Loreta
© inepub.com
1. CAPÍTULO 1
El verano comenzó a despedirse de París.
Las mañanas traían una brisa más fresca y Loreta empezó a despertarse temprano.
Preparaba café.
Abría la ventana.
Después extendía sobre la mesa sus materiales para la entrevista del distrito XI.
Tarjetas de sílabas.
Las casas de palabras.
Fotografías de algunas actividades en Toulouse.
Notas sobre lectura.
Y, en una hoja aparte:
Las palabras también tienen casa.
Repasó todo por última vez.
No necesitaba demostrar que sabía todas las respuestas.
Solo necesitaba mostrar cómo trabajaba.
Aquello la tranquilizó.
La entrevista era un miércoles.
Loreta eligió un vestido azul sencillo, se recogió el cabello y guardó cuidadosamente los materiales dentro de una carpeta.
Antes de salir miró las margaritas.
Ya empezaban a rendirse.
—Aguanten un poco más —les dijo.
El gato naranja, instalado junto a la ventana, abrió un ojo.
—No hablaba contigo.
El gato volvió a dormir.
Loreta rio y salió.
La escuela del distrito XI tenía un patio amplio y paredes que necesitaban pintura.
Se escuchaban niños incluso antes de cruzar la entrada.
Una mujer de cabello rizado la recibió en dirección.
—¿Loreta?
—Sí.
—Arnaud.
Le estrechó la mano.
—Vamos a ver qué trae.
Loreta colocó la carpeta sobre la mesa.
La entrevista comenzó con preguntas sencillas.
Dónde había estudiado.
Qué había hecho en Toulouse.
Qué había aprendido durante las prácticas.
Después llegaron las preguntas difíciles.
—Un niño no quiere leer —planteó Arnaud—. ¿Qué hace?
Loreta pensó.
—Primero intento descubrir por qué.
—Dice que no puede.
—Entonces no empezaría diciéndole que sí puede.
Arnaud levantó la vista.
—¿No?
—Le preguntaría qué parte sí puede hacer.
La mujer anotó algo.
—Continúe.
Loreta sacó las tarjetas.
Explicó el ejercicio de las palabras-casa.
Después contó la historia de la niña que quería reparar un libro con hilo rojo.
—¿Y esto? —preguntó Arnaud señalando una de las hojas.
Loreta leyó el encabezado.
—Una actividad de lectura compartida.
—¿Funcionó?
—La segunda vez.
Arnaud sonrió.
—Esa es una respuesta que me gusta.
Loreta rio.
Hablaron casi una hora.
Al terminar, Arnaud cerró la carpeta.
—En septiembre tendremos un grupo pequeño de lectura.
Loreta esperó.
—Quiero que empiece con ellos.
Durante un segundo no reaccionó.
—¿Yo?
Arnaud levantó una ceja.
Loreta recordó inmediatamente a madame Dupin.
Sonrió.
—Perdón. Sí.
—¿Puede?
Loreta respiró.
—Puedo.
Esta vez la palabra salió sin miedo.
Atravesó el patio abrazando la carpeta contra el pecho.
Al llegar al portón casi chocó con un hombre que entraba cargando dos cajas.
Una se inclinó peligrosamente.
Loreta la sostuvo.
—Cuidado.
—Gracias.
El hombre recuperó el equilibrio.
Llevaba además un trípode bajo el brazo.
—Normalmente hago mejores entradas.
Loreta soltó la caja.
—No tengo pruebas.
Él rio.
—Samuel.
—Loreta.
Samuel señaló la carpeta.
—¿Profesora?
Loreta estuvo a punto de corregirlo.
Después decidió no hacerlo.
—Sí.
Le gustó cómo sonó.
—Biblioteca itinerante —dijo él señalando sus cajas—. Venimos a montar una exposición.
—¿Sobre qué?
—Libros que se abren como ventanas.
Loreta miró las cajas.
—¿Todo eso son ventanas?
—Algunas pesan demasiado.
Ella rio.
