10. CAPÍTULO 10
—¿Loreta?
Se volvió.
Genaro estaba detrás de ella.
Llevaba una bolsa de pan bajo el brazo y el mismo abrigo sobrio de siempre, aunque el verano ya empezaba a volverlo innecesario.
Loreta tardó apenas un segundo.
Después sonrió.
—Genaro.
Él abrió los brazos.
Loreta entró en ellos.
El abrazo fue breve.
Firme.
Familiar.
—Llegaste —dijo él.
—Llegué.
Genaro se apartó para mirarla.
—Tienes otra cara.
Loreta se tocó una mejilla.
—Espero que sea la misma.
—La cara sí.
Genaro miró hacia el café.
Solo un instante.
Loreta siguió la dirección de sus ojos.
El foulard violeta seguía allí.
La figura masculina también.
Genaro volvió a mirarla.
—¿Caminamos?
Loreta comprendió que no era una invitación cualquiera.
—Sí.
Avanzaron media cuadra antes de que Genaro le entregara la bolsa.
—Sujeta.
Loreta la recibió.
—¿Por qué?
—Porque yo hablo mejor con las manos libres.
Loreta sonrió.
—Te dejé una carta.
—Ya la leí.
—¿Tan rápido?
—El portero me la dio cuando bajé.
Loreta asintió.
Genaro caminó unos pasos más.
—Me gustó lo de los niños.
—A mí también.
—Y lo del hilo rojo.
Loreta lo miró.
—No esperaba que recordaras eso.
—Todavía no estoy tan viejo.
Siguieron caminando.
Loreta esperó.
Sabía que faltaba algo.
Genaro se detuvo junto a un banco.
—Siéntate.
—Eso suena preocupante.
—Siéntate igual.
Loreta obedeció.
Genaro permaneció unos segundos de pie.
Después se sentó a su lado.
—Hay algo que probablemente deberías saber antes de volver a encontrarte con Débora.
Loreta miró hacia el café, aunque ya no podía verlo desde allí.
—¿Qué?
Genaro juntó las manos.
—Ella y Alberto están juntos.
Loreta no dijo nada.
Sintió primero el cuerpo.
Una presión en el pecho.
El estómago.
Las manos aferrándose un poco más a la bolsa de pan.
—¿Desde cuándo?
—No sé exactamente.
Genaro hizo una pausa.
—Los vi algunas veces después de que te fuiste. Primero separados. Después juntos.
Loreta tragó saliva.
—¿Y ahora?
Genaro la miró.
—Se casaron esta primavera.
Esta vez la palabra sí entró completa.
Casaron.
Loreta bajó los ojos.
Durante unos segundos observó la bolsa de papel entre sus manos.
No lloró.
Tampoco habló.
Genaro permaneció a su lado.
Sin tocarla.
Sin llenar el silencio.
—¿Lo sabías? —preguntó finalmente.
Loreta negó.
—No.
Respiró.
—Pero cuando los vi...
No terminó.
Genaro entendió.
—Pensé muchas veces en escribirte.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque estabas empezando una vida nueva y no sabía si contártelo era cuidarte o meterme donde no me correspondía.
Loreta miró al frente.
—Débora tampoco me dijo nada.
—Eso tendrás que hablarlo con ella.
Loreta asintió.
Aquello era cierto.
Y dolía de una manera diferente.
Alberto pertenecía a una historia que ella había terminado.
Débora no.
Débora había seguido llegando en cartas.
Con perfume.
Con manchas de café.
Con historias de la galería.
Había escrito páginas enteras sin decir una sola palabra de aquello.
Loreta sintió entonces la parte más difícil.
No eran los celos.
Era el silencio.
—Me escribió todo este tiempo —dijo.
Genaro no respondió.
—Y nunca me lo dijo.
—No.
Loreta apretó los labios.
La risa de Débora regresó a su memoria.
Después las cartas.
Después aquel banco.
Voy a ser tu casa si quieres volver.
