Lords de los cielos EPÍLOGO 2 #2
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EPÍLOGO 2 #2

Rian corrió hacia la pileta de la cocina, propulsándose con un pequeño chorro de agua que salió de sus pies y que lo hizo deslizarse por el suelo como si estuviera patinando sobre hielo.

Thalion lo vio pasar con la expresión de alguien que aún no se ha acostumbrado a que su hijo tenga poderes y luego miró a Jen con algo que era mitad pregunta y mitad rendición.

—Es tu hijo —sentenció Thalion, como si eso explicara todo.

—Es nuestro hijo —corrigió Jen, limpiándose las manos en el delantal—. Y tiene tu terquedad.

—No es terquedad. Es determinación —matizó Thalion, levantando la barbilla.

—Cuando tiene cinco años se llama terquedad. Cuando tenga cuarenta se llamará determinación —aclaró Jen, con la sabiduría de quien ha reflexionado sobre el tema.

—Entonces es determinación prematura —concluyó Thalion, con una sonrisa que apenas asomaba en la comisura de los labios.

Jen soltó una risa que le salió del estómago. La misma risa que había aprendido a soltar durante diez años de maternidad: la risa que surge cuando las alternativas son llorar o gritar y ninguna de las dos sirve de nada.

Thalion se acercó a ella. Le rodeó la cintura con los brazos. Las sombras se movieron entre los dos, cálidas, protectoras, como un manto de oscuridad que ahora sabía que había cosas frágiles en el mundo y que esas cosas frágiles merecían ser protegidas.

—¿Cómo estás? —preguntó Thalion, con esa voz que solo usaba cuando estaban solos, esa voz que no tenía nada de comandante ni de tirano ni de monstruo, esa voz que era solo de él, solo suya, solo para ella.

—Cansada —reconoció Jen, apoyando la cabeza contra su hombro—. Feliz. Cansada y feliz. Que es como se siente estar viva, creo.

Thalion la besó en la frente. Un beso suave, como el roce de una sombra sobre la piel, como la primera lluvia después de un verano seco.

—Te amo —susurró contra su pelo.

—Yo también —respondió Jen, acurrucándose contra él—. Incluso cuando tu hijo se sube a los árboles.

—Nuestro hijo —rectificó Thalion, con un beso en la sien.

—Nuestro hijo. Incluso entonces —concedió Jen, cerrando los ojos.

El mayor apareció por la puerta de la cocina como aparecía siempre: sin hacer ruido, sin llamar la atención, como una sombra que ha aprendido a moverse en silencio porque el ruido trae problemas.

Se llamaba Theren. Tenía ocho años y era alto para su edad, con el pelo oscuro de su padre y los ojos grises de su padre y la expresión seria de su padre, como si hubiera nacido con cuarenta años de experiencia y tuviera que desaprenderla para poder ser niño.

Hablaba poco. Observaba mucho. Se sentaba en las esquinas de las habitaciones y miraba lo que pasaba con una atención que no era normal en un niño de ocho años, como si estuviera tomando notas mentales de todo para usarlas más tarde.

Pero lo que más definía a Theren no era su seriedad. Era su protección.

No hacia sí mismo. Hacia su madre.

Jen no sabía cuándo había empezado. Tal vez fue cuando Theren tenía tres años y vio a Jen toser después de usar demasiado el agua y se había acercado a ella y le había puesto la mano en la espalda con una determinación que no correspondía a un niño de tres años.

Tal vez fue cuando tenía cinco y un embajador de Sylvaen había levantado la voz durante una reunión y Theren se había interpuesto entre su madre y el embajador con los puños apretados y la mirada firme.

Tal vez fue cuando tenía siete y Jen había vuelto de una patrulla por la frontera con un corte en el brazo y Theren la había vendado con las manos pequeñas que temblaban pero que no se detenían.

Fuera lo que fuera, Theren había decidido que su madre era alguien a quien había que proteger.

No porque Jen no pudiera protegerse a sí misma.

Sino porque Theren había heredado de su padre la capacidad de ver lo que otros no veían y lo que veía cuando miraba a su madre era algo que le hacía ponerse entre ella y el mundo sin preguntar si era necesario.

Ahora, Theren entró en la cocina y se dirigió directamente hacia Jen. La miró con esos ojos grises que eran la copia exacta de los de Thalion, pero que tenían algo que los de Thalion nunca habían tenido: la suavidad de alguien que no ha visto suficiente dolor como para saber que debe protegerse.

—Mamá —inquirió Theren, con esa voz que era baja y seria y que siempre hacía que Thalion sintiera que estaba mirando a un espejo del pasado—. ¿Has descansado hoy?

—He estado haciendo pan —informó Jen, amasando la última porción.

—Hacer pan no es descansar —observó Theren, con la severidad de un médico diagnosticando una enfermedad.

—Para mí sí —replicó Jen, levantando una ceja.