Samuel volvió a acomodárselas.
—Si pasa esta tarde, podrá verlas abiertas.
—Tal vez.
—Aceptamos tal vez.
Loreta sonrió.
Siguió caminando.
Después de unos metros miró su carpeta.
Había conseguido el trabajo.
Eso seguía siendo lo importante.
Por la tarde decidió regresar.
El hall había cambiado.
Dos cuerdas atravesaban el espacio entre columnas.
De ellas colgaban tarjetas sujetas con pinzas.
Frases de niños.
Dibujos.
Palabras.
Loreta se acercó.
Mi palabra favorita es patio.
El mar cabe en una boca.
Ayer leí despacio y vi mejor.
—Llegó la profesora.
Loreta volvió la cabeza.
Samuel estaba subido en una pequeña escalera.
—Todavía me estoy acostumbrando a eso.
—Entonces lo repetiré hasta que deje de sonar raro.
Bajó.
Le entregó una tarjeta.
—Escriba algo.
—¿Qué?
—Lo que quiera.
Loreta tomó el lápiz.
Pensó unos segundos.
Escribió:
Las palabras también tienen casa.
Samuel la leyó.
—Esa va arriba.
—¿Por qué?
—Porque es suya.
—Gran criterio curatorial.
—Tengo años de entrenamiento.
Loreta rio.
Pasaron buena parte de la tarde colocando tarjetas.
Samuel organizaba clubes de lectura y pequeñas bibliotecas móviles en distintas escuelas.
También reparaba estanterías, construía cajas y parecía incapaz de dejar un mueble torcido.
—Mi familia es de ferroviarios —explicó mientras ajustaba una tabla—. Yo fui la decepción.
Loreta lo miró.
—¿Por trabajar con libros?
—Por preferir estanterías que no se mueven.
Ella rio.
—Aunque ahora las pone sobre ruedas.
Samuel se quedó pensando.
—Mi padre estaría orgulloso.
Siguieron trabajando.
—¿Siempre quiso enseñar? —preguntó él.
Loreta negó.
—Siempre quise ser maestra. No estoy segura de que sea exactamente lo mismo.
Samuel dejó el martillo.
—¿Cuál es la diferencia?
Loreta pensó.
—Antes imaginaba la profesión.
Miró las tarjetas colgadas.
—Ahora empiezo a entender el trabajo.
Samuel asintió.
—Me gusta más esa respuesta.
Antes de despedirse le entregó una tarjeta.
Biblioteca itinerante — Rue Popincourt
—Los sábados hacemos actividades.
Loreta la guardó.
—Gracias.
—No tiene obligación de venir.
—Eso mejora considerablemente la invitación.
Samuel sonrió.
Agosto pasó trabajando.
Por las mañanas Loreta ayudaba algunas horas en la oficina de Genaro.
Por las tardes preparaba su grupo de lectura.
Compró tizas.
Hizo nuevas tarjetas.
Reparó dos libros con hilo rojo.
También empezó a visitar ocasionalmente la biblioteca de Rue Popincourt.
No todos los sábados.
Eso le gustaba.
A veces iba.
A veces hacía otra cosa.
Samuel nunca preguntaba por qué había faltado.
Cuando aparecía, simplemente decía:
—Llegó la maestra.
Y continuaba trabajando.
Un sábado organizaron un mapa de voces.
Cada niño debía leer una frase de algún libro y colocar después su nombre sobre un enorme mapa de cartón.
Una niña señaló a Loreta.
—Usted también.
—¿Yo?
—Todos.
Loreta miró alrededor.
—Parece que las reglas son claras.
Buscó entre los libros que llevaba.
Encontró a Verlaine.
Se detuvo.
Durante un instante volvió a ver aquella librería.
El regalo.
Alberto.
Después abrió el libro.
Eligió un fragmento breve.
Leyó.
Cuando terminó, cerró el volumen.
Nada se rompió.
Nada regresó.
Era un libro.
También podía volver a ser simplemente un libro.
