escuchó una voz grave, acompañada por el ruido de varias cajas al ser movidas.

Era Alberto.

Sintió el impulso de asomarse, pero antes de poder hacerlo, Genaro salió de su despacho.

—Loreta, ven un momento —le pidió—. Necesito que revises estas órdenes y prepares las facturas para la entrega de la tarde.

—Claro, señor Genaro.

Tomó los documentos y regresó a su escritorio, reprimiendo las ganas de mirar hacia el almacén.

Intentó concentrarse en el trabajo, aunque cada vez que escuchaba pasos en el pasillo levantaba la vista casi por instinto.

Pasado el mediodía, la oficina quedó en silencio durante la pausa del almuerzo. Loreta decidió aprovechar para ir a la pequeña cafetería de la esquina. Se puso el abrigo y salió, agradeciendo que el aire frío despejara un poco sus pensamientos.

Sin embargo, apenas dobló la esquina, lo vio.

Alberto estaba apoyado junto a la entrada, fumando un cigarrillo mientras conversaba y reía con uno de los chicos de reparto.

Loreta se detuvo.

Durante un instante consideró dar media vuelta y continuar por otro camino.

Demasiado tarde.

Alberto ya la había visto.

Y sonrió.

Fue una sonrisa sencilla, espontánea, pero suficiente para hacerle olvidar por un momento el frío de la tarde.

—Hola —dijo él mientras dejaba caer el cigarrillo y lo apagaba con la suela del zapato.

—Hola —respondió Loreta.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. El muchacho de reparto se despidió de Alberto y siguió su camino, dejándolos solos.

—Tú trabajas en la oficina, ¿verdad? —preguntó Alberto finalmente.

—Sí. Soy asistente de Genaro.

Él asintió.

—Yo soy Alberto, aunque supongo que eso ya lo sabes.

Loreta dejó escapar una pequeña risa.

—Sí. Genaro me lo dijo ayer.

—Quería saludarte.

Alberto hizo una pausa, como si estuviera decidiendo si debía continuar.

—Y también quería preguntarte algo.

Loreta lo miró expectante.

—¿Te gustaría que algún día tomáramos un café? Solo para conversar... si te parece bien.

La pregunta la tomó por sorpresa.

Loreta no estaba acostumbrada a invitaciones tan directas y, durante un instante, no supo qué responder. Sin embargo, había algo en la manera de hablar de Alberto que la tranquilizaba.

—Sí —respondió finalmente—. Me parece bien.

La sonrisa de Alberto se ensanchó.

—Perfecto. Entonces te invito mañana, después del trabajo.

—De acuerdo.

Loreta se despidió y continuó hacia la cafetería.

Pidió un café para llevar y, mientras esperaba junto al mostrador, se descubrió sonriendo.

Mañana.

Iba a tomar un café con Alberto.

Aquella tarde le costó concentrarse más de lo habitual.

Cada vez que Alberto cruzaba el pasillo y la saludaba, Loreta intentaba comportarse con naturalidad, aunque por dentro sentía una mezcla de emoción y nerviosismo difícil de ocultar.

Débora pasó a visitarla y no necesitó más que unos segundos para darse cuenta de que algo había ocurrido.

Se sentó en el borde del escritorio y la observó con atención.

—Tienes que contarme qué está pasando.

Loreta miró alrededor antes de bajar la voz.

—Mañana... vamos a tomar un café.

Débora abrió los ojos.

—¡Lo sabía!

Loreta intentó hacerla callar, pero su amiga ya estaba riendo.

—Sabía que había algo entre ustedes. Y más te vale llamarme apenas termine la cita.

—Débora...

—Promételo.

Loreta negó con la cabeza, divertida.

—Está bien. Te llamaré.

El día siguiente amaneció con el cielo despejado y un aire frío que le erizaba la piel.

Loreta pasó toda la mañana trabajando entre la ansiedad y la ilusión. Intentó no mirar constantemente el reloj, aunque las horas parecían avanzar con una lentitud desesperante.

Cuando finalmente dieron las cinco y Genaro le dijo que podía retirarse, sintió un vuelco en el estómago.