Loreta cerró los ojos.
—No sé qué hacer.
Genaro miró la calle.
—No hagas nada todavía.
Loreta lo miró.
—¿Nada?
—Nada también es una decisión cuando uno todavía no entiende lo que siente.
Ella bajó la mirada.
—No sé si ir a saludarla.
Genaro tardó unos segundos en responder.
—Haz lo que puedas perdonarte mañana.
Loreta se quedó quieta.
Repitió la frase en silencio.
—Lo que pueda perdonarme mañana.
—Sí.
Loreta respiró.
Miró hacia donde estaba el café.
Después negó.
—Hoy puedo perdonarme no ir.
Genaro asintió.
—Entonces no vayas.
Se levantó.
Loreta hizo lo mismo.
Él señaló la bolsa.
—Y llévate el pan.
—Es tuyo.
—Ya no.
—Genaro.
—No discutas con un viejo que entrega carbohidratos.
Loreta soltó una risa inesperada.
La necesitaba.
Caminaron hasta la esquina.
Antes de despedirse, Genaro le tocó suavemente el hombro.
—Tu silla sigue allí.
Loreta sonrió.
—¿Mi silla?
—En la oficina.
—Pensé que ya habrías contratado a alguien más competente.
—Lo hice.
Loreta abrió los ojos.
Genaro sonrió.
—Pero tengo otra silla.
Ella rio.
—Pásate cuando quieras. Y si necesitas algunas horas mientras encuentras escuela, siempre tengo papeles que nadie quiere ordenar.
—Gracias.
Genaro empezó a alejarse.
—Genaro.
Él se volvió.
Loreta levantó ligeramente la bolsa.
—Pan y palabra.
Genaro sonrió.
—Eso.
Aquella noche, en la pensión, Loreta abrió su libreta.
Escribió:
Tres cosas felices
1. Genaro en julio.
2. Pan caliente.
Se detuvo antes de la tercera.
Después escribió:
3. Pude no mirar.
Observó la frase.
No era felicidad exactamente.
Pero aquella noche decidió dejarla allí.
Al día siguiente salió temprano.
Llevaba varios documentos bajo el brazo.
Visitó una escuela del distrito XI y entregó sus antecedentes.
La secretaria revisó los papeles.
—No puedo prometerle nada.
—Lo entiendo.
—Puede venir el jueves. Tendremos una sesión de observación.
Loreta sonrió.
—Vendré.
Después pasó por la oficina.
Genaro levantó la vista cuando entró.
Loreta colocó un pequeño paquete sobre su escritorio.
—Queso.
—¿Soborno?
—Agradecimiento.
—Acepto ambas cosas.
Genaro señaló una mesa libre.
—Ahí.
Loreta dejó el bolso.
Se sentó.
Había pasado menos de una hora cuando la puerta se abrió.
Loreta reconoció primero el perfume.
Después la voz.
—Genaro, tengo dos entradas para esta noche y pensé que...
Silencio.
Loreta levantó la cabeza.
Débora estaba en la puerta.
El foulard violeta alrededor del cuello.
Las entradas en una mano.
Durante unos segundos ninguna habló.
—Loreta —dijo Débora.
—Hola.
Genaro observó a ambas.
—Voy a revisar unas cosas atrás.
Nadie creyó la excusa.
Nadie la cuestionó.
Débora dejó las entradas sobre el mostrador.
—Supe que habías vuelto.
Loreta la miró.
—¿Quién te lo dijo?
—Genaro.
Desde el fondo se escuchó:
—No me metan.
Loreta habría reído cualquier otro día.
No lo hizo.
Débora respiró.
—Pensé en escribirte.
—Me escribiste.
La frase la detuvo.
—Sí.
Loreta sostuvo su mirada.
—Muchas veces.
Débora bajó los ojos.
—Sé lo que quieres decir.
—No estoy segura de saber todavía qué quiero decir.
Débora asintió.
—Está bien.
Loreta se levantó.