Desde el fondo, Samuel hizo un pequeño gesto de aprobación.
Loreta sonrió.
Septiembre llegó.
El primer día en la escuela, Loreta entró diez minutos antes.
Escribió en el pizarrón:
Las palabras también tienen casa.
Después colocó las tarjetas sobre las mesas.
Cinco niños entraron.
Cinco desconocidos.
Cinco maneras distintas de mirar.
Loreta respiró.
—Hoy vamos a construir.
Uno de los niños levantó la mano.
—¿Qué?
—Palabras.
El niño pareció decepcionado.
—Pensé que casas.
Loreta sonrió.
—También.
Repartió las tarjetas.
Pronto aparecieron sílabas sobre las mesas.
Li.
Bro.
Ven.
Ta.
Una niña juntó dos.
—Ventana.
—¿Qué tiene una ventana? —preguntó Loreta.
—Vidrio.
—¿Y para qué sirve?
Otro niño respondió:
—Para mirar afuera.
Una pequeña al fondo negó.
—También para que entre aire.
Loreta se quedó quieta un segundo.
Después sonrió.
—Exactamente.
Continuaron.
Cuando uno de los niños dijo:
—No sé.
Loreta se acercó.
—¿Qué parte sí sabes?
El niño miró las tarjetas.
Tardó.
Después señaló una.
—Esa.
—Empecemos por esa.
Al final de la sesión había palabras por todas partes.
Loreta miró el aula.
No había salido perfecta.
Había salido viva.
Era mejor.
En el patio, Arnaud se sentó junto a ella.
Peló una mandarina.
Le ofreció la mitad.
—Tiene manos.
Loreta empezó a reír.
—¿Qué?
—Es la segunda directora que me dice eso.
—Entonces empiece a creerlo.
Loreta tomó un gajo.
—Estoy trabajando en ello.
Arnaud señaló hacia el edificio.
—Mañana quiero hacer una lectura compartida con dos grupos.
—De acuerdo.
—¿Podría traer algo de esa biblioteca itinerante?
Loreta pensó en Samuel.
—Puedo preguntar.
—Pregunte.
Aquella tarde fue a Rue Popincourt.
Samuel estaba sentado en el suelo rodeado de libros.
—Necesito ruedas —anunció Loreta.
Él levantó la cabeza.
—Eso es bastante específico.
—Lectura compartida. Mañana.
Samuel se puso de pie.
—¿Cuántos niños?
Loreta se lo dijo.
Él empezó inmediatamente a separar cajas.
—Entonces necesitamos dos estantes móviles, cojines y el tendedero.
—¿Puedes?
—Mañana significa hoy.
Loreta sonrió.
—Eso pensé.
Trabajaron durante dos horas.
Prepararon libros.
Tarjetas.
Cojines.
Una alfombra.
Loreta cortó estrellas de cartón.
Samuel arregló una rueda que insistía en torcerse.
Cuando terminaron se sentaron en el suelo.
—Gracias —dijo Loreta.
—Mañana agradecemos si las ruedas funcionan.
—¿Y si no?
—Improvisamos.
Loreta negó.
—No me gusta improvisar.
Samuel la miró.
—Entonces fingimos que estaba planeado.
Ella rio.
Permanecieron unos minutos en silencio.
No era incómodo.
Loreta miró la hora.
Se levantó.
—Tengo que irme.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Y se fue.
La lectura compartida salió bien.
No perfectamente.
Una rueda chirrió.
Un niño se sentó donde no debía.
Dos discutieron por el mismo libro.
Pero funcionó.
Las voces se mezclaron.
Los niños recomendaron historias.
El mapa se llenó.
El tendedero también.
Loreta leyó un cuento.
Samuel organizó los libros.
Arnaud observó desde la puerta.
Al terminar, uno de los niños preguntó:
—¿Esto va a estar mañana?
Loreta miró a Samuel.
Él se encogió de hombros.
—Podría.
—Entonces sí —respondió ella.
El niño salió satisfecho.
