Lords de los cielos EPÍLOGO 2 #4
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EPÍLOGO 2 #4

—Se está durmiendo —susurró Malachi, con una voz que era tan suave que nadie en la habitación lo había oído hablar así antes—.

Se está durmiendo en mis brazos. ¿Lo veis?

Confía en mí. Sabe que estoy aquí. Sabe que no la voy a soltar.

Sabe que quemaré el mundo entero antes de que nadie le haga daño —prometió, acariciando el pelo oscuro de la bebé con dedos que habían quemado ejércitos pero que ahora temblaban de ternura.

Las sombras de Thalion se movieron hacia la bebé.

No como un escudo. Como una caricia. Como dedos de oscuridad que se extendían para tocar la frente de la niña con una suavidad que contrastaba con todo lo que esas sombras habían sido durante cuatrocientos años.

Mira se movió en los brazos de Malachi, se acomodó contra el pecho del semihumano de fuego y se durmió con el sonido de las sombras como canción de cuna.

—Thalion —observó Malachi, sin levantar la voz—. Tus sombras están acunando a mi hija.

—Nuestra hija —corrigió Thalion, con la firmeza de un padre.

—Mía por derecho de custodia. He decidido que es mía. Los padres biológicos son solo un trámite —bromeó Malachi, aunque sus ojos decían algo distinto.

—Es nuestra —insistió Thalion, extendiendo una mano hacia la bebé dormida.

—Compartida —concedió Malachi, con un suspiro dramático—.

Pero principalmente mía. Porque yo soy el que la sostiene.

Yo soy el que no la suelta. Yo soy el que la va a proteger de todo.

Incluido de los pretendientes. Especialmente de los pretendientes.

He hecho una lista. De todos los niños varones de Drakheim que están creciendo.

Los vigilaré. Uno por uno. Y al primero que mire a Mira con intenciones románticas, lo quemaré —detalló Malachi, con la meticulosidad de un estratega militar.

—Tiene ocho meses —recordó Jen, volviendo a la masa porque alguien tenía que hacer el pan si querían comer.

—Nunca es demasiado pronto para planificar —filosofó Malachi, meciendo a la bebé—. La prevención es la mejor defensa. Lo leí en la etiqueta de una botella de...

—Cerveza —completaron Jen y Thalion al unísono.

—Es una fuente de sabiduría subestimada —defendió Malachi, como si defendiera una tesis doctoral.

La tarde cayó sobre Drakheim con la lentitud de siempre, con el sol desapareciendo entre las montañas como alguien que se escapa de una fiesta antes de que termine.

La torre de cristal negro brillaba con la última luz del día y dentro de ella, una familia se reunía alrededor de una mesa larga llena de pan y de manchas de jugo de manzana y de marcas de cuchillo que eran la prueba de que alguien había decidido que la mesa era un barco.

Theren estaba sentado al lado de su madre, con la espalda recta y los ojos vigilantes, como un guardián que no descansa.

Rian estaba sentado al otro lado, con los pies balanceándose porque no llegaban al suelo y las manos manchadas de algo verde que insistía en que no era pintura sino "experimentación botánica".

Mira estaba en el regazo de Malachi, que se había negado a sentarla en la silla alta porque "la silla alta es una trampa diseñada por enemigos de la libertad infantil".

Y Thalion estaba en la cabecera de la mesa, con la túnica negra y las sombras moviéndose a su alrededor y la expresión de alguien que ha descubierto que la felicidad no es la ausencia de dolor sino la presencia de algo que vale más que el dolor.

—Pan —dijo Thalion, mirando el pan que Jen había hecho.

—Pan —confirmó Jen, sirviendo una rebanada para cada uno.

—Está bueno —evaluó Thalion, masticando con lentitud.

—¿Está bueno o está quemado? —preguntó Jen, levantando una ceja.

—Está bueno y está un poco quemado. Pero sobre todo está bueno. Porque lo hiciste tú. Y lo hiciste con Theren. Y eso lo hace el mejor pan que he comido en cuatrocientos cuarenta y ocho años —declaró Thalion, con la solemnidad de un juramento.

—Es el único pan que has comido en cuatrocientos cuarenta y ocho años —puntualizó Rian, con la boca llena.

—Eso no cambia mi opinión —sentenció Thalion, levantando la copa.

Theren miró a su padre. Algo cruzó por sus ojos grises que era la sombra de una sonrisa, la primera que Jen le había visto en días. Luego bajó la vista al pan y siguió comiendo en silencio, como alguien que no necesita palabras para expresar lo que siente.