No estaba enfadada como había imaginado que estaría si alguna vez ocurría algo así.
Era otra cosa.
Una tristeza más antigua.
Más cercana.
—Genaro me contó lo de Alberto.
Débora cerró los ojos un instante.
—Loreta...
—Y me contó que se casaron.
—Sí.
La palabra quedó desnuda.
Loreta sintió nuevamente el golpe.
Esta vez frente a ella.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Débora tardó en responder.
—Porque fui cobarde.
Loreta no esperaba aquello.
Débora continuó:
—Al principio pensé que no había nada que contar. Después sí lo hubo. Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil era escribirlo.
—Pero seguiste escribiéndome.
—Sí.
—Me contaste de cuadros. De la galería. Del clima. De todo.
Débora bajó la mirada.
—De todo menos de esto.
—Exactamente.
Los ojos de Débora se llenaron de lágrimas.
—Tenía miedo de perderte.
Loreta sintió una ironía dolorosa.
—Entonces decidiste que era mejor que no supiera.
—No.
Débora negó.
—No fue mejor. Fue lo que hice. Y estuvo mal.
Loreta permaneció en silencio.
—No voy a pedirte que lo entiendas —continuó Débora—. Tampoco voy a decirte que simplemente pasó. Tomé decisiones. Alberto también. Y debí decírtelo yo.
Loreta agradeció que no se defendiera.
Eso no borraba nada.
Pero importaba.
—¿Cuándo empezó?
Débora respiró profundamente.
—Después de que te fuiste.
Loreta la observó.
—¿Después?
Débora sostuvo su mirada.
—Sí.
Loreta asintió lentamente.
Necesitaba aquella respuesta.
No sabía todavía qué iba a hacer con ella.
Pero la necesitaba.
—¿Eres feliz?
La pregunta sorprendió a ambas.
Débora dejó escapar una risa pequeña entre las lágrimas.
—Sí.
Loreta sintió dolor.
Y, al mismo tiempo, algo parecido a alivio.
Las dos cosas cabían.
—Bien.
Débora dio un paso hacia ella.
Se detuvo.
—¿Puedo abrazarte?
Loreta pensó.
Después negó suavemente.
—Hoy no.
Débora cerró los ojos.
Asintió.
—Está bien.
Loreta sintió que decirlo dolía.
Pero no retiró el límite.
—Necesito tiempo contigo también.
—Lo entiendo.
Débora recogió las entradas.
Llegó hasta la puerta.
Antes de salir se volvió.
—Sigo queriéndote.
Loreta sintió que la garganta se le cerraba.
—Yo también.
Débora salió.
Loreta permaneció de pie.
Genaro no regresó inmediatamente.
Le agradeció también eso.
Cinco minutos después volvió a sentarse.
Genaro apareció desde el fondo.
Señaló la pila de papeles.
—¿Quieres irte?
Loreta miró las facturas.
Después negó.
—No.
Tomó la primera.
—Quiero seguir.
Genaro ocupó su escritorio.
—Entonces seguimos.
A media tarde sonó el teléfono.
Genaro atendió.
—Sí.
Escuchó unos segundos.
Después miró a Loreta.
—Para ti.
Ella tomó el auricular.
—¿Hola?
—¿Sobreviviste a París?
Loreta reconoció inmediatamente la voz.
—Gabriel.
—El mismo.
Sonrió.
—¿Cómo conseguiste este número?
—Tu carta llegó ayer. Pusiste el teléfono de la oficina en el remitente.
Loreta miró el sobre que había usado días atrás.
Era cierto.
—Entonces retiro mi sospecha de espionaje.
—Te lo agradezco.
Gabriel rio.
—Solo quería saber si llegaste bien.
—Llegué.
—¿Y París?
Loreta miró por la ventana.
—Todavía es París.
—Diagnóstico grave.
Ella sonrió.
—Pero estoy bien.
—Eso quería escuchar.
Hablaron un par de minutos más.
Después Gabriel se despidió.