Samuel comenzó a recoger.
—Eso sonó peligrosamente a compromiso.
—Con los libros.
—Los peores.
Loreta sonrió.
Pasaron los días.
París empezó a sentirse menos como una ciudad a la que había regresado.
Simplemente empezó a sentirse como la ciudad donde vivía.
Eso era distinto.
Loreta trabajaba.
Escribía a sus padres.
Visitaba a Genaro.
Preparaba clases.
Algunas veces iba a Rue Popincourt.
Otras veces Samuel aparecía en la escuela con libros.
No ocurrió nada extraordinario.
Y quizá por eso Loreta empezó a notar ciertas cosas.
La forma en que Samuel escuchaba antes de responder.
Que nunca parecía ofendido cuando ella decía que no.
Que podía trabajar a su lado durante una hora sin necesidad de llenar todos los silencios.
También notó que esperaba verlo.
Aquello sí la inquietó un poco.
No porque fuera malo.
Porque era nuevo.
Un domingo escribió a Débora.
La carta fue breve.
Estoy trabajando en el distrito XI.
Pensó mucho antes de continuar.
Todavía necesito tiempo.
Después añadió:
Pero no quiero que el silencio sea para siempre.
Dejó el lápiz.
Aquello era suficiente.
Dobló la carta.
Esa tarde salió al mercado.
Compró tomates.
Pan.
Un poco de queso.
De regreso pasó frente a una librería pequeña.
En el escaparate había un cartel:
Círculo de lectura — miércoles
Loreta se detuvo.
—Debería cobrar comisión.
Reconoció la voz.
Samuel salía de la librería con una caja.
—¿Por qué?
—Porque apareces cada vez que estoy cerca de libros.
—Tal vez eres tú quien me sigue.
Loreta lo miró.
—Eso sería preocupante.
—Mucho.
Ambos rieron.
Samuel señaló la bolsa.
—¿Te ayudo?
Loreta miró los tomates.
Después la caja que él llevaba.
—Tú ya tienes suficiente.
—Podemos intercambiar.
—¿Quieres mis tomates?
—Depende de su calidad.
Loreta le entregó la bolsa.
—Inspecciónalos.
Samuel miró dentro.
—Aceptables.
Ella tomó la caja.
—Esto pesa.
—Ahora entiendes mi tragedia.
Caminaron.
Hablaron de libros.
De pan.
De un niño que había decidido que todas las palabras largas eran sospechosas.
Nada importante.
Todo agradable.
Al llegar a la pensión intercambiaron nuevamente las cargas.
—Gracias —dijo Loreta.
—Gracias por los tomates.
—No son tuyos.
—Durante siete minutos lo fueron.
Loreta rio.
Samuel levantó una mano.
—Nos vemos.
Loreta estuvo a punto de responder mañana.
Pero no sabía si se verían mañana.
Y no necesitaba saberlo.
—Nos vemos.
Entró.
Subió a su habitación.
El gato naranja protestó porque ella tardó demasiado en abrir la puerta.
—Tú tampoco eres mío —le recordó Loreta.
El gato entró de todas formas.
Colocó los tomates sobre la mesa.
Después abrió la libreta.
Escribió:
Tres cosas felices
1. Mi grupo de lectura.
2. Tomates que sobrevivieron el camino.
Se detuvo.
Sonrió.
3. Samuel me hace reír.
Leyó la frase.
No la tachó.
Tampoco añadió nada debajo.
Cerró la libreta.
Abrió la ventana.
El aire de septiembre entró en la habitación.
Loreta miró hacia afuera.
No sabía qué ocurriría con Débora.
No sabía cuánto tiempo permanecería en aquella escuela.
Tampoco sabía qué lugar terminaría ocupando Samuel en su vida.
Por primera vez, aquellas preguntas no le parecieron problemas que necesitaban una respuesta inmediata.
Eran solamente preguntas.
Y Loreta había aprendido algo importante sobre ellas.
A veces, antes de responderlas, había que saber escucharlas.