Rian, por su parte, no tenía ese problema.

—¡Mamá! —exclamó Rian, con la boca llena de pan—. ¿Puedo usar agua para limpiarme los dientes?

—No —vetó Jen, cortando otra rebanada.

—¿Por qué? —protestó Rian, dejando el pan sobre la mesa.

—Porque la última vez que usaste agua para limpiarte los dientes, inundaste el baño —recordó Jen, señalando hacia el techo.

—¡Fue un accidente! —se defendió Rian, levantando las manos.

—El baño del tercer piso sigue húmedo —adicionó Jen, con la paciencia de quien ha vivido la misma escena decenas de veces.

—¡El agua necesita espacio para moverse! —argumentó Rian, con la pasión de un revolucionario.

—El agua no necesita el tercer piso —zanjó Jen, sirviendo más pan.

Theren suspiró. El suspiro de un hermano mayor que ha aprendido que la paciencia es la virtud más importante de la vida y que su hermano menor es la prueba definitiva de esa virtud.

—Rian —recomendó Theren, con la autoridad de quien habla desde la experiencia—. Usa un cepillo.

—Los cepillos son aburridos —descartó Rian, arrugando la nariz.

—La higiene no es aburrida —corrigió Theren, con la rectitud de un manual de buenas costumbres.

—¡La higiene es aburrida! ¡El agua es divertido! ¡El agua debería limpiarme los dientes porque el agua me obedece! —proclamó Rian, levantando el puño como un líder insurreccional.

—El agua no te obedece —intervino Thalion, con la voz de alguien que ha gobernado durante cuatrocientos años y sabe que la autoridad no se negocia—. Tú diriges el agua. Y si no puedes dirigirla sin inundar baños, entonces no la usas dentro de la torre.

Rian lo miró con la expresión de alguien que ha recibido una sentencia injusta.

Luego miró a su madre con la esperanza de un indulto.

Jen negó con la cabeza. Rian suspiró dramáticamente, como si el mundo entero estuviera contra él y siguió comiendo pan con la boca llena y la cara manchada de algo verde que todavía insistía en que era experimentación botánica.

Mira se despertó en los brazos de Malachi.

No con un llanto. Con un sonido que era más parecido a un arrullo, como el de un animal pequeño que ha descubierto que tiene hambre y que necesita comunicarlo de alguna manera.

Malachi la miró con la expresión de alguien que ha sido elegido para una misión sagrada.

—Tiene hambre —diagnosticó Malachi, con la certeza de un experto—.

La reina tiene hambre. Voy a prepararle su comida.

La mejor comida del mundo. Puré de calabaza sin cerveza porque alguien ha decidido que los bebés no pueden beber cerveza, lo cual es una injusticia que algún día corregiré, pero por ahora obedezco —informó, levantándose de la mesa con la bebé pegada al pecho.

Se levantó de la mesa con la bebé en brazos y caminó hacia la cocina como un general que marcha hacia la batalla, con la determinación de alguien que sabe que lo que hace es importante y que nadie más puede hacerlo tan bien como él.

Thalion lo miró irse. Las sombras se movieron a su alrededor con algo que era mitad protección y mitad cariño, como si hasta las sombras hubieran aprendido que el semihumano de fuego era parte de la familia y que la familia se protegía, incluso de sí misma.

—Thalion —llamó Jen, desde su lado de la mesa.

—¿Qué? —preguntó Thalion, girándose hacia ella.

—Míralos —invitó Jen, abarcando la escena con un gesto.

Thalion miró. Miró a Theren, que estaba sentado al lado de su madre con la espalda recta y los ojos vigilantes y la expresión seria que era la copia exacta de la suya pero que tenía algo que la suya nunca había tenido: la capacidad de sonreír sin miedo.

Miró a Rian, que estaba limpiándose la cara con la manga porque alguien le había dicho que la cara no se limpia con agua dentro de la torre y él había decidido que las mangas eran una alternativa aceptable.

Miró a Malachi, que estaba en la cocina preparando puré de calabaza sin cerveza mientras sostenía a Mira con un brazo como si fuera la cosa más natural del mundo.

Y miró a Jen, que estaba sentada al otro lado de la mesa con el pelo oscuro recogido en una trenza floja y las manos manchadas de harina y la sonrisa que le había enseñado a sonreír después de cuatrocientos años de silencio.

—Los veo —admitió Thalion, con la voz más suave que Jen le había oído jamás.

—¿Qué ves? —inquirió Jen, extendiendo la mano sobre la mesa.