Recogió sus cosas, se puso el abrigo y salió.

Alberto la esperaba junto a la puerta.

Llevaba una bufanda gris alrededor del cuello y, al verla, sonrió.

—¿Lista?

—Lista.

Caminaron juntos hasta una cafetería cercana, pequeña y acogedora, con mesas de madera y lámparas colgantes que bañaban el lugar con una luz cálida. El aroma del café tostado y del pan dulce los envolvió apenas entraron.

Eligieron una mesa junto a la ventana.

Alberto pidió un café negro; Loreta, un café au lait.

Al principio, la conversación fue tímida. Había silencios breves, miradas que se apartaban demasiado pronto y sonrisas nerviosas.

Pero, poco a poco, las palabras comenzaron a surgir con naturalidad.

Hablaron de sus familias, de sus estudios y de la ciudad.

Alberto le contó que había crecido en un pueblo pequeño y que había llegado a París en busca de trabajo. Loreta, por su parte, le habló de sus estudios, de su deseo de convertirse en maestra y de su pasión por los libros.

—¿Siempre quisiste ser maestra? —preguntó él.

Loreta sostuvo la taza entre las manos antes de responder.

—Desde hace mucho tiempo. Me gusta pensar que enseñar puede cambiar la vida de una persona.

Alberto la observó con atención.

—Entonces creo que serás una buena maestra.

Loreta bajó la mirada hacia su café, intentando ocultar la sonrisa que acababa de aparecer en su rostro.

La conversación continuó.

Sin darse cuenta, dejaron de ser dos desconocidos tratando de encontrar algo que decir.

Cuando Loreta miró finalmente el reloj, descubrió sorprendida que habían pasado más de dos horas.

Afuera, las luces de París ya se habían encendido y la noche comenzaba a cubrir las calles.

—No me había dado cuenta de la hora —dijo ella.

—Yo tampoco.

Permanecieron unos segundos en silencio.

Alberto la miró fijamente.

—Me alegra haberte conocido, Loreta.

Ella sostuvo su mirada.

Esta vez no la apartó.

—A mí también.

Salieron de la cafetería y caminaron juntos hasta la parada del tranvía. El frío había aumentado y Loreta escondió las manos en los bolsillos de su abrigo.

Cuando el tranvía apareció a lo lejos, Alberto se volvió hacia ella.

—Espero que podamos repetirlo.

Loreta sonrió.

—A mí también me gustaría.

El tranvía se detuvo frente a ellos.

Loreta subió y buscó un lugar junto a la ventanilla. Antes de que el vehículo arrancara, volvió la cabeza.

Alberto seguía allí.

Lo observó hasta que la distancia terminó por borrarlo entre las luces de la ciudad.

Esa noche, tal como había prometido, Loreta llamó a Débora y le contó cada detalle.

—¡Ay, Loreta, esto suena como el comienzo de algo grande! —exclamó su amiga—. No te me vayas a echar para atrás, ¿eh?

Loreta rio.

—Solo tomamos un café, Débora.

—Sí, claro. Solo un café.

—Buenas noches, Débora.

—Buenas noches, enamorada.

Loreta colgó antes de darle oportunidad de continuar.

Se acercó a la ventana.

París brillaba bajo la luna y, desde algún rincón lejano de la ciudad, llegaban las notas de un acordeón callejero.

Apoyó la frente contra el cristal frío y dejó escapar un suspiro.

Algo había comenzado.

Todavía no sabía qué nombre darle ni hasta dónde podía llevarla. Quizá Débora exageraba. Quizá todo aquello no fuera más que la emoción de conocer a alguien nuevo.

Pero había algo que Loreta no podía negar.

Deseaba volver a verlo.

Y aunque una pequeña voz en su interior le aconsejaba prudencia, aquella noche decidió no escucharla demasiado.

Por primera vez en mucho tiempo, quería permitirse descubrir qué podía ocurrir.

Antes de acostarse, un último pensamiento cruzó por su mente:

¿Estará Alberto pensando en mí?

La posibilidad fue suficiente para hacerla sonreír antes de apagar la luz.