Lords de los cielos EPÍLOGO 2 #3
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EPÍLOGO 2 #3

La bebé se llamaba Mira. Tenía ocho meses.

Era pequeña, redonda, con el pelo oscuro como el de su padre y los ojos que todavía no sabían qué color iban a ser y la sonrisa desdentada de alguien que ha descubierto que el mundo es un lugar donde la gente te sostiene en brazos y te hace ruidos divertidos.

No tenía poderes o al menos ninguno que se hubiera manifestado todavía.

Lo único que tenía era la capacidad de hacer que Malachi la sostuviera durante horas sin quejarse de que le dolieran los brazos, lo cual, considerando que Malachi se quejaba de todo, era un poder considerable.

Malachi llevaba la bebé pegada al pecho como si fuera una armadura, con un brazo sostén y el otro libre para gesticular cuando hablaba, que era siempre.

La niña tenía la cabeza apoyada contra su hombro y los ojos cerrados y la boca abierta en esa expresión de paz que solo tienen los bebés cuando se sienten seguros.

—Mírenla —exhibió Malachi, con una voz que era mitad orgullo y mitad rendición—. Mírenla y díganme que no es la criatura más perfecta que ha existido en la historia de Elyrion. Díganme que no es la reencarnación de una diosa del fuego. Díganme que no merece que la quemen en su honor.

—No vamos a quemar a nadie en honor de la bebé —descartó Jen, volviendo a la masa.

—Habla por ti —rectificó Malachi, alzando la barbilla—. Yo voy a quemar a cualquiera que venga a pedir su mano cuando tenga edad de casarse. Ya lo he decidido. He hecho un juramento. Lo he firmado en cerveza. Es vinculante.

—Rian tiene cinco años y ya trepa árboles impulsándose con agua —observó Thalion, como si eso explicara algo.

—Eso es diferente. Rian es un hombre. Los hombres pueden trepar árboles. Las mujeres pueden hacer lo que quieran porque son superiores en todo sentido. Es ciencia. Lo leí en un libro —pontificó Malachi, acunando a la bebé con un movimiento instintivo.

—No leíste ningún libro —acotó Jen, sin levantar la vista.

—Lo leí en la etiqueta de una botella de cerveza. Es lo mismo —corrigió Malachi, como si la diferencia fuera irrelevante.

Theren levantó la vista de la masa. Miró a Malachi con la bebé en brazos y algo cruzó por sus ojos grises que no era celos sino algo más cercano a la evaluación: la evaluación de un hermano mayor que está decidiendo si la persona que sostiene a su hermana pequeña es digna de confianza.

—Tío Emeric —interpeló Theren, usando el nombre que Malachi había exigido—. ¿Cuánto tiempo vas a sostener a Mira?

—Hasta que se case —decretó Malachi, como si fuera una sentencia inapelable.

—Eso es mucho tiempo —calculó Theren, frunciendo el ceño.

—No lo suficiente —matizó Malachi, apretando a la bebé contra él.

—¿No vas a soltarla nunca? —indagó Theren, con la preocupación práctica de un niño de ocho años.

—Solo para dejarla comer. Y solo porque me ha dicho que tiene hambre. ¿Verdad, reina? ¿Tienes hambre? ¿Quieres que tu tío te prepare la comida más deliciosa del mundo? ¿Quieres que te haga puré de calabaza con un toque de cerveza? —cuchicheó Malachi, frotando la nariz contra la de la bebé.

—Sin cerveza —ordenó Jen, señalándolo con una mano manchada de harina.

—Solo un toque —negoció Malachi, levantando el pulgar y el índice para mostrar una cantidad mínima.

—Sin cerveza, Emeric —ratificó Jen, con la voz que no admitía réplica.

Malachi suspiró. El suspiro de un hombre que ha descubierto que la paternidad adoptiva es más difícil de lo que esperaba porque implica seguir reglas que no le gustan.

—Vale —cedió Malachi—. Sin cerveza. Pero solo porque la reina es demasiado joven para apreciar los placeres de la vida. Cuando tenga un año, le daré un sorbo. Cuando tenga dos, un vaso. Cuando tenga tres...

—Emeric —advirtió Jen, levantando un dedo.

—Sin cerveza. Lo sé. Lo sé. Soy un tío responsable. Soy el mejor tío del mundo. Soy el protector absoluto de esta criatura y no dejaré que nadie la toque sin mi permiso. Ni siquiera su padre —proclamó Malachi, estrechando a Mira contra el pecho.

Thalion levantó una ceja.

—¿Ni siquiera yo? —cuestionó Thalion, con la calma de quien ha lidiado con Malachi durante cuatro siglos.

—Especialmente tú —sentenció Malachi, con una seriedad que era tan falsa como su indignación—.

¿Te he visto? ¿Te he visto cómo la sostienes?

Como si fuera un arma. Como si fuera una espada que hay que empuñar con cuidado.

Esta no es una espada, Thalion. Esta es una niña.

Se sostiene como se sostiene el tesoro más valioso del mundo.

Con amor. Con ternura. Con la certeza de que si la dejas caer yo te quemo la torre entera.

—No la voy a dejar caer —garantizó Thalion ofendido.

—Mejor para ti. Porque esta niña —levantó a Mira para que todos la vieran de nuevo— es mi razón para vivir.

Mi propósito. Mi vocación. Mi cruz. Es lo único que importa en el mundo.