Theren la miró. Luego, sin decir nada, se acercó a la mesa y empezó a separar la masa en piezas pequeñas, con una precisión que no correspondía a un niño de ocho años pero que correspondía perfectamente al hijo de alguien que había gobernado Drakheim durante cuatrocientos años.

—Puedo ayudarte —ofreció Theren, sin levantar la vista de la masa.

—No tienes que ayudarme —agradeció Jen, tocándole el hombro.

—Quiero —declaró el niño, con la firmeza de quien ha tomado una decisión irreversible.

Jen lo miró. El agua dentro de ella vibró con algo que no era poder sino algo más antiguo, más profundo, más suyo: el amor de una madre que ve a su hijo mayor convertirse en algo que es mitad protección y mitad ternura, mitad seriedad y mitad cariño escondido detrás de una expresión que no sabe cómo sonreír.

—Gracias —susurró Jen, con la voz enronquecida.

Theren no respondió. Se limitó a seguir separando la masa, con las manos pequeñas que trabajaban con la misma eficiencia que las de su padre cuando gobernaba, pero con algo que su padre nunca había tenido: la capacidad de hacer algo por alguien simplemente porque quiere, no porque tenga que hacerlo.

Thalion observó la escena desde la puerta.

Las sombras se movían a su alrededor con más suavidad de lo normal, como si supieran que estaban en presencia de algo frágil.

Y en sus ojos grises, por un instante, solo un instante, hubo algo que Jen había visto muy pocas veces en diez años: vulnerabilidad.

La vulnerabilidad de alguien que ha descubierto que amar a tres personas pequeñas es más aterrador que cualquier guerra que haya librado.

—Thalion —llamó Jen, desde la mesa—. Ven a ayudarnos.

—No sé hacer pan —admitió Thalion, acercándose con paso vacilante.

—Theren está aprendiendo. Tú también puedes —animó Jen, haciéndole sitio.

—La última vez que hice pan, quemé el horno —recordó Thalion, sentándose junto a su hijo mayor.

—Por eso estás aprendiendo —concluyó Jen, colocando un trozo de masa frente a él.

Thalion caminó hacia la mesa. Se sentó junto a Theren. Las sombras se movieron entre los dos y Theren las miró con la naturalidad de alguien que ha crecido con ellas, que no sabe que hay niños en el mundo que no tienen sombras que se mueven a su alrededor como guardianes de oscuridad.

—Padre —solicitó Theren, sin apartar la vista de la masa—. ¿Puedo ir contigo mañana a la patrulla?

—No —vetó Thalion, con la misma firmeza con que había negado ejércitos.

—¿Por qué? —presionó Theren, levantando la vista.

—Porque tienes ocho años —razonó Thalion, como si eso fuera suficiente argumento.

—Tú tenías menos cuando empezaste a luchar —contrargumentó Theren, con la lógica de quien conoce la historia de su padre.

—Eso fue diferente —evadió Thalion, amasando con torpeza.

—¿Por qué? —insistió Theren, con la persistencia heredada de ambos padres.

Thalion no respondió. Se quedó mirando a su hijo con la expresión de alguien que ha descubierto que la paternidad es una sucesión de preguntas para las que no tiene respuestas y que las respuestas que tiene son demasiado oscuras para compartirlas con un niño de ocho años que merece una infancia sin guerras.

—Porque yo no tuve a nadie que me protegiera de las patrullas —confesó Thalion al fin, con una voz que era más suave de lo que pretendía—. Y tú sí.

Theren lo miró. Los ojos grises encontraron los ojos grises y por un instante, solo un instante, algo pasó entre los dos que no era palabras pero que era más profundo que cualquier palabra: el reconocimiento de alguien que ve en otro la misma herida que él lleva y que decide que esa herida no se va a repetir.

—Entonces —resolvió Theren, volviendo a la masa—, me quedaré aquí. Y protegeré a mamá.

—Ella no necesita protección —observó Thalion, con una sonrisa triste.

—Todo el mundo necesita protección. Tú me lo enseñaste —sentenció Theren, con la convicción de quien repite una lección aprendida de memoria.

Thalion no dijo nada. Se limitó a poner la mano sobre el hombro de su hijo, con una delicadeza que contrastaba con las manos grandes y callosas y las sombras se movieron entre los dos como un abrazo de oscuridad que no necesita luz para ser cálido.

Y entonces la puerta de la cocina se abrió de golpe y Malachi entró como entraba siempre: sin llamar, sin pedir permiso, con la sonrisa puesta y una bebé en brazos.

—¡Buenos días, familia más hermosa del mundo!

—anunció Malachi, con una voz que habría despertado a los muertos en las criptas de la montaña—.

¡Y buenos días a la mujer más preciosa de Drakheim!

—levantó a la bebé para que todos la vieran—.

¡Ella! ¡La reina! ¡La dueña de mi corazón!

¡La que quemará el mundo cuando crezca porque tiene la sangre de su padre y la terquedad de su madre!