—Encuentra un río tranquilo por ahí.
—Haré lo posible.
Colgó.
Loreta volvió a los papeles.
La vida podía ser amable sin pedir nada a cambio.
Le gustó descubrirlo.
Al salir compró margaritas.
No violetas.
Margaritas.
Subió a su habitación.
Las puso dentro del vaso que había traído de Toulouse.
Abrió la ventana.
Después abrió la libreta.
Escribió:
“Hoy dije todavía no.”
Pensó.
Añadió:
“También se puede querer a alguien y necesitar distancia.”
Cerró la libreta.
Dos días después volvió a la escuela del distrito XI.
Observó una clase.
Después conversó con la directora.
Le enseñó algunos de los ejercicios que había preparado en Toulouse.
Las tarjetas con sílabas.
La actividad de las palabras-casa.
Sus notas sobre lectura.
La directora pasó varias páginas.
—¿Esto lo hizo usted?
—Sí.
—¿En Toulouse?
—Sí.
La mujer siguió leyendo.
—En septiembre tendremos una plaza temporal.
Loreta sintió que se enderezaba en la silla.
—¿Una plaza?
—Todavía hay entrevistas.
La directora sacó una hoja.
—Si le interesa, preséntese la próxima semana.
Loreta recibió el documento.
—Me interesa.
—Entonces traiga estas muestras.
Señaló sus trabajos.
—Quiero que el comité las vea.
Loreta salió de la escuela con el papel en la mano.
No pudo evitar sonreír.
Esa tarde regresó caminando.
Pasó cerca de la galería que Débora había mencionado tantas veces en sus cartas.
Reconoció el nombre.
Se detuvo enfrente.
Miró la puerta.
Podía entrar.
También podía continuar.
Pensó en Débora.
En el abrazo que no había aceptado.
En la pregunta que todavía tenía demasiadas respuestas posibles.
¿Podremos volver a ser amigas?
No lo sabía.
Por primera vez, no intentó responderla inmediatamente.
Continuó caminando.
La galería seguiría allí.
Al llegar a la pensión encontró un sobre en recepción.
Madame Rey no estaba allí para entregárselo.
La nueva encargada señaló el casillero.
—Lo dejaron para usted.
Loreta miró el sobre.
Reconoció la letra.
Alberto.
No lo abrió inmediatamente.
Subió.
Dejó las llaves.
Puso agua a hervir.
Abrió la ventana.
Después se sentó.
Solo entonces rompió el sobre.
Dentro había una fotografía.
La vieja tira del fotomatón.
Loreta la reconoció enseguida.
Le dio la vuelta.
En el reverso había una frase:
“Yo también tuve que aprender.”
Nada más.
Loreta permaneció observándola.
Sintió tristeza.
Ternura.
También distancia.
Le sorprendió descubrir que ninguna de aquellas emociones necesitaba convertirse en una acción.
Buscó el sobre donde conservaba la otra copia de las fotografías.
Guardó esta junto a ellas.
Después cerró el sobre.
No escribió a Alberto.
No aquella noche.
Quizá nunca.
Y estaba bien.
Sobre la mesa seguía el documento de la escuela.
Loreta lo tomó.
Entrevista. Distrito XI.
Lo dejó junto a sus materiales de Toulouse.
Las palabras-casa.
Las notas de lectura.
El hilo rojo que una niña había insistido en utilizar para reparar un libro.
Loreta sonrió.
Abrió la libreta.
Escribió:
“Una puerta también puede ser un aula.”
Después miró las margaritas.
París continuaba al otro lado de la ventana.
Débora estaba en alguna parte de aquella ciudad.
Alberto también.
Genaro probablemente seguía peleando con una factura.
Y ella estaba allí.
No en medio de ellos.
En su propia habitación.
Con una entrevista por delante.
Con trabajo que preparar.
Con preguntas que todavía no necesitaban respuesta.
Loreta abrió la ventana un poco más.
Y dejó entrar la noche.