Excepto la cerveza. Y Kaeros. Y Jen. Y Theren.

Y Rian. Pero sobre todo ella —enumeró Malachi, contando con los dedos de la mano libre.

Mira abrió los ojos. Eran ojos que todavía no tenían color definido, que eran la mezcla de todos los colores y de ninguno, como el agua cuando no hay luz para reflejar.

Miró a Malachi con la expresión de alguien que no entiende las palabras pero que entiende el tono y el tono era amor, así que sonrió.

Una sonrisa desdentada, enorme, que le ocupaba la mitad de la cara y que hizo que Malachi la apretara más contra su pecho con algo que era mitad orgullo y mitad desesperación.

—¿Lo veis? —exhibió Malachi, con la voz quebrada—. ¿Lo veis? Me ha sonreído. Me ha elegido. Soy su favorito. Lo he ganado. He ganado la paternidad. Los demás podeis ir a casa.

—No has ganado nada —rebatió Rian, que había terminado de lavarse las manos y ahora estaba intentando propulsarse por el suelo de la cocina con chorros de agua que salían de sus pies—. Mira sonríe a todo el mundo.

—No es verdad —negó Malachi, con la indignación de alguien que defiende un premio que cree merecer—.

Solo me sonríe a mí. Porque soy su protector.

Porque soy su guardián. Porque seré yo quien queme a cualquiera que intente hacerle daño.

Incluido el niño que intente pedir su mano cuando tenga edad.

Incluido el rey que intente usarla como moneda de cambio.

Incluido el Conquistador, si vuelve, que no volverá porque lo mataremos antes, pero si vuelve, lo quemaré.

Por ella. Todo por ella —juró Malachi, con la solemnidad de un caballero medieval.

Rian se deslizó por el suelo de la cocina y chocó contra la mesa, lo que hizo que la masa se moviera y que Theren levantara la vista con la expresión de alguien que ha visto esta escena cien veces y sabe cómo va a terminar.

—Rian —reprendió Theren, con la voz que era la copia exacta de la de Thalion cuando estaba a punto de dar una orden—. Deja de propulsarte dentro de la cocina.

—¡Pero es divertido! —protestó Rian, girando sobre sus talones.

—Es peligroso —corrigió Theren, con la paciencia de un santo.

—¡La vida es peligrosa! —filosofó Rian, levantando los brazos.

—No a los cinco años —rectificó Theren, volviendo a la masa.

—¡Especialmente a los cinco años! —contradijo Rian, con la lógica del caos.

Jen suspiró. El suspiro de una madre que ha descubierto que la paz es más difícil de mantener que la guerra porque la guerra tiene enemigos claros y la paz tiene hijos que se propulsan con agua por la cocina.

—Rian —amenazó Jen, con el tono que precedía a las consecuencias—. Si no te detienes, no hay postre.

Rian se detuvo. Inmediatamente. Como si alguien hubiera cortado una cuerda invisible que lo impulsaba hacia adelante.

Se quedó de pie en medio de la cocina, con las manos a los lados y la expresión de alguien que ha sido víctima de una injusticia pero que sabe que no puede protestar porque el postre es sagrado.

—No es justo —murmuró Rian, cabizbajo.

—La vida no es justa —sentenció Theren, con la sabiduría de un niño de ocho años que ha aprendido más de lo que debería de su padre.

—Tú no eres mi padre —replicó Rian, cruzando los brazos.

—No. Pero soy tu hermano mayor. Y los hermanos mayores saben más que los hermanos menores —razonó Theren, con la paciencia de un profesor universitario.

—¡Eso no es verdad! —exclamó Rian, golpeando el suelo con el pie.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Theren, levantando un dedo.

—Cinco —admitió Rian, a regañadientes.

—¿Cuántos años tengo yo? —continuó Theren, levantando otro dedo.

—Ocho —concedió Rian, como si le arrancaran la palabra.

—Tres más. Eso es un treinta y siete por ciento más de experiencia. Es ciencia —concluyó Theren, volviendo a la masa como si el debate hubiera terminado.

Rian miró a Theren con la expresión de alguien que no sabe si estar enfadado o impresionado. Luego miró a Thalion, como buscando arbitraje.

—Padre —consultó Rian, con la esperanza de un veredicto favorable—. ¿Es verdad que los hermanos mayores saben más?

Thalion lo miró. Los ojos grises encontraron a su hijo mediano, con el pelo oscuro mojado por los chorros de agua y las manos pequeñas que todavía goteaban y la expresión de alguien que necesita una respuesta justa.

—Sí —admitió Thalion, con la honestidad de quien ha vivido suficiente—. Pero no por mucho tiempo. Los hermanos menores crecen más rápido.

Rian sonrió. Theren frunció el ceño. Y algo pasó entre los dos que era la esencia misma de la hermandad: la competencia, la admiración, el amor disfrazado de rivalidad, la promesa de que iban a pelearse toda la vida pero que también iban a protegerse toda la vida, porque eran hermanos y eso era lo que hacían los hermanos.

Mira, que no sabía nada de hermanos ni de rivalidades ni de postres negados, bostezó contra el hombro de Malachi.

Un bostezo pequeño, como el de un gato que ha decidido que el mundo es demasiado aburrido para mantenerse despierto.

Malachi la miró con la expresión de alguien que ha encontrado el sentido de su existencia en una criatura de ocho meses que no sabe ni hablar.