Lords de los cielos EPÍLOGO 2 #5
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EPÍLOGO 2 #5

Thalion no respondió en una eternidad. Las sombras se movían a su alrededor con más suavidad que nunca, como si supieran que lo que estaba pasando era algo que debía ser tratado con cuidado.

El fuego de Emeric crepitaba en la chimenea, cálido, constante, como el recuerdo de alguien que sigue ahí aunque no pueda estar en persona.

Y el anillo de agua y sombra brillaba en el dedo de Jen con una luz que era mitad azul y mitad negra, mitad frío y mitad calor, mitad ella y mitad él.

—Veo —confesó Thalion al fin, con una voz que no era la del comandante ni la del tirano ni la del monstruo, sino la de un hombre que ha encontrado algo que vale más que todo lo que ha perdido—. Veo todo lo que siempre quise y que no sabía que podía tener.

Jen le cogió la mano. Las manos se encontraron sobre la mesa: la suya, pequeña, huesuda, con las uñas cortas.

Y la de él, grande, callosa, con cicatrices de quemaduras antiguas.

Las dos manos se encajaron como piezas de un puzle que ha estado separado durante demasiado tiempo pero que por fin ha encontrado su lugar.

Y el vínculo entre ellos brilló con una luz dorada que llenó la sala como un amanecer.

Theren levantó la vista del pan. Miró a sus padres con algo que era la comprensión de alguien que aún no sabe nombrar lo que siente pero que sabe que es importante.

Luego bajó la vista y siguió comiendo, porque los niños de ocho años no dicen "los quiero" con palabras.

Lo dicen con la espalda recta y los ojos vigilantes y la presencia constante al lado de su madre.

Rian levantó la vista del pan. Miró a sus padres con algo que era la confusión de alguien que no entiende por qué los adultos se sostienen las manos cuando podrían estar usando el agua para hacer carreras por el pasillo.

Luego siguió comiendo, porque los niños de cinco años no entienden el amor pero entienden el pan y el pan estaba bueno.

Y Mira, que no entendía nada pero que sentía todo, se rio en los brazos de Malachi.

Una risa pequeña, como el sonido del agua cayendo en un lago, como el primer rayo de sol después de una noche larga, como la promesa de que el mundo sigue girando y que algunas veces, solo algunas veces, gira en la dirección correcta.

Malachi la miró. Los ojos de fuego brillaban con algo que era más emoción que llamas, más ternura que calor, más amor que fuego.

—Sí —susurró Malachi contra el pelo de la bebé—.

Es verdad. Te quiero. Te quiero más que a la cerveza.

Más que a las bromas. Más que a cuatrocientos años de vida.

Y voy a protegerte. Siempre. De todo. De todos.

Incluido de ti misma si alguna vez intentas hacer algo estúpido como casarte con alguien que no sea digno de ti, lo cual será todo el mundo porque nadie es digno de ti, eres perfecta, eres la reina, eres mi razón para seguir existiendo y voy a quemar el mundo entero antes de que nadie te haga daño —juró Malachi, con la voz rota de alguien que ha encontrado su propósito después de siglos de buscarlo.

Mira se rio de nuevo. Porque no entendía las palabras pero entendía el tono. Y el tono era amor.

El sol se puso sobre Drakheim. Las montañas se extendían contra el cielo como dientes negros.

El bosque de Sylvaen se perdía en la bruma como un sueño.

Y la torre de cristal negro brillaba con la última luz del día, con las sombras moviéndose por los muros y el fuego de Emeric crepitando en la chimenea y el sonido de risas que se escapan por las ventanas.

En algún lugar, muy lejos, el mundo seguía siendo peligroso. Los reinos seguían codiciando lo que no tenían. La niebla seguía esperando en las Tierras Desconocidas. Y el Conquistador, si es que seguía vivo, seguía tramando algo en la oscuridad.

Pero aquí, en esta torre de cristal negro que había sido una prisión y que ahora era un hogar, había algo que ningún ejército podía conquistar y que ninguna niebla podía devorar.

Había una familia.

Un padre que había aprendido a sonreír después de cuatrocientos años de silencio.

Una madre que había aprendido a vivir después de una vida de supervivencia.

Un hijo mayor que había aprendido a proteger antes de aprender a protegerse.

Un hijo mediano que había aprendido a volar antes de aprender a caminar.

Una hija pequeña que todavía no había aprendido nada pero que ya sabía que estaba a salvo.

Y un tío que había aprendido que la vida vale más cuando se entrega que cuando se guarda y que la había entregado entera a una familia que no era suya por sangre pero que era suya por elección.

Eso era lo que crecía en la ceniza.

No un reino. No un imperio. No una leyenda.

Sino algo más pequeño, más frágil, más valioso.

Un hogar.

Y eso, pensó Jen mientras el sol se ponía sobre Drakheim y sus hijos comían pan y su marido le sostenía la mano y Malachi mecía a Mira en la cocina cantándole una canción que inventaba sobre la marcha y que rimaba mal pero que hacía que la bebé se riera, era más de lo que nunca había esperado tener.

Más de lo que cualquier persona podía esperar.

Y, sin embargo, lo tenía.

Y eso era suficiente.

Eso era todo.